A/N: Bueno, sí, debí subir más seguido. Perdón. Pero prácticamente se me había olvidado, además de que me pasé como… 2 semanas sin escribir nada nuevo. Me atasqué en el capítulo 13 (que no salía) hasta que le eché huevos y ya vamos por empezar el 20.
Aquí veréis cositas bastante de la peli, y en los dos próximos (creo) también. No soy buena poniendo cositas que ya existen. No me lo tengáis en cuenta. Please.
Capítulo 6: El show debe continuar
Poco después del desayuno conjunto de tributos y mentores, cada uno de nosotros se marchó con su estilista. Una habitación grisácea, aséptica, con un traje de neopreno colgado de la percha que estaba en el centro de la misma.
Martin me ayudó a desvestirme, y a ponerme el espantoso traje. Estaba nervioso, porque esta vez tenía que cuidar de demasiada gente, para que en el momento preciso, nos rescatasen de la Arena. Y no se me daba muy bien mentir, al menos, siendo Davo. Graziel era alguien totalmente distinto a mí.
De repente, comenzó la cuenta atrás. Treinta segundos que me separaban de un destino cruel. Y yo sentí miedo, mucho miedo. Porque podría morir en cuanto mis pies saliesen de la plataforma.
-Que la suerte esté siempre de tu parte –me susurró, tras darme un fuerte, cálido y firme abrazo, y yo le correspondí, porque no tenía otro modo de asegurarme de que lo que estaba viviendo era real-. Pareces… asustado –tartamudeó, con voz nerviosa.
-No lo parezco… lo estoy –logré pronunciar, dando un par de pasos hasta entrar en el cilindro que me llevaría hasta la Arena-. Gracias, Martin –y la puerta de cristal se cerró.
El joven se quedó estático y serio mientras ascendía, me pareció ver una gran tristeza en sus ojos… Al fin y al cabo, nos llevábamos bien. El olor aséptico e inhumano de la habitación fue sustituido por un intenso olor a sal, tierra húmeda y selva salvaje. Las luces artificiales fueron opacadas por el intenso sol tropical, que brillaba firmemente en el cielo. Los ojos me escocían, tuve que abrirlos lentamente para acostumbrarme al lugar. Y entonces, comenzó la cuenta atrás.
Cada uno de nosotros estábamos en una pequeña plataforma que ascendía sobre el agua. A ambos lados, unos largos y estrechos caminos de piedra, que confluían todos en la Cornucopia central. Miré a ambos lados, buscando a todos aquellos a los que tenía que proteger, y a los que debía matar. Localicé rápidamente a Beetee, estaba a dos plataformas de mí: y a Finnick, a quien tenía justo a mi lado. Demasiado cerca estaban los profesionales; al menos, estaban dispersos entre sí. Miré a Finnick, quien parecía totalmente dispuesto a cumplir su parte del plan. Algo brillaba en su muñeca; alzó la vista y asintió. El plan estaba en marcha.
El cañonazo de comienzo sonó, y la gran mayoría de los tributos se lanzaron al agua. Yo me tiré de los últimos, tenía que darles un poco de ventaja a los profesionales para que nuestra parte del plan saliese bien. Me lancé, y nadé como pude hasta la plataforma de Beetee, quien luchaba contra el leve oleaje para mantenerse a flote. El agua nunca fue lo suyo.
-¿Estás bien? –le pregunté, cuando llegué a su lado. Beetee asintió; ya habían sonado un par de cañonazos; Finnick llevaba consigo a Katniss-. Vamos, ven conmigo.
Los profesionales llegaron a la Cornucopia poco después que nosotros. Brutus parecía extasiado de tenerme frente a él, cogió una lanza, y se me acercó. Yo no tenía nada, simplemente me agaché lo más rápido que pude, estiré la pierna e hice que el profesional cayese al suelo de piedra. Luego lo empujé y lo lancé al agua; intentaba ganar la mayor cantidad posible de tiempo.
Vi que Johanna y Wiress se acercaban; el resto de profesionales también. Beetee había cogido una especie de bobina de la Cornucopia, algo casi tan grande como un tronco, y una cantidad enorme de cable de color cobrizo. ¿Era eso un arma? Recuerdo que en sus Juegos llegó a electrocutar a seis tributos a la vez, pero… eran simples chiquillos que jugaban a matarse. Ahora todos somos profesionales, algunos más que otros, claro. Pero todos, sin excepción, han probado la sangre de la lucha, y las mieles de la victoria.
Recogí tres hachas (dos largas y una pequeña), una espada bastarda que destacaba sobre las demás, y una honda, supuse que habría bastantes piedras que lanzar en la selva. Estaba entretenido buscando armas pequeñas, cuando el resto de profesionales se nos echó encima. Los hermanos del 1 se cebaron conmigo y Beetee, Johanna se batía cuerpo a cuerpo con Enobaria, y un cabreado Brutus volvía a incorporarse sobre la piedra.
-Mierda –mascullé; librándome de un codazo de la delicada Cashmere; cogí del brazo a Beetee y le obligué a que huyera, lo que no evitó que un cuchillo impactara dolorosamente en la parte alta de su espalda.
El tributo cayó al suelo, quejándose y soltando la bobina. Apreté los dientes, y me encaré con Gloss, quien le lanzó el arma. Cerré el puño y le di en la cara; la tenía dura como la mismísima piedra. Esquivé un par de golpes suyos, pero no evité que el tercero me diera de bruces contra el estómago. Caí al suelo de dolor. El profesional sonrió, ¡iba a matar a su propio jefe!, qué genial. Sin embargo, en el último momento, un grito y un mango largo de hacha me salvó de la muerte. Johanna se interpuso entre el puño (con cuchillo) de Gloss y mi pecho, y le dio un puñetazo seco en el cuello, dejándolo sin respiración unos valiosos segundos, suficientes para levantarme, recoger las armas y salir huyendo de aquel espantoso lugar.
Los cuatro corrimos todo lo que nuestras piernas nos permitían, adentrándonos en la jungla y perdiéndonos entre el espesor de la maleza. Estaba exhausto, dolorido y con el corazón latiéndome salvajemente contra el pecho. Wiress ya se había perdido en sí misma; cantaba una cancioncilla sobre un ratón y un reloj, debía ser infantil porque parecía que se divertía; y de vez en cuando soltaba una coletilla, una especie de tic-tac, y nos miraba a todos, sobretodo a su compañero de Distrito, pero Beetee estaba más ocupado con su bobina y su herida, que de lo que ocurría a su alrededor.
-Bueno, ¿y ahora qué? –inquirió Johanna, apoyada sobre un árbol cercano.
-Ahora a buscar a 12 y 4 –respondí, levantándome también y entregándole el hacha pequeña-. Creo que esta es mejor para ti –sonreí levemente, y ella también-. Vamos.
Caminamos sin parar durante horas; Johanna iba delante, abriendo camino, seguida por Wiress, Beetee, y yo cerraba el grupo. Era el más rápido de los cuatro, además si alguien nos atacaba, solía ser por la espalda. Al poco tiempo acusamos el calor y la falta de agua, estábamos empapados en sudor, sentía la garganta seca y la lengua pegada al cielo de la boca. El flequillo se me pegaba en la frente, los ojos me escocían, y las armas se me resbalaban.
De repente, Johanna se paró en seco. Hizo un rápido movimiento de cabeza, y me puse a su altura. Vimos a dos tributos, creo que eran los del 9. Él daba miedo, llevaba su arma favorita, una bola con cadena; ella… ella iba armada también, pero ni de lejos impactaba tanto como su compañero. Lentamente, Johanna fue sacando del cinto el hacha pequeña, la alzó en el aire y la lanzó con todas sus fuerzas contra los otros tributos, quienes se sobresaltaron al ver un hacha volando.
-¡¿Quién anda ahí?! –gritó Kranack Prowler, el tributo masculino.
-¡Vosotros dos, escondeos! –ordené a Beetee y Wiress, y acompañé a Johanna en su cruzada con los tributos del 9.
Estaba enzarzada en una lucha con Kranack; una auténtica lucha de tributos. Hacha contra bola con cadena. Desgraciadamente, Kranack era más rápido, y al ser hombre, más fuerte que Johanna. Pero no había nadie tan cabezota como ella, así que seguía y seguía atacando, y de vez en cuando, le ganaba terreno.
Yo no me quedé atrás. Sasha, la tributo femenino, llevaba una espada como arma. Vino hacia mí, espada en alto, y yo desenfundé la mía y los filos chocaron en el aire. A ella no la conocía tanto, pero sabía que era bastante inteligente. Me sorprendió ver que era bastante ágil con la espada, y cerca estuvo de acertarme en un par de ocasiones. El calor seguía haciendo estragos en todos; fue entonces cuando Johanna perdió pie y Kranack se posicionó sobre ella, con su bota sobre el cuello de mi compañera. Enfadado, no me quedé atrás. Dejé de jugar con Sasha y le di un golpe seco con la empuñadura en el cuello, cayó al suelo y soltó la espada, que cayó a unos pasos de ella. Puse mi hoja a escasos milímetros de su vena yugular. Kranack lo vio, y su peso sobre Johanna disminuyó. ¿Así que Sasha era importante para el Gladiador? Interesante…
-Suéltala, o te juro que la mato –mascullé, acercando y alejando el filo de la espada del cuello de la mujer. Kranack parecía asustado.
-Te propongo un trato, 7 –se ofreció el joven. Miraba alternativamente a su compañera y a Johanna-. Una alianza, ¿te parece bien?
Cavilé durante unos segundos. Era lo mejor. Tendríamos a dos guerreros más para proteger a Wiress y Beetee. Y luego podríamos darles la patada, en cuanto nos reunamos con 4 y 12. Al fin y al cabo, ellos no sabían nada del plan.
-Está bien –asentí, y empecé a alejar la espada del cuello de Sasha-. Pero debes saber, que no estamos solos.
Los tributos del 3 salieron de entre la maleza, vi que Kranack rodó los ojos, como si se burlara de nosotros. ¿Aún tenía tiempo de rebanarle el cuello a Sasha? Pero en fin, al final lo aceptó y continuamos andando.
-¿Tenéis agua? –inquirió el Gladiador, poco después de que el sol comenzase a caer, y la tarde se abriese paso. Todos negamos con la cabeza-. Genial.
Paramos a descansar unos minutos, y entonces un par de paracaídas plateados, con el símbolo del 7 y el 9 cayesen a nuestros pies. Uno de ellos (7) consistía en una colección de panes, que por la forma y el olor supe que eran del Distrito 4; y el otro (9) era un pequeño aparato metálico. Una desalinizadora, según dijo Sasha.
No estábamos tan lejos de la playa, así que repartimos el pan entre los seis; y Kranack y yo fuimos a la playa a por agua. La cesta de los panes nos sirvió para transportar el agua.
-¿Cómo has escogido a Majara y Voltios de aliados? –preguntó Kranack, mientras recogía el agua, ya sin sal, en la cesta-. No te creía tan… inútil.
-A veces es mejor utilizar el cerebro –respondí, furioso-. Para pelear nos bastamos Johanna y yo.
-Ya, claro.
Me mordí la lengua y no respondí a sus provocaciones. Ya tendría tiempo de atravesarle la garganta con la espada, o el hacha, un par de días más tarde.
Al caer la noche, con el agua que recolectamos y un par de animalillos salvajes y puñados de frutos secos, tuvimos nuestra cena. Wiress no había dejado de tararear la cancioncilla del ratón, y seguía con el tic-tac cada vez que oía un cañón anunciando la muerte de algún tributo, o cuando un estruendoso rayo caía sobre el árbol más alto de la jungla.
Montamos guardia de dos en dos; la primera, nos encargamos Sasha y yo. Me subí a la rama más baja que encontré; estiré las piernas y allí me quedé. Justo debajo de mí, de costado y un brazo debajo de la cabeza, dormía Johanna. En esos momentos no parecía la niñata malhablada que siempre se mostraba en público. Kranack era otro que me preocupaba. Dormía sentado, agarrando fuertemente la bola con cadena. Y los del 3, parecían niños adormilados.
A medianoche, como siempre, el himno de Panem sirvió de fondo para dar el último adiós a los tributos caídos. Afortunadamente, ninguno de los que me importaban estaban entre ellos.
