La serie Sherlock y ni ninguno de sus personajes me pertenecen son propiedad de la BBC y Sir A.C. Doyle, pero me siguen enamorando...
Editado el 30 de septiembre de 2014
- Capítulo 1: Lazos rotos -
221B de Baker Street, Londres, 16 de Enero de 2013
La tibia luz del sol naciente comenzaba a filtrarse por la ventana iluminando tenuemente la habitación hasta entonces envuelta en las penumbras de la noche londinense. Poco a poco, sus rayos iban alcanzando la figura inmóvil del hombre sentado en el sofá de tapizado que había visto mejores tiempos. Sus manos largas reposaban cerca de su rostro, unidas por sus palmas como si estuviera rezando, pero su mente estaba muy lejos de elevar plegarías a un ente omnipresente ya fuesen de alabanzas o rogando algún favor de su parte. Hacía horas que el hombre que respondía al nombre de Sherlock Holmes se encontraba dentro del trance que le permitía recorrer las estancias imaginarias de su Palacio Mental. Ese lugar donde almacenaba datos sobre personas y hechos que consideraba esenciales y eliminaba aquellos que consideraba superfluos o innecesarios para su conocimiento. Pero incluso él a veces sufría los ataques de su subconsciente y aparecía ante puertas que no quería abrir, como en ese momento, y permanecía horas ante ellas logrando reunir fuerzas para irse, pero, nunca para entrar en las habitaciones cerradas.
Con lentitud logró salir del trance y los sonidos de la capital británica y de su entorno, ya bullicioso en el comienzo de un nuevo día, penetraron en su consciencia de nuevo alerta. Sintió como su compañero de piso bajaba las escaleras desde su dormitorio situado en el piso superior y entraba en la cocina para prepararse el desayuno. Oyó, nunca reconocería que con una pequeña sonrisa en sus labios, como juraba por lo que encontraba dentro de las baldas del frigorífico al sacar los alimentos que necesarios para su subsistencia diaria y se permitió, de nuevo, otra pequeña sonrisa que tampoco llegó a fruncir sus labios al escuchar su exclamación de horror en lo que encontró en el microondas.
Pronto, apenas habían pasado quince minutos, sintió como se retiraba de nuevo al piso de arriba para cambiarse y salir apresurado a la calle rumbo a su trabajo, por lo cual debía ir tarde como siempre. Escuchó perfectamente su saludo de despedida pero no consideró necesario responderle mientras permanecía con los ojos cerrados, como si no hubiera sido consciente de su presencia en ningún momento a su alrededor.
Las horas siguieron transcurriendo lentamente mientras trataba de volver a subir las defensas ante los recuerdos indeseados que le habían asaltado. Era en esos momentos cuando se cuestionaba su decisión insensata de no borrarlos, de hacer que desaparecieran en el limbo de una vez por todas. Pero, sabía que nunca sería capaz de borrar lo que más significaba para él, lo único que le había hecho humano hace tanto tiempo de sentir como el resto de los mortales. Tendría que sobrellevar su carga como el resto de los hombres, o mejor aún, seguir obviándola. Debía olvidarse sus recuerdos hasta que la caída de la tensión de su mente después de la solución de un caso los llevase de nuevo a la superficie y empezase de nuevo la lucha contra ellos.
La paz del edificio fue rota por el sonido del timbre y la puerta de la calle al abrirse ante el visitante inesperado. A pesar de no poder distinguir a los dueños de las voces correctamente, el sonido inconfundible de las pisadas que subían por las escaleras hizo temblar de nuevo sus labios, pero, en esta ocasión en un gesto de desagrado y resentimiento feroz. La persona que estaba a punto de cruzar la puerta era, por desgracia, la única capaz de deducir el estado en que se encontraba y la causa que lo había originado. Sólo tendría que ver sus ojos para llegar a ese conocimiento y poder manipularlo, o peor aún, mostrar piedad.
En esos breves instantes que le quedaban en soledad trato de limpiar su mente para volver a tratar de ser una máquina, un monstruo, como le llamaban Anderson y Donovan. Se rió imaginando su cara si supieran lo acertado que eran esa suposición, sólo un monstruo habría hecho lo que hizo él, sentido lo que sentía y como tal sería siempre condenado.
La puerta del piso se abrió con suavidad y sintió los pasos amenazantes acercarse a una silla y sentarse con delicadeza en ella. El suave rasguño sobre el brazo de madera le indicó que había posado el paraguas que siempre llevaba consigo al lado del asiento. Permanecieron en silencio durante unos minutos más hasta que estallo al no poder aguantar más su presencia. Le pregunto a su visitante con todo el desdén y odio que fue capaz de reunir en su voz:
- ¿Y a qué debo el inmenso placer de tu visita, querido hermano? ¿Un secretario ha perdido los planes ultra secretos para una nueva arma de destrucción masiva? ¿Un político de tres al cuarto ha descubierto que su mujer le es infiel con el portero de su casa y les ha matado en un ataque de celos? ¿A tu pastelero le han robado la receta de tu pastel favorito? Sabes perfectamente que no voy a trabajar para ti, así que vete por dónde has venido y no vuelvas…
- Sherlock – La voz de su hermano le interrumpió antes de que continuase su diatriba. No tenía que abrir los ojos para verle perfectamente vestido, sin duda en un traje de tres piezas de un diseñador italiano de precio exorbitante. La camisa y corbata de seda en perfecta coordinación. El coste total de esas prendas alimentaría a varias familias necesitadas de Londres durante un mes. Podía sentir como sus ojos verdes estudiaban cada gesto que realizaba para poder manejarlo a su antojo, como siempre había hecho. - A madre le gustaría verte. Está en la ciudad durante unos días y le gustaría cenar contigo.
- Me temo que no va ser posible, Mycroft- Trató de taponar la rabia que sentía explotar por todos los poros de su piel, ¿precisamente tenía que ser hoy cuando viniesen a molestarlo? Pero en cierta manera le beneficiaba. Su querido hermano mayor pensaría que su estado se debía a esa petición no ha que hubiera sido asaltado por los recuerdos de un fantasma antes de su llegada.- Mi madre hace años que murió, como lo hizo mi padre. No me apetece ir a cenar con un muerto, un zombie, si lo prefieres. No necesito a nadie que trate de revivir algo que hace tiempo, repito, está muerto y enterrado para todos. Al menos padre sabe quedarse en la tumba en la que le he metido, no como esa mujer….
-¡Sherlock! Esa mujer es tu madre.- El hombre mayor le volvió a interrumpir, a pesar de su control notó la pequeña vibración de ira en su voz. Sonrió para sí, no era el único que sufría. En ocasiones le gustaría poder retorcer ese ligero sentimiento que se escapaba del corazón helado de su hermano hasta hacerle caer de rodillas y destruirle capa a capa. Pero, sólo el miedo de saber que el daño sería mutuo le detenía antes de hacerlo, nunca por un mal entendido sentimiento fraternal.- Algún día tendrás que enfrentarte a ellos y hablar de las cosas, siguen siendo tu familia, tus padres…
Se levantó de un brinco del sofá furioso, mientras abría los ojos grises y se enfrentaba directamente a su hermano:
- ¿De qué quieres que hablemos? ¿De cuándo me abandonaron en la clínica de rehabilitación porque era demasiado vergonzoso tener un hijo drogadicto? ¿De cómo enviaron a su hijo mayor a hacer su trabajo? ¿De cuándo …
-No culpes a los demás de tus actos, Sherlock. No fueron ellos los que apartaron a la gente que les querían de su lado. Ellos solo deseaban ayudarte pero tú los alejaste a base de atacarles en sus debilidades y miedos. – La voz de su hermano de nuevo le interrumpió. Esta vez perfectamente calmado, sin resquicios del sentimiento anterior volviendo a ser el hombre de hielo. - Fuiste tú quien tomaste las decisiones en tu vida que al final hicieron que los demás tomásemos las nuestras, quisiésemos o no.
-Y aquí es donde el infalible Mycroft lanza su juicio de valor. Donde juzga y condena a los pobres peces de colores idiotas que le rodean, mientras los demás nos quemamos en el infierno de nuestra falibilidad humana.
-No te equivoques hermano. Sólo trato de señalar lo obvio que sucedió. Hay veces que las acciones de una persona condicionan las de la gente que las rodea, como fue lo que paso en nuestra familia. Sabes perfectamente porque madre permaneció alejada de ti, a pesar del dolor que le causaba lo que estabas viviendo. Y al final, yo estaba más capacitado para estar a tu lado…
- Por tu incapacidad de sentir, ya que te aterra el cuidado que conlleva el sentimiento, por la debilidad…
- Porque soy tu hermano, porque entiendo como piensas y como reaccionas a los estímulos, porque tus ataques, por dolorosos e incisivos que fueran los podría rechazar…
- El privilegio de no tener corazón, querido Mycroft, no busques otra verdad.
- Posiblemente sea eso Sherlock, sí tú lo dices. Pero aún en mi estado innatural de carecer de corazón sé cuanto sufrió nuestra madre y entiendo su dolor a ver a un hijo suyo en ese estado, pero sabes que era su deber cuidar…
- ¿Cuidar? ¿Proteger? – Sherlock permitió la ira inundar la voz, mientras paseaba por la salita, con las manos cerradas en puños, dentro de los pantalones, en un giro se plantó delante de su hermano y le grito- ¿Para qué? Al final fracasaron y permitieron que fuera allí a...No Mycroft, no voy a ir a cenar con ella, no hoy ni nunca. Para mí se encuentra debajo de una lápida, bien enterrada y no pienso sacarla de ahí, fueron sus acciones, o su falta de ellas, la que la llevaron allí. Y no creas que me olvido de ti en mi condena. Sólo tu insistencia en permanecer dentro de mi vida, la escasa ayuda que me das en algunos casos. Y que sé que a pesar de ceder, como el buen hijo mayor, siempre brillante y dispuesto a claudicar ante ellos, conozco que tú tampoco les has perdonado por su desidia. Eso es lo único que hace que sigas aquí a mí alrededor, pero no pienses que eso no me hace recordar tus propias acciones.
Tras la explosión de Sherlock los dos hermanos permanecieron en silencio mirándose fijamente a los ojos, en un duelo silencioso de voluntades. Al final Mycroft, con un flemático encogimiento de hombros se levantó de la silla, y mientras recogía su paraguas habló de nuevo, incapaz de no tener la última palabra:
- Entonces la diré a madre que te encuentras en medio de un caso y no puedes verla.
- Dile lo que quieras poco me importa, pero no quiero tenerla delante de mí.- Bufó furioso el detective mientras apartaba con violencia uno de sus rizos morenos de los ojos.
Su hermano se encontraba ya junto la puerta cuando dejó escapar las últimas palabras antes de irse:
- Ellos también sufren, Sherlock, nunca lo olvides. No eres el único que llora su ausencia.
No lo pudo evitar en ese instante sus nervios se terminaron de romper y lanzó sobre la puerta una taza vacía de té. El ruido de la loza al romperse en mil pedazos le devolvió la calma finalmente, mientras su rostro se iluminaba con una sonrisa vacía de cualquier sentimiento.
Gracias por leer, al_dena.
