El cielo nocturno bramaba ferozmente y las gotas de lluvia chocaban contra el cristal de las ventanas. Mycroft nunca había sido temeroso de todo a su alrededor, ni cuando era más pequeño. Pero no le gustaba la lluvia, rompía con la tranquilidad y hacía los días grises y deprimentes. Cuando tenía que salir a alguna parte urgentemente (a él no le gustaba mucho salir), no podía evitar empaparse aun trayendo impermeable o llevando una sombrilla, porque salía escapando de entre sus manos por la fuerza del viento. Odiaba sentir como el agua traspasaba su ropa y el frio calando hasta los huesos.
A diferencia de Sherlock, que hacía una batalla enorme cuando lo llevaban a la cama, por lo general a Mycroft le bastaba con acomodar su cabeza en la almohada para caer profundamente dormido. Esta noche era diferente, dos horas habían pasado y no lograba conciliar el sueño.
Estaba en su cama frustrado, cuando oyó unos pequeños pasos dirigiéndose a su habitación.
No se preguntó quién era, sus padres no estaban y la nana tenía el sueño aun más pesado que él.
_Entra, Sherlock_ lo invitó Mycroft.
Un niño de aproximadamente cuatro años, entró tímidamente, abrazando fuertemente a su oso de peluche.
_ ¿Tuviste una pesadilla?_ le preguntó pacientemente.
Su hermano menor dudó al principio, pero afirmó con la cabeza y Mycroft le hizo un espacio.
Sherlock rápidamente se acostó a un lado suyo, cubriéndose con las mantas y cerrando los ojos. Casi al instante vio el subir y bajar calmado de su respiración y no tardó en seguirlo.
