Capítulo 7: Reunión

Ninguno durmió demasiado esa noche. Oímos gritos, desesperados y desgarradores, a nuestro alrededor. Gritos de personas y bestias, cada vez más cerca, con lo cual decidimos no arriesgar y seguir avanzando por la selva.

Los del 9 iban delante; seguidos por los del 3, y al final íbamos los del 7. Me gustaba ir el último; siempre había sido así toda mi vida. Además, podía observar sin ser observado, y tenía una perspectiva de todo lo que me rodeaba sin un punto ciego.

-¿Crees que podemos fiarnos de ellos? –me susurró Johanna, casi en el oído-. Van a su aire.

-Tú déjalos –respondí-. Ya tendremos oportunidad de cazarlos.

Y nadie dijo nada más. Simplemente seguimos adelante, entre tanto verde, un cañonazo inesperado y la luz de un inminente nuevo día. Fue entonces cuando sucedió.

Primero fueron simples gotas que caían esparcidas por el suelo, agua fresca que recibíamos con ganas. La tormenta vino después, cuando el agua fría dio paso a un torrencial diluvio de ¡sangre!, caliente e incómoda, que te impedía abrir los ojos. Caía con tanta fuerza que apenas podía respirar. Me sentía perdido. Me sentía solo y derrotado. Con la mano a modo de visera sobre los ojos, pude abrirlos e intentar buscar a mis aliados. Oía gritos, gritos de auxilio y desesperación, y a alguien corriendo muy cerca de mí. Alguien se chocó conmigo, su arma me dejó adivinar quién.

-¡Aparta de mi camino! –un desesperado Kranack, lejos de su estampa de Gladiador, buscaba con ansias a su compañera de Distrito. Recibí un fuerte empujón, que me dejó caer al húmedo y encharcado suelo, cubierto de sangre.

La lluvia seguía y seguía, y yo seguía solo. Tenía que encontrar a los demás lo antes posible. Con el sonido de la lluvia, me era imposible oír el cañonazo que anunciaba la muerte de los tributos.

Estaba asustado, el corazón lo sentía en la garganta. Daba bandazos con la espada, la lluvia parecía que empezaba a remitir. Entonces vi algo… algo que brillaba. ¿Qué era? Siempre había sido curioso, quizá demasiado. Así que me acerqué, pero parecía que estaba envuelto en una especie de urna. Alcé la espada, sobre mi cabeza, y cuando la bajé, con toda la fuerza que me permitía mi cansado cuerpo, oí el grito de Johanna.

-¡No, quieto!

Pero ya era demasiado tarde. Aquello que tanto brillaba, y que tan curioso me parecía resultó ser el campo de fuerza que rodeaba la Arena, y que te impedía ir más allá de los límites. Malditos hijos de puta. El impacto me echó hacia atrás con bastante fuerza. Sentía el dolor del golpe por todo mi cuerpo, como si me hubieran dado una paliza. Estaba desorientado, la cabeza me daba vueltas y tenía la visión borrosa. Y los oídos taponados. Vi que alguien se me acercaba, pero no llegaba a acertar quién.

-¿Estás bien? –Johanna, cómo no. Parecía preocupada, a pesar de que su voz sonaba bastante neutral. Pero así era ella. La miré, todavía no llegaba a enfocar bien, y asentí-. Menos mal.

Me ayudó a levantarme y empezamos a caminar. Beetee tiraba de mí, todavía andaba medio ciego cuando llegamos al borde de la jungla; a la playa y al agua. Me di cuenta de que estaba empapado en sangre, seca y correosa. Oí un grito, un grito que me devolvió las esperanzas de que nos sacarían de aquí: Finnick.

-¡Johanna! –oí, y vi la silueta del rubio, con su tridente en mano, corriendo hacia nosotros.

-¡Finnick! –respondió ella, y comenzó a reír, de pura alegría.

Me metí en el agua, a intentar quitarme las costras de sangre que me cubrían. Tras un primer lavado, los trágicos amantes también se acercaron; Katniss con el arco cargado, no se fiaba de nosotros.

-Bueno, los he sacado –Johanna seguía hablando con Finnick. Wiress daba vueltas por la orilla, con el tic-tac colgando de sus labios-. Nos habíamos adentrado en la jungla, creíamos que allí estaríamos a salvo. Entonces empezó a llover. Al principio creí que era agua, y era sangre. Sangre caliente y espesa, ¡diluviaba! –una risa sarcástica, Finnick escuchaba con el ceño fruncido. Estaba serio y triste-. Nos ahogábamos, íbamos dando tumbos, no veíamos nada. Entonces Davo chocó contra el campo de fuerza –alzó la cabeza, inspiró hondo y me miró. Me dedicó una fugaz sonrisa y continuó-. Al menos sigue vivo.

Wiress caminaba haciendo círculos por la orilla, desorientada y mascullando tic-tac todo el tiempo. En cuestión de segundos, Johanna mandó al carajo su autocontrol y empujó a la tributo del 3 al suelo; a lo que una rápida Katniss dio una respuesta.

Estuvieron a punto de pegarse, algo realmente digno de ver, pero nada plausible para nuestras aspiraciones. Finnick intervino casi de inmediato, gritando "ya está bien, ya está bien" e intentando calmar a Johanna, llevándosela lejos del conflicto. Peeta también puso su granito de arena, soportando a Katniss para que no se abalanzara sobre mi compañera tributo.

Salí del agua, todavía con restos de sangre, pero al menos ya estaba limpio. Parecía que Johanna había soltado algo del plan; nada demasiado trascendente, pero lo suficiente para que la astuta mente de Everdeen se pusiera a maquinar en nuestra contra.

Todo quedó en papel mojado, pues Katniss se llevó a Wiress al agua, mientras yo salía y me sentaba en la arena junto a Finnick. Me quedé mirando la pulsera dorada del rubio; sumido en mis pensamientos, el rayo que constantemente caía dos veces cada día, volvió a incidir sobre el mismo punto: el árbol más alto de la jungla. Segundos después, mientras Johanna salía del agua con aspecto hastiado, Katniss parecía como si hubiera tenido una revelación.

-¡Es un reloj! –gritaba, abrazando y sonriendo a Wiress-. ¡Es un reloj, Wiress eres un genio!

Nos reunimos los siete y nos acercamos a la Cornucopia, desde allí podía verse toda la Arena y poder analizar cada una de las facciones en que estaba dividida la Arena. Mientras nos acercábamos, todos le daban la enhorabuena a Wiress por darnos la respuesta a los extraños fenómenos que habíamos visto.

-Toda la Arena está diseñada como un reloj –explicaba Katniss-. Hay una nueva amenaza cada hora, pero no sale de su sección. Todo empieza con el rayo, luego la lluvia de sangre, la niebla y los monos; ésas son las cuatro primeras horas. A las diez llega esa gran ola.

Llegamos a la isla de la Cornucopia; todos formando un círculo imaginario intentando proteger a los del 12. Peeta se quedó mirando el monumento plateado, entrecerró los ojos y dijo a voz de pronto:

-La punta señala a las 12.

-Ahí cae el rayo –respondió Katniss-. A mediodía y a medianoche.

Beetee se abría paso entre todos los demás, con la bobina a cuestas, y se colocó al lado de Katniss. Se removió las gafas y preguntó.

-¿Dónde cae?

-En ese árbol alto.

Peeta decidió hacer un mapa con todos los peligros que habíamos visto; para saber en qué secciones estaríamos a salvo. Estábamos todos tan ensimismados con el mapa y los peligros, que no advertimos la cercanía de los profesionales, hasta que el cañonazo que anunciaba la muerte de un tributo nos sacó de nuestro pequeño mundo.

Gloss acababa de matar a Wiress, en respuesta, Katniss tensó el arco y segundos después, un segundo cañonazo señalaba la muerte del profesional, de un disparo en el pecho. En esa pequeña distracción, el resto de la manada se decidió a atacar.

Cashmere se acercaba justo por donde su hermano acababa de caer al agua; Brutus y Enobaria atacaban por el otro flanco. Sabía que Brutus iba a por mí; lo sabía desde que nuestras miradas se cruzaron en el desfile de tributos. El profesional, mostrando todos sus músculos y fuerza, armado con una espada corta y una lanza, corría hacia mí. Ambas espadas chocaron, la suya con tanta fuerza que me hizo daño. Brutos sonrió.

-¡Debí haberte matado cuando tuve la ocasión! –gritó.

-¿Y cuándo fue eso? –quería hacerle rabiar, más de lo que ya estaba. Así se desconcentraba, y sus golpes y bandazos eran más descompensados. Brutus atacaba a diestro y siniestro, con demasiada fuerza, y aunque yo era más ágil y rápido, empezaba a cansarme. Y me dio, de lleno, en el brazo. Aullé de dolor.

Sin embargo, una flecha que le rozó el hombro le detuvo. Vio que Katniss se disponía a cargar de nuevo el arco; y que Enobaria empezaba a replegarse. Se estaba quedando solo, así que lo más inteligente era retirarse también. Ya tendrían otra oportunidad.

Pero la carrera no duró mucho. En cuanto me levanté del suelo, la isla que formaba la Cornucopia empezó a moverse, a girar, cada vez más rápido. Volví a caer, sobre el brazo herido, y me resbalé. Estaba solo, aunque a unos cuantos metros de mí estaban Katniss y de inmediato, Johanna. La isla giraba, y yo empezaba a cansarme. Los dedos me dolían, intenté agarrarme con los pies pero no tenía apoyo.

Katniss gritó; empezaba a resbalarse. Johanna estiró un brazo y la atrapó, pero no era suficiente. Las armas tampoco tenían un buen agarre, así que sobre mí cayó una peligrosa lluvia de cuchillos afilados para la ocasión, me moví para no estar en su trayectoria, pero me fue imposible esquivarlos todos. El último, aquel al que nadie le echa cuenta, fue el que me hirió. Me rasgó la parte alta de la espalda, aquella que se une al cuello.

Poco después, la isla dejó de moverse. Estaba mareado… todos lo estábamos. Katniss había caído al agua. Johanna y Peeta se acercaron y la sacaron del agua; al instante, después de recargar nuestras reservas de armas, dejamos la Cornucopia.