Capítulo 4
La tormenta perfecta
Siendo farero sabía leer las señales que el ambiente me solía indicar, adelantándome incluso a los planes de los pegasos de vez en cuando; el viento de tramontana y las nubes arremolinándose en torno al mar era señal inequívoca de que se aproximaba una tormenta.
He experimentado muchas otras veces las tormentas, todas ellas en La Roca; el procedimiento a seguir siempre es el mismo, poco tiempo antes de que se desatara debía de asegurar bien ambas puertas, tanto la principal como la superior, y las ventanas, así como otros enseres de valor dentro del faro. Especialmente la cápsula de la lámpara, la cual debía de mantenerse herméticamente cerrada para evitar que el agua y el viento la apagaran. Normalmente había varios respiraderos situados en la parte superior del tejadillo de bronce que cubría la lámpara para que el aire se colara dentro y la llama pudiera respirar, eran de doble capa y actuaban como filtro, por lo que tampoco eran nada de lo que preocuparse.
Aunque extrañamente los informes meteorológicos de esa semana no diagnosticaban ninguna tormenta prematura, cosa que me dejó un tanto desubicado; ¿la fábrica del tiempo fallando en sus planes? Eso no era algo muy propio de ella que digamos.
Aun así mis sentidos permanecieron en alerta y estuve preparando el faro durante todo el día, el cual permaneció nublado y con moderadas rachas de viento que hacían que fuertes olas azotaran la parte inferior de La Roca. Sin embargo, había algo, un no sé qué, que llevaba molestándome desde esa mañana. Una extraña sensación que trataba de alertarme por alguna razón, diciéndome que esta tormenta no sería como las demás. Aun así lo dejé estar y me centré en mi cometido, asegurando las ventanas inferiores por enésima vez.
Una vez que estuvo todo bien asegurado, me quedé en el salón leyendo y esperando a que anocheciera para ir a encender la lámpara. Las líneas de palabras impresas pasaban ante mis ojos, empapándome de ellas, y a la vez hipnotizándome, sin darme cuenta siquiera de que me estaba quedando roque. Antes de caer completamente dormido escuché un profundo retumbe en la lejanía.
Oí un ruido seco junto con un fuerte estallido, como si todo a mi alrededor hubiera temblado, y fue entonces cuando me desperté; la luz a mi alrededor era escasa, apenas se veía nada, y afuera varios destellos iluminaron el interior del faro. El viento soplaba con fuerza arrolladora, haciendo traquetear los cristales de las ventanas y por un momento me pareció que el suelo temblaba.
-Agh, maldición… ¿qué hora es?-mascullé en voz alta.
Me puse en pie y miré el reloj de pared que había allí; las ocho menos cuarto.
-Oh, mierda, me he dormido…
Nada más decirlo, el suelo volvió a temblar y el faro se sacudió, llegando a tirarme al suelo; algunos libros botaron de sus estanterías y cayeron al suelo pesadamente, doblándose algunas de sus páginas. Vi entonces como el agua comenzaba a empapar las ventanas, al tiempo que varios rayos iluminaban el oscuro ambiente.
-Tengo que encender ya la lámpara…-me dije a mi mismo, levantándome y poniéndome en marcha.
No sabía cuál era la situación afuera, pero podía notar cómo el mar comenzaba a rugir, cual depredador ante su presa; subí las escaleras todo lo rápido que pude, llegando hasta el último piso y abriendo la puerta superior. Nada más hacerlo, una fuerte ventolera me hizo recular hacia atrás, al mismo tiempo que una fuerte lluvia me empapaba entero. Fue entonces cuando me di cuenta de algo.
-¡Agh, mierda, los materiales!
Me había propuesto tan rápido el encender la lámpara que olvidé por completo lo necesario para ello; con mi magia traté de volver a cerrar la puerta, resultándome particularmente duro, ya que el viento parecía haberse propuesto llevarme la contraria. Finalmente conseguí cerrarla, echando el cerrojo justo después.
-Eso es, joder…
Eso pareció molestar al mar, ya que otra ola debió de arremeter contra el faro con todas sus fuerzas, haciéndolo temblar nuevamente y cayéndome sobre mis ancas. Aun así yo me volví a levantar y me apresuré hacia las escaleras para ir a recoger los materiales.
Bajar las escaleras con la mar en ese estado resultaba particularmente complicado, ya que sería fácil caerme por ellas y romperme algo; y en esos momentos lo último que necesitaba era romperme una pata o una costilla, por lo que las bajé extremando las precauciones y pegándome a la pared todo lo posible. Por suerte el mar quiso darme un poco de cancha y llegué a la planta baja sin ningún tipo de complicación. Una vez allí comprobé tanto la puerta principal como la ventana de la cocina; desde esta pude ver entonces cómo una ola enorme comenzaba a formarse a pocas millas del faro y me preparé para una fuerte colisión.
-¡Cuerpo a tierra!
Al poco rato de hacerlo, pude oír el estruendo de toneladas de agua chocando con fuerza arrolladora contra La Roca, al tiempo que ésta temblaba de arriba abajo, gimiendo toda su estructura. Pude oír también el sonido de cosas varias cayéndose arriba, probablemente más libros.
En cuanto la ola pasó, me puse en pie de nuevo, cogí las cosas de la despensa, en la cual todo se había desparramado, y volví arriba. Al pasar por el saloncito vi que lo que se había caído era el escritorio, junto con algunas de mis cosas, entre ellas, la foto de mi familia.
-No, se ha roto…
Por un momento temí lo peor y me llené de miedo; no me consideraba un poni supersticioso, ni mucho menos, pero yo al mar le tenía mucho respeto, y si a él se le antojaba se me podría llevar tranquilamente. Decir que no le tenía miedo a la muerte sería mentir descabelladamente. El simple hecho de pensarlo me daba un miedo atroz, y no por mí, sino por mi familia. Si yo me iría, ellas se quedarían solas. Y me negaba a ello.
Otra ola impactando con fuerza contra La Roca me sacó de mis pensamientos y me reanimó, buscando un propósito por el que seguir viviendo; pero yo estaba ahí por una razón, mi deber era encender el faro para que ningún barco se acercara a los escollos que me rodeaban. Y a eso mismo me dirigí.
El volver a abrir la puerta superior fue como si el mar me diera un sopapo en toda la cara y acto seguido me escupiera con desprecio; el agua caía casi con tanta fuerza como el viento soplaba, y las gotas se sentían como agujas sobre mi pelaje. Por un momento abrí los ojos y observé el panorama; la superficie del mar parecía que estaba viva por lo rápido y fuerte que se movía, olas del tamaño de casas arremetían contra las otras rocas y contra mí, formando un enorme charco de espuma que parecía rodear al faro. Sobre mi cabeza densas y grisáceas nubes decoraban el cielo, con algún que otro rayo recorriéndolo. Pero lo peor no era eso, sino lo que se podía ver al fondo; un enorme cúmulo de nubes casi tan oscuras como la propia noche se echaba sobre un mar aún más encrespado que el que me rodeaba, con rayos asomándose entre estas y vientos superiores a los de la media. Supe entonces que lo peor estaba por llegar, y le eché poco menos de doce o quince millas de distancia desde donde yo estaba. En poco menos de media hora, o puede que menos si los vientos que se veían eran tan fuertes como parecían, tendría esa enorme borrasca justo encima de mi cabeza. Y entonces, justo entonces, se desataría el infierno. El infierno de infiernos.
-Cielo santo…-mascullé entonces, notando cómo un escalofrío me recorría el lomo.
Aun así me repuse enseguida y entré en la cápsula con todo lo necesario, cerrando de seguido; los cristales que me rodeaban temblequeaban constantemente, amenazando con romperse, pero los ignoré y me puse a trabajar. Llené el depósito de aceite, coloqué los algodones en la punta de la lámpara y los encendí; después cargué la pila, la coloqué en su sitio y la lámpara comenzó a girar.
-Vale, esto ya está…
Al segundo siguiente otra ola embistió a La Roca y el suelo tembló, haciéndome caer de nuevo; las lentes de Trotsnel vibraron y la llama titiló, pero no se apagó. Los cristales siguieron temblequeando constantemente.
-No puedo quedarme aquí, es peligroso…
Salí de la cápsula cerrando tras de mí y la aseguré con mi magia usando un hechizo de reforzamiento sobre el cristal; mi conocimiento en magia era muy limitado, pero algún que otro hechizo sí que sabía hacer, sobre todo los más útiles para este tipo de casos.
Una vez dentro del faro, me preparé a conciencia para resistir como fuera lo que se avecinaba; recoloqué los libros caídos y el escritorio, sujetándolos bien a la pared con varias aldabas y cuerdas. Aseguré todo lo que se encontraba colgado en la pared descolgándolo, como algunos cuadros y el reloj. Y todo esto con varias sacudidas de cuando en cuando por parte de un mar que me tenía mucho más reservado y que no tardaría mucho en llegar.
En momentos como ese, uno llega a poner en duda hasta lo que sabe; es fácil bajar la guardia ante los momentos difíciles, y eso lo sabía yo mejor que nadie. Muchas otras veces me había visto envuelto en situaciones parecidas, con grandes olas que azotaban el faro y apenas me dejaban dormir. Pero lo que venía superaba, y por mucho, todo lo que había visto hasta el momento. De hecho estuve observando la borrasca desde la ventana del salón con mi catalejo, y no auguraba nada bueno; por lo que pude ver, toda la zona azotada por el temporal presentaba signos de mar arbolada, con olas de más de seis metros de altura, y que podrían alcanzar tranquilamente los nueve si se les distaba. Las rachas de viento rondarían, sin ser muy descabellado, los veinte kilómetros por hora y caían rayos intermitentemente cada veinte segundos. Iba a ser una noche movidita.
Las olas siguieron sacudiendo al faro mientras que la borrasca se iba acercando poco a poco, poniéndome cada vez más y más nervioso; no sabía lo que iba a pasar, tenía ante mí un enemigo formidable al que la palabra derrotar no se le aplicaba para nada, y bajo mis patas el suelo temblaba cada vez que el mar se echaba sobre mí. Normalmente esa situación hubiera podido con cualquiera, pero me mantuve fuerte en todo momento, por mí, por los que de mi dependían… y por mi familia. Era en ese tipo de momentos cuando más me acordaba de ellas.
-Whistle, Deep… me habéis hecho tanto bien. Iluminasteis mi vida y me hicisteis sentir el semental más afortunado de toda Ecuestria. No sé si podré ganar esta batalla, puede que no, pero espero, solo espero, poder volver a ver vuestras caras sonrientes al menos una vez más. Os quiero, a las dos.
Mi tren de pensamientos fue interrumpido por otra sacudida del faro, el cual llegó a crujir un poco; La Roca no recibía su apelativo por nada, y ha aguantado más de diez años en ese plan, soportando una y otra vez las a veces furiosas embatidas del mar. Su estructura estaba hecha de granito y gres, reforzada por dentro con un poco de madera, y un sarcófago de obra reforzaba la cara norte, que era la que más solía recibir el ataque del mar. No dudaba de la integridad de la estructura, pero lo que se avecinaba era capaz de poner en tela de juicio si La Roca podría aguantar todo lo que ese monstruo le echaría esta vez. Miré de nuevo por la ventana, la borrasca estaba un poco más cerca que antes. Supuse que me alcanzaría en menos de veinte minutos.
La espera se me hizo eterna, pero finalmente la borrasca me acabó alcanzando; en todo momento la estuve observando por la ventana, siendo testigo de cómo el mar se levantaba como si realmente hubiera cobrado vida. La primera ola, de unos seis metros por lo menos, pegó al faro de lleno y el golpe fue tal que me caí hacia atrás, al tiempo que estallaba más de una tonelada de agua sobre la superficie de cristal de la ventana. Milagrosamente la ventana salió intacta, pero dentro las consecuencias no fueron tan benévolas conmigo; aun a pesar de los refuerzos que les puse, las estanterías botaron y casi todos los libros cayeron al suelo. Una de ellas se acabó cayendo, tumbando en el proceso el tocadiscos y volcando mi sillón preferido. Oí a La Roca gemir de dolor, como si de repente ella también hubiera cobrado vida.
Me levanté a duras penas y volví a acercarme a la ventana; varios rayos cayeron en ese momento, permitiéndome contemplar a una ola romper antes de tiempo y formando así una fortísima tromba de agua que reptó hacia la base del faro, llegando a golpearle en el proceso. Justo después oí un ruido de cristales rotos escaleras abajo, acompañado del sonido del agua colándose por un sumidero, comprendiendo de inmediato lo que había pasado.
-Oh, no…
Actué casi sin pensar, dejándome llevar por mi instinto; corrí hacia el hueco de la escalera, para poder ver cómo toda la planta baja comenzaba a inundarse, colándose el agua por la ventana rota de la cocina. Que la ventana se rompiera era algo que podía pasar, y para casos como ese, completamente de emergencia, había en la parte superior del hueco de las escaleras una puerta de madera y hierro que hacía las veces de compuerta y sellaba la planta baja del resto de plantas del faro. Sin dudarlo en ningún instante desaté la cuerda que la sostenía con mi magia y la puerta cayó a plomo sobre los escalones, encajando perfectamente. Acto seguido eché una serie de cerrojos que tenía y le apliqué un hechizo de sujeción combinado con otro de reforzamiento, similar al que hice antes. Desde el otro lado se podía oír al mar inundándolo todo y haciendo suya esa parte del faro. A partir de ese punto yo me sentía cual ratón encerrado en una ratonera y sin posibilidades de escape. Pero la noche no había hecho nada más que empezar.
Las subsiguientes olas tronaron contra el faro con furia visigoda, haciéndole temblar de arriba abajo y derribando todos los objetos posibles que había dentro; no me molesté en recomponerlos puesto que se volverían a caer, y preferí dejarlos donde estaban para que no salieran más dañados. Las ventanas superiores resistieron a las acometidas, pero podía ver como el agua hacia fuerza contra los cristales y la espuma del mar envolviéndolas por completo. Me imaginé que desde afuera las olas envolvían por completo toda la altura del faro, haciéndole desaparecer de la vista por unos instantes. Pero cada vez que miraba hacia arriba podía ver el haz de luz de la lámpara, y eso para mí resultaba más reconfortante de lo que yo mismo hubiera llegado a pensar que sería. Al menos el faro seguía cumpliendo con su cometido y yo me quedaba mucho más tranquilo.
Pero eso al mar poco o nada le importaba, y siguió azotando a La Roca sin piedad, acompañado de brillantes rayos y potentes truenos que resonaban por toda la zona. Por mi parte me quedé rezagado allí, en el salón, soportando las embatidas que hacían temblar a toda la estructura. Pero en uno de esos golpes una de las velas de los candelabros de pared trastabilló y cayó al suelo, junto a varios libros desperdigados. La llama los prendió y el gesto de mi cara se torció.
-No… ¡no, no, no!
Me reincorporé cuanto antes, para luego volver a caer en cuanto otra ola chocó contra el faro. Mi mente trabajaba a toda velocidad, pensando en cómo solucionar el inminente problema que se me presentaba. Los libros prendidos eran un total de cuatro, el suelo era de madera, y a su alrededor había muchas más cosas que podían quemarse. El espacio era cerrado y muy reducido, lo cual era carne de cañón para un incendio. Todo ardería en cuestión de pocos minutos si no me movía. La única solución era abrir la ventana para que el agua del mar apagara las llamas. Pero si lo hacía, se inundaría toda esa planta, y no solo eso, sino que toda la colección que todos los fareros de La Roca habían conseguido formar después de todos esos años se perdería y sería pasto del mar. Aun así, supe lo que tenía que hacer.
Me levanté de nuevo y me moví hacia delante; con mi magia cogí el único objeto que salvaría de entre todos los demás que allí había y, acto seguido, enfoqué mi magia en la ventana, la cual abrí. En ese momento otra ola se embalaba contra La Roca, yo eché a correr y pegué un salto para sortear las llamas. Tras de mí oí el estruendo de más de una tonelada de agua colándose por la ventana e inundándolo todo, al tiempo que la estructura se tambaleaba de nuevo. Subí las escaleras tan rápido como mis patas me lo permitieron y, en cuanto llegué al piso superior, eché la puerta hermética de esa planta, cerrándola al segundo siguiente. El tiempo volvió a correr con normalidad justo después.
Me temblaban las patas y mi corazón latía a mil por hora. No pude evitar sentirme triste por el sacrificio que había hecho, ya que ahí abajo había un poquito de mí también. Pero se tenía que hacer, si no lo hubiera hecho el incendio hubiera seguido dándose aunque hubiera echado la puerta hermética, dañando la estructura un poco más y poniéndoselo un poco más fácil al mar, el cual parecía querer acabar con La Roca de una vez por todas. Como si ahora se estuviera vengando después de más de diez años sin haberlo conseguido.
Noté entonces que sostenía algo con mi magia y vi que era la foto rota de mi familia; sin decir nada, la sostuve en mi pecho, sin dejar de pensar en ellas en ningún momento. Hasta que el mar volvió a arremeter contra mí, haciéndome caer un vez más. Aun así, yo me levanté, dispuesto a pelear hasta el final.
La tercera planta se encontraba a oscuras dado que no había dejado ninguna luz encendida allí, por lo que tuve que alumbrarme con mi magia; vi mi cama, la cual se había movido de sitio, el armario caído y poco más. Al lado había otra ventana, con algo de miedo me acerqué hasta ella y me asomé; la primera reacción fue comprobar si la lámpara seguía encendida, y entre la lluvia y los rayos que decoraban el cielo pude distinguir su haz de luz. Después me fijé en el panorama; hasta ahora todas las olas que habían impactado contra La Roca estaban entre los seis o siete metros de altura, y todavía no había visto ninguna que alcanzara los nueve. El mar seguía agitándose y abriéndose, golpeando al faro constantemente, y el hecho de estar en una de las plantas más altas se podía notar aún más el embate del mar. Aun así yo me sentía más seguro, por lo que me tumbé en la cama y traté de descansar un poco, pero me resultó imposible. Cada vez que una ola impactaba sobre el faro toda su estructura cabeceaba y el ruido que producía hacía imposible el dormir. Aun así seguí tumbado, con los ojos cerrados, dejando pasar el tiempo y deseando que esa tormenta se acabara de una vez. Pero no lo haría, eso por descontado. Todavía la quedaba mucho por decir. Y tenía toda la noche por delante.
De alguna manera me fui acostumbrando poco a poco a ese ritmo tan apabullante del mar, y parecía que las olas no chocaban con tanta fuerza como antes; por un momento conseguí relajarme un poco dentro de lo que cabía, llegando a entrar en un estado de duermevela en el que el sueño parecía querer vencerme pero que al mismo tiempo mi instinto me instigaba a seguir despierto por lo que pudiera pasar. Por unos breves momentos creí estar a punto de dormirme, incluso me dio la sensación de que había pasado por lo menos una hora desde que todo empezó; pero justo después hubo un enorme estruendo que me hizo despertar de repente, dando un buen bote en la cama. Había sonado casi al lado, como si el mar hubiese conseguido subir hasta arriba. Miré hacia la ventana y, en ese mismo momento, volvió a suceder; el faro tembló, la ventana se empapó desde fuera, y el techo encima de mi cabeza crujió. Fue entonces cuando lo comprendí y me asomé un momento; vi entonces la cresta de una enorme ola precipitándose sobre la ventana y me aparté por puro instinto. El choque fue brutal, sacudiendo toda la parte superior del faro.
-No es posible… eso son más de diez metros…-mascullé por mi parte.
Y si las olas habían conseguido alcanzar esa altura, sólo podía significar una cosa: que la mar había pasado de ser arbolada a montañosa. En ese estado, las olas podían oscilar entre los nueve y doce metros de altura, e incluso más. De hecho, de la mar montañosa a la enorme sólo había unos pocos metros. Y en la mar enorme las olas alcanzaban más de catorce metros de alto. Nunca nadie había visto la mar en ese estado, excepto el capitán Troutglas, del cual recibía el nombre la escala homónima. Normalmente este tipo de olas se solían dar en un mar mucho más abierto, pero verlas tan cerca de la costa era inusualmente raro. Aunque lo que más me preocupaba era que las olas alcanzaran tal altura; cerca de la base el faro se encontraba ampliamente reforzado, pero la parte más alta era la más vulnerable de todas. Y si una ola golpeaba con la suficiente fuerza en el punto más alto, había altas probabilidades de que La Roca se acabara partiendo en dos.
Con un miedo atroz en el cuerpo, me acerqué a la ventana y me asomé por un momento; un rayo iluminó la oscuridad de la noche y entonces pude verlo. El mar se había vuelto completamente blanco, se movía hacia arriba y hacia abajo como si estuviera realmente vivo, y por unos instantes me dio la sensación de que me estaba observando. Su mismo rugido parecía hablarme, aunque no conseguía entenderlo. La simple vista de semejante momento hizo sentirme pequeño e insignificante, y de alguna manera supe que esa batalla estaba perdida desde el principio. No había nada que yo pudiera hacer ante la furia del mar.
Pero entonces alcé la vista y vi el haz de luz de la lámpara, la cual seguía encendida aún a pesar de todos los golpes que el faro había recibido. El verla ahí, encendida, invicta aun a pesar de todo, iluminando la oscuridad de ese infierno me hizo sentir un poco mejor, incluso pude notar como las esperanzas despertaban en mí una vez más; sostuve con un poco más de fuerza la foto de mi familia con mi magia y supe entonces que no debía rendirme. Ni ahora ni nunca. Puede que el final del camino estuviera cerca para mí, pero permanecería de pie y con mi orgullo por bandera hasta el mismo momento. Por mi familia. Por mí. Por los que de mi dependían.
Aunque mi momento de iluminación duró más bien poco, puesto que otra ola alcanzó la parte superior del faro, sacudiéndolo y haciéndome caer al suelo por enésima vez. El techo crujió, las paredes gimieron y el mar rugió. Pero hubo algo más que llegué a oír, el claro sonido de cristal agrietándose. Alcé la mirada hacia la ventana, pero esta se encontraba intacta. Fue entonces cuando comprendí de donde venía ese crujido.
-No… no, eso no…
Sujetando con más fuerza la foto, me armé de valor y subí al último piso, dirigiéndome hacia la puerta y abriéndola; el mar me dio la bienvenida en forma de un viento huracanado y agujas de agua que se clavaron en mi pelaje. Aun así seguí adelante, subí el último tramo de escaleras y alcancé la cornisa superior; sin prestar atención a nada más, giré la cabeza y vi una larga grieta en el cristal de la lámpara que daba toda la vuelta. Dentro, la lámpara seguía girando, encendida.
Supe entonces que el cristal no aguantaría otro golpe igual de fuerte y sopesé las posibilidades; podría volver a echar otro hechizo de reforzamiento, pero no serviría de nada, el cristal ya estaba dañado, evidenciando de por sí que no era suficiente contra esa tormenta. La lámpara seguía encendida, pero en cuanto el cristal se rompiese el viento y el agua la apagaría. No podía permitirlo. Era mi deber que el faro siguiera encendido. Por lo que decidí.
A velocidad récord entré en la capsula y cerré por dentro; el sonido del mar se apagó un poco más y pude ver un poco mejor lo que me rodeaba cada vez que un rayo caía. Todo era blanco a mi alrededor. El cielo era más oscuro que nunca. Y una nueva ola comenzaba a formarse a poco menos de tres millas de mí. Su cresta era inmensa, la coronaba un buen montón de espuma que caía hacia abajo como una cascada, y un muro de agua de más de diez metros de altura se echaba sobre el faro con una furia que no llegué a pensar que fuera a ver en toda mi vida. Yo tan solo suspiré, preparándome para el impacto. La ola se inclinó un poco más, a punto de tocarme. Pensé en Whistle y Deep con todas mis fuerzas.
Al segundo siguiente, todo tembló; La Roca chilló con dolor, los cristales se rompieron de una sola sentada y yo hice fuerza hacia fuera con mi cuerno. Una luz azulada me envolvió a mí y a la lámpara, protegiéndonos del agua, el viento y los cristales. Por un momento sentí que el faro se caía, pero tan solo era yo, que me había mantenido firme y estaba a punto de caerme. Me clavé en el suelo, eché todo mi peso hacia delante e hice una fuerza descomunal, manteniendo en pie la barrera que había levantado con mi magia. Lo más gracioso era que no tenía ni idea de hechizos defensivos, tan solo pensé en proteger toda la estructura de la cápsula y mi magia hizo el resto. Sentí a mi cuerno palpitar, al tiempo que la barrera paraba todo lo que se la ponía por delante. Con los cristales rotos la cápsula se convirtió en un auténtico infierno, y si no hubiera sido por mi magia, seguramente el mar me hubiera arrastrado con él.
Traté de aguantar como pude, pero poco a poco sentí como mis fuerzas comenzaban a fallar; la barrera me estaba consumiendo mucha energía mágica y, al no ser ningún experto, ésta comenzó a achicarse poco a poco. El agua de lluvia y el viento llegó a alcanzar la maquinaria y ésta se atascó, dejando de girar de inmediato. La pila mágica se sobrecalentó y acabó estallando, sonando casi como un trueno pero a menor potencia. La barrera llegó a un punto en el que me dejó de proteger y mi pelaje se vio azotado de nuevo por el viento y la lluvia. Las lentes de Trotsnel también acabaron desprotegidas, llegando a romperse en algunos puntos. La llama era la única que quedaba dentro de una barrera del tamaño de una canica.
Y entonces, sin previo aviso, el mar golpeó una vez más en forma de una ola menos grande pero igualmente violenta. Por mi parte no pude más y lo solté, sintiéndome totalmente agotado y cayéndome al suelo, golpeándome la cabeza en el proceso. Lo último que oí fue a la llama apagándose antes de que todo fundiese a negro.
Y aquí está el penúltimo capítulo de La Roca... y sí, lo sé, manejando cliffhangers soy una bestia XD pero tranquilos, que no ha acabado... el último capítulo en breve
