Sé que pasó un tiempo considerable desde mi última actualización, pero no pude escribir nada aceptable por razones personales. De haberlo hecho, los personajes estaría sumidos en una agonía de depresión.

Espero que les guste.


La primera semana de clases había finalizado, cuando Hagrid nos invitó a su cabaña. Nos había llegado, durante el desayuno del sábado, un pedazo de papel arrugado y con manchas de tierra en las esquinas que, con toscas figuras decía: "¿Vendrán a visitarme, chicos?". Una gruesa gota había caído sobre la nota, haciendo del último signo de interrogación una mancha difusa. La carta pasó de mano en mano hasta llegar a Malfoy.

-Pobre Hagrid- murmuró Carrie. Habíamos recibido en el verano la noticia de que Grawp había conseguido una novia de su estatura y se iría a vivir con ella y su familia a unas montañas al norte de una región cuyo nombre no recuerdo. El semi-gigante había quedado devastado.

-Está bastante deprimido- agregó Lysander, que había ido a visitarlo durante las semana-. El martes casi tuve que amenazarlo con hechizarlo para que se levantara de la cama. Además, no quiere que los elfos doméstico ni la señora Pomfrey cuiden de él. Tuve que prepararle la comida yo mismo-. Y, lamentablemente, Lys parecía haber heredado las habilidades culinarias del guardabosque.

-Vayamos a visitarlo esta tarde-. Y así lo hicimos.

-¿Hagrid?-silencio- ¡Hagrid! Abre la puerta, sabemos que estás ahí-. Albus golpeaba la puerta de la cabaña con todas sus fuerzas, pero nadie respondía.

Malfoy dio la vuelta a la casa y abrió la puerta trasera con un sencillo movimiento de varita. Lo vi parado en la puerta, nervioso, y me acerqué. Lo primero que noté fue el olor. Alcohol. Ron, probablemente, tal vez un poco de whisky de fuego. Cuando llegué a donde Malfoy estaba petrificado, pude ver el caos en el que se había convertido la casa. Tan acogedora siempre, parecía entonces una escena del crimen. Cacerolas en el suelo, el fuego apagado y lo que se veía como un saco de estiércol (y olía como tal) arrinconado contra un armario, abandonado, con una gigantesca nube de moscas a su alrededor.

El hurón a mi lado sacudió bruscamente la cabeza (tal vez para ahuyentar malos pensamientos), y entró seguido de Lysander. Ambos rubios se acercaron lentamente al semi-gigante y posaron una mano sobre sus hombros. Con hipo y grandes lágrimas surcando su barba, comenzó a sollozar de forma estrepitosa, pero me era imposible descifrar sus quejidos desde donde me encontraba. Escuchaba, sin embargo, las palabras de los chicos.

-Claro que vinimos a saludarte, Hagrid, ¡te extrañamos!

-No, no estás siendo ridículo-. Un atisbo de duda en el tono de voz.

-No sé si estás ebrio...-Saliendo de mi estupor, entré en la cabaña. Con un movimiento de varita abrí las ventanas y la puerta, por la cual se abalanzaron Albus y Carrie.

-Estoy seguro de que Niya va a cuidar bien de Grawp, no te preocupes. Va a estar bien.

-¿Qué?

-¿Mejor que conmigo?-Hagrid había hipado esa pregunta lo suficienteme alto como para que todos las oyéramos. Los rubios intercambiaron una mirada de desesperación y voltearon la vista a donde me encontraba, pidiendo una respuesta que satisficiera al semi-gigante. No encontré una. Intenté, al menos, verle el lado positivo a la situación.

-Siempre puedes ir a visitarlo...

-Y tal vez tengan un hijo...- acotó Albus, y gracias a Merlín.

-Hagrid, ¡serás tío!-Levantó su espesa barba de la mesa para ver a mi amiga dando pequeños saltos de emoción por la cabaña y haciendo danzar los objetos por toda la habitación. Esto pareció animar un poco al guardabosque- ¿Crees que le pongan Hagrid? O podrían nombrarlo como un héroe griego. ¡Tal vez tengan gemelos! Pollux y Castor son nombres lindos para gigantes, ¿no crees?- La mejillas de profesor estaban rosadas y emitía una tibia risa.

-¿Y si son niñas, Carrie?- Al parecer Malfoy también encontraba graciosas los desvaríos de la Gryffindor.

-Pues Rose y Carrie, obviamente. O Lyra y Cassiopeia... pero no son de la familia Black. Lysander también es un nombre bonito...

-¡Oye!- La risa que surgió acabó con la tensión y finalmente Hagrid volvió a ser la persona alegre y jovial que todos amábamos.

Levantándose de la silla, se pasó un pañuelo por la húmeda maraña de pelos que rodeaba su cara y se dispuso (¡al fin!) a sacar el gran saco de estiércol que yacía junto a la puerta. Intercambié rápidamente una mirada de alivio con mis amigos (y Malfoy) y, luego de terminar de acomodar las ollas y cacharros esparcidos por el suelo, seguimos a gigante a una distancia prudente, considerando que no sabíamos hacía cuanto estaba allí la bolsa con abono. Con todos fuera de la casa, giré sobre mis talones para apagar la luz que brillaba sobre la cocina, encontrándome, para mi asombro, al hurón observando el hogar. Nada interesante había allí, podía asegurarlo:estaba apagado, muerto; pero el chico seguía observándolo detenidamente. Asumo que notó que lo miraba con curiosidad (con la misma atención y sensación con la que se mira a una babosa en la suela del zapato y se pregunta cómo llegó ahí), porque sacudió su cabeza, para acabar con un solitario pensamiento (una lástima, tal vez fuera el único que pudiese su hueco cráneo generar), y pasando a mi lado, ignorándome, siguió al resto del grupo.

Scorpius Malfoy estaba actuando raro, muy raro. Por mi mente desfilaron las peores posibilidades, repitiéndose, mutando, transformándose en situaciones cada vez más horrorosas. Parecía un carrusel donde en vez de caballos, había unicornios sangrando, dementores y banshees. Todos estaban vivos, todos estaban atornillados al suelo con clavos ensangrentados y sostenidos del techo mediante gruesas cuerdas oxidadas. Los chillidos eran desgarradores. Los mortífagos lanzaban maleficios desde la plataforma giratoria y se oían gritos (gritos humanos) de sufrimiento y desesperación. La Marca Tenebrosa, alta en el cielo, reinaba sobre el caos.

Cada vez que la calesita daba una vuelta, encontraba a un nuevo Malfoy. Al principio, aparecía en el piso, recibiendo un maleficio o un beso de dementor; a veces, lo veía intentando huir, pero nunca llegaba muy lejos. Una vuelta no lo vi, al menos no su cara, pero sabía que era porque estaba siendo ocultada por una de esas horrendas máscaras. Ya no quería saber que aparecería cuando el carrusel diera la siguiente vuelta, el pensamiento anterior ya me había descompuesto y me apoyaba, mareada, en el marco de la puerta trasera de la cabaña.

Parpadeé varias veces y sacudí la cabeza, lo que intensificó mi mareo. Miré al bosque y noté que, parado en límite, mirándome con curiosidad, estaba la cara de Malfoy que, curiosamente, no portaba su arrogancia usual. Evidentemente, estaba actuando muy extraño y no parecía querer disimularlo.

-¿Cuál es tu problema, hurón?- pregunté entrecerrando los ojos, para notar cada uno de los movimientos que hacía: cualquiera podría traicionarlo.

-¿Mi problema? Tu eres la que lleva cinco minutos parada en la entrada de la casa de Hagrid con la mirada desenfocada. ¿Viste un dementor acaso?- Se había acercado lo suficiente para no tener que gritarme, pero se mantenía a una distancia prudente. Cobarde. Yo, por mi parte, me recosté contra la pared, el recuerdo del dementor me había revuelto el estómago.

- Si, Malfoy, tu problema. Tú eres quien se ha estado comportando raro- le apunté con un dedo-, tú eres quien palidece de repente y sin razón aparente- dí un paso-, tú eres quien mira con melancolía las chimeneas y las cartas-mi índice golpeaba el centro de su pecho- y tú eres quien está en el carrusel.

Me miró con extrañeza cuando dije las últimas palabras, pero no se movió. Me llevaba casi una cabeza y me observaba desde arriba con una mirada indescifrable. Mi dedo seguía clavado en su pecho y mis ojos en su mirada de mercurio, esperando una respuesta.

-Estoy esperando una llamada- dijo, con demasiada tranquilidad.

-Ah, ¿en serio? Pues no te creo, creo que te pasa algo más-. Me encontraba en puntas de pies, para parecer más imponente, pero apenas le llegaba a la nariz. Lo vi esbozar una pequeña sonrisa antes de que hablara.

-Piensa lo que quieras, Weasley. No te estoy mintiendo, no tengo nada que ocultar y, si lo tuviera, ¿en serio crees que te lo diría?-. Y se dio la vuelta, apresurado, dejándome con la boca abierta e ira contenida. Saqué mi varita del bolsillo y apunté a una de las calabazas en la huerta del guardabosque, que inmediatamente explotó, cubriendo todo de un furioso naranja, casi tan rojo como mi pelo; pero no me sentía mejor, sino todo lo contrario. Malfoy traía algo entre manos y le haría la vida imposible hasta descubrirlo.


Intentaré actualizar dentro de poco. Dejen su opinión, sea cual sea.

Saludos.

-Vince