Los personajes no son de mi invención, pertenecen a Masashi Kishimoto.


Capítulo 5. Interminable.

Temari ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba raptada. Hacía probablemente poco menos de mes y medio que tres hombres la habían agredido y llevado lejos, tan lejos de su hogar que ya no recordaba como se sentía el agradable clima de su pueblo. El marinero Persa que las había comprado, aparentemente por muchísimo dinero, era realmente el capitán de un barco de carga con especias y varias cosas más. Las habían encerrado en lo que parecía ser el calabozo del barco, la humedad dificultaba la respiración pero ellas ya no se quejaban, de hecho, apenas hablaban. Ino había dejado de llorar, se encontraba en un estado lamentable. De no ser porque de vez en cuando preguntaba cosas a Temari, esta hubiese pensado que se había vuelto demente. Comían en silencio e intentaban adivinar si era de día o de noche.

- Creo que llevamos aquí dentro dos semanas. – Anunció Ino, Temari se limitó a asentir. – Sabes a donde nos dirigimos, ¿verdad?

- ¿África?

- No, China. Nos dirigimos al este, Temari. Allí los demonios deambulan por las calles como si pasearan por el infierno. – Decía Ino, con un deje de resignación en la voz, aceptando su destino. – Nos llevan como ofrenda para algún Dios bárbaro que necesite mujeres nobles extranjeras.

- Ino…

- No, nada de Ino. Sabes que es así. No volveremos jamás a nuestro hogar. Considerate muerta…

Temari guardó silencio, su compañera tenía razón. Probablemente iban a ser sacrificadas en nombre de algún Dios extraño, ser vendidas como esclavas o para quién sabe qué peor de lo que podían imaginar.

Los días continuaban y al parecer el barco había llegado a destinación. Cuando las obligaron a caminar les temblaban las piernas e Ino apenas podía mantenerse erguida. Temari la ayudaba como podía, puesto que ella seguía firme como una roca, nadie iba a humillarla más de lo que la habían humillado ya. Evidentemente estaban en China. Los pueblerinos y marineros las miraban con curiosidad y las señalaban al pasar. Aparentemente a nadie le llamaba la atención que las tuviesen atadas, ni su aspecto sucio y magullado. Los niños se arremolinaban alrededor de las calles para verlas mejor y más de cerca.

Volvieron a ver la misma escena que hacía aproximadamente dos semanas. Las habían vuelto a vender, puestas en un carro y en marcha. Se repetía siempre lo mismo cada par de días. Las vendían y revendían. Ya no tenían ni la menor idea de donde se encontraban. ¿Seguiría siendo eso China o se encontraban ya a los confines del mundo? ¿Tendría razón Ino y se las estaban llevando a algún demonio?

Sin embargo, desde que habían desembarcado las trataban mejor, como pasajeras en lugar de prisioneras. Les habían quitado las cadenas y les habían dado ropa nueva y medianamente limpia. En el carro en el que iban no había excrementos de ningún animal y olía a especias. Ya no se sentían tan sucias.

La última vez que las vendieron fue a otro marinero que, por milagro de Dios, hablaba un poco de alemán, pero aún así las encerró en un camarote con dos lechos de paja.

- Llegaremos a destinación dentro de dos días. – Les dijo, y cerró la puerta con llave.

Como había dicho el capitán llegaron en dos días a destinación, las volvieron a subir a un carro y en menos de 3 días se paró en una ciudad bastante abarrotada de gente. Las llevaron a lo que parecía ser un gran establecimiento a las afueras y una mujer corpulenta las examinó de arriba abajo antes de darle a los captores unas cuantas bolsas llenas de dinero.

- A partir de hoy sois de mi propiedad. – Anunció esta, en un torpe alemán. – Os encontráis en el imperio de Japón, la tierra del sol naciente. Seguidme.

Temari e Ino se miraron y dieron un suspiro de alivio. Las habían vendido como esclavas, o al menos algo parecido, pensaban. Finalmente su viaje había terminado.


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