Capítulo 5: Juegos preliminares
Las siguientes dos semanas decidí darme apenas un par de vueltas por los stands de supervivencia y armas. Estaba tan capacitado para luchar con cualquier cosa, que pasar mis últimas horas allí, rodeado de amigos y enemigos, no tenía sentido alguno.
En cambio me dejé ver por casi todas las plantas del centro de entrenamiento. A pesar de ser casi un adulto, era tan curioso como un niño. También porque era un cotilla consumado, pero eso no se decía.
Pero no podía ser tan desconsiderado, ni confiar tanto en la suerte y en mis habilidades. Así que la segunda semana de entrenamientos bajé, y me encontré con la mayoría de los tributos allí, repartidos en los diferentes stands y aprendiendo in extremis trucos para sobrevivir.
Hacía mucho que no tenía una lanza entre mis manos, así que me acerqué. Eran bastante diferentes a las de mis primeros juegos, mucho más equilibradas y por supuesto, más pesadas. Brutus, el profesional del Distrito 2, copaba todo el stand.
Estuve allí un rato, hasta que todos los tiros diesen de lleno en los objetivos. Brutus permanecía a mi lado con los brazos cruzados, demostrando sus músculos, mirándome con odio. Luego me di cuenta de que no sólo él, sino que había llamado la atención de todos los profesionales. Eso era algo que no me gustaba.
Me fui, encontré a Mags enseñándole a Katniss cómo hacer anzuelos. Los dedos ágiles de la tributo del 4 se movían con rapidez y decisión, a su lado, la chica en llamas era un completo desastre. Me reí, y ella se desconcentró.
-¿Y tú de qué te ríes? –espetó ella; desde luego, la gente no era su especialidad. Tenía el ceño fruncido, y no parecía una broma.
-Tranquila, no vayas a prendernos fuego –susurré acercándome a ambas. La hice a un lado, y arreglé su desaguisado con su anzuelo-. Cariño, deberías alejarte un poco del mar, e internarte conmigo en el bosque. Podríamos… no sé, ¿intercambiar ideas de caza? – Katniss no se fiaba nada de mí, sin embargo, Mags le sonrió y Katniss pareció ceder-. Gracias, Mags –la anciana sonrió.
Me fascinó la facilidad con la que Katniss hacía trampas de caza, aunque los nudos dejaban mucho que desear; al fin y al cabo, su gran habilidad se centraba en el arco. Quise hacerme el listo y retarla con el arco, pero no me pareció apropiado. Ella no me quería cerca, y yo no tenía ganas de seguir allí. Alcé la vista, buscando el resto de tributos, a ver en qué destacaban.
La siguiente vez que me presenté, estuve horas en el stand de la lucha cuerpo a cuerpo. Espadas, bastones y lucha libre. Enobaria y Johanna fueron mis principales rivales, además de los dos monitores. Me gustó saber que no estaba oxidado en exceso, últimamente, mis trabajos se habían vuelto demasiado rápidos, pero muy sedentarios también.
El último día, el día de la evaluación, fue la última vez que vería a muchos de estos tributos. Nos sentaron como siempre, así que enfrente de mí tenía a los trágicos amantes del Distrito 12. Cuchicheaban algo, pero no alcanzaba a oírlo. A mi lado, Johanna estaba sentada con los pies en el banco, mirada desafiante y brazos alrededor de las rodillas. A veces daba verdadero miedo.
Cuando me llamaron, no tenía preparado plan alguno. Sin embargo, estaba enfadado. Enfadado como no lo había estado desde que supe que podría volver a la Arena, que Johanna se vería obligada a volver a la Arena. Así que saqué de nuevo mi fascinación por el fuego, y con una pequeña chispa, prendí fuego a toda la sala, en apenas unos pocos minutos. Los Vigilantes no me prestaron demasiada atención, pero al sentir el olor a quemado, y ver el peligro de las llamas, sus ojos se posaron en mí de inmediato. Sonreí con malicia, dejé la antorcha que aún llevaba en las manos, y me fui de allí.
Subí al piso siete, y me encerré en mi habitación. Todavía olía a humo. Charles entró, y le conté lo que había sucedido. El mentor sonrió, no supe si era de desaprobación, de alegría o por considerarme un caso perdido con el fuego.
Bastante rato después subió Johanna. No sé qué hizo en su prueba, no estaba muy habladora esa noche. Al día siguiente, conoceríamos los resultados. Tanto Johanna como yo obtuvimos un resultado bastante decente.
Se acercaba la entrevista con Caesar. Debía adoptar mi papel de chico tímido y protegido de Snow. Los tributos pasaban, Finnick fue el primero que generó gran expectación, sobretodo por el poema que le dedicó, en secreto, a Annie Cresta.
-Vamos, que ya te toca –se apresuró Martin-. Tendrás que parecer un corderito, después de todo lo que ha soltado esa preciosura por la boca.
Asentí, y cuando dijeron mi nombre, la gente empezó a corearlo. No era precisamente alguien muy público, así que mi vuelta al plató, y lo que es más, mi vuelta a la Arena al presentarme voluntario, causó un gran revuelo.
-Aquí tenemos… -dejó pasar unos segundos-… de nuevo… a nuestro leñador favorito… ¿Cómo te encuentras, Davo?
-La verdad –respondí mirándome los zapatos, sumido en mi timidez-, estoy asustado.
-Te presentaste voluntario, ¿por qué, por qué? –insistió.
-Bueno… sentía que le debía algo al Distrito. Y a mí mismo, también. A veces cuidar de las rosas del presidente se vuelve monótono… pero también me pregunto, si yo muero, ¿quién cuidará de ellas? Son demasiadas, y demasiado valiosas como para dejarlas libres.
La gente parecía conmovida. Claro que no sabían a lo que realmente me refería. Cuando se acabó el tiempo de la entrevista, subí las escaleras donde me reuní con los demás tributos.
Todo fue bastante aburrido, excepto cuando llegó el momento de los chicos del 12. Katniss dio la sorpresa volviendo a estallar en llamas, y revelando, bajo el blanco vestido de novia, un vestido oscuro con aspecto de pájaro.
-Como un sinsajo –dijo con orgullo, mientras la gente emitía una y otra vez gritos ahogados
Peeta no se quedó atrás. Este chico era todo sorpresas. El año pasado dio la exclusiva de que llevaba enamorado de Katniss desde que tenía uso de razón, y que su historia era verdaderamente trágica. Supuestamente iban a casarse, pero el Vasallaje no lo permitió… ¿seguro?
-En verdad ya estamos casados –murmuró, como si fuese un secreto, y la gente del público casi desfallece. Vi que le lanzó varias miradas de complicidad a Haymitch, quien bebía una y otra vez de una petaca plateada. Pero no era la única novedad que tenía preparada-. Si no… si no fuera…
-¿Si no fuera por qué, por qué, Peeta?
-Si no fuera por el bebé –soltó como si llevase una gran carga a sus espaldas. El público se levantó, y empezó a gritar. ¿Cómo es posible que se mandase a los Juegos a una pareja que iban a ser padres? ¡Era inhumano! Pero el espectáculo era mejor con ellos dentro.
El rubio se reunió con el resto, él y Katniss se abrazaron y luego llegó el gesto de unión. Lo que empezó como un gesto de apoyo entre sólo los trágicos amantes, se convirtió en un apoyo común entre prácticamente todos los tributos. Juntamos nuestras manos, y las alzamos sobre la cabeza. Caesar parecía nervioso, y poco después las luces se apagaron. En la oscuridad del escenario, nos obligaron a recluirnos en nuestras habitaciones.
-No van a suspender los Juegos –dijo Charles, dando pequeños golpes en el suelo con su bastón-. Los tributos están enfadados, sus mentores también. Pero Snow no se va a despedir de su arma más poderosa.
-Entonces nada ha servido de nada –mascullé distraído, mirando a la nada-. Supongo que no volveremos a vernos, ¿no?
Aspasia parecía realmente afectada. Nos abrazó a los cuatro, sobretodo a Johanna y a mí, ya que supuestamente sólo podría volver uno de nosotros dos.
Aquella noche no pude dormir. Me quedé en el sofá de mi habitación, a medias entre la habitación y el balcón. Sentí golpes en la puerta, que se abrió y dejó ver a una Johanna que no tenía muy buen aspecto tampoco. Me apretujé en el largo y ancho sofá, y ella se tumbó conmigo, por la parte de fuera. Su cabeza en mi hombro, su mano buscando la mía. Un silencio aterrador de fondo, sólo roto por el jaleo del Capitolio bajo nuestros pies.
-Creo que tengo más miedo que cuando me tocó ir la primera vez –susurré, después de pensar en las palabras más adecuadas. Ella me miró, de forma interrogante-. Aquella vez sólo tenía que cuidar de mí mismo; la pérdida de mis aliados me dolería, pero era algo necesario. Esta vez… no sé si lo soportaría. Sobretodo si te pasara algo. Creo que no podría soportarlo.
-Te vuelves insoportable cuando sacas la vena poética, Davo –masculló ella, con voz adormilada.
-¿Por qué? –inquirí, con una leve sonrisa adornando mi cara.
-Porque sabes que te quiero, y no sabes lo que me cuesta contenerme –su voz era pastosa y cansada; me asombraba que tuviese el valor suficiente como para estar revelándome esto. Aunque luego me asaltaba la duda de si realmente era ella la que hablaba, o cierta compañía líquida la había ayudado-. Me recuerdas tanto a mi hermano…
Sonreí de forma triste, y la acomodé en el sofá, bajo las mantas. Inconscientemente, se dio la vuelta hacia mí, de forma que su cabeza reposaba entre mi hombro y mi pecho; y mi brazo era libre de viajar por su espalda. Cualquiera que no viera así pensaría otra cosa, pero yo tenía tanto miedo de perderla, que no me importaba lo que pensaran. Al día siguiente podría estar muerto, y entonces no podría sentir nada, ni excusar nada. Así que lo mejor era no pensar.
No tardé mucho en dormirme. El suave calor de Johanna y su respiración acompasada me fueron infundiendo en un sueño tentador y deseado, una utopía que, esperaba muy pronto se hiciese realidad.
