Era una descerebrada, demasiado altanera y fiada. ¿Cómo pretendía ganar los Juegos así? pura suerte la suya.

Pero tenía que admitir, la desgraciada tenía agallas. Y vaya que agallas.

Sino… ¿De qué manera sobrepondría la vida de su compañero encima de la suya? Porque bueno, ese "sentimiento" llamado amor inundaba su torpe corazón. Ugh, que asco de amor.

Y el querido Peeta se la merecía.

Porque de otra forma, ella no moriría por él. O se volvería loca.

La chica en llamas arrasó con los asquerosos capitolinos en pleno vuelo.