Capítulo 2: Juguetes

Pedí expresamente no despedirme de nadie. No lo soportaría. Así que me pasé la hora de las despedidas encerrado en aquella habitación, dando vueltas y admirando, quizá por última vez, el Distrito 7.

Dos agentes de la paz irrumpieron al poco de haber entrado en la habitación; supuse que Blight y Charles fueron los únicos visitantes de Johanna. Así que me abrieron la puerta, y conmigo delante llegamos a la estación de tren. Allí estaba, nuevecito para la ocasión. Sus cinco vagones, llenos de las cosas más exquisitas que podrían existir, sólo siendo superadas por las del mismísimo Capitolio.

Nos despedimos por última vez, alguien comenzó a silbar la simple melodía de cuatro notas que Rue, la tributo del 11 de los Juegos pasados, sirvió de código para su alianza con Katniss Everdeen. Entre el tumulto alguien se le unió, y poco a poco la gente fue alzando las manos, besando los tres dedos centrales, y luego señalando al cielo.

Me imaginé que los agentes de la paz descargarían sus armas sobre el pueblo, pero permanecieron impasibles. Quizá fueran demasiados; quizá estaban hartos; quizá ellos comenzaron su propia rebelión.

En medio del silencio, Johanna, Blight, Charles, Nemesia y yo entramos en el tercer vagón. El tren comenzó a moverse, y vi, por última vez, el rostro de la gente a la que más amaba.

Nemesia iluminaba por sí sola todo el vagón, mientras los demás nos sumíamos en nuestras propias miserias. No me atrevía a mirar a nadie, sentía demasiada vergüenza. Simplemente decidí alojarme en el vagón más alejado de todos, y allí me encerré. Con el olor a madera nueva, con los enormes ventanales que me permitían ver los grandiosos bosques que rodeaban el Distrito, y todo el Panem salvaje.

Tumbado en el sofá de piel, los brazos sobre la parte alta del respaldo, mirando el techo de cristal. Una botella de bourbon en la mesa de madera oscura, un vaso de cristal con un par de hielos. Y mi dolorosa soledad.

-¿Qué tal te encuentras, Davo? –la profunda y sosegada voz de Charles, sus pasos tranquilos y el traqueteo de su bastón me sacaron de mis cavilaciones sin sentido ni objetivo. Lentamente, entró en el vagón y se sentó a mi lado, sirviéndose un poco del whisky en un vaso de cristal.

-Perdido –respondí, incorporándome y apoyando la cabeza en las manos-. No sé qué me impulsó a hacer eso. Me sentía… raro –alcé la mirada, y los castaños iris de Charles me respondieron con cariño y comprensión-, culpable de que fuese Blight quien fuese. Porque… creo que yo propicié esta situación, en mayor o menor medida, algo hice.

Charles colocó un pequeño aparato electrónico sobre la mesa, una especie de lápiz… o rotulador. Le dio a un pequeño botón y una lucecilla roja se encendió en el borde del aparato.

-Así podremos hablar con mayor tranquilidad, nadie nos podrá oír –aclaró, viendo mi gesto de incredulidad-. Regalo del Distrito 3 –añadió sonriendo tristemente-. Querido Davo, tengo que darte la razón. Tú propiciaste esta situación, como la mayoría de los Vencedores. Todos estamos hartos, hartos de ser simples juguetes del Capitolio, de Snow. Quizá este Vasallaje haya sido una trampa para nosotros, pero también puede servirnos para lograr, por fin, la tan ansiada libertad de los Distritos.

-¿Qué quieres decir? –inquirí.

Charles sacó entonces un holo, con un curioso dibujo. Parecía un plano… ¿de qué? ¿Del Capitolio, de Panem? Lo guardó poco después, y carraspeó.

-Vamos a comenzar la revolución… desde dentro –fruncí el ceño, cada vez más perdido. Charles me sonrió-. Tranquilo, sé que no me terminas de entender. Eres nuevo en esto –su enorme mano llegó a mi espalda, donde la dejó durante unos segundos, como un abuelo con su nieto, cuando le enseña jugadas muy arriesgadas de ajedrez-. Escúchame, porque sólo podré decírtelo una vez: tu misión en estos Juegos, querido Davo, es la de sacar con vida al Sinsajo, al símbolo de la revolución… A Katniss Everdeen.

Sus palabras me dejaron sin habla. ¿Qué había dicho? ¿Había oído bien? ¿Me había vuelto loco? ¡Sacar a Katniss, a un tributo, de una Arena! ¡Eso es imposible! Había cámaras, por todas partes. Decenas de Vigilantes, y supervisión del mismísimo Snow; yo mismo había visto cómo lo hacía. Y seguro que este año, con Katniss de nuevo en la Arena, la seguridad era mucho mayor. ¡Era un suicidio!

-¿Y cómo se supone que haré eso?

-Estamos dentro, Davo –respondió el anciano Vencedor-. El nuevo Vigilante Jefe, Plutarch Heavensbee, os dará pautas para sacar a Katniss, y seguir vivos en el intento. Tres días, sólo tres días, y todo habrá acabado, ¿de acuerdo?

-Entonces… -titubeé, recordando el holo que me mostró-, ¿eso era la Arena de este año?

-Sí –asintió-. Una cornucopia central, rodeada de agua y selva.

-¿Quién más lo sabe?

-La mayoría de los tributos escogidos, exceptuando siempre a los profesionales.

O sea, que tenía que hacer alianzas. Aún no conocía a los demás tributos, a excepción, claro, de los trágicos amantes del Distrito 12, a quienes teníamos que salvar el culo en la Arena, y Johanna. A ellos tres tenía que mantenerlos a salvo, fuera cual fuera el precio.

Al anochecer, me reuní con los demás en el vagón común. A pesar de todas las preocupaciones que me atormentaban, estaba hambriento. No había comido nada desde la noche anterior, y mi estómago rugía. Cuando me presenté, estaban en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Incluso Nemesia había perdido esa eterna sonrisa bobalicona que siempre llevaba consigo.

-¡Oh, aquí está nuestro chico perdido! –dijo con voz alegre, y el resto levantó la cabeza de sus platos-. ¡Esos modales, chicos!

-Nemesia, a quién le importan los modales cuando vamos directos a una muerte segura –masculló Johanna, lanzándole una mirada que, si éstas matasen, la recolectora no sería más que un cadáver en esos momentos.

Me senté a su lado, alejándome todo lo que pude de ella. Me daba miedo, como el día que fui escogido hace tres años. En aquel momento me odiaba, me consideraba inferior. Pero logré demostrarle que era fuerte, y que saldría vivo de los Juegos. Esta vez no sería diferente.

Esa noche no podía dormir. Daba vueltas en la cama, una y otra vez. Cogí una camiseta vieja y me la puse, y salí al exterior, una especie de descansillo en el último vagón. Creí que estaría solo, pero no, Johanna tampoco podía dormir, al parecer.

-¿Las pesadillas te atormentan, querido? –susurró ella, con la voz cargada de veneno.

Hice caso omiso, respaldándome en las varas de hierro que servían como mirador. Empezaba a amanecer; los bosques eran espesos y frondosos, aunque ya estábamos cerca del Capitolio. Me dejé caer al suelo, frente a ella, doblando las rodillas y colocando los brazos sobre mis piernas. Johanna me miraba con el ceño fruncido.

-No me gusta que me odies, Mason –nunca le había llamado por su apellido, pero siempre había una primera vez-. Te dejaré que me odies todo lo que quieras en la Arena, pero aquí no.

Resopló. Rebuscó en sus bolsillos y sacó el mismo aparatito que Charles, la tarde anterior. Lo colocó sobre la mesilla que había a su lado, y lo encendió, como indicaba el pilotito rojo.

-¿Por qué te has presentado voluntario? Una oportunidad que tienes para salvar tu miserable vida… ¿y la malgastas? –me reprendió. Echándose hacia delante, empezó a darme miedo. Nunca me había gritado-. Tienes pesadillas todas las malditas noches, por tus Juegos y por tu 'trabajito' en el jodido Capitolio. Cada vez que nos vemos obligados a venir aquí, te metes conmigo en la cama, como un niño pequeño; porque no eres capaz de dormir solo. Te dan… tienes alucinaciones con todas esas personas que Snow te obligó matar, no me lo niegues. Elena me lo ha contado todo. Podrías haberte salvado… y te tiras directo a tu propia destrucción. ¿Qué mierda se te pasa por la cabeza, Davo?

-Porque quería protegerte –tenía muchas razones, decenas, cientos o miles, más fuertes o más débiles, pero estaban ahí. Pero quizá, esa fuera la más poderosa.

Ella tenía que volver sí o sí. Y yo no quería que lo hiciera. Nadie la conoce como yo, a excepción de un par de personas. Bajo esa coraza hay algo bueno, muy difícil de ver… pero lo hay. Y no quiero que se marchite, no más. Quería salvaguardar ese trocito tan precioso que le quedaba. Ese trocito que la hace libre, lo único que merece la pena conservar en el mundo. Pero ella estaba tan cegada por el odio, que lo exponía. Si yo no lo protegía… ¿quién lo haría?

-Mira, escúchame –me había levantado, y me arrodillé junto a ella. Acogí sus manos entre las mías. Temblaban-. Eres como de mi familia. Mi hermana de pega. Tú me salvaste la vida hace tres años, ¿no es hora de devolverte el favor? –sonreí torpemente, alzando la mirada hasta ella. Parecía como si quisiera llorar, pero la muy cabezona no daba su brazo a torcer-. Cuando oí lo del Vasallaje… creo que me enfadé tanto porque… no porque yo tuviera posibilidades de ir, sino porque tú tendrías que ir sí o sí. Y yo no quería eso. Yo sólo quería ponerte a salvo. Charles es demasiado viejo, y Blight muy despistado. ¿Lo entiendes ahora?

Johanna asintió, resoplando. Quizá no estaba conforme, pero al menos había entendido algo. Apagó el aparatito ese, y cada uno volvió a su vagón.

De todas maneras, no dormí nada. Estaba demasiado excitado para hacerlo. Sentía que una especie de ira… frustración… impotencia, me recorría cada milímetro de mis venas, una y otra vez. Tenía que moverme, hacer algo, aunque fuese sólo tener los ojos abiertos. Algo, con tal de proteger a las personas que me importaban.