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Desde que Sherlock abrió sus ojos de color imposible, llamaba la atención su mirada concentrada como si estuviera a punto de hablar en cualquier momento. Desafortunadamente no había sido así, seguía en su mutismo, captando detalles a su alrededor que pasaba desapercibidos para los adultos.

Al principio habían pensado que tenía problemas auditivos, pero lo descartaron al recordar que reaccionaba a los diferentes sonidos o cuando le hablaban. Después que pudiese tener alguna discapacidad intelectual o autismo, pero el pequeño les entendía perfectamente y había dado pruebas de ser otro genio.

Lo llevaron con un sin número de especialistas y todas las pruebas médicas arrojaban lo mismo: que estaba en perfecto estado de salud.

A veces Mycroft pensaba que Sherlock no tenía motivos para hablar. En parte tenía razón, sus gestos y expresiones expresaban mejor que las palabras. Pese a que su familia había resuelto en no darle las cosas si no se los pedían, su madre era muy consentidora y caía en el mismo error.

Su hermano pequeño tenía mucho potencial, no aceptaba el hecho de que tal vez nunca oiría su voz por lo que después de la escuela, y de haber acabado todos sus deberes practicaban juntos los ejercicios que les habían dado la terapista.

En su quinto cumpleaños, apenas pudieron contener su emoción cuando Sherlock pronunció el nombre de Mycroft. A partir de ahí fue difícil callarlo.