Este capítulo fue algo tardado y de hecho iba a quedar el doble de largo, pero preferí cortarlo para hacer el próximo capítulo más intenso ~
En fin! Espero que les guste~!


El domingo despertó a las dos de la tarde; comió algo y el dolor de cabeza punzante le puso de mal humor. Tomó leche, desayunó cereal y papas cocidas para bajar la resaca y comenzó a hacer ejercicio para sudar y eliminar las toxinas y el alcohol de su organismo. No es que tuviera experiencia tomando… Pero ya sabía qué hacer luego de una noche como aquella.
Ese día no tenía ganas de hacer absolutamente nada. Durmió más por la tarde y despertó para comer carne con picante. No quería salir, luego del golpe moral que le había dado Erwin la noche anterior. Aún recordaba sus palabras…

El lunes llegó algo tarde al trabajo. Cuando todos llegaban a las diez, él a veces llegaba a la una, pues podía llegar a la hora que quisiera, después de todo, era su despacho. Pero aquel día no se excedió; entró poco antes de las diez y media a su privado, abierto, por cierto, y se encontró con Eren. Por un momento, había olvidado que aquel mocoso comenzaba ese día.
–Oh, buenos días, licenciado. –le saludó y se hundió en sus hombros. –Preparé café, pero como no sé cómo le gusta, lo dejé negro.
Miró a Eren; estaba sentado en el escritorio destinado al secretariado personal del abogado, con unos papeles en sus manos y una taza a su lado. Miró su escritorio; ahí también había una taza de café.
–Negro está bien. –le 'saludó' y se sentó en su escritorio. –¿Qué estás haciendo?
–Oh, bueno… La licenciada Hanji me dijo que, mientras usted llegaba, acomodara unos papeles suyos y…
–Esa mujer… –gruñó, interrumpiéndolo.
Llamó por el teléfono y le reprendió con un volumen alto de voz por utilizar a su asistente personal. Cuando colgó, suspiró, se frotó el entrecejo y miró al joven confundido, viéndole con los papeles entre manos.
–Llévaselos. No importa si no los terminaste, mejor aún. –le ordenó y el chico asintió sin ninguna emoción más que confusión y caminó hacia la salida.
Cuando regresó, se plantó frente al escritorio del licenciado Corporal y pidió instrucciones.
–Puedes comenzar por capturar las facturas que se han acumulado en el último mes. Esas mierdas me desesperan. –se pasó una mano por el cabello y se dispuso a darle una breve explicación de cómo debía ejecutar aquella tarea. –¿Entendiste?
–Sí. –le miró serio y comenzó a trabajar.
Al licenciado le gustaba mucho esa actitud obediente, como un buen soldado. Eren estaba concentrado, decidido a demostrarle a aquel frío abogado que un "mocoso", como él le llamaba, podía ser mejor que cualquier otra secretaria que había tenido. Siempre le subestimaban por su corta edad, pero estaba harto de eso. Como si necesitara demostrarles a todos que él podía hacer cualquier cosa que se propusiera, sin importar la experiencia o el talento. La mera determinación y la constancia era lo que lo definían como persona; era su esencia. Eren, el chico que se esforzaba al máximo y un poco más para alcanzar sus metas. Por eso mismo, tenía una beca absoluta en la universidad; eran pocos quienes tenían y era una muestra de lo competentes y responsables que podían llegar a ser algunos jóvenes. No es que fuese un chico estresado o aislado de los demás, sólo sabía lo que tenía qué hacer para sobrevivir, para ser el mejor, para cumplir su sueño.

Al comienzo, se equivocó un par de veces pero, al final del día, había dominado ese meticuloso trabajo. Las facturas debían ser selladas como pagadas o canceladas en caso de equivocarse, capturadas en la base de datos del despacho, donde se ingresaban varios datos, entre ellos, una clave que definía qué tipo de servicio se estaba hablando y guardadas en una carpeta con los grupos de hojas blancas, amarillas y rosadas. Para las dos de la tarde, el abogado llamó al chico, pero éste no le escucho debido a lo concentrado que se encontraba. Tampoco el tono de voz de Lance Corporal era el más notorio, pues no estaba de humor para hablar en voz alta. Le dolía la cabeza. Se acercó al escritorio del chico y, ya que Eren ni siquiera se percató de su presencia, se colocó detrás de su silla y bajó un poco, de manera que su cabeza quedó a la misma altura que la de Eren, viendo cómo trabajaba y, cuando éste se dio cuenta, soltó un gritito asustado y dio un respingo.
–¡No me di cuenta de que estaba aquí! ¿Cuándo llegó? –comenzó a reír nerviosamente y Rivaille suspiró.
–Son las dos. Tienes una hora para comer.
–¿Huh…?
–Tienes una hora de comida, ¿qué esperabas? No pienso explotarte. –le gruñó y Eren abrió los ojos.
–Ah… Sí, gracias. –le sonrió y se puso de pie para encaminarse a la puerta y despedirse.

En serio, ¿qué clase de persona se concentra tanto en su trabajo para no darse cuenta que se le acercan? Suspiró de nuevo, mientras volvía a su asiento. No tenía hambre, por lo que sólo se preparó otro café y continuó trabajando. Cuando estaban por ser las tres de la tarde, alguien tocó a la puerta y, al entrar, se acomodó en su asiento. Eren había llegado tres minutos antes de que se terminara su hora de descanso. Rivaille le miró serio. ¿No se suponía que los recién llegados solían llegar quince o diez minutos antes de la hora indicada? Parecía como si Eren hubiese estado ahí desde hacía mucho tiempo. Como si tuviera perfectamente medidos los tiempos.
–¿Licenciado? –le llamó Eren, al cabo de un par de horas. –¿Se encuentra bien? Está algo pálido…
–Nada de qué preocuparse, chiquillo. –le dijo desinteresadamente, siendo más cortés de lo usual. Eren frunció el entrecejo y continuó trabajando.

El licenciado Lance Corporal era un hombre serio… quizá era demasiado estrés para él solo en esa oficina… Quizá necesitaba quitarse pesos de encima para calmar un poco su actitud dura. De eso se dio cuenta a la siguiente semana, cuando observó cómo el abogado palidecía y se tambaleaba fugazmente un poco, al levantarse de su asiento. El licenciado Lance Corporal Rivaille era un trabajólico. Y también se había dado cuenta de que no comía, porque ni siquiera se tomaba un tiempo de descanso, a pesar de ser su propio despacho.
Uno de aquellos días, habían acordado los términos del trabajo de Eren. Como estaba de vacaciones, entraría a las diez, tendría una hora comida y se terminaría su jornada laboral a las seis. Cuando estuviera de nuevo en clases, entraría a las tres de la tarde, sin hora de comida y se retiraría del lugar en el momento que Rivaille considerara apropiado. Podría ser a las cinco, a las siete e, incluso, a las ocho, si le apetecía mantenerlo ahí para ayudarle en alguna cosa. Eren estaba totalmente de acuerdo; se sentiría mal o aprovechado por el hecho de no trabajar las horas necesarias. Por la noche, podría hacer sus deberes de la universidad y, en algunos que otros momentos, tendría tiempo para sí mismo. Estaba satisfecho, así sentiría que estaba siendo de utilidad y que aprovechaba su tiempo. Que no lo estaba desperdiciando. Cuando ese trato se gestionó, Eren le agradeció bastante al licenciado por su consideración, aunque cada vez que se lo decía, Rivaille le respondía algo parecido a lo de siempre.
–No es eso. Sólo no quiero ser el responsable de que termines en el hospital por agotamiento. No tengo ganas de atender una demanda laboral.
Pero Eren comprendía que, detrás de esa actitud fría e inescrutable, se ocultaba otra faceta distinta. Quizá esa compresión se debió a las múltiples horas de trabajo a su lado, a las semanas y, rápidamente, a los meses. Todos en el despacho se habían sentido completamente sorprendidos por el hecho de saber que el famoso licenciado Lance Corporal Rivaille, había logrado mantener a un asistente por más de un mes. Era como una broma. Dos meses era demasiado, no se podía creer fácilmente… Pero, ¿cómo correr a ese mocoso? Al principio, debía aceptarlo, era torpe, pero después de un tiempo y de haber aprendido lo necesario, demostró ser rápido, listo y muy eficiente. No chistaba ante las órdenes de Rivaille y siempre hacía todo a la perfección. Rivaille estaba muy satisfecho. Sabía que esos ojos verdes de tonalidad extraña, resultarían ser bastante interesantes.

Durante ese segundo mes, Eren comenzó a preguntarle al licenciado, aun llamándolo de "usted", si gustaba que le llevara algo de comer, aunque siempre la respuesta era "no". Seguía mostrándose frío e indiferente, aunque, por dentro, comenzaba a preocuparse un poco por las ojeras del chico; purpúreas y profundas, como si no hubiese estado durmiendo lo suficiente. Por eso mismo, fingiendo fastidio, le decía que podía irse temprano, a eso de las cinco de la tarde. A veces a las seis, cuando realmente necesitaba de su ayuda… pero prefería esperar a que su cuerpo recuperara el color necesario. De verdad que no quería ser el responsable de que Jaeger colapsara. Sabía que estudiar derecho era difícil y, con el plus de trabajar, lo convertía en un martirio. Cuando Rivaille le preguntaba si algo ocurría, de manera completamente casual y con un aire aburrido, Eren sólo le respondía que todo estaba bien. Rivaille, obviamente, no se convencía del todo. Algo había en los ojos del chico que lo perturbaban. Como si presintiese que algo malo sucedía… Pero no debía meterse en la vida de un empleado. La única relación que debían de mantener, era de Jefe-Empleado. Nada más, nada menos. Además, si fuese algo parecido a un "amigo" para el mocoso, ¿qué? Sería extraño, ¿no? Es decir, él, con veintinueve años encima, amigo de un chico de diecinueve… No entonaba del todo. Ni siquiera le gustaba la idea. Sonaba a chiste.

Pero una noche, después de que Eren se retirara de la oficina, tuvo que cambiar un poco esa mentalidad… Aquel día, como cualquier otro, Rivaille liberó a Eren de su jornada diaria de trabajo algo tarde, a eso de las siete. Como a él no le apetecía volver a su departamento frío y vacío, se quedó trabajando un rato más. El teléfono sonó una vez, después de media hora de la partida de Eren. Rivaille no estaba de humor para contestar llamadas, es decir… ¿qué imbécil le llamaba a su abogado a las casi ocho de la noche? A veces los clientes no tenían consideración. Pero el teléfono sonó una segunda y tercera vez. A la cuarta, Rivaille contestó el teléfono con una ira comprimida y gruñó.
–Corporal y Asociados, buenas noches. –saludó casi escupiendo las palabras y escuchó una respiración agitada al otro lado de la línea.
–¿Licenciado? ¡Gracias a Dios! ¡Pensé que ya se había ido! –reconoció la voz de Eren, temblorosa y, como si de magia se tratase, su ira se desvaneció, al encontrarse un poco preocupado por Eren… Sólo un poco.
–¿Eren? ¿Qué pasa?
–L-Licenciado… No hay nadie más a quien pueda llamar... Por favor, ayúdeme… –su voz comenzó a sonar aguda, como si estuviese asustado.
–¿Qué pasa? –repitió con el entrecejo fruncido.
–¿Recuerda que le conté del acosador de mi trabajo anterior…?
–Sí. –le contestó serio. No le estaba gustando cómo estaba yendo la conversación…
–Está tocando a mi puerta. Está golpeándola… N-No sé qué hacer… Los vecinos de abajo no están y el departamento de arriba está vacío y… y… N-No sé qué… ¡Mierda! –chilló en la lejanía.
–Dime tu dirección, Eren. –le dijo serio y tomó un bolígrafo para apuntar en un post-it.
Eren suspiró aliviado y le dictó la dirección al abogado. Estaba algo lejos, cerca del centro de la ciudad, pero no le importó. Salió rápidamente del despacho sin siquiera cerrar con llave su privado, subió a su auto y arrancó sin calentar el motor. Rebasó el límite de velocidad y deseó que ninguna patrulla lo atrapase. Ni una luz rojiza o azul a la vista; llegó al edificio que Eren le había dicho. Era uno viejo, de color ladrillo oscuro, de tres pisos de alto y una puerta eléctrica con un interfón para comunicarse con los inquilinos. Habló al segundo piso y la puerta se abrió inmediatamente sin escuchar alguna voz. Se adentró al edificio y subió unas estrechas escaleras de metal pintado de blanco. Cuando llegó al segundo piso, vio a un hombre vestido con un traje gris, un ramo de rosas rojas entre manos y golpeando a una puerta.
–Eren, por favor, abre… ¡Sólo dame una oportunidad! –su voz era gruesa y muy expresiva.
Rivaille se acercó en silencio al hombre y colocó una mano sobre su hombro. Éste le miró confundido y parpadeó un par de veces.
–Buenas no…
–Lárgate de aquí si no quieres enfrentarte a una demanda penal y una orden de alejamiento. –le dijo con palabras frías y el hombre se alejó de golpe de él.
–¿Disculpe? No sabe con quién está hab… –pero Rivaille le volvió a interrumpir.
–Estoy hablando con un acosador sexual pedófilo que si se mete conmigo irá directo a la cárcel a que le rompan el culo los criminales igual de enfermos que él.
El hombre le miró en silencio y luego sonrió.
–Ah, ¿un novio? –lo encaró y luego golpeó la puerta una vez. –¡¿Es eso, Eren?! ¡¿Te follas a este enano?! –le gritó furioso y una fibra sensible de Rivaille salió airosa.
–Esto es todo, imbécil… –Tomó su teléfono y llamó rápido.
–¿A… quién llamas? –le preguntó el hombre con algo de sudor saliendo de su frente.
–Buenas noches, juez Smith. Lamento la hora, pero necesito encerrar a un acosador sexual pedófilo que…
–¡E-Espere…! –le dijo el hombre y se acercó a él.
–Aléjate de mí, imbécil. –le miró con su mirada más amenazadora y, a pesar de que el hombre era mucho más alto y grande, retrocedió con un escalofrío recorriendo su espalda. –No, juez Smith. Sólo necesito que te asegures de que se pudra ahí dentro y…
–¡De acuerdo, tú ganas, me largo! –le dijo el hombre y levantó sus dos manos, pues había dejado caer el ramo de rosas al piso.
–Hablamos luego, juez Smith. El imbécil no es tan estúpido como parece… –colgó y le miró severamente. –Lárgate. Si vuelvo a saber que te acercaste a Eren, te aseguro que, sin importar quién carajos seas o cuáles putos contactos tengas, irás a la cárcel.
–Esto no se queda así…
–¿Es eso una amenaza? ¿También quieres una demanda penal por amenaza?
–Tsk… –gruñó y caminó hacia las escaleras, para bajarlas pesadamente.
Cuando Rivaille escuchó que se había cerrado la puerta del frente, tocó a la puerta tres veces.
–¿Eren…? El imbécil ya se fue. Abre.
Después de un momento, la puerta se abrió, luego de unos ruidos metálicos, y la cara de Eren se asomó tímidamente. Luego, al confirmar que Rivaille estaba solo, la abrió aliviado y sonrió.
–B-Buenas noches, licenciado… –le saludó y Rivaille se percató de que su voz temblaba.
–¿Por qué me llamaste a mí? –le preguntó aún en el marco de la puerta y, luego de ver un ademán de Eren para que entrase, se adentró al departamento y Eren cerró la puerta.
–Bueno… no lo sé. Fue el primero que se me ocurrió… Además, Jean, mi mejor amigo, está fuera de la ciudad… Mikasa y el doctor Ackerman ya han hecho mucho por mí y…
–¿Por qué no llamaste a la policía?
–¿Eh? –le miró confundido y sus ojos sorprendidos se agacharon luego de un rato, al mismo tiempo que su rostro se coloreaba de rojo bruscamente. –N-No lo había pensado…
–¿Estás de joda, no? ¿Cómo carajo no se te ocurre llamar a la policía en una situación así? ¿Eres idiota?
–Lo… Lo siento… –agachó la cabeza y, aun sorprendido, se hundió entre sus hombros.
Rivaille se percató entonces de que Eren temblaba bruscamente y que su palidez aún seguía latente en su rostro, aunque sus mejillas seguían rojas. Incluso sudaba de la frente… De verdad que estaba alterado. Sabía que si se iba y Eren se quedaba solo en su casa, posiblemente no podría dormir por los nervios y que, si no se distraía aunque fuese un poco, entraría en pánico de nuevo. Eren necesitaba distraerse, pero tampoco quería preguntarle si se encontraba bien o si necesitaba algo. Se le ocurrió entonces que, como todo humano, la comida lo despejaría un poco.
–Ve a cambiarte, te espero. –le ordenó, luego de ver que llevaba puesta pijama.
–¿Huh? ¿Para qué…?
–Sólo hazlo. –gruñó y Eren asintió nervioso para luego ponerse de pie y encaminarse a una puerta, la cual cerró tras de sí.
El departamento no estaba tan mal. Era chico, pero perfecto para un estudiante de universidad. Había una cocina pequeña, una sala con comedor, también chicos, y dos puertas; una llevaba a la habitación y otra a una a un baño, o eso suponía Rivaille. Había libros sobre la mesa de la sala, algunas hojas y varias resmas en el piso, al lado del sofá blanco hueso. Su departamento estaba algo desordenado, pero tampoco era como si no pudiera controlar el deseo de limpiar; no era su departamento, después de todo. No pasaron más de tres minutos cuando Eren salió de su habitación y se encaminó a Rivaille con unos pantalones de mezclilla color claro, rasgados de las rodillas, una camiseta de tres cuartos de color gris oscuro con tres botones en la parte de arriba, cubierto de los costados por un chaleco negro que se abría casualmente con un zipper en medio y unos converse negros.
–¿Para qué…? –le comenzó a preguntar, pero Rivaille le volvió a interrumpir.
–Te espero en la entrada del edificio. –le dijo serio y salió del departamento, para bajar las escaleras metálicas y acomodarse en frente de la puerta frontal.
Al cabo de un momento, salió Eren y le miró confundido, pero con una sonrisa tímida.
–¿Cerraste bien? –le preguntó Rivaille y Eren asintió lentamente. –Bien. Vámonos. –le tomó inconscientemente de la muñeca y, cuando se dio cuenta, luego de caminar un par de metros hacia su auto, le soltó.