Capítulo 1: El Vasallaje

La mañana de la Cosecha amaneció envuelta en niebla. No quería despertar, levantarme de la cama. Pero tenía que hacerlo. Y siempre era mejor hacer las cosas por uno mismo, en lugar de disfrutar de las maravillosas caricias de los agentes de la paz. Realmente ellos no podrían conmigo, estarían inconscientes en apenas un par de minutos, pero… ¿para qué malgastar tiempo, energías, odio? Ya estaba condenado, ¿para qué seguir alargando la agonía?

Decidí levantarme, y dejar de pensar. Me encontraba en mi antigua casa, aquella en la que había pasado dieciséis años de mi vida, mi infancia y mi adolescencia. La que había sido testigo de mis miedos, de mis logros, mis risas; la que había guardado el secreto de mi otra identidad, la que fue testigo de mis noches de pasión. Estaba medio abandonada, después de tres años desde que gané los Juegos del Hambre. Ahora tan sólo era un refugio, donde me sentía a salvo cuando me convertía en una bestia asesina, cuando Davo desaparecía y mi yo interno era usurpado por Graziel, el letal 'profesional' de Snow.

Pero no siempre era testigo de tantas atrocidades. Porque Graziel sólo era una minúscula parte de mí, y sus dotes asesinas sólo vivían mientras él estaba presente. Aquí no era más que Davo, un chico joven y enamorado, que haría cualquier cosa por la mujer que tiene entre sus brazos. Una criatura cálida, llena de pasión y amor, lo único que necesitaba. Junto a ella, con su respiración en mi cuello; sus ojos castaños admirando el bosque; el sonido de su risa; el suave toque de sus manos; su voz cantarina, me sentía completo. Feliz. Y ahora que lo tenía todo a mi favor, tenía tantas posibilidades de volver a perderlo todo…

-Buenos días, princesa –susurré en su oído, cuando los rayos del sol le obligaron a despertar, envuelta entre sábanas viejas y roñosas, sobre un colchón abandonado en medio de la gran habitación.

Elena se irguió levemente, todavía adormecida en una especie de duermevela, y sonrió sobre mis labios. Enredó sus dedos en mi pelo, que me caía desordenado sobre los hombros. Jugó con mis orejas, haciéndome cosquillas, y consiguiendo sacarme una carcajada nerviosa.

-Buenos días, príncipe –respondió ella, y yo bufé-. Si tú me llamas princesa, yo te llamaré príncipe… es lo justo.

-No –abrió los ojos, y me volví a perder en ese mar castaño tan precioso que adornaba su eterna carita de niña-. Porque tú eres una princesa, y yo sólo soy un vasallo que se enamoró de la hija del rey. ¿Ves la diferencia?

No se me daban muy bien las palabras, pero para mí, ella era una princesa de verdad, de esas que lees en cuentos y que adornan las historias de antaño. Porque ella tenía esa belleza, esa sutileza, ese candor e inaccesibilidad propia de las princesas de cuento. Y yo no era más que un chico normal y corriente, un plebeyo que quedó prendado de la sencillez que desprendía, y se enamoró de ella por como era, no por sus riquezas. Y que haría cualquier cosa, con tal de mantenerla a salvo.

-No quiero que me separen de ti, Davo –susurró Elena, volviéndose a sentar sobre el colchón, mirándome mientras mi mente divagaba más allá del bosque, en medio de la nada, esparciéndose con el humo del cigarrillo que descansaba entre mis dedos.

Fijé mi vista en ella, y sentí que algo se me rompía por dentro. La había visto llorar tan pocas veces, que cada vez que lo hacía, una parte de mí moría con ella. Apagué el cigarrillo en la cornisa, y me arrodillé frente a ella. Le cogí las manos, las tenía heladas, y las ahuequé entre las mías.

-Elena, escúchame –unos segundos de infernal silencio, y ella me miró-: jamás me separarán de ti, eso tenlo claro. Haré todo lo posible por volver, ¿de acuerdo? ¿Crees que Snow tiene poder suficiente para separarme de ti, o de todos aquellos a los que quiero? –negó levemente con la cabeza, al borde de llanto, colorada por el esfuerzo y presa del miedo-. He aprendido de sus debilidades… nos han hecho tanto daño, que ya es hora de que se lo hagamos pagar. ¿Qué dices?

-Que simplemente no quiero perderte –masculló entre llantos y suspiros-. Iría contigo hasta el fin del mundo… sólo si tú estás allí para cogerme de la mano.

-No dudes por un segundo que no estaré allí –respondí, forzando una sonrisa, sólo por tranquilizarla-. ¿Recuerdas lo que me dijiste, lo del amor eterno?

-Sí –y una sonrisa adornó su rostro, tal como yo quería que hiciese-. Esa mezcla de paz y fuego.

Perdimos gran parte de la mañana entre abrazos, besos y palabras de amor eterno. No quería salir de allí, no quería alejarme de ella. Pero cuando el astro rey se posó en lo más alto del cielo, no tuve otro remedio que dejarla marchar.

Cuando llegué a casa, mi madre y mi hermana ya estaban preparadas para la cosecha. Me dolió no estar con ellas en estas posibles últimas horas en el 7, pero mi amor por Elena era más poderoso, y ellas lo sabían. Ellas sabían todo lo que cargaba a mis espaldas, y ahora, el sacrificio era aún más grande.

Me duché y me vestí. Escogí una camisa de manga larga de color negro, una sudadera azul clara sin mangas, con bolsillo delantero y capucha, pantalones oscuros y botas. Al salir, mi familia venía conmigo, junto a dos agentes de la paz, que nos escoltaron hasta la tarima donde dos urnas de cristal, con el símbolo del Distrito, guardaban celosamente nuestros nombres, de aquellos que resultamos Vencedores en nuestros respectivos Juegos.

Miré por última vez a Effy, mi pequeña gran mujer. Había crecido tanto… dejó atrás su cabello largo, y ahora lo llevaba levemente ondulado un poco más allá de los hombros. Con su vestidito blanco, y el broche en la parte de atrás de su cabeza, donde dos mechones se unían y formaban una especie de tiara. Y a mi madre, su mirada sabia y cálida, seria y triste. Volvía a sentir el vacío de perder a un hijo, podía leer a través de ella. Quise desaparecer, quise bajarme de allí y abrazarla, y decirle que todo estaría bien, que no se preocupase. Que su hijo volvería sano y salvo.

Nemesia hizo acto de presencia, en cuanto nos colocamos en nuestros respectivos sitios. Los hombres a la derecha, las mujeres a la izquierda. Comprobó el micro, dio el ya conocido discurso que abarcaba desde los días oscuros y la rebelión de los Distritos, hasta nuestros días. Imágenes donde sólo se veía sangre y muerte, ella lo disfrutaba con fervor, ajena a todo el dolor que esas imágenes causaban. Hizo un alto en cada Juego de cada uno de nosotros; los 27º Juegos, que fueron ganados por Charles; los 59º Juegos, ganados por Blight; los 71º Juegos, ganados por Johanna; y por último, los 72º Juegos, ganados por mí. La recolectora aplaudió, sola, como siempre, pero no le importó.

-¡Bienvenidos, bienvenidos a los 75º Juegos del Hambre! –chilló, presa de una emoción sin par-. Como sabéis, este año se celebra el tercer Vasallaje de los 25, y ello quiere decir que serán unos Juegos muy, muy especiales –muy bien, Nemesia. ¿Algo que no sepamos ya? Soltó una risita, lo que su alterado estado le permitió, y continuó-. Bien, como siempre, empecemos por los chicos –se alejó del micrófono, y su mano, bruscamente decorada con aspecto de pájaro, hurgó entre los escasos tres trozos de papel, hasta decidirse por uno. Luego volvió al centro de la tarima, abrió cuidadosamente el trozo de papel, y con una sonrisa, que para mí fue la más sádica que he visto en mi vida, anunció el nombre del tributo: El tributo masculino del Distrito 7… ¡Blight Jordan!

En ese momento me sentí aliviado, pero no me sentía tranquilo. Sentía culpa, porque sabía que actuaba mal. No sé qué me impulsó a hacer lo que hice, las palabras salieron solas de mi boca, mi cuerpo actuó por pura inercia, interponiéndose entre el cuerpo de Blight y la rocambolesca Nemesia.

-¡Me presento voluntario! –grité, y en ese momento, gran parte del público enmudeció, emitiendo gritos ahogados por la sorpresa. ¿Quién es el loco ahora?

-¡Muy bien! –dijo Nemesia, acercándose a mí y llevándome a su lado-. Ahora, las chicas.

Irremediablemente, Johanna fue la escogida. No me atrevía a mirarla a la cara, sólo vería furia en ella, pena e incluso odio. Una oportunidad que tenía de salvarme, y me arrojaba como loco a los leones, al entramado juego de Snow. Ahora todo estaba tan lejano, mi familia, mis amigos… incluso ella; todo me parecía un simple sueño, humo que se me escapaba de las manos.

Y en ese momento, escondida entre las lindes del bosque, una hermosa doncella me miraba fijamente, con dolor en sus ojos, su pecho herido y una promesa rota. Había herido a Elena, y quien sabe si para siempre.