En Hogwarts estaba permitido cierto tipo de animales: pequeños, prácticos y típicos de brujos, por lo que las lechuzas ululaban toda la noche cuando el clima no era propicio para cazar, los gatos maullaban bajo las camas y los sapos croaban porque... bueno, eran sapos. Algunos chicos no tenían ninguna mascota, como era el caso de Malfoy, a quien todos los animales en la faz de la tierra parecían detestar (y no podía dejar de darles la razón).

Lysander tenía un hipogrifo.

No era realmente suyo, vivía en la inmediaciones del colegio, en las partes más seguras del Bosque Prohibido, junto con los thestrals (los cuales, por cierto, ninguno podía ver) y otros de su misma especie. Pero mi amigo lo había visto nacer, gracias al tiempo que pasaba ayudando a Hagrid, y le había tomado tal cariño que nadie podía negar era su mascota. Era increíble, sí, verlo hablar de él como si fuera un pequeño conejo y no una criatura mágica salvaje, pero a sus ojos (y los de Hagrid) era apenas un tierno cachorro. Tal vez fuera esa la razón por la cual tan majestuosa bestia portara un nombre tan... peculiar.

-Hola, Lys- El chico me saludó con una sonrisa y el animal levantó la cabeza con aire arrogante, esperando que lo saludara apropiadamente. Suspiré y hice una exagerada reverencia-. Buenas tardes, Pushkin-. Consideró mi reverencia por unos segundo y me lanzó un chillido.

-Creo que no le gustó la forma en la que rodaste los ojos antes de inclinarte- Bicho consentido, mi amigo peinaba sus plumas mientras éste yacía recostado bajo la sombra de los árboles-, sabes lo exigente que es.

-Aún no entiendo porque lo llamaste así.

-En honor a un autor ruso, Rosie, te lo dije millones de veces. Es por su plumaje color bronce, por El jinete de bronce, ¿recuerdas?- El plumaje también era uno de los motivos por los cuales la criatura se creía tan perfecta, era de un marrón brillante que lo distinguía del resto de los hipogrifos, cuyas plumas blancas se destacaban entre los oscuros troncos de los pinos. Ignoré la pregunta, claro que no lo recordaba.

-En fin, necesito tu ayuda- Sacando un pedazo de pergamino donde los tachones decoraban el fondo amarillento y las pocas ideas que aún quedaban plasmadas se retorcían entre las negras lagunas de tinta, intentando no perderse ni ser olvidadas, me recosté al lado del rubio.

-¿Es sobre un trabajo?

-No exactamente...- Levantó un ceja-. Es sobre Malfoy, sé que está tramando algo.

-¿Tú dices?¿Estás segura?- No me creía, nadie lo hacía.

-Claro que sí, está actuando muy extraño, hace cosas que no son normales. Por Merlín, es obvio, ¿cómo es que no lo notan?- Primero Albus y ahora él, ¿acaso nadie prestaba atención?

-Rosie... Scorp se está comportando igual que siempre...- Me puso una mano en el hombro, delicadamente, como si temiera que fuera a saltarle encima por siquiera proponer tan ridícula afirmación y, a decir verdad, no estaba lejos de hacerlo-. Bueno-suspiro-, ¿en qué quieres que te ayude?

Sin mirarlo a los ojos le expliqué en qué consistía mi problema, remarcando las razones por las cuales una broma era necesaria e indispensable. Enumeré las ideas que había tenido, dando argumentos a favor y en contra y deseché cada una de ellas, simplemente las fallas eran muy evidentes, ya habían sido utilizadas, eran demasiado peligrosas o pasarían inadvertidas. Lysander hacía comentarios cuando veía que los silencios se extendían hasta resultar incómodos, pero no aportaba ninguna idea nueva, más bien, rechazaba rápidamente (y no puedo decir que sin razón) mis propuestas.

-¿En serio quieres hacer esto? Es decir, si crees que Scor está siendo más amable... ¿por qué enfadarlo?¿por qué volver a la situación en la que estaban, si esta es, evidentemente, mejor para los dos?- Olvidó mencionar que les convenía a ellos, a mis amigos, que nosotros nos lleváramos bien. Siempre se quejaban de lo insoportables que éramos juntos y fantaseaban con un futuro donde pudiéramos hacer un viaje a Hogsmeade en grupo sin que hubiera percances entre el hurón y vuestra narradora. Bueno, eso no pasaría.

-¡Pues claro que quiero! Esta nueva faceta de Malfoy es sólo una máscara, creeme, está planeando algo malvado. Yo solamente quiero develar su verdadera identidad, podrida e insufrible- Era posible que estuviera exagerando un poco, sólo un poco, para que mi rubio amigo entendiera-. Es un intento por fastidiarme, te lo aseguro-. Y vaya que lo estaba logrando.

Lysander lanzó un bufido de incredulidad y Pushkin un chillido estridente, dejando en claro su opinión sobre el asunto. Debía ser el único animal que prefería a Scorpius antes que a mí y no me era posible comprender el porqué. "Es una criatura brillante, es por eso" solía decir mi némesis cuando el hipogrifo se inclinaba ante él y lo mirábamos atónitos, preguntando por qué reaccionaba así. En cierto sentido eran criaturas similares: arrogantes, irritantes, que se creían superiores al resto y cuyo deporte favorito era molestarme.

Me levanté, ligeramente ofendida de que ambos dudaran de mis dotes de observación y deducción, y deshice el camino recorrido hasta llegar a las puertas del castillo. Sonaron las campanas, era ya hora de la cena. Había pasado todo el día y aún no había planeado mi siguiente jugada, lo cual no era normal, definitivamente, de ser un día cualquiera, tendría ya cientas de ideas formándose en mi mente, pidiendo a gritos que las eligiera, asegurando que tendrían mejores resultados que sus compañeras, que los gestos que el hurón haría serían inigualables. Probablemente Malfoy ya había puesto su trampa y estaría ingresando, tan confiado, tan pedante, al Gran Salón, imaginando la reacción que tendría yo al notar que no podía despegarme del asiento o que el jugo de calabaza teñía rápidamente mis rulos del verde más despreciable. No le daría esa satisfacción, claro que no. Siempre un paso delante de él, siempre. Cambié mi rumbo y di la espalda el comedor, cenaría en las cocinas.


Apenas noté el transcurso de la semana, focalizada en trazar mi siguiente plan. Tomaba apuntes automáticamente, sin siquiera procesar lo que escribía, y haciendo pequeños garabatos en los bordes del pergamino; cuando llegó el viernes, tenía en mi posesión tres dibujos de Malfoy en situaciones ridículas, uno de Slughorn disfrazado de Santa Claus y otro de Albus luego del festín de Halloween. Carrie, entre bufidos y chillidos, prácticamente tuvo que arrastrarme fuera de la sala común de Gryffindor esa noche, desde el pasado fin de semana yo había estado cenando en mi cuarto o en las cocinas. Fue por eso, probablemente, que no sufrí ninguno de los atentados que seguramente el rubio había preparado en mi contra.

Debo admitir que estaba un poco desilusionada: el hurón no parecía haberse inmutado en los más mínimo por mi broma pasada, de otro modo, no sólo estaría vertiendo pociones (hecho que ni siquiera estaba confirmado) en mi comida, sino que estaría pegado a mis talones intentando que cayera a cada paso. Aún así, tendría que responder esta vez, no estaría contento si el marcador tuviera dos puntos a mi favor y el equilibrio se rompiera, los Slytherins son seres de costumbres.

Había pensado, en un principio, que podría saltearme la cena de aquella noche, no arriesgarme a terminar balando, sentada en mis cuartos traseros y comiendo la vajilla en vez de las verduras; pero no había considerado el hambre que tenía. Tal vez sabrán, los Weasleys somos de buen comer y yo, habiendo ya perdido las últimas cenas, no podía ignorar la que yacía frente a mí. Sin quitar los ojos de mi plato, salvo para vigilar a la serpiente, me dispuse a llenar mi estómago de lo que sólo podía ser catalogado como dulce néctar de los dioses. Merlín, cómo adoraba a esos elfos domésticos.

Mi plato se encontraba vacío instantes más tarde y quienes estaban alrededor me miraban atónitos. Principiantes. Me disculpé y retiré del comedor, con el estómago lleno, mi mente funcionaba de forma óptima y encontró la solución a mi problema. Lo admito, no era una de las geniales bromas que me caracterizaban, pero sería suficiente por aquella noche. Segura de que Malfoy seguía charlando con sus estirados compañeros en la mesa verde, me apresuré a las mazmorras, la serpiente no esperaría una trampa en su propia cueva.

Murmuré la contraseña a la puerta justificando mi aparición con un simple: "Asunto de prefectos", y me deslicé dentro de la sala común. Por cierto, la clave que Slughorn había puesto era sangre pura, típico. Había estado pocas veces dentro de aquella habitación, por lo general sólo ingresaba cuando debía... tomar prestada la capa de invisibilidad de mi primo o el Mapa del Merodeador, y dada mi condición de prefecta, no los necesitaba con regularidad.

Es increíble los sencillo que resulta diferenciar las habitaciones de las chicas y los chicos. La que yo compartía con Carrie y otras dos chicas, si bien no estaba en perfectas condiciones, no podía compararse con el cuarto en el que me encontraba. Toallas tiradas en el piso, equipos de Quidditch asomándose por debajo de las sábanas que colgaban revueltas a los costados de las camas (si podía llamarse camas a... eso). Salté sobre varias pilas de pergaminos, esquivando montañas de ropa presuntamente sucia, hasta llegar a la cama de Malfoy. Examiné el cuarto una vez más para asegurarme, no quería que mi bala alcanzara un blanco equivocado.

La primera cama a la derecha, si se observaba desde la puerta, pertenecía a Ethan Flint, la que seguía, si no estaba errada, era la de Scorpius. En el medio se encontraba la de Al, a cuya izquierda dormía Jules van Raffien, de quien no paraba de quejarse. "Y eso que no lo escuchas roncar todas las noches, ¡por Melín, voy a ahogarlo con la almohada si esta noche no se calla", solía decirme todas las mañanas. En la cama de la izquierda dormía Matthew Nott, eso era todo lo que sabía de él.

Habían sido heladas las noches pasadas, por lo que podía suponer que Malfoy tendría un pijama dando vueltas entre los montículos de tela que obstaculizaban el paso; esperaba sinceramente no tener que entrar al baño por él, hay ciertas cosas que una chica no debe ver y un baño compartido por cinco adolescentes es una de ellas. Cuanto más rápido encontrara la prenda, más rápido podría huir de allí. Concéntrate. Agudicé la vista y descubrí, casi de inmediato, lo que estaba buscando. Cubriendo un grande reloj, sobre la mesa de luz del Slytherin, había una camisa de seda azul, bordada con plateado. Nunca antes había reparado en el reloj, pero sí, siempre había estado allí. Era gigante para ser un simple despertador y tenía muchas más agujas de lo normal. Era como el que Nana Molly tenía en el living, que portaba una aguja por cada uno de sus familiares. Me incliné un poco, para intentar descubrir a quienes pertenecían las agujas.

Un chirrido. Mierda. Voces, voces apagadas, amortiguadas por la pesada puerta de madera que separaba los dormitorios de la sala común. Tenía que salir de allí, y rápido, podía entrar en cualquier momento. Lancé el hechizo correspondiente y me cubrí rápidamente con la capa de mi primo. Sin siquiera respirar, atravesé la sala, esquivando a unos estresados alumnos de quinto que probablemente tendrían un trabajo que adelantar.

Corriendo por las mazmorras casi me estrello contra mi némesis, que caminaba distraído por el pasillo, mirando las puntas de sus zapatos. Ya vería lo que había preparado para él, mi trabajo estaba hecho, ahora solo tenía que esperar.


Espero que les haya gustado. Por favor, comenten.

:)

-Vince