Autor: Hota-chan

Fandom: Naruto.

Disclaimer: Naruto no me pertenece, es propiedad de Masahi Kishimoto y hago esto sin fines de lucro.


Naruto tuvo una linda relación de cuatro meses con Hinata. La chica lo quería de verdad, Kakashi lo sabía porque ella miraba al niño justo en al forma en que él lo hacía. Sin embargo, Naruto pareció desencantarse y con el paso del tiempo se le hizo tedioso seguir a su lado. Y aunque al más viejo la pena lo atacaba al imaginarse a la pobre chica llorando bajo las sábanas, se le olvidaba rápido. No podía negar que estaba contento, y cómo no, si el camino había quedado libre otra vez.

No es que planeara confesarse, pero era un tipo egoísta.

Cuando Sasuke apareció y se hizo tan buen amigo de Naruto, Kakashi se dio cuenta de que iba a perder de nuevo. El día que se le confesó, una vez cerraron el bar, ya se había preparado para ir a ahogar sus penas en cerveza barata en su departamento porque, nuevamente, el rubio iba a irse con alguien más. Sin embargo, Naruto lo rechazó. Y fue una sorpresa que nadie se esperaba, ya que congeniaban tan bien que parecían haber sido hechos el uno para el otro, por más que a él le fastidiara aceptarlo. Sasuke se quedó estático, incrédulo, y Naruto se excusó y abandonó el bar más temprano.

Durante la siguiente semana Sasuke no se presentó al trabajo. Kakashi se lo imaginaba llorando como un niño estúpido a quien le han roto la coraza que siempre carga y, sea dicho de paso, también sintió pena por él. Pero su felicidad volvía a salir a flote, al punto en que se encontraba, de vez en cuando, tarareando viejas canciones de la radio mientras servía los tragos. Mientras Naruto no le perteneciera a nadie, su cabeza podía imaginar que era suyo.

Quizás fue a mediados de julio de ese nuevo año que Naruto se quedó con él hasta que el bar cerró. El sol comenzaba a salir mientras el más viejo echaba llave a la puerta y Naruto le esperaba abrigado en la acera, tratando de mantenerse despierto con mucho esfuerzo. Kakashi lo observó fijamente. Sus ojos parecían resplandecer bajo la luz matutina. Era la perdición encarnada. No solo había sido la suya, ni la de Hinata o la de Sasuke. Quién sabía a cuántos más había llevado a la locura.

—¿Tengo algo en la cara? —cuestionó al darse cuenta de la insistente mirada ajena.

—Nada fuera de lo común. Solo pensaba.

—¿En qué?

—En cosas, Naruto. Ahora vete a casa.

—Pero quiero hablar contigo.

—¿Qué es tan importante que no puedes esperar a decirme más tarde, cuando tu cerebro y el mío funcionen mejor?

—Te vi hablando con esa mujer. La del vestido rojo.

—Es cliente regular. ¿Qué hay con eso?

—Que te tiene ganas.

—¿Y eso es malo porque...?

—¡Porque eres mío, grandísimo imbécil! —gritó el muchachito, tomándolo de las solapas de su camisa antes de empinarse, estamparle un beso en los labios y salir corriendo con dirección a su casa.

Kakashi se quedó ahí parado al menos un cuarto de hora, tocándose los labios mientras miraba las grietas del suelo y se reía como el grandísimo imbécil que era.