Los personajes no me pertenecen. Vocaloid es de Yamaha Corporation.
Cuando a Luka le quitaron la venda que le cubría los ojos no pudo evitar impresionarse tras el grito de "¡feliz cumpleaños!" que corearon sus amigos. Estaban todos. Su mejor amiga, Miku, se acercó a ella para darle un gran abrazo y tirarle de nuevo de las orejas.
-¡Lo he hecho yo! ¿Estás sorprendida? – Le confesó con una enorme sonrisa infantil.
Se habían conocido en la escuela cuando Miku ingresó debido a la mudanza. Luka no estaba en la misma clase que ella, pero no pasó desapercibido para la niña de las coletas que la pequeña Megurine siempre estaba con su primo y el resto de chicos. Pudo ver desde el principio que estaba muy contenta allí, pero alguna vez notó en sus ojos un anhelo secreto. Más tarde Miku descubrió que las chicas la odiaban sencillamente porque le tenían envidia de estar con el género masculino, algo que ninguna de las otras muchachas se atrevía a hacer. Quizá de vez en cuando alguna entregaba una carta de confesión a sus amigos, pero ellos siempre rechazaban todas y cada una de ellas. Las niñas dedujeron que era porque a todos les gustaba Luka y habían firmado un pacto silencioso de odio profundo hacia la pelirrosa. Miku, pese a sus nueve años de edad, se dio cuenta rápidamente de la tristeza que portaba.
Un día, mientras Luka esperaba por que algún sirviente la fuera a buscar tras el final de las clases, se acercó, le dijo hola y tras darle una flor se sentó a su lado, haciendo todo tipo de preguntas banales. Repitió esa acción siempre que tuvo oportunidad, hasta que Luka comenzó a esperarla para ir juntas hasta la panadería de la esquina y volver. Al principio pensó que la pequeña se burlaba de ella y solo buscaba humillarla, pero tras haber visto tantas veces su mirada y sonrisa sinceras se fue abriendo poco a poco. Después le presentó a sus otras dos amigas, con quienes siempre la había visto. Sabía el nombre de Gumi porque su primo no hacía otra cosa que hablar de ella, y el de Rin porque ella y Len eran los primeros mellizos había visto.
Luka no podía sentirse más agradecida hacia la que era ahora su mejor amiga. Gracias a ella había conocido a otras personas geniales y ahora todos juntos eran como un grupo, ya que inevitablemente los amigos de Luka notaron que ella ya no pasaba el tiempo con ellos. Gakupo fue el más angustiado en ese aspecto ya que, como su prima en un principio, creyó que intentaban ridiculizarla. Entendió la situación con solo mirar a la pelirrosa sentada en un banco con una chica de coletas azules. La sonrisa de su prima era tan sincera como la de su nueva amiga.
Un día la pequeña Megurine se encontraba entre sus amigos contando entusiasmada que Miku-chan le había presentado a sus simpáticas y guapas amigas y se sintió muy contento por ella, ya que siempre la había tratado como una hermana. Lo que le causó impresión fue cuando Luka nombró a su nueva amiga Gumi. Todos allí sabían que él siempre había tenido obsesión por esa niña y su pelo verde. Cada día que pasaba la miraba de lejos y murmuraba lo preciosa que era, convirtiéndola en una especie de amor platónico. Vio la ocasión perfecta para conocerla, así que le insinuó a Kaito que quería conocer a las nuevas compañías de su prima, pero este no se creyó la excusa ni por un segundo. Resultaba evidente que estaba ansioso por la famosa chica del cabello verde. Un día Luka los juntó a todos, incluso Len decidió unirse y se maravilló de lo bien que se habían llevado entre ellos, todo gracias a Miku. Lo que pudo notar fue que su primo parecía estar cohibido, él, que siempre era tan extrovertido.
Estaban todos frente a ella, esperando su turno de abrazarla con una sonrisa enorme. La habitación estaba cubierta de lazos y postres, pero lo que más llamaba la atención era el pedazo de tela en el que ponía "¡felices trece!" adornado con dibujos y frases escritas por cada uno de ellos. Cuando empezaron la fiesta en casa de los Kamui, la cumpleañera rompió a llorar de la alegría que sentía al ver juntos a todos los amigos que había conseguido con el tiempo. Gumi se encontraba hablando tranquilamente con Yuma mientras comían algo, su primo y Kaito habían decidido coger unos florines y se lanzaban estocadas imprecisas. Akaito reía junto a Miku y ella, quien estaba a la cabeza de la mesa. Pensó con tristeza que ese sería de sus últimos cumpleaños juntos, ya que su primo Gakupo y el primo de Kaito, Akaito, pronto tendrían la edad suficiente como para ir a buscar fortuna o empezar a trabajar. Seguirían viéndose, pero no a diario.
-¿Dónde están Rin-chan y Len-kun? –Cuestionó entonces Akaito.
Era cierto. Ellos le habían dado un enorme abrazo, pero ahora no podía verlos por ninguna parte. Esos dos siempre estaban juntos. Rin solía hablar de lo genial que era su hermano, por lo que Len se sonrojaba y negaba diciendo que la persona a la que describía no era otra que ella misma.
-Se pelearon otra vez. – Contestó Miku con una sonrisita de complicidad y un encogimiento de hombros, haciendo que la gruesa trenza que llevaba ese día abarcando todo su cabello se deslizara por su hombro.
Aunque también discutían. Siendo sinceros, discutían al menos una vez por semana y usualmente era Rin la que andaba quejándose y de morritos. Miku, con su buena voluntad sin fin, la aconsejaba la primera. Sumándose Luka y Gumi hacían un grupo invencible. Ah, Miku Hatsune, su mejor amiga, Miku-chan, su Miku.
Esta vez los mellizos se habían enfadado porque Len le robó el postre a su hermana en la cena del día anterior debido a que dos días antes Rin había hecho lo mismo con el suyo. Rin había llorado en los brazos de todas porque su hermano no le dirigía la palabra, pero al día siguiente la tristeza y los pucheros se transformaron en rabia y unos labios fruncidos en una mueca altanera y reprobadora. Luka supuso que en ese momento estarían disculpándose.
Y Luka no se equivocaba. Afuera, en el jardín, Rin hacía ondas con sus dedos índices mientras miraba al suelo, mordiéndose el labio en arrepentimiento. Le había dicho a su hermano que lo sentía muchísimo y que quería que volvieran a ser mellizos. Cuando llegó el silencio de Len, la hebras de hierba se volvieron de lo más interesantes. Lo sintió acercarse un paso y ponerle las manos en los hombros con suavidad. Rin lo tuvo claro: Len le diría que no quería seguir siendo su mellizo y estaba buscando una forma para decírselo y que no se lo tomara muy mal, ya que pese a no querer compartir su sangre, la estaría protegiendo como siempre hacía.
-Rin, mírame.
No quería hacerle caso, pero él le alzó el mentón con dos dedos obligándola a levantar la cabeza. Aun así desvió la mirada. Len pegó sus frentes y le tomó una mano, entrelazado sus dedos. Entonces, como si fuera un pacto, ambos cerraron sus ojos al mismo tiempo y se dieron un corto beso en los labios.
-Eso no es algo que podamos cambiar. Es lo que somos. Es lo que sentimos. –Rin se sintió confundida, sin saber que detrás de las palabras de Len había una emoción implicada.– Si quieres que te perdone, tienes que darme tu postre por una semana y hacerme masajes siempre que quiera, además no puedes ponerte mis abrigos ni entrar a mi cuarto sin mi permiso, y sobretodo tienes rotundamente prohibido acercarte a mis consolas.
Ella ya no estaba triste. Le miraba fijamente con las mejillas hinchadas, rojas de la rabia.
-¡Len-baka! – Le gritó casi dejándolo sordo por su cercanía y justo después le pegó en el hombro.
-¡Ouch! ¡Marimacho! – Se burló, sacándole la lengua y huyendo de la furia en la que se había convertido su hermana mayor al interior de la casa, sin poder dejar de reir.
Continuará...
