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Sherlock supo que algo andaba mal cuando Redbeard no lo recibía con el mismo entusiasmo de antes, sino que siempre lucía cansado y triste, prefiriendo quedarse echado perezosamente junto a él.

Los resultados habían sido claros: el cáncer había invadido varios órganos. No había tratamiento en el mundo capaz de curarlo, sólo servirían para alargarle la vida unos cuantos días, pero con mucho dolor.

Nadie más que Mycroft estuvo con él cuando tomó la decisión más difícil, no quería que su mejor amigo muriera, pero tampoco quería verlo sufrir.

De golpe varias imágenes pasaron frente a él, quedándose guardadas celosamente en un cuarto de su Palacio Mental:

Cuando su padre lo trajo a casa siendo apenas un cachorro indefenso, porque se había quedado solo en la caja de cartón, a todos sus hermanos se los habían llevado y pensó que sus hijos necesitaban una mascota.

Cuando se quedaba a su lado protegiéndolo de las pesadillas y los monstruos de la noche.

Cuando lo acompañaba en sus aventuras imaginarias.

Cuando se acercaba al verlo abatido por qué no lograba encajar en la escuela y lo molestaban.

Acarició su pelaje por última vez con mucho amor, mientras veía como le ponían la inyección. Redbeard cerró los ojos lentamente hasta exhalar su último aliento y Sherlock lo despidió con sendas lágrimas en los ojos.