Segundo capítulo: la mirada.

Lily estaba leyendo, una vez más, ese libro que tanto le estaba gustando. Había comenzado a comprender que se lo estaba por terminar en dos días, y que era un poco alarmante. El sonido de una cortina corriéndose hizo que sus ojos se alejaran de las pequeñas y negras letras. Su lectura se vio interrumpida cuando, con la frente perlada por el sudor y las manos removiéndose en una toalla blanca, salió la aprendiz preferida de la señora Pomfrey. Debía tener alrededor de unos veintiocho años, y a juzgar por su notable preocupación era la primera vez que atendía a alguien tan importante como el hijo de Harry Potter.

—Ya está, ahora está más calmado —la aparentemente joven mujer descendió su vergonzosa mirada al suelo cuando Lily, escuchándola con atención, la miró a los ojos. Eso, esa incomodidad en las demás personas, ya no le daban gracia, ni cólera, ni nada. Y era realmente más fastidioso de lo que parecía, especialmente lo que eso generaba en los estudiantes, la mayoría de Slytherin.

—¿Puedo pasar a verlo? —y sin esperar correctamente a que le dieran la respuesta, se levantó y pasó junto a la enfermera. Cuando se trataba de su familia, Lily podía ser muy distinta.

Albus estaba a dos camas, y yéndose para su encuentro Lily podía sentir y ver la cara de frustración y enojo de su hermano. Guardó su pequeño libro, regalo de su tía Hermione, en el bolsillo de su túnica y se cruzó de brazos mientras llegaba a la cama y se sentaba en ella, a la altura de las piernas de su hermano.

—¿Entonces? —preguntó, calmada al poder ver por fin a su hermano.

—Oh, hola Lils. Buenos días. Estaba casi seguro de que ibas a ser completamente normal y estar en Hogsmeade, rogando que no tuviera a nadie que me molestara. Pero acá estás. Y con la túnica. Un sábado.

Lily, ante el sarcasmo, sonrió y colocó una de sus manos sobre la pierna de Albus, dándole una suave caricia, intentando calmar el fuego, que ella sabía muy bien, el tenía dentro. Ella era buena escuchando a las personas, pero a veces prefería hacerles olvidar de sus problemas a que dejarles que se lo dijeran. En el caso de Albus, lo segundo era lo que Lily menos quería. Albus era más sabio de lo que los demás piensan, y es mucho decir, lo que significaba que algo grande tuvo que haber pasado, juzgando por el hecho de estar en la enfermería.

—Ya sé que te gusta verme —lo dijo con una pequeña sonrisa, pero cuando vio uno de los pequeños moretones que Albus tenía en su cuello la fingida diversión se le esfumó—. ¿Podrías no hacerlo más?

—No te metas en mis cosas.

—Albus, para mí no es nada divertido estar sentada dos horas detrás de una cortina esperando a que me dejen verte, sabiendo que puedo encontrarme con mi hermano sin un ojo o muy lastimado. Es horrible.

Albus Severus Potter no era realmente una persona iracunda pero perdía, y mucho, la calma y la razón con cosas específicas. Una de ellas, Scorpius Hyperion Malfoy.

—Es un hijo de puta, Lily.

Por la voz más calmada, ella no pudo evitar sonreír. Se sentía bien estando junto a él, como todas las veces que le sucedía una situación parecida a esta. Era cierto que tenía unas ganas irreparables de reprocharlo de día y noche, pero para eso ya estaba Rose, que era su prima y compañera desde que eran unos pequeños. Y, más que obvio, a su madre que no era específicamente un algodón de azúcar en estas cosas.

En una cosa Lily estaba de acuerdo con Albus: Scorpius Malfoy era un hijo de puta. Ni lo conocía, nunca había hablado con él, pero definitivamente con las cosas que pasaban entre él y Albus no debía ser una buena persona. Era un odio irracional y hasta podría decirlo casi inconsciente, pero fuerte. Nadie que se metiera con su familia se ganaba exactamente una sonrisa de parte de ella. Y es que Lily podía llegar a ser la más resentida de toda la numerosa familia.

—Claro que lo es. Pero no le quitarás lo idiota pegándole Albus.

—Puedo seguir intentándolo.

Le causó gracia. Pero le dedicó una mirada severa mientras Albus, al parecer un poco cohibido por los gestos de la pelirroja, comenzó a jugar con su vestimenta blanca.

—Mira ese moretón Albus... —Lily negó con la cabeza, triste—. A mamá no le gustará verlo.

—En este momento lo que menos me importa es mamá —aseguró—. Solo necesito que me prestes ese ungüento que usaste esa vez que te caíste en la biblioteca.

—Ah, sí... —a Lily no le gustaba hablar de ese tema. Sentía que, por más que se esforzara, había algo que no le cerraba en su mente. Una especie de laguna memorial incómoda—. La tengo en mi cuarto, te la doy luego.

Albus asintió, sin escucharla, porque había empezado a prestar atención en los gestos de su hermana. De pronto se veía nerviosa, incómoda y pensativa.

Hace cuatro días Lily Luna Potter fue encontrada en la biblioteca, con el mentón raspado, el cuello lastimado, el tobillo muy herido y marcas en su espalda. Obviamente, fue primicia. Y, aún más obvio, Harry Potter usó su poder para callar los comentarios que ese mismo poder provocó que existieran. Los periódicos, los alumnos, los ministros y profesores comentaban acerca de ello. Es que pensar que una chica que no es esencialmente torpe se caiga de esa manera tan bruta y se lastimara tanto era un poco extraño. Por suerte, la familia Potter y Weasley se encargó de cerrar el tema. Pero al parecer Lily no había podido hacer lo mismo con ella.

—Rose me dijo que tenías marcas en las caderas y en las muñecas Lily. ¿Eso es verdad?

Lily no dejó de mirar su regazo, en donde jugaba pensativamente con sus manos. El estremezco que las palabras de Albus le produjo fue solo interno, no dejó que se le notara. Levantó su cabeza, y con cara de incredulidad fingida negó.

—Claro que no, ¿por qué te dijo eso?

Lily tardó en decir eso, su mente divagó por el hecho de que Dominique no había cumplido con su promesa, y eso realmente le dolía.

—¿Dices que Rose mintió? —pregunta, realmente ofendido. Lily tenía que acordarse más de seguido del lazo que unía a esos dos.

—No, no, pero... —levantó los hombros, pensando—, sabes que no hablo con Rose y, no, la verdad que eso no es cierto.

—¿Por qué mientes Lily? —fue casi en un susurro, como si lo hubiera pensado y no querido decir.

—¿Qué?

—No me miras a los ojos, cuando mientes no miras a los ojos.

Maldito Albus que lo conocía tan bien. Si hubiera sido James, no se hubiera dado ni cuenta de eso. En realidad, si hubiera sido James, le hubiese importado un pepino y medio. Lily lo miró dos segundos a los ojos, dos segundos al moretón de su cuello y volvió su mirada a sus propias manos, que ahora se retorcían lentamente.

Albus tenía razón, ella estaba mintiendo. Ella sí había tenido moretones en sus muñecas y en sus caderas, e incluso en su muslo derecho. Y no, nunca pudo explicárselo, ni tampoco a la extraña sensación en todo su cuerpo, en su pecho derecho que le dolió durante todo el día y en su oreja, que tenía una ligera marca de cortadura. Le daba pavor, pero al mismo tiempo más ganas y razones para dejar ese maldito tema hundido en una zanja muy profunda y oscura.

—Es que... Yo —aspiró con fuerza—. No voy a hablar del tema Albus.

—¿Nos escondes algo, Lily?

—No, claro que no —su tono acusador la hizo sentir ligeramente ofendida—. Nada importante.

Albus entrecerró los ojos al instante, como hacía cuando estaba por comenzar a hablar de algo serio, pero gracias a Merlín, en opinión de Lily, dos cabelleras anaranjadas y brillantes aparecieron al son de una fluida discusión verbal.

—No Hugo, si fueras tú el inconsciente que pelea haría que nuestra madre te castigara por meses.

El rostro de Rose, prendido fuego por la aceleración de sus pasos para llegar ahí, y por la inútil charla con su hermano menor, se contrajo en una cara aún más digna de miedo cuando vio a Albus, su mejor amigo, tirado en esa cama.

—¡Albus! —gritó, y Lily rió al ver cómo su hermano se quitaba la almohada como sostén de su cabeza y se la colocaba encima de esta— ¡No te atrevas! ¡Hablamos miles de veces de este tema y juraste no volver a hacerlo!

—¡Ya, Rose! —pidió Albus, con la cara tapada, implorando piedad. No funcionó.

Lily se corrió a un lado, y se puso cerca de Hugo, cuando Rose destapó la cara de Albus y comenzaba a señalarlo con el dedo y a acusarlo. Su primo, quien era mucho más alto que ella, parecía divertido, pero ligeramente, y podía ser por el hecho de solo imaginarse en una situación parecida a la de Albus.

Ella solo permaneció parada, con una pequeña sonrisa fingida. Se había salvado de más preguntas a Albus, lo que podía hacer que ella revelara la verdad de las marcas que escondía y que Dominique había prometido no revelar a nadie. Pero la verdad es que cuando su hermano le preguntó si ella escondía algo, además de las marcas, en realidad no mintió. Ella no recordaba nada, ni cómo había terminado ahí, ni que había hecho antes de que se cayera.


Tenía el cuerpo mullido por el cansancio, sentía los tendones de sus piernas arder y tirar. La ducha de agua casi fría no sirvió del todo, pero por lo menos ya no tenía esa transpiración que provocaba que su remera se le adhiera a la espalda causándole una sensación de suciedad horrible. Y ni hablar de las malditas botas, las cuales se había sacado ni bien bajó de la escoba al final del entrenamiento.

Fred Weasley, su primo, era el capitán de los leones en Quidditch. Y a pesar de sus bromas y constante humor, era capaz de hacerte estallar en los entrenamientos y no quieras negarte a algo que diga o puedes sufrir las consecuencias menos serias y maduras, pero terribles, de tu vida.

Se pasó la toalla por el pelo de manera frenética, intentando que se le secara por lo menos hasta el punto de no mojar de nuevo su espalda.

—Ey, Lily —Dominique apareció a su lado, aún tenía la ropa del juego puesta pero ella se veía excelente, como siempre—, si haces eso tu cabello será imposible de peinar. Para eso puedes usar magia.

La pelirroja dejó a un lado la toalla, miró a su prima de reojo y luego volvió la vista a su casillero, en busca de un saco o buzo que tapara su pijama de algodón blanco, un tanto transparente a su parecer para andar caminando con el por ahí.

—Ey, no puedes ignorarme así como así. ¿Qué te pasa?

Y claro que su prima se refería a lo que fue el entrenamiento completo, en el cual ambas siempre se dedicaban a reírse juntas haciendo uno que otros chistes. Pero hoy fue diferente, hoy Lily no le prestó atención en ninguna de sus burlas o sus morisquetas. ¡Ni siquiera le había dicho algo cuando le lanzó una quaffle con toda la intención de llamar su atención! La había esquivado, le había dedicado una gélida mirada y se había ido. Y había algo que Dominique y todos los Weasley tenían que admitir de Lily: no daba miedo cuando estaba intentando arreglar las cosas por ahí y siempre sonando maternal, pero cuando miraba de esa manera tan iracunda y gélida a la vez era difícil descifrar si tenías que esconderte detrás de una roca o hacerle una reverencia.

Se metió el buzo por la cabeza y estiró de manera brusca sus brazos por las mangas. Era dorado, un color que a Lily le encantaba utilizar, y tenía un pequeño reno bebé adelante. Dominique no pudo evitar una pequeña risita.

—Esto tiene que ser una broma —se tapó la cara, sonriente—. ¿Acaso el mundo se dio vuelta? Lily Potter usando ropas con dibujos e ignorándome, esto es cruel.

—El mundo no se dio vuelta —cerró el casillero con fuerza, provocando que un chico de rulos castaños diera un pequeño brinco tres casilleros más al lado—. Simplemente tu boca se abrió.

Dominique quedó atónita y no reaccionó hasta que Lily estuvo cerca de las puertas, ya con su bolso de ropa sucia cargado a cuestas y con un claro mal humor.

—Espera, espera. ¿De qué hablas?

Y como Lily no se detuvo, Dominique tuvo que correr y pararse frente a ella, justo antes de las puertas. La pelirroja, que era más baja que la rubia y que aparentaba ser casi indefensa la mayoría del tiempo, se veía en esos momentos como alguien muy capaz de hacer algo poco femenino y moral. Y Dominique sabía que si Lily no la empujó, no la hirió, ni nada por el estilo, fue porque era Lily y ella era Dominique, su prima. Jamás haría con alguno de sus familiares eso.

—Vamos, Lily. ¿Qué pasó? —la mirada fija de su prima la incomodó, demasiado como para aceptarlo. Pero no se calló—. ¿Qué? Vamos, dímelo, prometo hacerme cargo.

—Dominique —Lily desvió la mirada, juraba acabar de ver a alguien dirigiéndose hacia el campo de Quidditch, pero el marco de la puerta ya no la dejaba ver.

—¿Qué? Lily —la agarró de los hombros, lo que pareció ser un error. Pero era Lily, su prima preferida, era como una mejor amiga a pesar de que no solían haber pasado mucho tiempo antes de ese año—, dímelo ya.

—Le dijiste a Rose lo de los moretones —Lily observó con el ceño fruncido como Dominique pestañeó, incrédula, como si acabara de recordar lo grave que para ella era eso—, me prometiste que no lo harías. Y de todas las personas, te vas a decírselo a Rose.

—Yo... —estuvo a punto de decir que era mentira, pero era en vano—. Lo siento, Lily fue por tu bien.

—¿Mi bien? —preguntó, aumentando el tono. Negó con la cabeza—. Quédate tranquila, sé cuidarme sola.

Rodeó el cuerpo de su prima y se alejó.

—¡Pero no parece! —le gritó para que la escuchara.

Dominique quedó parada, triste. Había cometido un error, uno grave, pero no pudo evitarlo. Esas marcas que su prima tenía en su cuerpo no eran productos de una caída estúpida, era algo más, solo que Lily se había dedicado intensamente a ignorar ese hecho.

Se pasó la mano por los cabellos rubios, ondulados, intentando pensar. Se dio vuelta, decidida a ir por sus cosas para luego conversar con Rose. Recuperar la confianza de Lily sería realmente difícil. El chico de los cabellos enrulados que hace unos segundos había presenciado la escena pasó prácticamente corriendo junto a ella, provocando que Dominique girara a mirar si era lo que pensaba: sí, efectivamente, el chico iba detrás de Lily.


Lily odiaba las promesas que no eran cumplidas.

Se sentía intensamente traicionada, casi la mitad de la vez que descubrió que su tierno y romántico novio la engañó dos días después de estar con ella por primera vez.

De todas las personas, tenía que haber sido Dominique, que se había convertido en la única chica con la que pudo abrirse bastante, la única chica que pudo hacer que la escuchara sin ser ella la que tenga que estar escuchando, la única con la que podía hacer chistes y olvidarse por un tiempo de la moral. Era la única con la que había sentido la confianza de abrir su mente, de decir las cosas más locas que se le pasaban por la cabeza. Era la única chica a la que comenzaba a apreciar como su mejor amiga, como su amiga de verdad. ¿Justo tenía que haber sido Dominique?

Y de todas las personas a las que podía haber ido a contarles, tuvo que ser Rose. Si había algo que era cierto, es que Lily amaba a todos sus familiares, incluso a Roxanne con su falta de límite a la hora de molestar y a la madre de Victoire que vivía discutiendo con su madre. Pero con Rose tenía un fuerte sentimiento del que ella misma se avergonzaba, pero que con el tiempo pudo afrontarlo: la envidia. Envidiaba a Rose; por haber sido el centro de atención de todos cuando era pequeña, leyendo libros sin parar en voz alta a una edad muy baja y contestando como una adulta de cuarenta años, por haberle quitado por completo la atención de Albus cuando más lo necesitó, por siempre ser elegida por James cuando jugaban al Quidditch en las vacaciones familiares, por siempre escuchar cómo su madre la felicitaba por sus agraciados vestidos, coquetería y lazos en el cabello, por como la callaba cuando estaban en un grupo, logrando desviar la atención de todos hacia ella... La envidaba desde pequeña, y le dolía hacerlo porque también la quería.

Dominique era lo suficientemente inteligente como para saber que si iba a contarle algo a Rose que Albus debería saber, ella iría y se lo contaría. Por un estúpido lazo de amistad que habían hecho cuando eran pequeños. Lily recordaba a la perfección como ella había intentado unirse pero no la aceptaron, e incluso Rose le había dicho que fuera a jugar con los demás pequeños. Apretó con fuerza la cuerda de su bolso de solo recordarlo. Ni siquiera volar en la escoba le había dado distracción en la práctica, ni tampoco poder haber encontrado la snitch dos de las tres veces que debía.

Hace tiempo que jugar al Quidditch no le daba la misma satisfacción que antes.

Un movimiento a un lado de las gradas del campo hizo que dirigiera su vista hacia ahí, pero no sin dejar de pensar en el mismo maldito tema. Y no pudo evitar sentir una extraña sensación cuando vio a Scorpius Malfoy apoyado sobre uno de los barrotes de madera, mirándola. Atribuyó toda esa maldita sensación al odio sin compasión que le daba ese imbécil por lo que le hizo a Albus. ¡Él andaba tan tranquilo! Maldito infeliz.

Y entonces, los finos labios rectos de Malfoy se curvaron en una estúpida sonrisa.

Se detuvo de sopetón. Sorprendida, y muy irritada. Se le quedó mirando, permaneciendo quieta a esos quince metros que los separaba. Eso no iba a quedar así. Ella tenía que ir y decirle todo lo que pensaba de él por haberle hecho a su hermano lo que le hizo, y lo que le venía haciendo desde primer año. Sus puños se cerraron por sí solos y, decidida, emprendió el camino. Dio su primer paso hacia él, completamente entusiasmada con la idea de descargar su furia, cuando alguien se colocó frente a ella.

—¿Estás bien, Lily?

Sorprendida por la abrupta aparición dio un pequeño brinco hacia atrás.

—¿Jasper?

McLaggen dejó a la vista cada uno de sus perfectos y brillantes dientes, y se pasó una mano por los rulos que más de una quería poder tocar.

—Lo lamento si te asusté —dijo, y se colocó en esa pose que tanto la irritaba: manos en la cadera, sacando pecho luego de un exagerado suspiro.

—No pasa nada —aseguró, pero no pudo evitar mirar hacia su costado. Scorpius Malfoy ya no estaba.

Sentía inmensas ganas de empujar a McLaggen e ir corriendo detrás de esa estúpida serpiente rastrera. Cada vez que recordaba el moretón en el cuello de Albus, y de la rabia de este, se le encendía el corazón. Demasiado. Y había estado apunto de poder acallar ese golpeteo de una vez por todas. Pero no, el destino no quiso, y puso enfrente a ese chico de rulos de su mismo año, y realmente no entendía que hacía ahí, pero no le importaba.

—Se salvó, el muy maldito...

Y absorta en sus pensamientos, dio media vuelta para irse.

—¿De qué hablas? Espera, Lily —la pelirroja se detuvo, pero no le dio tiempo ni siquiera a disculparse por casi haberse ido—. Vi tu querella con Dominique. ¿Estás bien?

—¿Querella? —ahora estaba más furiosa, lo que le faltaba: no entender una astilla lo que le decían.

—Sí, ya sabes. ¿Estás bien? —le colocó una mano en su hombro, Lily no pudo evitar fruncir el cejo—. ¿No quieres hablarlo?

¿Hablarlo? ¿Acaso McLaggen se había vuelto loco? ¿Creía que ella era quién, una de esas chicas que iba y le contaba sus problemas a cualquiera, que lloraba frente a cualquiera, o mejor dicho, que lloraba? Además, ¿desde cuándo tenían la suficiente confianza para hablarlo?

—No —se tragó un poco la rabia. Él no tenía la culpa de todo—. Pero gracias.

Se dio vuelta y no le dio tiempo a seguir hablando. Mañana sentiría mucha pena por McLaggen, más de la que sentía ahora, pero no estaba para ningún tipo de líos: quería ir, dormirse y descansar la mente.


Cuando Lily entró a su Sala Común no esperaba encontrar a Albus sentado en el sofá, con Fred a un lado y una chica a su otro costado. Su mente la traicionó de manera indiscutible cuando le dijo: está aquí por ti. Era bastante obvio. Demasiada suerte tuvo con poder esquivarlo durante toda la tarde para que no tenga oportunidad de seguir con sus preguntas. Rogó, mientras pasaba por detrás del sofá intentando hacer el menor ruido posible, que no la viera.

—Lily.

Se paró en seco y cerró los ojos, impidiendo que viera ese gesto. Sólo escuchó cómo se levantaba del sillón y la conversación que antes era de tres, pasaba a ser solo de esa chica y Fred. Albus se puso frente a ella con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo y las cejas levantadas, como siempre, los ojos fijos en los de su hermana. Tenía los labios apretados hacia adentro, y ningún atisbo de una sonrisa. Lily tuvo tiempo a hacer una pequeña sonrisa, dejándose ver más cansada de lo que estaba.

—Bueno —golpeó sus manos en un sonoro aplauso. No dejó de mirarla con sus imponentes ojos verdes ningún segundo—, estoy esperando.

La pelirroja miró hacia el suelo y deseó que todas las personas que se habían dado vuelta a mirar la escena no fueran tan chismosos, y que a Albus no le interese en lo absoluto lo que los demás piensen de él le generaba cierta sensación de envidia.

—¿Qué Albus? Ya es tan tarde y... —por la mirada furibunda de su hermano se calló, con miedo a que aplaudiera o hiciera algo peor: gritar. Y es que, en gran parte, Lily entendía la preocupación a su hermano. Pero lo que él quería saber ella tampoco lo sabía.

—¿Vas a ser tan inmadura?

Ella frunció el ceño, y se cruzó de brazos. No era inmadura por tener sus secretos, para nada, y sabía muy bien que era eso lo que enfurecía a Albus detrás de todo: que ella le estuviera ocultando algo. Porque Lily jamás, jamás, tenía que esconderle algo a él. Porque la veían como alguien débil y pequeña, incapaz de defenderse, cuando en realidad no deberían juzgarla así por nada del mundo.

—¿Inmadura? Albus, por favor, estoy cansada.

—No vas a irte hasta contarme lo de las muñecas y la cadera —susurró, mirando las muñecas de su hermana, colocándose un paso más adelante impidiendo el escape.

—No voy a contarte nada, eso es todo lo que vas a saber —ella gruñó, fatigada. Nuevamente hubo un silencio de todos los presentes, y decidió calmarse. No quería a nadie mañana preguntándole qué había pasado como si fueran mejores amigos.

—No vas a comportarte como una niña con algo tan serio. No seas estúpida.

Ahora los nervios de Lily sí estaban crispados.

—No soy estúpida —susurró. Mirándolo directamente a los ojos.

—¿Alguien inteligente escondería un hecho tan importante?

—Se lo escondería a las personas que no lo entenderían, claro que sí —Albus no pudo retrucar nada, porque Lily levantó la voz—, dejen de jugar a la mamá y al papá con Rose. Yo ya decidí terminar con este tema, y sí Albus, yo tengo el derecho a dar por terminados mis asuntos.

La mirada atenta y culposa de todos calmó a Lily, y si bien ella no supo qué calmó a Albus este no dijo más nada y permaneció con la mirada en el suelo y los brazos cruzados. La pelirroja suspiró ligeramente, y al ver el cuello de su hermano y el moretón se acordó del ungüento, y de Scorpius Malfoy. Algo, muy en el fondo, le causó estremecerse por dentro.

—Iré a traerte el ungüento...

—No, está bien, yo no voy a esconderle algo a mamá.

Suspiró, sintiéndose en el mismo lugar de antes. Albus sabía a donde pegar y cuándo. Lily no podía mentirle, ni ocultarle nada a su madre, tanto que hasta se convirtió en su mejor amiga. Fue gracias a ella que pudo superar temas tan complicados de la adolescencia como enamorarse y ser lastimada. Se imaginó el rostro de su mamá cuando Albus le fuera a contar lo que ella le escondió, y se le golpeó el corazón. No quería perder la confianza de alguien que necesitaba.

—¿No puedes simplemente olvidarlo? —fue más un pedido que una pregunta. Pero Albus negó, reacio.

—No pidas que esconda eso.

—¿Recuerdas cómo se puso cuando se enteró de las otras heridas? Albus, no podemos hacerle eso a mamá... —él no contestó, y ella se sintió aún peor—. No voy a dejar que lo hagas.

Él casi se rió.

—¿Perdón?

—No voy a dejarte hacer eso. Yo también tengo mi vida privada y no me gusta que se metan en ella.

—Algo me dices que sí sabes lo que pasó, y no nos quieres decir.

"Ojalá supiera", pensó. Pero ni siquiera cuando le dieron una poción para recordar pudo conseguirlo.

—No se lo dirás a mamá —fue todo lo que dijo luego de meditar un rato, negando la cabeza. Albus se acercó a ella y la miró como su padre solía mirarla cuando la notaba rara.

—Me vas a ver haciéndolo.

—Si lo haces yo... Yo le contaré todo lo de Scorpius Malfoy.

—Ella sabe todo.

—No, ella sabe lo mismo que yo. Pero yo sé que hay más, y puedo averiguar qué es —Lily observó, casi sintiéndose salvada, como Albus descendía de su lugar lleno de seguridad—, no me creo lo de las peleas por los apellidos y las burlas, hay algo más.

—Como tu quieras —el rostro se le puso rojo, estaba realmente furioso—. No descubrirás nada antes que yo sobre lo que pasó esa noche en la biblioteca.

—Hazme ese favor, y luego cuéntamelo en una reunión familiar, como lo hiciste para hundirme cuando comencé a salir con Lorcan.

—Eres una niña caprichosa y malcriada.

—Gracias.

Por fin recuperó su camino hacia su habitación, en donde tardaría un buen rato en dormirse. Antes de entrar a su pieza miró hacia abajo, cerca de las escaleras, y encontró a Albus parado en el mismo lugar. Le resultaba raro sentirlo como alguien en contra de lo que ella quería, o necesitaba. Ese papel siempre lo había tenido James y ahora que no estaba parecía que ya lo había reemplazado, y obviamente dejando vacío el puesto anterior de Albus, el de hermano comprensivo y fraternal.

Al entrar en su pieza no le pareció raro encontrarse con dos de sus tres compañeras durmiendo en sus respectivas camas, ya era un poco tarde. Mejor así, porque tendría más silencio para acostarse y pensar, que no es justamente lo que tenías ganas de hacer.

Recordó las palabras de Albus: "no descubrirás nada antes que yo...". ¿Con eso había querido darle la razón en que había algo oculto, algo más, con Scorpius Malfoy? De pronto, se sintió más exhausta que antes, como si algo en su cabeza se hubiera dormido y la hubiera hecho sentirse agotada.

Se cambió y se acostó. Y por primera vez desde lo sucedido en la biblioteca, soñó con algo raro, muy vívido. Unas manos frías, una boca ronca, un cuerpo desnudo y una extraña sensación.


Nota del 19/7: sí, seguiré con esta historia porque no puedo desaprovechar que me guste tanto escribir algo de estos dos y que me aparezcan tantas ideas para esta historia. La verdad, no me veía escribiendo nunca algo acá, ni algo de Harry Potter, ni algo así, pero qué decir, me desconozco todos los días como para venir a sorprenderme por hoy.

Espero que les esté gustando, yo disfruté mucho escribiendo este capítulo y la verdad es que lo hice en partes el jueves, antes de viajar, y lo terminé hoy, recién llegada de un viaje con un poco de cansancio.

No sé cuándo actualizaré, pero me pondré una fecha límite y prometo hacerlo para entonces. Solo tengan un poco de paciencia.

¡Saludos, Syfferix!