Sí, ya, llevo mucho sin publicar. ¡Y no es por falta de capítulos! Lo que pasa es que he tenido una época que me ha mantenido muy ocupada y no me he acordado de publicar. ¡Pero no de escribir, que conste! Precisamente acabo de escribir el capítulo 17, así que tenemos un gran stock.

PD: ¿Conocéis a Mónica Naranjo? Bueno, hace años sacó canción, en la que me he inspirado para escribir este capítulo. Amor y lujo, en todo su esplendor.

Capítulo 4: Amor y lujo

Las siguientes semanas fueron largas y tortuosas. Pasamos por el insoportable desfile, siempre "deliciosamente vestidos" en honor a nuestros Distritos, cuando en realidad eran insufribles disfraces a gusto del Capitolio.

Volver a soportar la tortura de los estilistas, llevar el típico traje de leñador, sólo que esta vez cubría más carne, y era un poco más incómodo. El marrón predominaba en mi traje; un corsé de dos piezas que imitaba la madera de roble, de aspecto de jubón, abierto en V por delante, que dejaba ver gran parte del pecho y clavículas; raso a la cintura y un poco más largo por detrás. Los pantalones de mezclilla marrón tierra, ajustados y con bolsillos a los lados, y las típicas botas de leñador, un poco abiertas, para restarle seriedad al resto de la vestimenta.

El cabello, dada su longitud, decidieron darle un toque despreocupado. Me echaron gomina, y con rápidos y ágiles movimientos, me despeinaron de una forma que podría decirse adorable. Me gustó la sensación, la cabeza era mi punto débil.

-Aish, pero qué guapo estás –comentó Liuh, la que se encargaba de todo mi vello corporal-. Vas a dejar a las chicas loquitas… más incluso que Finnick Odair.

-Oh, gracias –respondí, y le di un beso en la mejilla. La chica comenzó a dar saltitos de alegría, ¡menuda suerte!

Bajé al hangar, no tenía ganas de estar con nadie. Martin me acompañó, no se separó de mí.

Nos quedamos siempre junto a los caballos, charlando de cosas sin sentido, lo que me permitía estudiar a los tributos de este año desde un poco más cerca. Me importaban los profesionales; sobretodo Brutus, del Distrito 2. Su nombre no podía estar mejor escogido. Era todo fuerza y músculo, podía aplastarte con un chasquido de dedos. Mags también captó mi atención, pero Finnick no se separaba de ella. Kranack Prowler, del Distrito 9, volvía a presentarse voluntario. Lo de este chico era puro masoquismo. Me gustaba su traje, le hacía honor a su sobrenombre de Gladiador.

El griterío de la gente anunció su llegada. Clamaban su nombre, pero ella apenas les hacía caso. Tan sólo caminaba hacia delante, enfundada en su precioso traje negro, y su mirada desafiante. Quise acercarme, y jugar un poco con ella, aunque no era mi estilo. Vi que Odair se me adelantó, jugueteando con un par de azucarillos, captó la atención de Katniss. No tuve otro remedio que sonreír, la vigente Vencedora no era tan fácil de camelar como el resto de las chicas. Todo un reto para el carismático Finnick.

-Oh, Finnick vuelve a las andadas –masculló Johanna, seguramente la sesión con su equipo de preparación había sido de todo menos tranquila. Bueno, al menos era tradicional. De árbol, como siempre-. Oj, como odio esto. ¿Cuándo vamos a salir? Quiero quitarme este espantoso traje ya; 40 años, y todavía no ha existido estilista que no nos disfrace de árboles. Hay que joderse.

Había que darle la razón, en toda la historia de los Juegos, todo lo relacionado con el 7 se reducía a eso: hojas, madera, papel y árboles. Y de vez en cuando, algún leñador.

La voz nos llamó para que subiéramos a los carros. Hombres a la izquierda, mujeres a la derecha. Poco a poco, en orden, los caballos comenzaron a moverse. Atravesaríamos un largo pasillo descubierto, la gente nos tiraría regalos y nos aclamaría. Nuestro carro comenzó a moverse, la hermosa pareja de caballos color crema, tras los grisáceos del 6.

Snow nos esperaba en el punto álgido de la curva, con todos sus ministros detrás. Todos los tributos alzaron su mano derecha en señal de respeto y sumisión, sin embargo, cuando llegó nuestro turno, tanto Johanna como yo nos negamos. Teníamos nuestras razones, de peso.

Alcancé a ver que los del 12 tampoco le rindieron honor al presidente. Poco antes de la curva, sus trajes negros como el carbón se prendieron en llamas; no como el año pasado, que parecían que ardían en vida, sino un aspecto de ascuas, con chispas a sus espaldas. Algo realmente maravilloso de ver.

Al terminar el pequeño rodeo, los doce carros volvieron a desaparecer, mientras los tributos comenzamos a reunirnos con nuestros equipos, para comenzar a abandonar el frío hangar. La distracción del día ya había acabado, ahora sería todo comentarios de parte de los presentadores, sentados en sus tribunas.

Me reuní con Mags y Finnick, hacía mucho que no veía a la anciana mujer. Quizá desde la última vez que estuve en el 4, cuando se hizo una fiesta en honor a su alcalde; al que posteriormente tuve que matar. Obviamente fue reconocido como un accidente, y todo el mundo se lavó las manos.

Me gustaba la tranquilidad de la anciana mujer. El cariño que le tenía a Finnick, y por supuesto a Annie. Me gustaba la extraña familia que formaban. Escuché pacientemente lo que me contaba, cómo el mar se había revuelto últimamente; Finnick se unía a nosotros de vez en cuando.

Al anochecer, regresé a mi habitación. Me duché, eliminando todo el maquillaje posible, y escogí un pantalón elástico gris y una camiseta azul cielo de manga larga para pasar el rato. Blight y Charles estaban ensimismados en una dura partida de ajedrez, y Johanna ojeaba una revista. Algo había hecho, si no, no tendría esa sonrisita.

-A ver, ¿qué has liado ahora? –inquirí, sentándome a su lado en el sofá.

-Tendrías que haber subido en el ascensor conmigo, no sabes lo que te has perdido, chiquitín –masculló entre risas. Empecé a hacerme una idea, quería desecharla, pero se agarró en mi memoria de tal manera que no podía arrancarla-. Demasiada inocencia para unos trágicos amantes.

Se me desencajó la mandíbula. Miré hacia otro lado, mientras mi otrora mentora se partía la caja a carcajada limpia. Me pasé las manos por el pelo, húmedo aún después de la larga ducha, y suspiré.

-¿Por qué eres tan exhibicionista?

-¿Y tú qué? –contraatacó.

-No lo hago por gusto, tú sí –me llevé las manos a la cara, y resoplé repetidas veces-. ¡Ah, ahora no me puedo quitar la imagen de la cabeza! Pobre Katniss, lo que le habrás hecho pasar.

-Si hubieras visto su cara… -dijo sonriendo con malicia. Se llevó un dedo a los labios, y añadió-: o la de Peeta. No sé con cuál disfruté más. Incluso la de Haymitch fue divertida. Tenemos que repetirlo, sin ninguna duda.

-No te voy a dejar.

Nos peleamos como niños pequeños, palabras malsonantes que ni tan siquiera sabían que existían, pero ¡qué importaba!, total, para lo que nos servía. Insultarnos mutuamente era nuestro particular juego, porque aunque nos pusiéramos verdes, sabíamos que siempre estábamos de broma.

Éstos eran los momentos que atesoraba con mayor celo de mi relación con Johanna. ¿Recordáis aquel centímetro del que os hablé? Bien, pues en estos momentos, la castaña sacaba a relucir ese ínfimo centímetro, lo poco que le quedaba de ella misma. Y yo me sentía afortunado, porque me daba la oportunidad de conocerla.

Porque para el Capitolio tan sólo éramos dos cosas: amor y lujo. Estábamos obligados a ser quienes no éramos, sino simples imágenes, proyecciones de nosotros mismos. Algo a lo que los capitolinos deben idolatrar, amar hasta la locura, para no pensar en otras cosas más graves. Ellos gastaban su dinero en nosotros; nos ofrecían fiestas, homenajes, noches de locura y pasión…; mientras nosotros debíamos mantenernos según sus deseos, ser alguien a quien gustar. Ser marionetas para sus jueguecitos.

Éramos cuerpos cubiertos de gloria, a los que muy pocos tenían acceso… en teoría. Éramos héroes, adorados héroes, leyendas vivas. Éramos… no éramos nada. Vivíamos a merced de ellos, a pesar de tenernos en recargados pedestales de oro, plata y piedras preciosas. Éramos sus esclavos, callados y sirvientes, bajo la mano de Snow, quien conocía nuestras mayores flaquezas, y contra quien no podíamos luchar solos.

Cada uno de nosotros se protegía a su manera, se creaba una coraza a su alrededor para que nada le afecte. Sin embargo, hay golpes que son imposibles de parar, de percibir incluso. Golpes bajos, duros y que duelen, y hacen además un daño irreparable. Por eso tantos de nosotros se han rendido, y han caído en el olvido. ¿Por qué el público no coreaba tanto los nombres de los adictos del 6? ¿Por qué los más aclamados eran los de Finnick y Katniss? ¿Por qué callaron la osadía de los tributos del 7 y del 12?

A algunos se nos permitía, éramos consentidos en el todopoderoso Capitolio. A otros… cualquier fallo, por mínimo que fuese, era duramente castigado. ¿Por qué? Porque no formaba parte de la manada, porque era un inútil… porque no formaba parte del juego del amor y el lujo que se respiraba constantemente en la capital de Panem.