No me considero una persona irracional. Es posible que alguno de mis actos pudieran ser mal interpretados, caracterizados de ilógicos; pero todo cobra sentido en mi cabeza. Aunque debo admitir que últimamente hay ciertas lagunas allí, lagunas que no existían un par de meses atrás. O no las veía. Si alguien hubiera entrado a la cabaña de Hagrid y me hubiese visto caminando de un lado a otro sacudiendo mis brazos en el aire, me habría juzgado de loca. Si alguien hubiera visto mi plato lleno de comida luego de oír como me quejaba del hambre que me tenía, habría creído que era bipolar. Pero todo tenía sentido, al menos en mi cerebro.

El guardabosques no comprendía por qué había abandonado tanta comida de apariencia sabrosa en mi plato, pero no se lo puede condenar: cada uno tiene su opinión sobre lo que es o no rico. Lysander, en cambio, no entendía la razón de mi vacilar.

- Te ofreció una tregua, Rose. Scorpius quería pactar un acuerdo de no agresión...-. El rubio volteó la cabeza y me miró extrañado, como si lo que pensaba fuera demasiado retorcido como para comprenderlo-. Lo rechazaste. ¡Lo rechazaste y lo insultaste! ¿Sos consciente de lo que decís o simplemente dejas que tu boca se mueva libremente?

¿Si me sentí ofendida? Un poco, no voy a negarlo. Pero Lysander tenía razón; había decidido, ya no recordaba cuándo, disculparme y amigarme con el hurón, pero por lo visto la idea no terminaba de asentarse en mi mente. Es la costumbre; tanto tiempo odiandolo, insultándolo, no era tan sencillo cambiar. Me derrumbé en el sillón, cerca del fuego y mi amigo comenzó a imitar mi recorrido por la habitación.

-Esto tiene que acabar. Ahora. No es un asunto que los concierne sólo a ustedes dos, todos formamos partes de esta estúpida guerra. No me importa lo que hayan hecho en los últimos seis años, van a resolver cualquier problema que tengan. Y más vale que lo hagan antes de que sea muy tarde-. Frenó un momento y me miró seriamente, como si pueda ver mi alma y, con lo bien que me conocía Lysander, no me extrañaba que así pareciera-. Ustedes no se odian, y lo sabes muy bien. ¡Claro que no se odian! ¡Si se odiaran, no podrían verse a la cara! ¡Si se odiaran, no podrían pasar tanto tiempo juntos! Seis años... ¡Seis años, por Merlín! Todo ese tiempo fingiendo un odio estúpido e irracional, ¿por qué?, ¿para qué?-. No sabía qué responder. Scamander estaba iracundo, sus mejillas se estaban tiñendo de un tono rosado y elevaba el volumen de su voz a cada frase-. No es divertido, nunca lo fue, y ya es hora de que se vayan dando cuenta.

-No sabía que te sentías así...-. Eso fue lo único que pude murmurar, pero el ravenclaw pareció tranquilizarse un poco y se sentó a mi lado.

- Tienes que hacer algo al respecto; nadie quiere seguir con este drama, creeme-. Lo miré con duda en mis ojos-. Especialmente Scorpius; él es el más interesado en terminarlo. Creo que te necesita más como amiga que como enemiga, Rose. Y creo que no te vendría mal escuchar su versión de la historia.

-¿A qué te refieres?

-Eres la única que lo odia...

-No me tiene que caer bien todo el mundo, Lys.

-Pero no tienes motivos para odiar a Scorpius. Apuesto a que ni recuerdas cómo comenzó esta disputa-. Abrí la boca para quejarme, pero no pude encontrar ningún argumento convincente-. Habla con él, con seriedad. Aclaren todo. Van a tener que trabajar juntos hasta las vacaciones de todas formas, no hay manera de evadirlo, podrías hacerlo lo antes posible y evitar más inconvenientes. Sería como quemar una sanguijuela.

Con la perturbadora metáfora de Lysander en mente, caminaba de un lado a otro en un pasillo vacío. No era inusual encontrar alas del castillo desiertas, al menos no a medianoche. Pensaba en mi siguiente movimiento, sólo que esta vez no sería una broma ni humillación pública. No, hablaría con él. ¿Le pediría perdón? Debería, ciertamente. ¿Y si él me pedía disculpas? A decir verdad, yo había rechazado la tregua, pero él no era inocente: aún no olvidaba su pequeña broma con la araña.

¿Estaría ofendido conmigo? No lo culpaba si así fuera. Pero tenía que oírme, Lysander había dicho que no me quería como enemiga. Y cuando lograra que me oyera, ¿qué diría? Retorcía mis manos, como si pueda exprimir de ellas las palabras precisas. Tenía que escribir algo, pensar lo que le diría, por lo menos. Nunca había hablado con sinceridad con él y la idea de hacerlo me ponía un poco nerviosa.

Tal vez por eso me asusté cuando escuché los pasos. Era prefecta, estaba en todo mi derecho de estar allí; además, Filch no sabía cuando eran mis rondas. No tenía ganas de hablar con nadie en aquel momento, pero no tenía por dónde escabullirme. Los pasos provenían de la escalera que llevaba a la lechucería y mi única vía de escape era un amplio e increíblemente bien iluminado pasillo. Maldita luna llena. Tendría que contentarme con castigar al insolente que me molestaba y retirarme a mi sala común. Me acerqué a la escalera, pero el sonido de las pisada ajenas se detuvo.

-¿Hay alguien ahí?-preguntó una voz masculina y no cualquier voz-. Es muy tarde para deambular por los pasillos... Ah, Weasley... eres tú...

-Tú tampoco deberías estar aquí, hoy no tienes rondas.

-Tenía que enviar una carta a unos amigo en América...-dijo, sin darle mucha importancia al tema. Pero no pude evitar sentir intriga, nunca nos había hablado de ellos-. ¿Qué haces aquí?

-Nada, sólo... daba una vuelta antes de dormirme, aclaraba mis pensamientos-cosa que no era mentira-. De todas formas, ya me iba, Malfoy-. No me despedí, simplemente me di vuelta y caminé decidida por el pasillo, oyendo los titubeantes pasos del rubio slytherin detrás de mí. Hoy no era el día para hablarle, no había pensado aún lo que iba a decirle. Pero parecía ser que Malfoy tenía otros planes, las pisadas retumbaban a mis espaldas con mayor frecuencia e intensidad y, cuando volteé a la derecha, para continuar por otro pasillo, una mano me retuvo. La serpiente sostenía mi brazo, era sólo cuestión de tiempo; me apretaría hasta que se vaciaran de aire mis pulmones y exhalara mi último suspiro. Luego me devoraría.

Pero no lo hizo, ¿cómo iba a hacerlo? Scorpius Malfoy no era una víbora y me había admitido a mí misma que tampoco era una mala persona. A pesar de ello, estar sola con él a medianoche en una de las torres más altas de Hogwarts me ponía nerviosa.

-Tranquila- dijo, con las manos en alto-, no te pongas así. Tu torre está para el otro lado-. E indicó las escaleras a sus espaldas-. Debías estar pensando en asuntos bastante serios como para haber llegado hasta la Torre Oeste, al otro lado del castillo.

-Sí, em..., gracias. Y tu carta debía ser muy importante como para que vinieras desde las mazmorras a enviarla a estas horas-. Lo miré de reojo mientras caminaba a mi lado. De repente los dos actuábamos como personas civilizadas, como conocidos, amigos, incluso. No podía negar que, a pesar de lo perturbador y repentino del cambio, me agradaba. Y luego Malfoy rió. No era una de esas risas que se escuchaban en la mesa verde, tan cargadas de sarcasmo e hipocresía que se asemejaban a un lamento; era una carcajada verdadera, corta, que mucho tenía de sincera. No tenía razón aparente para soltar esa sonrisa, parecía surgida de los nervios y la tensión. No pude evitar imitarlo.

-Son un poco impacientes, no pueden esperar a saber las nuevas noticias. Apuesto a que les encantará leer sobre el nuevo incidente de Lysander en la clase de Pociones-volvió a reír al recordar la nota y aclaró-: les mandé uno de los periódicos.

Seguimos caminando, nunca había sido buena para ubicarme en el castillo (una de las consecuencias de dejarme guiar por Carrie o Lys, quienes conocían el castillo a la perfección), pero Scorpius parecía estar seguro de adonde se dirigía. Caminábamos por pasillos que jamás había visto, doblabamos a la izquierda y a la derecha sin un patrón determinado y sentía que no nos alejabamos de ningún lado ni nos acercabamos a ningún otro. Cuando llegamos a los que supuse que era el cuarto piso, escuché una risa proveniente de una de las aulas que estaban en desuso. Miré la hora: faltaba un cuarto de hora para la una. Malfoy se encogió de hombros cuando lo interrogué, así que, haciendo honor a mi placa, abrí la puerta, dispuesta a castigar a los chicos que se encontraran allí.

Ciertamente me sorprendí cuando vi a las dos personas celebrando un picnic en el centro de la habitación. Siempre había creído que Natasha Bullstrode estaba enamorada de Ethan Flint, al menos eso era lo que Dominique repetía con resentimiento cuando los veía desfilar por los corredores. Pero la persona con la que compartía la porción de pastel no se veía como Ethan; tenía el pelo de un color castaño claro, similar a las aceras otoñales, ojos oscuros y un par de hoyuelos que le daban un aspecto infantil. La cara de Bradley Stone no me era desconocida, había pasado varios veranos con él en la Madriguera, dado que era el único Hufflepuff en el grupo de amigos de mi primo James.

Estaba estática, no estaba esperando esa situación y no sabía muy bien como reaccionar a ella. Creo que intenté decir algo, debo haber parecido un pez, moviendo los labios constantemente sin emitir más que aire. La pareja frente a mí había dejado de reír y me miraba medio aterrorizada, medio avergonzada. Una mano empujó suavemente la puerta y el rubio slytherin se paró detrás mío, sinceramente esperaba que él pudiera poner fin a la incómoda escena.

-¿Tash? Sentimos interrumpir tu cita, ya nos íbamos-. Me vi empujada fuera del aula, aún medio confundida-. T y Q te mandan saludos. Ten cuidado, Stone, si oigo un comentario malo sobre tí, no tendremos problema en arrojarte para que el Calamar Gigante se alimente de tu cerebro-. Supuse que el "tendremos" incluía a mi primo y a Flint.

-No te preocupes, amigo, seré todo un caballero-dijo tomándole la mano a la única slytherin que se sonrojaba-. Hay un aula vacía al final del pasillo-guiño-, suerte-. Ignoré el último comentario y seguimos caminando. Luego de un tiempo me las arreglé para formar una idea coherente en mi cabeza.

-Hacen una linda pareja.

-No le digas a nadie. Sólo un par de personas de confianza lo saben y Tasha no quiere que llegue a los oídos equivocados.

-¿A qué te refieres?- Suspiró. Bradley era un chico de lo más agradable, no entendía porqué no quería que se supiera sobre la relación.

-Sólo digamos que hay ciertas personas que podrían usar esa información para hacerle la vida imposible. Pero no hablemos sobre el tema; no es el más agradable para la mayoría de los slytherins, incluyéndome-. Hice una nota mental para preguntarle a Albus al respecto y no hice más comentarios.

Las risas, los amigos americanos, las cartas a medianoche, la tranquilidad con la que manejaba cualquier situación, la reciente y misteriosa confesión, que parecía teñida de un tono melancólico; todo indicaba que había un lado de Scorpius Malfoy que no conocía, pero que parecía más agradable de lo que nunca hubiera imaginado. Habíamos recorrido gran parte del castillo y, sin embargo, en aquel tiempo ninguno había musitado ni una palabra de agresión; a decir verdad, nos estábamos llevando verdaderamente bien. Me sentía menos nerviosa, casi hasta relajada, entonces, ¿por qué tenía que meditar sobre qué debía decirle, si éramos perfectamente capaces de mantener una conversación cordial, no, amigable? Iba a abrir mi boca y decir lo primero que viniera a mi mente, cuando el rubio se detuvo.

-Hablé con Lucy-soltó de pronto-. Ella dice que deberíamos conversar seriamente.

-Lysander opina lo mismo.

-Tenían que ser ravenclaws-dijo Malfoy sacudiendo los brazos-. Ellos son los inteligentes, deberíamos hacerles caso, yo supongo...

-No creo que tengamos mucha opción; tendrías que haber oído el discurso de Scamander: el chico tiene buenos argumentos.

-Weasley.., lo siento. Siento lo de la araña, no era venenosa realmente. Y siento todo el resto: los años de pelea, los insultos, aquella vez que derramé tinta sobre tus pergaminos. ¡Juro que fue accidental!

-Yo siento haberte torturados los últimos años... y lo del hechizo en tu cama, no sabía sobre tu fobia...

-Lo sé.

-¿Me perdonas?- Y hasta que lo dije no había comprendido el valor que pueden llegar a tener un par de palabras, en apariencia inocentes.

-Claro, ¿y tú a mí?-. Asentí rápidamente y sonrió. Una mano pálida se extendió ante mí, firme y decidida-. ¿Amigos?- Y la tomé.


Espero que les haya gustado. Si tengo tiempo libre el en próximo mes, lo dedicaré a escribir, pero los exámenes se multiplican en ésta época del año. Deseenme suerte.

-Vince