Capítulo 3: La reunión

Cerca de las ocho de la mañana llegamos al Capitolio. Poco antes despertamos y desayunamos, mucho más tranquilos y distendidos que el día anterior. Nemesia era la única ajena a todo lo que rondaba por nuestras cabezas, incluso por la de Blight. No había charlado mucho con el castaño, de hecho no nos habíamos dirigido la palabra desde que me presenté voluntario en su lugar, pero sabía que él también estaba al tanto de esta revolución, y por su edad, mucho más enterado que yo.

A la hora prevista, vestidos sencillos y arreglados, llegamos a la estación reservada a nuestro Distrito. Una multitud se congregó a nuestro alrededor, con carteles y gritando nuestros nombres. Nunca me acostumbraría a esto; no lo hice como tributo, no lo hice como mentor. Seguían dándome asco, con sus desastrosos vestidos, sus operaciones y sus injertos. ¿Cuándo se darían cuenta de lo repulsivos y ridículos que nos parecían a la gente de los Distritos? Mejor dejaba de pensar.

Un pasillo casi cincuenta metros, Blight acompañaba a Johanna; Charles hacía lo propio conmigo. Nemesia iba a la cabeza, sonriendo a sus compatriotas, orgullosa de llevar a sus vencedores de nuevo al circo más caro de la historia.

Miré a mi alrededor, no saludé. La gente gritaba, pero yo no oía nada. Simplemente me encontré de nuevo con aquella cabellera castaña, ensortijada y la mirada triste de su dueña, su piel pálida y su gesto coqueto. No había cambiado nada desde la última vez que la vi, en aquel ascensor, el mismo donde nos conocimos, después de tantas y tantas fiestas.

Nuestras miradas se cruzaron unos instantes, castaños oscuros contra un precioso tono color miel, y nos sonreímos, ajenos a todo este tumulto, a todo este asqueroso juego de sangre y muerte. Y sólo estábamos ella y yo, como la última vez, cuando nos conocimos.

Pero el pasillo terminó, y me encontré en el hall de un altísimo edificio, con agentes de la paz y miembros del Gobierno yendo y viniendo. Un edificio gigantesco, quizá era la cárcel más grande que había visto en mi vida. El centro de entrenamiento, donde pasaría las próximas tres semanas, entrenando, comiendo y durmiendo. Preparando alianzas, conociendo más del plan y ganándome confianzas de gente a la que ya conocía. Era hora de volver a ponerse la máscara.

Las puertas del ascensor se abrieron, los agentes de la paz que nos escoltaban se quedaron abajo, de espaldas a nosotros. Las puertas se cerraron, y el aparato se puso en marcha, hasta la séptima planta, por orden de Charles.

Unos segundos más tarde, llegamos al que sería nuestra casa las próximas semanas. Varios avox colocados en posiciones estratégicas, con su pulcro uniforme. Un enorme salón con los muebles nuevos, mucho más sencillos que los Juegos pasados, pero aún así, impresionantes. Siete habitaciones, una para cada uno de nosotros. Todas equipadas con cosas típicas del 7, con cosas que nos recordasen a casa.

Al entrar, me fui directo a mi habitación. Hasta el día siguiente no tendríamos algo que hacer; y el Capitolio nos dejaría en paz. Llegaban los "nuevos" tributos, todos escogidos del grupo de los Vencedores del Distrito pertinente. Los hermanos del 1, los crueles del 2, los eruditos del 3, la familia del 4, los desconocidos del 5; los adictos del 6; los brutos del 7; los insípidos del 8; los estoicos del 9; los formales del 10; los realistas del 11; los trágicos amantes del 12.

La gente estaba fuera de sí, ¡tantos tributos, sus favoritos, vuelven a la Arena! Pero ello les colocaban en una dura encrucijada, ¿y si tienen varios favoritos, y están en grupos distintos? ¡Oh, qué horror! Desde mi pequeña burbuja, en el balcón de la séptima planta, podían oírse los gritos de los Capitolinos. No quería pensar más, sólo actuar. Acabar con esto cuanto antes, salir de esta pesadilla, y empezar a ser libre, pero de verdad.

-¿Qué haces aquí tan solo, muchacho? –la sosegada voz de Blight, apostado en el marco de la puerta, de brazos cruzados.

-Me gusta estar solo, me ayuda a pensar –respondí, sin mirarle. Supe que se había movido, cuando recogió la cajetilla de cigarrillos que tenía en la repisa, una cerilla, y se lo encendió.

-Todavía no te he dado las gracias por ofrecerte en mi lugar –dijo después de una profunda calada-. ¿Sabes? Si… si hubiera tenido que volver… creo que me habría dejado matar, es más sencillo.

Estuve callado mientras él se desahogaba solo, se autocompadecía de mi estúpido valor, mi innecesaria decisión y casi me daba un discurso para mi funeral. Simplemente me sumergí en mi mundo, daba caladas de vez en cuando, y cuando el cigarrillo se volvió demasiado pequeño como para seguir recortándome minutos de vida, aspiré fuerte y le miré.

-No lo hice por ti, Blight, aunque pienses lo contrario. Eres alguien en mi vida, sí, pero insignificante al lado de otras –llevé la mano a mi desordenado cabello, revuelto por el viento y una noche de insomnio-. Y sabes tan bien como yo donde me estoy metiendo, así que por favor, no me des lecciones. Tengo la mitad de tu edad, y he vivido experiencias mucho peores.

Alcé las cejas, dando por terminada la conversación. El castaño parecía desmesurado, estaba atónito. Bueno, él no tenía ni la más ínfima idea de lo que tuve que hacer para mantener a salvo a la gente que quería. Él no tuvo que volverse un asesino profesional, ni sufrir las pesadillas y las alucinaciones. Ni tener miedo de la oscuridad, por supuesto. Él apenas había tenido que esconderse durante sus Juegos, matar a unos cuantos y esperar que la victoria le cayese del cielo. Y así fue, literalmente. Y luego, Snow lo vio tan inútil, que lo dejó estar.

Lo dejé solo en el balcón, sumido en su sorpresa.

Pasé la tarde bastante aburrido, mirando los infumables programas del Capitolio, todos centrados en los tributos de este año. La mayoría no me importaban, pero cuando vi que Finnick, y lo que era peor, Mags, fueron los escogidos para acudir este año, me dejé caer en el sofá. Me sentía abatido, perdido. Johanna pasó por mi lado y se sentó, ajena aún a lo que acababa de ver.

-¿Qué te pasa? –inquirió, con el ceño fruncido, como siempre.

-Míralo por ti misma –le di al botón de rebobinar; una de las cualidades de la tecnología capitolina era que cualquier cosa que vieras por televisión, podías grabarlo. Dejé pulsado el botón, hasta el momento cuando Finnick era escogido, y también Annie Cresta, pero Mags se presentó en su lugar-. ¿Qué?

-Que si me dieran mi hacha, al Capitolio no le quedaría más que cinco minutos de vida –se echó en el respaldo, cruzando los brazos y las piernas. Parecía una niña pequeña, cuando no conseguía lo que quería.

-Anda, controla tu ira y tu odio, que dentro de poco estarás dando hachazos por ahí, ¿eh? –le pasé un brazo sobre los hombros, lo que me valió un pequeño golpe.

Por la noche estaba rendido. Cené rápido, y me metí en mi habitación. Ni tan siquiera me quité la ropa, me dejé caer en el colchón y allí me quedé. De todas maneras, no dormí lo suficiente. En mitad de la noche, alguien me empezó a zarandear, pero yo me resistía a despertar. Finalmente decidió usar la fuerza bruta, cogiéndome de los tobillos y dejándome caer al suelo. Desperté de golpe.

-¿Qué haces? –Johanna volvía a interrumpir mi sueño, de forma violenta.

-Shh, calla –me levanté, ella me cogió de la muñeca y tiró de mí-. Y ven conmigo, tenemos algo importante esta noche.

Iba medio dormido, dejándome arrastrar por ella. Supe que cogimos el ascensor, y que bajábamos. Y luego, una gran habitación, con mucha, mucha gente. Abrí los ojos de golpe.

-Creíamos que no veníais ya –dijo alguien, su voz no me sonaba-. Pero en fin, ya estamos todos.

Pude advertir la presencia de los tributos del 3, de Finnick, el borracho del 12, los adictos a la morflina y Charles. El hombre desconocido hablaba sobre un holo, una imagen que ya había visto antes.

Ellos hablaban, yo estaba apostado en un rincón, solo. Bueno, Wiress estaba conmigo, con su tic y pasándolo bien en su mundo. Al rato, empezaron a marcharse. Tan sólo quedamos Finnick, Haymitch, Johanna y yo, sobretodo porque no conocía el camino de vuelta.

-¡Me niego en rotundo! –gritó Johanna, señalando con el dedo, de forma amenazadora, al mentor del 12-. ¿Majara y Voltios? ¡Ni de coña!

-Eh, eh, menos humos, niña –el extraño, que correspondía al nombre de Plutarch, intervino-. Es el mejor reparto.

No me estaba enterando mucho de la conversación, pero acabé entendiendo las negativas de Johanna para cargar con los tributos del 3, y llevárselos, en bandeja, a Katniss. Finnick intentaba hacerla entrar en razón, Plutarch intervenía de vez en cuando. Haymitch se había rendido, cogiendo, sentándose en el sofá, con su petaca llena de licor, a mi lado.

-Katniss no aceptará a menos que le llevemos algo, ¿verdad? –inquirí, al rubio sentado a mi lado. Haymitch asintió.

-Es terca como una mula –comentó, tras darle un pequeño sorbo-. Y tu compañera parece que también.

Me puse a pensar. Si nuestra misión era proteger a Katniss, y su condición era tener a los del 3 consigo, nosotros éramos la mejor opción. Así que me levanté, directo a la casi pelea de Johanna con los otros dos, y me puse en medio. A mí al menos no me levantaba la mano.

-Escucha, si nuestra misión es que Katniss salga con vida, debemos hacerles caso –comencé, Johanna empezaba a impacientarse-. No te pongas infantil, por favor. Es la mejor opción. Tú y yo somos fuertes, podremos cargar con ellos. Finnick puede llevar a los del 12 consigo, pero ten en cuenta que Mags también forma parte del plan. Es más fácil así.

Me costó horrores convencerla, pero al final accedió. Me odiaría para el resto de nuestras vidas, o al menos durante estos Juegos. Me molestaba, por supuesto, pero estaba siendo injusta. Podíamos mantener a salvo a Majara y Voltios, cada uno cargaría con uno de ellos. Finnick no podía proteger a tanta gente, no él solo. Y Katniss no era de las que se dejaban ayudar, sinceramente. Finnick tenía más carisma, era fácil confiar en él. Él no tendría tantos problemas con la pequeña sinsajo.