No sé cómo empezar a disculparme con las personas que estabais siguiendo esta historia y hace ya una año (¿ha pasado tanto tiempo? ¡Qué vergüenza!) dejé colgadas sin mediar palabra y aún así la gente siguió leyendo y comentando. Cuando empecé a escribir tenía muy claro dónde quería ir y los pasos que iba a seguir para llegar al final. Pero si bien mi amor por Sherlock no ha decaído sino aumentado si es posible más, con la otra serie del fic me desapegue y no podía encontrar la motivación para continuar escribiendo y lo que salía de mis dedos lo odiaba sinceramente con todo mi corazón.
Así que pasó el tiempo (cruel como siempre) hasta que hace poco me volví a animar a ver la otra serie y la magia volvió a mi, retorné a enamorarme de los personajes y a recordar las razones que me llevaron a escribir esta idea loca en primer lugar. Y aquí está el resultado, he editado los capítulos anteriores, cambiado detalles, añadido profundidad a los diálogos, pero en esencia siendo los mismos y el final que me planteo ahora es similar al anterior, pero tal vez más oscuro e incierto en estos momentos, pero los importante es que:¡Azrael vuelve al juego¡
Gracias a todas las personas que no perdisteis la fe en esta historia.
Advertencias: las de siempre es un UA por lo tanto hay divergencias en el canon y en los personajes, relación M/M, Jim haciendo de las suyas libremente, muerte…. ejem, y posiblemente algún acento perdido y uso abusivo de las comas, y una N/A enorme al principio :( .
No sé si os lo he dicho alguna vez pero no soy la dueña de Sherlock y de dinero como que nada me llega al bolsillo escribiendo sobre la serie.
- Capítulo 8: Cuando la muerte nos alcanza -
Localización clasificada. Hora Zulu desconocida
El aire era opresivo en torno a los cuatro soldados que vigilaban la selva que se cernía sobre ellos desde la entrada de una cueva cubierta con las raíces de los gigantescos árboles que la rodeaban y ocultaban a plena vista. Tenían sus armas listas para disparar en caso necesario mientras vigilaban incansables el terreno que les rodeaba. Tenían que escuchar y sentir más que ver a sus perseguidores debido a la escasa visión que la vegetación exuberante que les rodeaba les permitía tener de su entorno, factor negativo a la indudable protección que por otro lado les daba a cambio.
Permanecieron en esa posición defensiva durante mucho tiempo mientras al fondo de la cueva un grupo de doce aldeanos permanecían agrupados tratando de minimizarse con las rocas. Los hombres y mujeres se abrazaban fuertemente unos a otros tratando de hacer el menor ruido posible que pudiese atraer a sus perseguidores hasta esa posición que habían encontrado gracias a las artes cinéticas de uno de los lugareños. El hombre les había servido de guía durante esos cuatro días que habían avanzado a trompicones por la selva huyendo de una muerte segura. Vestidos toscamente con ropas hechas artesanalmente y con sus manos curtidas por el trabajo en el campo, los rostros de los aldeanos mostraban una vida llena de sacrificios y el terror que sentían por la situación dramática que estaban viviendo en esos momentos. Los ojos desenfocados por el miedo no perdían de vista a sus defensores sabiendo que eran su única defensa ante una muerte horrible en caso de ser descubiertos. En muchas de esas retinas todavía estaba el destino atroz que vieron sufrir a sus familias y amigos antes de que hubiesen conseguido huir.
Los soldados se relajaron con el tiempo, al observar, que de momento esa posición parecía lo suficientemente segura para pasar la noche que ya llegaba. El capitán, al mando del equipo de cuatro, indicó a sus hombres que descansasen y comiesen algo y organizó rápidamente las guardias para mantener la vigilancia en el perímetro de seguridad del terreno que les rodeaba. Se reservó para él mismo esa dura primera guardia después de no descansar en días y vio como sus hombres compartían sus raciones con los aldeanos y los trataban de calmar con un par de frases animosas antes de que todos tratasen de conciliar el sueño. Sonrió para sí, orgulloso de ellos que eran muy buenos hombres y soldados excepcionales y sabían salir de las situaciones más difíciles sin dudar. Esperaba que en la que estaban viviendo en la actualidad fuese una de ellas, sólo necesitaban para sobrevivir que llegase la ayuda lo antes posible a su posición. Frunció el ceño al pensar que debían tener cuidado con la comida y obtener algo de agua, no habían esperado tener problemas en la misión de exploración por lo que sus kit habían sido básicos y los aldeanos tampoco habían podido coger mucho en su huida.
Se sentó a las sombras de una de las raíces que cubrían la entrada oculto totalmente del exterior, detrás suyo el resto de los ocupantes ya habían caído en las brumas del sueño y reunían fuerzas para combatir el agotamiento que horas de tensión y huida habían tomado factura de todos ellos. Vigiló durante unas horas sirviéndose tanto de sus sentidos como del aparato que mantenía en su mano y servía para buscar signos vitales cercanos. De vez en cuando trataba de hacer hablar a su radio que se encontraba muerta por las interferencias buscando la ayuda que sabía que tenía que llegar en algún momento aunque sólo la estática respondía. Pero no dudaba que llegaría el comandante de su base hasta ellos. Era un hombre conocido por su terquedad y negativa a dejar atrás a ninguno de los suyos si había una oportunidad de salvarlos y si no la había él la crearía en ese caso. Vendría en su busca, lo único malo era saber si continuarían allí cuando llegase. Sintió como se movía a sus espaldas uno de sus hombres, el sargento Aoi Haga que con sus rasgos orientales ya alertas se incorporaba para sustituirle en su papel de vigía.
- Capitán Watson es hora del cambio. Vaya a descansar aquí amanece demasiado pronto como para perder el tiempo en vez de dormir. – Le digo Haga a su oficial al mando dándole una palmada cariñosa en el hombro, familiaridad que sólo se permitía cuando no había ningún testigo más de ella.
El joven oficial británico se limitó a asentir mientras permanecía al lado del japonés una vez que se levantó de su lugar y era ocupado por éste.
- ¿Le preocupa algo, señor? – Le preguntó su segundo al mando preocupado por la negrura que veía en los ojos azules. Mayor en edad que su capitán y de carácter rígido nacido de su educación y cultura los años de continuadas misiones juntos, de salvarse mutuamente el trasero en innumerables ocasiones le habían hecho respetar al joven y confiar en sus decisiones a la hora de dar órdenes y abrirse a él de una manera que el resto de oficiales no había logrado con mayor experiencia en el mando. Aunque nadie sé lo diría a la cara ya que era un maestro en las disciplinas marciales y les podía patear en los entrenamientos todos en la base conocían donde descansaba la lealtad de Aoi y a quién favorecía como si se tratase de su propia familia.
- A parte del avispero en qué nos hemos metido sin esperarlo, ¿quieres decir? La verdad es que nada salvo que me estoy quedando sin té en la base y eso es un terrible pensamiento para el futuro cercano que me espera. Odiaría tener que tomar café en la hora del té.
Los dos soldados se rieron quedamente con el intento de humor descarado mientras sus ojos seguían barriendo las afueras de su escondite siempre atentos en busca de la posible llegada del enemigo.
- ¿No ha habido suerte con la radio todavía? – Preguntó Haga al darse cuenta que el joven no iba a abandonar de momento su lado.
- No, hay demasiadas interferencias y no sabemos si han entrado o no. Pero tengo claro que el coronel no nos dejará tirados aquí sin saber si seguimos vivos o no, así que, en algún momento hará un movimiento. Lo único malo es saber cuándo y dónde lo hará. ¿Qué tal has visto a Gutiérrez y Ellis?
- Cansados pero bien. Lo que me preocupa más son la gente del lugar, que se asusten y rebelen nuestra posición sin querer.
- No lo creo que lo hagan. Están asustados sí es cierto, pero, saben que su supervivencia depende de su capacidad de esconderse sin relevar su posición y la nuestra. Debemos confiar en que ese instinto sea suficiente para que obedezcan sin dudar lo que se les ordene hasta que estemos a salvo.
- Esperemos que lo hagan. – Permanecieron en silencio hasta que el japonés volvió sus ojos al oficial superior y le dijo con preocupación no escondida.- Senpai, debes descansar ahora que puedes. Si hay cualquier problema te avisaré inmediatamente.
- Lo sé, Aoi-ossan. Cuando amanezca debemos ir a buscar agua y ver como es la situación ahí fuera en realidad. No es bueno que permanezcamos ciegos como hasta ahora y menos cuando parece que tenemos un lugar dónde estar seguro aunque sea por poco tiempo.
Con un gesto de cabeza se despidió del sargento y fue al fondo de la cueva dónde al lado de sus hombres se tendió a descansar lo que pudiese. Permaneció en un estado de sopor que le permitió recuperar las suficientes fuerzas y al mismo tiempo darse cuenta de los distintos cambios de vigilancia de los soldados a sus órdenes y que la situación permanecía clara de momento. Cuando faltaba una hora más o menos para que Ellis les despertara a todos permaneció con los ojos cerrados, pero, ya al cien por ciento de sus capacidades o lo más cerca posible que podía. Su mente trazaba estrategias de huida y lucha para lograr la supervivencia de las personas a su cargo y cuando tuvo claro cuál debían ser sus decisiones para las siguientes horas se permitió unos pensamientos de recuerdo a su casa y familia como cada noche hacia.
Con cariño y nostalgia pensó en sus padres, en la preocupación por la falta de noticias que tenían en esos momentos sobre su situación. Esperaba que su padre no se culpase de haber firmado la orden de destino ya que le había visto dudar claramente antes de firmarla. Para un padre no había nada más duro que mandar a un hijo a la guerra. A pesar de todo el sufrimiento, del peligro y de la añoranza no se arrepentía de su decisión de estar allí combatiendo. Era algo inexcusable el no rehuir ese peligro si querían lograr evitar el peligro que les acechaba y volvería a presentarse voluntario de ser necesario una y otra vez. Pero echaba de menos los abrazos cariñosos de su madre y la estoicidad de su padre teñida de cariño cuando hablaban de sus misiones y del Proyecto entre los dos.
Su pensamiento se ensombreció al pensar en Mycroft. No podía evitar sentir preocupación y mucha culpa por haberle dejado sólo para enfrentarse a la sombra que les había cubierto casi toda su vida. Y aunque sabía que desde fuera su decisión podía parecer egoísta o juvenil la había tomado pensando en la amenaza que pendía sobre ellos y podía llegar hasta sus puertas creando el caos. Esa lucha para proteger a su familia la podía llevar a cabo luchando con todo lo que tenía, mientras que, en la que estaba inmerso Mycroft en la actualidad sólo podía ser un mero apoyo moral en el momento por mucho que le doliese la situación. Su hermano mayor era muy brillante y capaz de dirigir una nación entera hacia la dominación mundial del resto de países, pero, tenía el hándicap que a veces carecía de empatía para relacionarse con el resto de la vulgar humanidad que le rodeaba. Sonrió para sí al recordar la expresión que le gustaba usar con desdén al mayor de los hermanos Holmes: peces de colores. Aún así el hielo escondía un gran hombre que se preocupaba y amaba a su familia aunque no supiera demostrarlo claramente. Suspiró para sí echando de menos los consejos de su hermano para salir de esa trampa en la que se encontraban en esos momentos.
Su mente se volvió como siempre hacia Sherlock sin dudarlo. Para él siempre había sido increíble y la única persona que llenaba toda su vida con su sola presencia en ella. Incluso a pesar de haber pasado tantos años de dolor y miedo de perderlo irremediablemente a las drogas nunca había perdido esa primacía en su corazón. . Sus hermanos creían que lograban engañarle y ocultarle las cosas que deseaban que no supiese, pero, siempre conseguía ver reflejados en sus ojos el miedo y el temor a que sufriese en esas ocasiones. Puede que no fuese un genio como los dos Holmes mayores, en ocasiones demasiado brillantes para su propio bien, pero, era inteligente a su vez y sabía leer sus emociones e intenciones como nadie más en el mundo podía hacerlo. Al fin al cabo ellos le habían criado y educado. Por eso desde niño había fingido creer en sus argumentaciones y ellos se habían persuadido de su aquiescencia a sus palabras. Y después tenían la cara dura de decir que no sabía mentir.
Suspiro para sí cuando siguió esa línea de pensamiento, recordando lo que el mediano de los Holmes había tratado de ocultar. Siempre había consciente de ese secreto de Sherlock. Primero sin comprender la profundidad que abarcaba como el niño que era, después, sin saber como hacer frente a algo así y al final, por desgracia, teniendo que obviar para dar tiempo a su hermano a volver a ser él mismo, protegiéndolo como quería haber hecho el mayor con él.
Lo que su hermano había creído que era hielo cuando le miraba no había sido más que una máscara para que no leyese más que lo qué quería que leyese en ese momento. Sherlock no sabía cómo se le había partido el corazón al ver su desesperación al saber que se alistaba. Por una vez, le benefició el estupor de las drogas en que vivía el mayor. Sherlock ese día no había tenido ningún control sobre sus emociones más profundas y si antes había sospechado la verdad de lo que sentía el otro hombre hacia él en ese momento ya no le quedó ninguna duda. Y se odio a sí mismo con rabia por abandonarle sin esperanza alguna, pero, tuvo que ser fuerte sabiendo que era el camino que debía seguir para protegerle. Para que Sherlock pudiese volver a ser la persona que estaba destinada a ser en vez de un triste drogadicto. Necesitaban desesperadamente que volviese sobre sus propios pies para poder enfrentarse al enemigo que desde las sombras ya había tratado de destruirle y que le atacaría de nuevo sin dudar cuando se percatase que se estaba recuperando.
- Está enamorado de mi, Mycroft. ¿Lo sabías tú?
- Creo que lo ha estado desde que te cogió en brazos por primera vez siendo un bebé, tal vez sin saber cómo llamarlo en realidad hasta que creció, pero siempre amándote con todas sus fuerzas. – Su hermano mayor le respondió tras observarle en silencio unos minutos pensando en sus palabras.
- Eres un romántico Mycroft en el fondo de tu ser, pero muy en el fondo por suerte. – John trató de hacer una ligera broma antes de que una duda le embargase.- ¿Es mi culpa que acabase así?
- Nunca y ni siquiera te plantees esa ridícula idea de que fue tu culpa. Sherlock cayó por sí mismo ya que no supo enfrentar lo que sentía en su corazón. Pero creo, sin duda alguna, que estaba destinado a levantarse y luchar con el tiempo cuando hubiese logrado descifrar las emociones que sentía hacia ti. Cuando se hubiese dado cuenta que sus sentimientos no estaban mal o eran equivocados o perversos. Pero, para su desgracia y para la nuestra la influencia de Moriarty lo envolvió y asfixió antes de poder darse una oportunidad para sentir. Es Moriarty y su labor lo que ha llevado a Sherlock hasta estos límites de auto destrucción actuales.
- Moriarty, siempre él en las sombras, vigilando y tejiendo sus planes. ¿Crees que lograremos engañarle? ¿Qué podremos desviar su atención lo suficiente de Sherlock hacia mí?- La duda de siempre embargó al joven, desde que había conocido el rostro verdadero del joven que había sido su amigo en la infancia.
- Pelea contra los planes de dos de los hermanos Holmes, algo imposible de enfrentar para la mayoría de la gente. Y tenemos una ventaja que no espera enfrentar y es que tú tienes la capacidad de la sorpresa, de hacer lo inesperado. Como tampoco se espera luchar contra ti. Su manera retorcida de pensar contra la tuya, un demonio contra un ángel, será algo que nunca pensó que tendría en contra ni siquiera en sus delirios más locos. – Envió a su hermano un pequeño gesto de disculpa al recordarle los desvaríos del loco cuando era un niño y había confiado en su amistad con la inocencia de la infancia.- Debemos tener paciencia y esperar a como se desarrollan los acontecimientos. De momento apartar su mente de Sherlock para que pueda respirar es un buen primer paso. Después, lograr que nuestro hermano encuentre una salida a su dependencia de las drogas debe ser el objetivo. Seguro que hay algo que logre centrar su mente por encima de ellas, sólo es observar y ponerlo a su alcance en el momento justo.
- Esperar y paciencia. Parece fácil en teoría. – Murmuró el joven con acritud para sí. Miró por la ventanilla de la limusina las calles vacías de Londres y vio por el reflejo a su hermano mayor estudiándole atentamente, cómo si algo le desconcertara en él. Se volvió con una ceja enarcada con curiosidad hacia él mientras le preguntaba.- ¿Qué pasa Mycroft?
- Siempre he sabido hasta dónde llegaría Sherlock en su amor por ti, pero, en cambio nunca he llegado a conocer la intensidad del tuyo por él. Sé que le quieres con igual devoción pero no logró discernir si se trata de un profundo amor hacía un hermano o sí le amas como a un hombre que es tu alma gemela y el dueño de tu corazón.
- No lo sé Mycroft, no lo sé ni yo mismo en realidad. Esa es la triste verdad, no soy capaz de desentrañar que es para mí Sherlock: si el hermano amado o el hombre amado. – Cerró los ojos con fuerza mientras trataba de aquietar los latidos erráticos de su corazón como siempre que se hacía a sí mismo esa misma pregunta.- Soy una persona horrible ¿verdad?
- No, sólo estás confundido en lo que sientes. Sé que cuando la madeja se empiece a desenredar lograrás conocer la verdad de tu corazón, antes, no lo harás.
- Demasiado romántico ese planteamiento, Mycroft, no va bien a tu personaje. Debes tratar de mostrar desprecio por los sentimientos terrenales del resto de los mortales mejor que el sentimentalismo de una vieja novela victoriana. – Le recordó con una sonrisa burlona su hermano pequeño en referencia al apelativo del Hombre del Hielo con el que se le empezaba a conocer dentro de los círculos de su trabajo. Su siguiente frase fue dicha tan quedamente que casi no la oyó el hombre sentado a su lado.- Espero que no sea demasiado tarde cuando logré saber lo que siento para Sherlock y para mí.
El mayor de los Holmes no supo que decir a esas palabras y se limitó a pasar un brazo por los hombros de su hermano pequeño atrayéndolo en un abrazo para consolarle como cuando era más niño y acudía en busca suya. Él también esperaba que no fuese demasiado tarde cuando lograse descubrir la realidad de sus sentimientos. Por él y por Sherlock, por los dos hermanos a los que adoraba con todas sus virtudes y defectos.
Juró para sí todavía furioso como cada vez que pensaba en James. Había sido un niño la primera vez que conoció a Jim Moriarty y había sido engañado totalmente por el personaje que le presento de chico amigable y sincero. Aunque le doliese reconocerlo, el joven con su inteligencia y carácter abierto se había hecho un hueco en la vida infantil de John, en esa época un niño solitario que se criaba en una casa rodeado sólo de adultos y de sus hermanos sin más amigos cercanos a su edad con los que jugar. Sonrió irónico cuando otro pensamiento le atravesó. Jim estaría furioso si supiera que a pesar de todo su brillo su presencia magnética había palidecido ante los lazos que le unían a Mycroft y Sherlock.
Cuando Kate se despidió repentinamente de su trabajo, a su vez, Jim desapareció de su vida y aunque a veces lo extraño con esa la aceptación tan típica de los niños pequeños a los sucesos de la vida de los adultos no pensó más en la situación. En esa época su miedo por Sherlock y su caída libre hacia las drogas había centrado todos sus pensamientos. El día que se marchó el mediano de los Holmes de la casa familiar fue el más triste y desgarrador de toda su vida. Pero sabía que debía ser fuerte y esconder su tristeza por amor a su familia, sobre todo por su madre, aunque era consciente que Mycroft podía ver más allá de las máscaras con las que disfrazaba sus sentimientos. Fue durante esos años cuando a pesar de la diferencia de edad que les separaba le unió más a su hermano mayor un lazo fraternal irrompible que nunca flaquearía con el paso del tiempo. Se transformarían en conspiradores que buscarían la redención de su hermano por medio de cualquier cosa que les pudiese ser útiles, al fin al cabo los dos eran Holmes uno por la sangre y otro por crianza y amor. Y así los dos se apoyaron el uno al otro en esos duros momentos para salir adelante mientras sentían que perdían a Sherlock.
Pero a pesar de ser un niño, John no era tonto y sabía que había algo más pasando que su padre y Mycroft no querían que Sherlock supiese, como había pasado con su secuestro, y que también trataban de esconder de él para protegerlo a su vez. Con paciencia fue reuniendo datos sueltos, poco a poco, sobre la mente criminal que sabía que les aterrorizaba y querían detener a toda costa. Cuando los estudiaba en soledad sabía que se le escapaba algo importante que era la verdadera clave para saber la verdad integra de la situación en la que estaban inmersos. Daba igual que bufase para sí o se tirase de los pelos, esa capacidad de intuición, de deducir, de Sherlock que distinguía a su hermano él no la poseía en cambio. Podía ver, observar, pero la información que había reunido no era suficiente para discernir lo que aterrorizaba a su padre y a Mycroft. Necesitaba más datos y no sabía cómo obtenerlos sin alertar a su hermano y a su papá de sus investigaciones secretas. Sabía de buena tinta que se pondrían furiosos con él y algo le decía que tendrían toda la razón en hacerlo.
Pasaron los años casi sin darse cuenta mientras tanto y todo parecía más gris que antes, como si la tormenta fuese a caer con fuerza destrozando todo de repente. Y como el pájaro de mal agüero proveniente del infierno que era, James regresó. Se lo encontró por lo que parecía en ese momento de casualidad tras jugar un partido de futbol fuera de la ciudad y empezaron a hablar. Al principio es como si nunca se hubieran separado y el mayor siguiese siendo su compañero de juegos, pero, para desgracia para el irlandés el niño dulce e inocente con que antaño había jugado había dado paso a un joven maduro y observador, con mayor capacidad para detectar el mal en las personas con las que se relacionaba. Y a pesar de las máscaras con las que quiso esconder su carácter en ese encuentro John se dio cuenta que algo estaba mal en él, en los retazos de su mente que se escapaban a través de sus ojos. Sintió que la forma que tenía de mirarlo y de acariciar su rostro como si fuera su posesión no era sana ni normal.
La preocupación y el miedo que sintió emanar de Mycroft cuando le fue a buscar al advertirle sus agentes con quién se había encontrado sólo le confirmaron lo que había simplemente presentido antes. Esa noche se sentaron a solas en el invernadero que se había convertido en el refugio de los dos y el hermano menor confrontó por fin al mayor buscando la verdad oculta. Fue en uno de esos raros saltos intuitivos que le caracterizaban a John que se dio cuenta de quién era James en realidad mientras escuchaba el relato de su hermano.
Mycroft se calló y acarició el rostro de su hermanito tratando de borrar el rastro dejado por el psicópata irlandés y se dio cuenta en ese momento que John había dejado de ser ya un niño pequeño y que el desconocimiento ya no era suficiente defensa para protegerle del mal que le acechaba desde la oscuridad. Observó sus profundos ojos azules con la sombra de madurez y firmeza de carácter que mostraban en sus reflejos azulados. En ese minuto decidió que era justo y necesario que John conociese toda la verdad por dura que fuese ésta. Aunque en su corazón añoró que no hubiesen pasado los tiempos en que el refugio de sus brazos era suficiente para aliviar las preocupaciones de la infancia.
El joven se horrorizó con la historia que escuchaba de los labios de Mycroft. Sintió un horror profundo con lo que le había sucedido en realidad a su niñera Kate. Y odió con todas las fuerzas de su corazón el papel jugado por James en la caída de Sherlock y temió que decidiese acabar con él de una vez por todas, al conocer el monstruo que se ocultaba tras su rostro amable. Con la ingenuidad de la juventud, John había pensado a menudo que cuando fuese a la Universidad podría acercase más a Sherlock y ayudarle a salir de la trampa en la que se había metido por culpa de su dependencia de las drogas. Pero, ahora sabía que no podía cumplir sus anhelos ya que James, Jim, enloquecería de celos y podría hacerle algo terrible a su hermano y en su estado Sherlock no sería rival para luchar contra él.
En ese momento de extraña claridad se dio cuenta que debía irse lo más lejos posible de Londres y hacer como si odiase a Sherlock por el ser caído en que se había convertido, fingir que no le podía perdonar sus acciones para darle tiempo a sanar. Y conociendo a su hermano mayor, tal vez, esa era la mejor táctica a seguir para lograr que luchase de una vez por todas para ser libre de sus adicciones. Qué al creer que le había perdido casi definitivamente luchase para que volviese a su lado. Su mente latente de estratega militar, del ajedrecista brillante que era en realidad, ideó una estrategia a largo plazo que refinó junto a Mycroft y deseó que funcionase con toda su alma porque Moriarty parecía tener todas las bazas ganadoras en esos instantes y ellos ninguna.
Y se alejó todo lo que pudo, en el espacio sobre la tierra pero nunca en la cercanía de la mente. Fue lo más difícil que había hecho en su corta vida hasta ese momento. Primero fue Edimburgo y la Facultad de Medicina, después el campo de entrenamiento del ejército y la distancia física aumento al partir hacia Afganistán por primera vez. Veía la sombra de Moriarty vigilarle y hasta cuidarle en su manera psicótica. Lo odiaba con todas sus fuerzas y más tener que fingir desconocimiento de lo que sucedía a su alrededor cuando quería poder enfrentarse a él. Pero, la suerte les sonrió porque cómo habían planeado mientras sus ojos siguieron a John mientras su atención flaqueó sobre Sherlock. Quién, lentamente emprendió el camino de la recuperación, primero en soledad y después con ayuda de un policía que se convirtió en su amigo encontró su camino. Deberían haber pensado que un buen misterio sería el sustituto perfecto de las drogas, para una mente que necesitaba expandirse y brillar encontrando la solución que permanecía oculta a los demás.
Pero entonces llegó lo inesperado a su vida y conoció a Jack, entonces todavía con grado de coronel en una colina perdida afgana. El americano había servido con su padre Henry y su madre Isabela en el mismo proyecto internacional como descubriría con sorpresa cuando la casualidad quiso que sus caminos se encontrasen en dos misiones diferentes que acabaron por ser la misma tratando de salvar sus vidas y el mundo. No podía creer lo que veía, pero, pronto fue absorbido por el abanico de increíbles posibilidades que se presentaba ante él, ante la novedad de lo imposible que nunca había sospechado. No se sorprendió ante la noticia que su padre Zacharias trabaja en ese mismo proyecto también y era un buen amigo de Jack. No dudó en aceptar el ingresar en el Comando al acabar la misión en curso, lo que hacían era demasiado importante para no formar parte de ello. Creía que había sido una de las decisiones más importantes de su vida y una de las más correctas que había tomado. Así cómo el venir en la Expedición, que, aunque le había alejado de su hogar y la amenaza de muerte y el no regresar había sido un resultado muy alto esperado para todos sus miembros y del que habían sido informados detalladamente antes de presentarse voluntarios a ella. Vio la aceptación en los ojos de su padre y su orgullo mezclado con miedo al firmar su orden de envío. Le dolió hacer tomar esa decisión por conocer el remordimiento que sabía que podía causar si algo salía mal a su padre, ya que a pesar de su lejanía fría habitual conocía que amaba sus hermanos y a él profundamente.
Habló con Mycroft días antes de irse contándole todo lo que podía sin romper la confidencialidad del Proyecto y le pidió un plazo antes de que empezara a escarbar como sabía que haría para encontrarle, cuando la preocupación fuese más fuerte que su prudencia innata. Su hermano mayor siempre había odiado no saber donde estaba o que hacía, sí estaba en peligro o no, pero esta vez debía cumplir su promesa de esperar. Esperaba regresar a su lado con tiempo suficiente para llevar a Moriarty al infierno antes de que hiciese más daño a sus hermanos.
De Sherlock sólo se pudo despedir por DVD, no podría soportar tener que decirle adiós en persona otra vez y ver sus sentimientos sin poder corresponderlos sin descubrirse. De nuevo en la grabación le prometía regresar a casa, y de nuevo, parecía que era su sino funesto acabar rodeado de enemigos que sólo querían matarlo para evitar que pudiese volver vivo a su lado.
Algo había aprendido en Helmand y que recordaba de nuevo en esa maldita piedra en la se encontraba ahora. Algo que había guardado en el fondo de su alma sabiendo que nadie y menos James debía conocer jamás. Y es que quería a Sherlock no sólo como a un hermano, si no como un hombre y como un todo para él, que era la única persona capaz de hacerle sentir de esa manera en su corazón. Pero, también sentía que no podía volver y estar solos los dos como cuando eran niños, viviendo en una burbuja de cristal fuera del mundo que les rodeaba. Había elegido ser quién era, ser un médico y un soldado. Tenía una obligación y un deber que cumplir hacia su país y las personas que confiaban en él sin dudar. Ya fuera en Afganistán o en esa inmunda parte del universo en la que se encontraba en la actualidad y más conociendo a lo que se enfrentaban si fallaban en su misión actual. Por sus padres, por su hermano y por la gente que le importaba y por la que ni siquiera llegaría a conocer en su vida. Pero, por Sherlock sobre todo debía quedarse y luchar hasta el final aunque diese su último aliento en ese maldito lugar. Tal vez fuese demasiado tarde al volver para poder confesar lo que sentía, pero, tendría un hogar al que regresar al menos y sólo con ser el hermano pequeño de Sherlock se conformaría para el resto de su vida si ese tenía que ser el caso.
Se levantó cuando no pudo seguir pensando en ese futuro incierto, les debía a la gente que estaba con él en ese momento que estuviera centrado en su supervivencia. Se sentó en silencio al lado del cabo Ellis que se había ocupado de la última guardia. El sargento Haga y el soldado Gutiérrez pronto se reunieron con ellos a la entrada de su refugio, inquietos también por la llegada del nuevo día. Los aldeanos seguían agrupados al fondo hablando en voz baja, pero el miedo parecía haberse calmado lo suficiente para haber dejado de estar aterrados aunque la incertidumbre por sus vidas todavía era visible en sus rostros.
- Nos quedan provisiones para dos días a los sumo pero con raciones mínimas para todos. Lo que necesitamos es obtener agua y pronto, sino dará igual disponer de comida. – Enumeró John en el mini consejo de guerra celebrado con su equipo en la entrada de la cueva.
- Sí mi capitán. – Asintió Haga.- Coin, el mayor de los aldeanos y que conoce esta zona, me decía ayer que había un curso de agua cerca de aquí, a unos dos kilómetros de distancia más o menos.
- Bien Sargento, es bueno saber que no está lejos y podemos llegar a ella. Usted y yo iremos a buscar el agua entonces cuando hayamos comido algo. Después haremos un reconocimiento para ver cuál es la situación a la que nos enfrentamos en la actualidad. Con un poco de suerte se habrán ido al no tener nada que cazar y podremos volver a casa de una pieza.
- ¿Lo cree posible, mi Capitán? – Preguntó Gutiérrez, el joven soldado español miró con algo parecido a la esperanza, aunque sabía tan bien como el resto de su equipo que era poco probable que se hubiesen ido de la manera que les habían seguido el rastro hasta el momento. Sólo las interferencias del equipo electrónico del lugar había evitado que fuesen localizados y el conocimiento de los aldeanos del terreno posibilitado su huida los días previos logrando eludir el cerco enemigo.
- No. Son unos bastardos testarudos y estarán todavía por ahí dando la lata como siempre. Pero necesitamos estar más cerca de las ruinas de la ciudad ya que las interferencias en los equipos parecen menos fuertes allí para tratar de ver si es posible llamar a la base.
- Gutiérrez, Ellis; ustedes dos vigilarán el fuerte en nuestra ausencia. Traten de mantener en calma a los civiles hasta que logremos su extracción a un lugar seguro. Si una patrulla llega cerca de aquí sólo disparen si es necesario y en caso de huir dejen las señales fijadas para que sigamos su rastro sin problemas. Si no volvemos al acabar el día, Ellis, debes asumir el mando y hacer lo posible para salvar a toda esta gente. No nos esperes ni vayas en nuestro rescate, ¿entendido?
- Si señor. – Asintieron sus hombres antes de iniciar los preparativos para cumplir sus órdenes.
John terminó de colocarse el chaleco antibalas y recogió el P-90 del suelo antes de pasarse la mano derecha por el pelo rubio tratando de domarlo. No pudo evitar pensar para sí que cuando volviese a la base debería darse un corte reglamentario ya que empezaba a verse como un erizo con todas las puntas disparadas. En estos momentos, su pelo se parecía demasiado al look típico despeinado de su oficial al mando y por mucho que le admirase prefería ofrecer un aspecto un poco menos desaliñado y de acorde a la imagen que deben ofrecer los soldados de Su Majestad. Y quiera Dios que Mycroft no se enterase de esos pelos no reglamentarios, se rió para ante lo absurdo de esa idea, le raparía la cabeza. Se encogió de hombros al ver la mirada de interrogación de Aoi y le dio un guiño pícaro para aligerar el ambiente de la cueva que volvía a estar demasiado cargado de tensión.
Los dos soldados avanzaron rápidamente por la selva, con la familiaridad de los que llevan sirviendo juntos durante años, hasta alcanzar la fuente del agua que les había indicado el aldeano. Llenaron los recipientes y los escondieron para volver en su búsqueda a su vuelta. Marcharon con más sigilo hacía la zona en la que sospechaban estaba el enemigo. John controló en la pequeña pantalla del Detector de señales de vida cualquier indicio de su presencia cercana, tras sacar el pequeño aparato que parecía una PDA del bolsillo superior del chaleco. Frunció el ceño al ver que las interferencias eran todavía demasiado fuertes para saber si se estaban metiendo en la boca del lobo o iban bien, así que tendrían que hacer la vigilancia al modo tradicional.
Poco a poco, consiguieron llegar sin sorpresas desagradables al límite de la selva que se abría a un paraje llano dominado por unas ruinas y una estructura circular de gran tamaño. El oficial británico masculló irritado para sí, no tendrían ninguna posibilidad por allí al ver a los guardias apostados custodiando la zona. Si no se le ocurría algo pronto serían cazados como alimañas. Le hizo un gesto a Haga y se retiraron a una distancia prudente del lugar. John se apoyó en el tronco de un árbol y se golpeó duramente la nuca contra su corteza, como si el dolor le pudiese desbloquear el cerebro y dar soluciones a lo que se enfrentaban.
- Se ve mal la cosa. – Se limitó a decir el japonés como si conversará de un partido de futbol donde iba perdiendo su equipo, aunque John se recordó que Haga favorecía más el beisbol. Pues que fuese beisbol, qué más le daba en ese momento.
- Si sargento, pinta muy mal la cosa para nosotros. Por ahí no vendrá ayuda, al menos, de momento. Nos han bloqueado totalmente el paso.
- No es la primera vez que parece que lo han hecho y siempre salimos adelante. Debemos resistir hasta que lleguen los refuerzos.
- Ya, pero no nos debemos sentar a esperarlo. Si se puede hacer algo debemos hacerlo nosotros.- El capitán británico se llevó sus dos dedos índices a la boca mordiendo las uñas con sus dientes mientras trató de dimensionar la situación de nuevo. – Primero debemos tratar de buscar provisiones, lo que sea, mientras vemos el entorno. Tal vez haya algo que podamos utilizar para despistarles lo suficiente para tener una escapatoria rápida a casa.
- Si señor. Parece el inicio de un buen plan entonces.
- Y uno muy bueno Aoi-ossan, tenlo en cuenta. – Se rió John, el joven oficial de su comandante actual había aprendido la importancia del optimismo y la distensión, y procuraba dar esperanzas a sus hombres aún cuando la situación fuese tan desesperada como la actual. Nunca había que perder la ilusión de que esa noche la pasase en su cama disfrutando de un buen té y un libro, descansando por fin de tanta agitación.
Los dos soldados pasaron un par de horas buscando alimentos y cualquier cosa que les fuese de utilidad para una labor de guerrillas. Así como evitando las patrullas de búsqueda que de momento parecían ir en dirección opuesta a su escondite por suerte para ellos. John dudaba que les durase la fortuna eternamente y con los problemas en las comunicaciones parecía difícil mantener un ojo sobre ellas sin separar el equipo, lo que del mismo modo que su ceguera sobre sus movimientos ampliaría el riesgo de que fuesen capturados. Ninguna solución parecía la adecuada, pero, al acabar el día debía tomar una de las dos opciones que tenía: permanecer unidos abarcando poco terreno de vigilancia o separarse destacando un grupo de dos que observase sus movimientos.
A la pregunta muda de su sargento si debían regresar a la cueva asintió y ya empezaban a avanzar de nuevo por la selva cuando su radio empezó a crepitar obteniendo una señal débil de un emisor en su misma onda. John sonrió al reconocer la voz que le llamaba, nunca se debía negar que su coronel llegaría al rescate de sus hombres allá donde fuese necesario que fuese. Por algo se llamaba como él, John.
- Capitán Watson, ¿Me escucha?
- Si Coronel, le escucho alto y claro. – El británico no pudo evitar el alivio al escuchar el acento americano de su superior tras los días de incertidumbre perdidos por la selva. – Aunque por aquí es muy difícil mantener una buena recepción en la mayoría de la región.
- Me he dado cuenta de ello perfectamente. Llevamos tratando de obtener una señal suya durante horas. La próxima vez procure perderse en un lugar con mejor señal y a ser posible con mejor compañía. – Hasta Haga sonrió ante la ironía burlona del Coronel que pronto se desvió a temas más importantes para su supervivencia.- ¿Qué tal se encuentran sus hombres y usted?
- Bien señor, todos estamos ok. Logramos huir junto a un grupo de civiles antes de que llegase la primera oleada, pero, tuvimos que ir hacia el interior sin poder llamar para evitar nuestra captura. Llevamos cuatro días a la carrera y lo que empezábamos a notar es que el servicio de catering no llegaba con comida.
- Ese es un problema muy serio. Suerte que no estaba Rodney con vosotros. – A través de la radio oyeron la queja del canadiense y los dos sonrieron ante el secreto a voces que era su apetito voraz. - Cuando no contactaron en el tiempo fijado, Capitán, se procedió a llamar a su posición. Al ver que era imposible el contacto nos dimos cuenta que algo tenía que haber pasado y aprovechamos que Lorne acababa de volver con el Andrómeda para que nos trajera hasta aquí a toda leche.
- Me alegro señor de que viniesen y más tan rápido como lo han hecho.
- Mejor ponerse las pilas y dejarnos de hablar tanto ya habrá tiempo para ello en la base. Nos tenemos que ir cuanto antes, nuestros amigos tienen un avispero auténtico montado ahí abajo y preferiría que no se diesen cuenta de nuestra presencia de ser posible. ¿Dónde les podemos recoger, Watson?
- Tenemos que ir a buscar al resto del grupo que se encuentra refugiado en una cueva en estos momentos. Hay un claro qué podemos usar a un kilómetro de la posición dónde estábamos escondidos. Tardaríamos como una hora en llegar a su posición y al punto de extracción.
- Mándame las coordenadas del lugar. Y John, date toda la prisa que puedas por lo que más quieras.
- Si señor, entendido.
John avanzó rápidamente por la selva junto con Aoi hasta llegar a la cueva. El alivio de sus hombres y de los aldeanos fue evidente ante las noticias del rescate pero les metió prisa ya que aún no estaban totalmente a salvo. Les instó a recoger sólo lo indispensable y abandonaron el lugar que les había servido de refugio ese último día.
El grupo avanzó con decisión por la selva pero alerta a la posible presencia enemiga y estaban sólo ya a unos cuatrocientos metros del punto de recogida cuando todo se fue al diablo. El sonido de las primeras descargas le indicó que habían sido descubiertos y en riesgo de ser capturados. Vio en el claro como el coronel y su equipo les hacían gestos para que se apresurasen mientras se preparaban para cubrir su avance, y, a su vez gritó a los suyos para que se diesen prisa para llegar hasta su posición. Levantó a una mujer que se había caído a su lado y la impulso hacia delante para que siguiese corriendo sin mirar atrás. Haga y él se quedaron atrás del grupo haciendo a su vez fuego de cubertura mientras veían como los civiles, junto con Ellis y Gutiérrez, llegaban a la altura de la nave del coronel. Sus hombres se posicionaron a su vez para cubrirles en su avance hasta el punto de encuentro mientras el coronel entraba en el aparato para iniciar una rápida salida y su equipo trataba de poner a cubierto a los civiles.
Le dio un gesto de asentimiento a su sargento y a la vez echaron a correr hacia la seguridad de la nave. John dio un último impulso a sus piernas cansadas para llegar a la altura de sus hombres cuando sintió el impacto de ser alcanzado sobre su cuerpo. En esos pocos instantes antes de caer, el pensamiento que inundó su mente es que al final iba a dejar todas sus promesas rotas e incumplidas muriendo allí. Pensó en Mycroft y como estaba luchando solo desde la soledad de su despacho, odiaba no poder saber si su plan había funcionado y no poder ayudarle. El rostro de Sherlock fue lo último que vino a su mente y pensó que al final no le pudo decir que él también le amaba.
Después sólo quedó oscuridad.
Gracias por leer, al_dena.
