Cualquiera que viera a los hermanos Holmes, pensaría que eran muy diferentes. Y no estaban ajenos de la realidad, lo único que tenían en común eran que ambos eran fríos, calculadores y terriblemente inteligentes.

Mycroft había escalado peldaños por su habilidad para almacenar grandes cantidades de información, por permanecer estoico ante el peligro y por tomar decisiones acertadas y rápidas. Pero había días en que su autoestima bajaba y se quejara de que su hermano se había quedado con la mejor parte de los genes.

Físicamente no era agraciado, siendo honesto consigo mismo. Sherlock había nacido con el atractivo de sus padres, sus impresionantes ojos eran como los de su madre; el cabello rizado y gran parte de sus características las había heredado de su padre. Su andar seguro arrancaba suspiros a cualquiera, incluso al doctor Watson por mucho que éste lo negara.

En cambio él tenía calvicie y había sufrido de sobrepeso toda su vida, aunque con mucho esfuerzo estaba mejor que en su niñez y buena parte de su adolescencia y juventud. Pero no podía compararse con su hermano, que nunca había necesitado de una dieta, haciéndose más delgado conforme pasaba el tiempo hasta llegar a niveles alarmantes. Últimamente se le veía más compuesto, seguramente Watson estaba vigilando que comiera y durmiera adecuadamente.

Le extrañó tener al detective frente a su escritorio, el orgullo y la rivalidad entre ellos era demasiado grande. Sabía que evitaba con todas sus fuerzas acercarse a su vivienda y las veces en se había aprontado no eran desinteresadas. Venía a recriminarle o para pedirle un caso, lo cual también era bastante extraño.

Sherlock se quedó callado unos segundos, haciéndole difícil leer sus intenciones, hasta que de su enorme abrigo sacó un frasco de pastillas y la colocó encima de su escritorio.

Mycroft hizo a un lado los documentos que estaba revisando y se quitó los lentes. No le sorprendió de que no se haya dado cuenta, de entre las habilidades de su hermano estaba tomar las cosas sin que nadie reparara en ello. Había hurtado un cenicero del Palacio Real. Al acordarse de ello se amonestó mentalmente, ¿si fue capaz de darse cuenta lo del cenicero, porque no se dio cuenta de que faltaba el frasco de pastillas?, realmente debió de estar ocupado o se estaba poniendo viejo.

_ ¿A qué has venido hermano?_ preguntó Mycroft con interés.

_Creo que es evidente_ le respondió gélido_ En serio, te creía lo suficiente inteligente como para caer en esto.

Mycroft había notado últimamente que todos sus elegantes trajes estaban más incómodos de lo normal. Temiendo que tuviera que reemplazarlos o ir con el sastre a que los agrandara, decidió hacer dieta otra vez. Su agenda estaba demasiado apretada como para preocuparse por eso, aunque en realidad su vanidad tenía mucho que ver. El pequeño cargo del gobierno requería cuidar su apariencia y nadie lo respetaría lo suficiente si se ponía muy gordo.

Pero los años le estaban cobrando factura y le costaba más esfuerzo bajar esos kilos que había ganado. Así que decidió probar esas pastillas que tanto había oído hablar, pero que evitaba lo más que podía.

Los resultados se hicieron evidentes a las pocas semanas, había logrado su objetivo y de paso alcanzar esa figura delgada que con largos años de dieta y ejercicio no había podido conseguir. Esas pastillas no solo suprimían el apetito, sino que eran peligrosas.

Su complexión se estaba pareciendo a la de Sherlock, pero no llegaba a ser como sus días de juventud cuando era más hueso que carne. Todos habían notado el cambio: Anthea, la señora Hudson, John y por lo visto también su hermano.

_ ¿Sabes que estas pastillas te pueden hacer un gran daño, verdad?, si es que no lo hicieron ya, perder todo ese peso rápidamente no es normal ni saludable. Debes parar antes de que te dé un ataque al corazón

_Yo sabré lo que hago. Así que si no te molesta…_se limitó a decir, dando a entender que tenía que irse.

_ Tú eres el más centrado de los dos, eres exitoso. No necesitas estas pastillas.

_ ¿De qué estás hablando? ¿Acaso no has logrado lo que te propusiste? Eres el único detective consultor del mundo, nadie puede resolver los casos como tú. Tienes personas que se preocupan por ti…

_ Mi estilo de mi vida no es de lo más recomendable. Nadie mejor que tu sabe que no soy una persona modelo, soy un drogadicto en rehabilitación y no sé cómo tratar a la gente…_ dijo Sherlock con voz un afectada y sin ningún atisbo de ocultarlo._ También tienes personas que se preocupan por ti, yo me preocupo por ti. Te digo gordo, porque es tu único punto débil. No pensé que te afectara tanto como para poner en peligro tu salud.

A Mycroft le sorprendieron sus palabras. Jamás en su vida lo había visto preocuparse por él, ni que le dedicara palabras halagadoras. Era más común que le insultara y le dijera palabras hirientes.

Regresó a su escritorio, sentándose pesadamente en la silla y pasó las manos sobre el rostro. Como aquella vez en que su hermano tuvo que fingir su suicidio y sabía que él, en parte, lo había propiciado.

_No sé si lo pueda hacer. ¿Sabes lo que sucederá si las dejo?

Sherlock posó una mano en su hombro, en señal de apoyo.

_Si, regresaras a tu peso, puede que subas un poco más. Pero trataremos de que no te afecte tanto. Nada es más importante que tu salud.