A tan sólo minutos de la final por la Copa del Mundo, me pareció buena idea subir este capítulo. Un poema épico sería lo apropiado, dado que la selección de mi país se enfrenta contra la de la nación germana por el honor y el título de campeón. Ya que me considero incapaz de crear esa clase de escrito, me limité a sumar un par de escenas a la historia que estoy escribiendo.
Le deseo mucha suerte a todos los jugadores y mando un especial saludo a todos aquellos lectores quienes, a pesar de que su equipo no compita en esta instancia, esté alentando con la bandera blanca y celeste en el corazón.
¡VAMOS ARGENTINA CARAJO!
Tuve que salir del Gran Salón. Si bien no quería perderme la pelea que se estaba gestando entre Al y el idiota de van Raffien, estaba agotado. Había pasado las últimas noche en vela, con algunas pesadillas intermitentes que no me permitían dormir más de dos horas de corrido. Siempre era el mismo sueño, me atormentaba desde aquella noche, hacía un poco menos de diez años atrás, y lo odiaba. La escena se veía tan real cada vez que los recuerdos atravesaban endemoniados mis pensamientos, simplemente era imposible de ignorar. Por lo general, en estas ocasiones hacía un corto llamado por la red Floo, hablaba con ella y me tranquilizaba. Cuando despertaba a mitad de la noche (lo cual pasaba a menudo) y no quería despertarla, tomaba la capa y deambulaba por el castillo hasta que el cansancio volvía a mis ojos.
Esta vez era diferente. Había realizado el habitual llamado y descubierto que ella no se encontraba tan bien. "Tristeza, peleas con sus amigos, pesadillas... no se que hacer, hermano", me había dicho Luke cuando pregunté cómo se hallaba. Ni yo sabía si podría solucionarlo si estuviera cerca suyo, pero al menos podría intentarlo, no había mucho que pudiera hacer del otro lado del charco. No estaba tranquilo y se evidenciaba en las horribles visiones que tenía por las noches.
Me pasé una mano por el rostro, como si así pudiera borraras las marcas de agotamiento de mis rasgos, y arrastré mis pies hacia las mazmorras, donde se encontraba la casa de Slytherin. Pero no todo era malo, no. Sonreí. Desde aquel pequeño incidente en el comedor, Weasley no había intentado jugarme otra broma. Tampoco había comido en el salón los últimos días, pero fuentes confiables me habían informado que se había estado alimentando en las cocinas. ¿Por qué? Eso no lo sabía, pero no era algo en lo que pudiera concentrarme en esos momentos. Tampoco podía preguntarle, nunca me daría una respuesta, al menos no una sincera. Era una chica rara, de eso no había dudas.
Musité la contraseña y el puerta me permitió ingresar a la sala común. Unos chicos de quinto, todos con grandes bolsas bajo los ojos, discutían con la energía que aún les quedaba, si debían incluir en su trabajo los usos prohibidos de ciertas plantas. Una chica, ya al borde de las lágrimas, gritó que si no se decidían, iría a preguntarle al profesor Longbottom, y supongo que eso hizo, porque se apresuró a salir de la habitación. Pobre. Y el año apenas si había comenzado.
Crucé mi cuarto para derrumbarme en la cama. Arrojé mis zapatos hacia alguna esquina, junto con el resto de mi ropa. ¿Dónde estarían mis pantalones de pijama? Colgando de uno de los postes de la cama, claro. Recuperé mi camisa azul de seda, que tapaba parcialmente el reloj, y me detuve a comprobar que todas las manecillas se encontraran en su lugar mientras abrochaba cuidadosamente los botones. No debería haberlo hecho, no debería haber enlazado aquel último botón.
No podía moverme. Me sacudía violentamente en mi cama, intentando despegarme del colchón, retorciéndome, contorsionándome, pero parecía pesar una tonelada. Mi torso permanecía aprisionado contra las sábanas, dificultándome la respiración, pero mis pies se agitaban frenéticamente frente a mis ojos, en un intento desesperado por alejarse (con el resto de mi cuerpo, o sin él) de aquella maldición. Sacudía mis brazos, lo sentía, pero no los veía moverse. Mi cuello, ya con pequeñas gotas de transpiración, se tensaba más con cada movimiento y la cabeza comenzaba a dolerme.
Mi capacidad de pensar se había esfumado y me había abandonado a merced del pánico y la angustia. Mis sacudidas se hacían cada vez más agresivas y llegué a creer que podría levantarme, llevando el colchón a cuestas, e ir a pedir ayuda; pero cada movimiento que hacía parecía presionarme más contra la cama. Estaba atrapado. ¡No!. Tal vez, si hacía contrapeso con las piernas, podría salir de allí. Subiendo y bajando los pies como un desquiciado, intentaba generar el impulso necesario para escapar. Mis esfuerzos fueron en vano, pues no me moví un centímetro de mi posición inicial, pero ciertamente estaba increíblemente agotado.
Mi vista se nublaba y podía sentir la sangre bombeando por mis sienes. No tenía mucho tiempo, se me acababa el aire, la ropa estaba demasiado apretada, no había suficiente oxígeno en la habitación; moriría asfixiado en unos pocos minutos. Si tan sólo pudiera alcanzar los botones y desabrocharlos, o simplemente quitarlos, sería libre. Pero mis manos tan sólo se revolvían en los extremos de mis brazos y no pude evitar una maldición. ¿Por qué estaban sujetas a las muñecas?, ¿por qué no podían separarse y ayudarme? Una fina capa de sudor me envolvía y el calor abrasador acababa con lo que restaba del aire y mis nervios, y yo, jadeante, seguía pegado al colchón.
Podría deslizarme fuera de la camisa, sí, y así podría liberarme. "La transpiración me ayudará", pensaba, con ojos desorbitados llenos de demencia. E intenté escurrirme. Una y otra vez mandaba mi cerebro la orden de retirada, pero mis extremidades no obedecían. No rotaban, no se doblaban, me sujetaban con fuerza dentro de mi prisión. Magia. Sí, eso tenía que funcionar, simplemente debía hacerlo, era mi última salvación. Las prendas que estaban en el suelo comenzaron a arrastrarse, los zapatos se ocultaron rápidamente bajo la cama, y yo seguía estático. La colonia que Al tenía sobre la mesa de luz fue a estrellarse contra la puerta del baño, junto con un tintero que Ethan había olvidado entre su ropa interior. El olor invadió mis sentidos y cada vez se me hacía más difícil concentrarme. La cama se sacudía, las sábanas se arremolinaban a mis pies. Cerré los ojos e intenté bloquear todas las distracciones y focalizarme. Resultó, con un horrible crujido, mis poderes partieron uno de los postes de la cama y las cortinas cayeron sobre mi cara, cegándome por completo.
No tenía escapatoria. Moriría allí, eso era seguro. Albus me encontraría, con la cara hinchada y azul, haciendo juego con el maldito pijama, y quedaría traumado de por vida. O tal vez lo haría uno de los elfos domésticos, cuando fueran a ordenar la habitación. MI madre lloraría, mi padre también, ella lloraría, al igual que Ethan y Natasha y los Weasley. Quizás incluso Rose Weasley lloraría, al ver las consecuencias que había acarreado consigo su pequeña broma. Suspenderían las clases por duelo, para que todos los alumnos tuvieran un momento para lamentar su deceso. Todos, salvo los chicos de quinto, por supuesto, quienes no tendrían más opción que utilizarlo para completar sus trabajos y tareas. Volvería, en forma incorpórea, para acompañar a Weasley hasta el fin de sus días...
Los chicos de quinto. Tenían que seguir abajo, haciendo el bendito trabajo. Apostaba a que podrían oír sus gritos desde la sala común, o al menos eso esperaba. Reunió el poco aire que quedaba aún en el cuarto y gritó con todas sus fuerzas.
Di pequeños pasos y saltitos en dirección a la sala común de Slytherin, tendría una cita esa noche. Tan sólo tenía que refrescarme un poco y tomar prestada la capa de Al, pero no quería arriezgarme a que Andrea van Raffien me viera escabullirme: esa niña insoportable era aún más chismosa que su hermano y no dudaría ni un segundo en delatarme con mi madre. Porque no debía salir con él, estaba mal visto y no podíamos permitirnos deteriorar aún más la imagen que la alta sociedad mágica tenía ya sobre la familia Bullstrode. Rodé los ojos. Claro que no podía, sería una catástrofe. Si Madre se enterara, pasaría el resto del año escolar en alguna escuela alemana para "señoritas sofisticadas", cosa que no me hacía gracia en lo absoluto.
Bradley no sólo era hijo de muggles, sino que también había sido sorteado en la casa de los tejones. Además formaba parte del pequeño grupo al que pertenecía el hermano mayor de Albus, por lo cual mi madre lo vería como si fuera una plaga, que las desplazaría del pedestal en el que estaba (o debía estar) la familia.
Pero en abril cumpliría diecisiete y ella ya no tendría la posibilidad de darme órdenes y mucho menos podría prohibirme salir con él o cambiarme de colegio, por lo que sólo tendría que guardar el secreto por ocho meses y luego sería libre. Ocho meses... parecía tan lejano.
Un grupo de alumnos de la casa verde pasó a mi lado envuelto en una nube de discusiones. Estaban en quinto, de eso no había duda, ningún curso podía causar tantos disturbios como aquel. Probablemente se dirigían a la biblioteca, a buscar alguna solución milagrosa entre los libros; les deseé suerte, la necesitarían.
Cuando ingresé en la sala, estaba desierta: hasta los dibujos habían abandonado sus cuadros y la estatua de Salazar se mantenía impasible en medio de la habitación. Le lancé una mirada torva, estúpido Slytherin. Si bien me gustaba la quietud, ya que no abundaba en el castillo, algo no estaba bien. Agudicé el oído. Sí, escuchaba un leve murmullo, posiblemente sofocado por las puertas de debía atravesar para llegar a mí. Venía de los cuartos de los chicos.
Sinceramente esperaba no haberme confundido y que efectivamente se tratase de alguien pidiendo ayuda, porque de lo contrario la situación no sería agradable. Subí cautelosamente las escaleras; si alguien se encontraba en peligro, quién sabe con qué podía encontrarme. Empuñé firmemente la varita. El sonido provenía de la habitación destinada a los alumnos de sexto, pero todos se encontraban en el comedor... todos salvo uno.
-¿Scopius? ¡¿Scorpius, te encuentras bien?!- los murmullos se elevaron hasta que pude distinguir algunas palabras.
- ¡Tasha, ayúdame!¡Maldita Weasley!¡Me ahogo!- no me es posible describir el pánico que rodeaba cada una de las exclamaciones pero me puso los pelos de punta y me abalancé dentro del cuarto. Bajo la cortina de su cama, rota y astillada, un cuerpo se sacudía desesperado, revoleando las piernas con cada movimiento. Salté hasta llegar al lado de mi amigo y murmuré un Finite Incantatem.
Al segundo siguiente, Scorpius Hyperion Malfoy estaba parado a dos metros de su cama, quitándose la camisa, sin importarle que los botones saltaban en todas direcciones. Con ojos turbados elevó mágicamente la prenda y la prendió fuego, hasta que no quedó de ella más que cenizas y se sentó en el colchón de Al, jadeando aceleradamente y bañado en sudor. Cuando salí de mi estupor (porque mi amigo no solía tener tales escenas), me agaché a su lado y posé delicadamente una mano sobre su hombro.
-Scorpy, cariño, ¿qué pasó aquí?- recorrí la habitación con la mirada, deteniéndome en una gran mancha negra que adornaba la puerta del baño. Mi amigo era un manojo de nervios y no parecía haber oído mi pregunta, tuve que repetirla unas cuantas veces hasta que se serenó y me dio una respuesta.
-Fue Weasley, siempre es ella. Embrujó la maldita camisa para que me retuviera contra la cama- hizo una pequeña pausa y me miró a los ojos-. No podía salir, Tash, no podía moverme.
Me acerqué más a él y lo abracé. Pobrecito, no podía creer que ella le hubiera hecho eso, tenía que saber que el rubio tenía claustrofobia. Él tampoco quería creerlo, continuaba sacudiendo la cabeza, sollozando en silencio. Cuando me devolvió el abrazo y relajó un poco su cuello, comencé con las preguntas.
-Creí que habían hecho una tregua- al menos esa había sido la intención de Scorp desde que había comenzado el año escolar.
-Yo también lo creí, Tash, pero ella piensa que es un truco- suspiró-. Estoy cansado...
-¿Hablaste con Rose?-silencio- Scorp, amor, tienes que hablar con ella si quieres que esto se solucione-. Aún no me respondía y comencé a preocuparme-. Hablarás con ella, ¿no?
-Es evidente que Weasley no quiere que haya paz, así que pelearé, le devolveré la broma-. Una lástima, ciertamente, tenía la esperanza de que ese año fuera más relajado. No creía que Al pudiese soportar otro curso con tantos disturbios, y menos ahora que se habían vuelto más peligrosos y violentos. Pero no discutiría con el rubio. Le pasé una mano por el cabello y le besé la mejilla.
-Haz lo que mejor te parezca, yo te apoyo.
-Gracias, Tash, eres la mejor. Por cierto, ¿qué haces aquí tan temprano?-. Mi cita, lo había olvidado y me encontraba cubierta en sudor yo también. Oh, no. Salté de la cama y corrí hacia la puerta, todavía tenía tiempo de darme una ducha.
-Tengo una cita. Y, Scorp...
-¿Sí?
-¿Acaso los elfos domésticos nunca han pasado por aquí? Apenas si llevamos tres semanas de clase y parece un chiquero. Quiero que arregles tu cama y ordenes un poco. ¿Para qué crees que tenemos magia?-. Soltó una carcajada y me contestó un sarcástico "Sí, ma" antes de que me retirara.
Espero que les haya gustado y que salgamos campeones. Dejen sus comentarios.
-Vince
