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El sábado, día siguiente a la entrevista el joven Eren Jaeger con el dichoso abogado Lance Corporal Rivaille, llegó en un parpadeo de ojos. Rivaille llegó temprano, a eso de las nueve, una hora antes de lo que solía llegar, al igual que todos en la oficina. Por eso mismo, el despacho se encontraba vacío. Usualmente, hacía su mayor esfuerzo por ignorar el desorden que había al pasar junto a los escritorios de los empleados, pero ese día… la ansiedad lo superó y tomó una escoba, un trapeador, y un plumero para comenzar a limpiar.

La recepcionista, Petra Ral, entró diez minutos antes de las diez a la oficina. Caminó un par de metros, dejó sus cosas en recepción y, al escuchar ruidos, caminó hacia el pasillo donde se encontraban los escritorios. Y lo vio; el abogado se encontraba con un paliacate blanco en la cabeza las mangas de su camisa dobladas hasta sus codos, con trapeador en manos y una mirada amenazadora; esa que ponía cuando estaba molesto o muy concentrado. Ese día estaba molesto y muy concentrado, así que era el doble de escalofriante. Sonrió irónicamente y le saludó, a lo que el hombre la miró, se encogió de hombros y se destapó la boca.
–Todos son unos cerdos antihigiénicos. –gruñó y se dirigió a dejar los artículos de limpieza en su lugar correspondiente.
Petra sonrió dulcemente; ella se dio cuenta que el dichoso abogado Rivaille se había avergonzado por haber sido encontrado limpiando de manera tan poco elegante, pero también sabía que nunca lo diría y que nadie más se habría percatado de eso. Regresó a su asiento en recepción y terminó de arreglar unos documentos que había dejado sobre el mueble.
Por otra parte, Lance Corporal se encontraba ya listo para seguir trabajando en su impecable privado; todo estaba perfectamente acomodado, limpio y odorífero. Se acomodó en su silla, luego de cerrar la puerta con seguro y prendió su computadora. Llevaba tiempo sin capturar algunos datos que llevaba acumulados, pero supuso que su nuevo asistente podría comenzar por hacer eso, así que lo dejó de lado. Fuera de eso, sólo tenía un par de consultas; una de ellas duró poco menos de veinte minutos, y la otra más de una hora. A veces la gente preguntaba cada cosa tan obvia… Pero le iba bien con las consultas; cobraba treinta dólares y la consulta podía durar todo el tiempo que necesitara el cliente para aclarar todas sus dudas. Cuando la segunda consulta terminó, Hanji entró al privado de Rivaille y le miró con unos ojos acusatorios.
–Interesante, señor "no me preocupo por nada"… Has limpiado, después de tanto reprimirte. –sonrió –¿Se puede saber por qué? –y se sentó sobre el escritorio, justo al lado del hombre, sentado en su silla.
–¿Acaso tengo que tener una razón? Simplemente quise hacerlo. Deberían agradecerlo.
–¿No será porque quieres que esté limpio para cuando el chico llegue?
–No tengo la intención de impresionar a nadie, si es lo que piensas. Además, es un chiquillo sin importancia. Posiblemente no dure más de una semana, como las demás.
–Va, sin importancia… Pero las chicas no duraban más de una semana porque tus feromonas magnéticas encendían su botón de apareamiento, así que… a menos que el chico camine por la otra acera, no pienso que cause problemas, ¿no crees?
–No creo nada. Si hace algo, lo echaré a patadas. –le miró fríamente –Y deberías meterte en tus asuntos, para variar.
–No te enojes, pequ-… Rivaille. –le sonrió apresuradamente al casi pronunciar ese sobrenombre prohibido.
–Tsk… –gruñó y la miró –No tengo humor de estar aquí. Me voy temprano por hoy. Si viene Erwin, dale el expediente 3095-12; otra vez está en juicio. –le informó mientras se ponía su saco y tomaba sus cosas.
–Claro. Por cierto… Vamos a ir de copas en la noche, ¿vienes? Hace tiempo que no sales con nosotros. –le dijo con un aire un poco más decaído.
Era verdad. Hacía tiempo que no salía con sus camaradas, pero no es porque los dejase de lado, simplemente tenía ganas de estar solo y no quería contagiar a los demás con su apatía, aunque ya todos estuvieran acostumbrados y sabían interpretar sus escasas expresiones de la manera más acertada.
–¿Quiénes? –le preguntó después de un rato, pues notó el reproche que le estaba haciendo.
–Erwin, Auruo, Petra y yo.
–¿Donde siempre? –suspiró y tocó su entrecejo.
–¡Sí! ¡A las ocho! –le sonrió efusivamente y estuvo por abrazarlo, pero se contuvo, pues sabía que a Rivaille no le gustaba mucho el contacto físico.
–De acuerdo… si no tengo otra cosa qué hacer, iré. –bufó y comenzó a caminar hacia la puerta, delante de Hanji, que le seguía como un cachorro feliz. –Cierra mi privado. –le ordenó y la mujer le sonrió con complacencia.

Cuando volvió a su departamento, le entró la manía de limpiar y, aunque todo estaba perfectamente pulcro, dio otra pasada con la escoba, el trapeador y el plumero a todo el lugar. Sentía ansiedad, aunque su cuerpo y expresión denotara tranquilidad. Necesitaba distraerse con algo, pero ya estaba todo limpio, por segunda vez… no tenía nada más que hacer. Decidió entonces dormir; en la noche iría a con Hanji y los demás al bar al que solían ir, un poco lejos de su departamento. Pero sabía que esas noches no terminaban pronto; podían quedarse ahí hasta el amanecer. Por eso mismo, si dormía lo suficiente, no tendría que dormir de más a la mañana siguiente por la desvelada. Tampoco es que quisiera quedarse mucho tiempo, pero sentía la necesidad de rebelarse un poco contra su rutina diaria. Quería soltarse aunque fuese algo, cosa que le hacía falta desde hacía tiempo.

Despertó a las cinco, pues había dormido poco más de tres horas. Cuando salió de entre las cobijas, se percató de que no tenía absolutamente nada que hacer. Su casa estaba limpia, no había televisión en su sala, no tenía mascotas ni compañeros de piso, tampoco era alguien que hablara por teléfono para distraerse. No gustaba de comer por ocio ni salir a pasear por su cuenta. Estaba aburrido. Estaba harto. Estaba hastiado de esa vida tan monótona, tan gris, tan relajada… Comenzó a leer, al verse obligado de hacer algo. Tuvo que releer varias páginas, pues no prestaba ninguna atención a las palabras. Al final, terminó por desesperarse. Estaba realmente exasperado. Necesitaba hacer algo y pronto, pues faltaban horas para las ocho. Recordó entonces a Eren. Aquel chiquillo llegaría como todo un inexperto… Quizá debía de organizar cómo iba a enseñarle lo básico. Comenzó por hacer una lista con todos los pendientes que aquel mocoso podría disolver y que a Rivaille le quitaban tiempo. Todo lo que necesitaba saber, lo apuntó en una hoja blanca y, a partir de eso, comenzó a resolver otras cosas de menor importancia que necesitaban ser atendidas. Como si se hubiera animado.
Cuando se dio cuenta, eran las siete de la tarde. Tomó una ducha de agua caliente y se vistió con su ropa informal; una camiseta blanca con tres botones en la parte superior, que dejaba a la vista su clavícula, una gabardina corta de color gris, con un aire juvenil, un pantalón negro algo ajustado de los muslos y sólo un poco más holgado de la pantorrilla para abajo, además de una bufanda negra delgada que adornaba sus delgados, aunque musculosos hombros. Y sus botines negros, sin ningún detalle más que el de la suela a rayas. A pesar de tener casi treinta años, tenía un modo de vestir muy juvenil, ya que su aspecto así parecía; como el de un joven de no más de veintitrés o veintidós años. Además, su baja estatura y su complexión delgada no ayudaban a verle más maduro. Subió a su auto sacado de agencia hacía dos años y se encaminó al dichoso pub donde casi todos los sábados o viernes, se reunían para no perder la costumbre de la universidad. Erwin, al igual que Hanji, habían ido a la misma universidad, estudiando derecho, aunque Erwin era un año mayor. Petra había estudiado administración y ella era, técnicamente, la cabeza de todo el despacho. A pesar de ser la recepcionista general, Petra se encargaba de muchas cosas y dirigía muchas más; era un año menor a Rivaille y a Hanji. Y, por último, Auruo; él había tomado un camino muy diferente a sus colegas. Dedicó su vida a la filosofía, de la misma edad que Erwin, pero terminó la carrera un año después.
Cuando llegó al bar, entró y se dirigió al fondo, donde usualmente se encontraban… y ahí los vio, con unas enormes sonrisas en sus rostros, conversando y tomando. Rivaille sonrió. Sí, aquellos eran sus amigos. No eran sólo colegas o ex compañeros de universidad o trabajo. Eran amigos. Los únicos que tenía y que sabía que estarían ahí en las buenas, en las malas, y siempre.
Cuando éstos le vieron, dirigieron una mirada cálida hacia el hombre frío y luego sonrieron. Por fin su amigo se les unía después de tanto tiempo de distancia.
–Hombre, ¿te encogiste? –se burló Erwin.
–Tsk… –le gruñó Rivaille y se sentó a su lado. –Y tú, ¿te delineaste las cejas?
–¡Eh, que Rivaille está de vuelta! –rio Auruo.

Algunos dicen que no terminas de conocer a las personas hasta que te embriagas con ellos. Pues, bien, si ese era el caso, ellos se conocían bastante bien…
–¡Eh, Rivaille! –le habló Auruo, con la lengua adormecida ligeramente. –¿Cuándo piensas casarte, tener hijos y esas mierdas?
–¿Cuándo? No me jodas, Auruo. –rio Rivaille y todo le miraron confundido.
–¿No piensas casarte o tener hijos… y esas mierdas?
–No. No pienso casarme o tener hijos –comentó en un suspiro. Todos guardaron silencio.
–¿Ni esas mierdas…? –preguntó Auruo con una sonrisa y todos se echaron a reír.
–¡Eso es porque no has encontrado a la chica! –le dijo Hanji. –¡Sólo espera y querrás casarte, vivir con a ella y reproducirte como conejo!
–No creo enamorarme. –habló con seriedad y le miraron de la misma forma. –No me imagino mi vida junto a alguien. Simplemente no me dan ganas de soportar a alguien más viviendo bajo mi techo. Además, si se trata de sexo, puedo tenerlo con quien sea.
–¡En ese caso, hazlo con Petra! ¡Ustedes dos hacen una bonita pareja! –le dijo Hanji sin pensar. Ella ya estaba bastante ebria, al igual que Auruo.
–¡No digas cosas así, Hanji…! –le reprochó Petra y Rivaille la miró serio.
–Nuestro tiempo ya pasó. Ya lo saben… –les dijo a todos con un suspiro.
De nuevo, el silencio se presentó. Al igual que Petra, Rivaille se sentía incómodo cuando tocaban el tema de su relación. Habían estado juntos durante la universidad, hacía mucho tiempo, pero no duraron más de dos años, gracias a la actitud fría e incomprensible de Rivaille. Después de ella, Rivaille comenzó a acostarse con casi cualquier mujer que se lo propusiera. Necesitaba llenar el vacío que había dejado, pero era obvio que nunca lo encontraría en el sexo sin compromiso. De hecho, llegó a creer que nunca encontraría algo que lo satisficiera del todo. Ni siquiera Petra. Ni sus amigos, ni su trabajo. No quería decirlo y nunca lo haría, claro era, pero se sentía incompleto.
El primero en irse fue Auruo; era maestro de la carrera de Filosofía en una universidad al sur de la ciudad y tenía exámenes qué revisar, además de que debía pasar las calificaciones finales, aunque los estudiantes hubiesen salido hacía una semana, las pruebas finales se presentaban durante el periodo vacacional. Se retiró con algo de pesadez; eran las tres de la madrugada y, como estaba algo ebrio, tomó un taxi, pues no había llevado su auto.
La siguiente en irse fue Petra; tenía bastante sueño y prefería irse estando bastante consciente a irse más ebria. Se podría decir que ella era la que menos tomaba, pero ese día hizo una excepción y tomó un poco más. A pesar de mucho insistir en querer quedarse, Hanji terminó cediendo a irse junto con Petra, pues habían llegado juntas.
Por fin, Erwin y Rivaille se quedaron solos, tomando y conversando sobre cualquier cosa. Llegadas las cuatro de la mañana, Erwin, con el efecto del alcohol recién desvanecido, suspiró serio al ver a Rivaille tomando tanto. Sabía que sólo lo hacía cuando estaba muy estresado o decaído. Aunque no mostrase un rostro adolorido o unos ojos cristalinos, Erwin lo sabía; conocía esa mirada vacía en el rostro de su amigo.
–Rivaille… ¿Te encuentras bien?
–¿Huh? –gruñó con el aliento oliéndole a alcohol.
–Es decir… ¿Te sientes bien? ¿Todo va bien? ¿Algo te preocupa?
–¿Sabes con quién carajos estás hablando, no? Deberías ya saber que nada me preocupa. Todo está jodidamente bien, Erwin. Si tuviera algún problema, saldría rápido de él…
–Pero… Te ves algo decaído. ¿Es que el comentario sobre Petra te afectó? ¿La extrañas? –le preguntó curioso.
Sólo una vez había visto a Rivaille así de ebrio y fue cuando besó por primera vez a Petra. Quería sacar provecho de la situación, porque sabía que Rivaille, en ese estado, olvidaba cosas al día siguiente. De hecho, sería bastante conveniente que se embriagara más, para que confesara lo que le acongojaba y, de paso, alguna que otra cosa.
–Petra no es nada más que una amiga para mí. Nadie es más que eso… –gruñó.
–Te sientes solo. –le afirmó mientras daba una calada a su cigarro y el otro le miró realmente molesto.
–Solo mis pelotas. –dio un gran sorbo a su cerveza y golpeó la mesa con el tarro. –En todo caso, me sobran mujeres. Pero todas están enfermas… Me dan asco.
–Rivaille… –le miró serio. –¿Has pensado alguna vez que ellas no son las del problema? ¿Que en realidad, el que está haciendo algo mal, eres tú…?
Un largo momento de silencio. Una mirada aguda y confundida, profunda y agobiada. Creyó haberse desconectado del mundo por una centésima de segundo, pero, cuando volvió en sí, se percató de lo que había dicho Erwin.
–¿Qué mierda… dijiste? –le preguntó en voz baja y frunció el entrecejo.
–Que... ¡mierda, Rivaille…! ¡Estás solo porque no le das la oportunidad a nadie! ¡Antes sólo querías sexo y ahora… ni siquiera eso! ¡Despabila, hombre, la vida se te va y sólo te estás alejando de las personas! –le gritó desesperado y las pocas personas que habían en el bar los miraron con disgusto y confusión. Erwin recobró la compostura y se hundió en sus hombros.
Rivaille le miró como si quisiera matarle con los ojos. Erwin no le había hablado así en mucho tiempo. De hecho, ¿qué se suponía que estaba haciendo mal, como para que Erwin le dijera tal cosa? Él no se daba cuenta. No le daba la oportunidad a nadie porque nadie se la pedía. Sólo querían sexo con él y no estaba dispuesto a darlo. Por eso mismo, perdió el interés en tratar a las personas, sobre todo a las mujeres… ¿Erwin no se daba cuenta que eran los demás que no le daban la oportunidad a él de demostrar algo más que no fueran sus habilidades en la cama o el tamaño de su pene?
–Me largo. –le gruñó y se puso de pie.
–¡Eh, espera, Rivaille…! ¡Estás muy tomado, no puedes manejar así! –le tomó del brazo y lo detuvo.
–Tsk… Entonces, vete tú. No quiero verte a ti ni a tus cejas.
–Como quieras, enano… –le gruñó de vuelta y se encaminó hacia la salida, pero antes de irse, lo miró de nuevo. –Lamento lo que dije. Olvídalo. –y se fue.
Pero él no podría olvidarlo, por muy ebrio que estuviese, porque las palabras de Erwin hicieron eco en su cabeza, taladrándolo. Algo le dolía en el pecho y su cabeza ardía. Quizá era buena idea dejar de tomar, para estabilizar un poco sus sentidos y manejar de nuevo a su departamento.
Cuando salió del establecimiento, ya había amanecido y las calles se encontraban vacías. Llegó a su departamento en una pieza, con el efecto del alcohol ya un poco más desvanecido. Se tumbó en la cama, sin siquiera cambiarse de ropa y se quedó dormido, sin pensar en nada más que en las palabras de Erwin. A veces podía ser muy directo…


Espero que les esté gustando! Nos leemos ~