Capítulo 9: Soledad

Cuando abrí los ojos, todo estaba oscuro. Bueno, no exactamente. Había una levísima luz a mi alrededor, una luz rojiza y minúscula. Sabía que no estaba en la Arena, pero tampoco en ningún aerodeslizador camino al Distrito 13. Empecé a temerme lo peor.

Estaba acostado en una superficie dura y fría. Llevaba ropas holgadas y estaba descalzo. Tenía frío, así que me senté junto a la pared, con las piernas pegadas al pecho, y los brazos por debajo de las rodillas. Me sentía dentro de mis pesadillas.

No sé por cuánto tiempo estuve así. No había rastro de ventanas en aquella habitación, en aquel sótano. Olía a sudor y sangre; definitivamente no era un buen lugar donde vivir.

De repente, las luces se encendieron. Cerré los ojos, el vivir tanto tiempo a oscuras y volver a la luz en tan poco tiempo no era algo muy factible. Cuando me acostumbré a la luz, vi donde estaba. Yo ya había estado aquí, años atrás.

Me encontraba en las celdas del Capitolio, donde torturaban a los presos hasta que les asignaban un destino, siempre cruel. Había varios niveles, a cada cual peor. Y creo que me encontraba en el más peligroso.

Cuatro agentes de la paz, armados con sus fusiles y una pistola pequeña, escoltaban a un hombre que conocía demasiado bien. El hedor a sangre y rosa que le rodeaba no era fácil de olvidar. Mi celda era de cristal, de un cristal que te permitía oír todo lo que ocurría a tu alrededor, y que por mucho que golpearas, jamás se rompería. Snow llevaba un precioso traje blanco, en consonancia con la rosa. No me levanté.

-Buenos días, Davo –saludó Snow, con su sonrisa más falsa adornando su rostro-. Dime, ¿tienes algo interesante que contarme?

Alcé la barbilla, con una media sonrisa que en otra época, en otro lugar, habría sido blanco de comentarios y susurros mal disimulados. Aquel gesto coqueto, que de nada servía en este frío lugar, dio paso a una mirada de odio y reproche; una burla que respondía a la pregunta de Snow.

-Bueno, parece que tendré que ser más específico –y se aclaró la garganta-. ¿Sabes algo acerca de un tal… Distrito 13?

Ah, así que eso era lo que quería. Información. Algo que ni yo tan siquiera creí en su momento, y que aún seguía dudando. Seguí callado, y cuando se disponía a irse, hablé:

-Sí, oí algo sobre ese lugar –Snow se paró, volvió sobre sus pasos y su atención regresó a mí-. Según parece, existió en su momento. ¡Pero unas hermosas bombas se encargaron de erradicarlo! ¡Unas bombas que tú, que la gente como tú ordenó lanzar! ¡A personas inocentes! Eres una sanguijuela, Snow. ¿Crees que voy a darte lo que quieres?

-Muy pronto lo harás.

-¿Y cómo, si puedo saberlo?

No respondió. Me dejó solo, en la profunda oscuridad del pasillo. Empezó a hacer frío, mucho frío. Con la escasa luz podía ver el blanquecino vaho que nacía de mi aliento. Las manos y los pies estaban entumecidos, y tenía miedo de cerrar los ojos. Porque veía mis miedos; veía al mentiroso y cobarde de mi padre, escapando de su deber; veía mis Juegos, convirtiéndome en Vencedor subido a una montaña de cadáveres; veía el Vasallaje, a Johanna muriendo en mis brazos; veía a mi familia, siendo consumida por el fuego que ayudaba a propagar.

Me desperté empapado en sudor, Snow de nuevo frente a mí, separados por la invisible pared que formaba mi celda. Llevaba otro traje, pero el horrible olor a sangre y rosas seguía ahí.

-¿Dónde está el Distrito 13?

-No lo sé.

-¿Cómo sacasteis a Katniss Everdeen de la Arena?

-No lo sé.

Y se marchaba. Cada día hacía lo mismo, por la mañana y por la tarde. ¿Cómo lo sabía? Siempre me saludaba. Pero sabía que empezaba a perder la paciencia. El tiempo se agotaba, el Capitolio se debilitaba y él lo único que quería era la cabeza de Katniss clavaba en una pica, como trofeo de su triunfo.

La rutina de las preguntas se repitió durante una semana. Lo siguiente que probaron fue el castigo físico y mental. Me trasladaron a una celda diferente, en pisos superiores. Mis muñecas fueron sostenidas por gruesas cadenas de metal, y también los tobillos. Durante el día, me mantenían de pie, con la espalda pegada a una gran X de frío metal.

Mi celda estaba justo enfrente de una mucho mayor, y de aspecto terrible. Dos agentes de la paz llevaban a un preso… un hombre, con una bolsa en la cabeza. Lo ponían en una picota, como yo, y le hacían exactamente las mismas preguntas.

Pero él no sabía nada. Quizá fuese un vigilante, ajeno a todo lo que pasaba por la mente de Heavensbee. O quizá un rebelde que habrían cazado. Recordé entonces mi casa, mi familia y amigos. ¿Y si ellos estaban aquí? ¿Y si lo que me mostraban era únicamente un aperitivo de lo que realmente querían hacerme?

Me dolería muchísimo. No tanto como si me lo hicieran a mí, pero simplemente ver el dolor de otros, tan cerca, y no poder hacer nada, ya era bastante duro de por sí. Aunque yo tenía un modo de protegerme.

En los albores de mis días de asesino, sentía miedo. Tenía pesadillas en las que mis manos estaban constantemente llenas de sangre; a cada paso que daba, alguien terminaba herido. Y empecé a errar, por eso me volví frío y cruel, y hacía que las propias víctimas fabricasen sus propios… accidentes.

Me obligué a mí mismo a no sentir nada, a bloquear los sentimientos y convertirme en una máquina de matar. Y así fue cómo nació Graziel. Siendo Graziel no tenía ningún escrúpulo, hacía lo que me pedían, y no miraba atrás. Y no tenía remordimientos, porque una vez quitaba la máscara, Graziel desaparecía, y volvía a ser Davo. No tenía ningún recuerdo. Podría haber matado esa misma mañana, y por la tarde, estar en casa feliz jugando con mi hermana pequeña. Davo no tenía los recuerdos de Graziel. Graziel era lo que Davo jamás llegaría a ser: un hombre sin alma, sin identidad, sin remordimientos. Un profesional.

Snow lo sabía, pero le divertía verme sufrir. A veces me ponía la máscara de Graziel mientras todas aquellas personas eran torturadas. El método no avanzaba.

Una noche, me visitó. Lo supe por el hedor que desprendía. Iba solo, sin escolta, y con una simple lámpara para iluminarse. Llevaba un impoluto traje blanco. Se paró frente a mi celda, introdujo la clave y desconectó las gruesas paredes de falso cristal. No me acerqué a él.

Claro que estaba atado. Muy bien atado.

-Puesto que no se anima a colaborar, señor Wright, me he visto obligado a usar esto –sacó de su bolsillo una jeringuilla de tamaño pequeño, con un líquido blanco en su interior. Destapó la parte de la aguja, se acercó más y me la clavó en el cuello. El pinchazo me dolió; nunca me habían gustado demasiado las agujas. Volvió a cerrar la celda, me miró con orgullo y se despidió-. Buenas noches, señor Wright. Que descanse.

Los siguientes tres días fueron los peores que pasé en toda mi existencia. Frío, calor, dolor. Como si alguien me azotara con un látigo envuelto en llamas, y luego aplicaran capas y capas de nieve en las heridas. Sudaba, y luego el pecho estallaba en llamas. Las venas me ardían. A veces me daba la impresión de que me quedaba sin aire.

El cuerpo en llamas, la sangre ardiente corriendo por mis venas. Envuelto en sudor, viviendo una pesadilla despierto. Sumido en la más profunda oscuridad.

Entonces empezaron las torturas. Primero eran gente que no conocía. Le hacían las mismas preguntas una y otra vez. A algunos les ataban las manos y los tobillos, y sumergían sus cabezas en barriles de agua helada hasta que casi morían por falta de oxígeno.

Snow permanecía junto a mi celda, y él mismo repetía las preguntas que ya tan bien conocía.

¿Dónde está el Distrito 13?

No lo sé.

¿Cómo sacasteis a Katniss Everdeen de la Arena?

No lo sé.

Me obligaban a ver cómo torturaban a personas inocentes. Mi interior bullía, no quería llorar, no quería seguir viendo lo que veía… Quería responder, gritarle dónde estaba el maldito Distrito y que me dejasen libre. Pero en el fondo sabía que si lo hacía, echaría por tierra el trabajo de años, y que muy posiblemente me atravesarían la cabeza con una bala. Así que no era muy factible.

Cada tres días un hombre desconocido, vestido con una ridícula bata blanca, llevaba consigo una jeringuilla con el conocido líquido blanco que me inyectaban en la vena del cuello. Todas esas noches, sufría de alucinaciones. Y el cuerpo se debatía en una lucha entre el fuego y el hielo.

Empezaba a cansarme. Quería gritar, pero no podía. Se lo debía a toda esa gente que había detrás de la revolución.

Empezaba a cansarme. Y esto, no había hecho más que empezar.


A/N: Bueno, se acabaron los Juegos. ¿Qué creéis que pasará?