Capítulo 11: Davo y Graziel
Nunca me había sentido tan ido. La realidad no era suficiente para mí. Era demasiado pequeña, demasiado minúscula. Todo había que destruirlo, y reconstruirlo desde los escombros. Yo. Yo era el superhombre.
Me sentía fuerte, invencible. Nadie tenía derecho a dirigirse a mí. Yo era el hacedor del mundo. El resto del mundo, la escoria, tenía que rendirse ante la evidencia.
¿Por qué estaba en una jaula? ¡Necesitaba ser libre, vivir en el mundo! Necesitaba ser libre, para hacer aquello que únicamente sabía hacer: matar.
Un día, un hombre me visitó. Tenía el cabello largo y blanco, y barba. Vestía un traje negro, camisa blanca y una pajarita de color plateado. Una rosa blanca en la solapa. El aire se cargó. Olía a sangre y a rosas.
El hombre cogió una silla de la celda, y se sentó. Le imité, al otro lado de la mesa. Frente a frente.
-Buenos días –dijo, con aires de grandeza, de éxito-. ¿Puedo saber cómo te llamas?
-Graziel –susurré, sin pensarlo. Mantenía el ceño fruncido, este hombre me resultaba familiar, pero no lograba recordar por qué. Y el nombre… tampoco. Él sonrió.
-Encantado de conocerte, Graziel –saludó, estrechándome la mano. La tenía fría, como si por sus venas no circulase nada de sangre. Como si estuviera muerto-. Creo que tú y yo seremos grandes amigos.
Durante días, me mantuvieron en la jaula, pero más tarde me trasladaron a una habitación. Me quitaron las ropas roñosas y llenas de sudor y sangre. Me duché, y me vistieron con ropa nueva, hecha a medida para mí. Una camiseta pegada al cuerpo, de color negro, cuello ancho y manga larga; unos pantalones de mezclilla también de color negro, con bolsillos en la parte exterior de las piernas, y botas de cazador.
Me hacían entrenar durante horas. Lanzaba cuchillos, peleaba cuerpo a cuerpo, con las manos desnudas y con espadas. Con lanzas. Con hachas. Probaban mi velocidad de respuesta, mi agilidad y sentido de la orientación. Mis miedos. Me enseñaban a disparar armas de fuego.
A veces, me llevaban a una celda muy cercana a la que yo ocupé durante no supe cuánto tiempo. Allí había una chica, su cabello era castaño y lo llevaba corto, como si fuera un chico. Sus ropas estaban rotas y empapadas. Su cuerpo, lleno de magulladuras, rasguños y cicatrices. Sus ojos estaban vacíos, sin vida. La chica me miró, y durante un segundo, creí reconocerla. Pero luego agité la cabeza, ¿cómo iba a reconocer a alguien a quien acabo de ver?
Sentía la mirada de Snow sobre mí. Con el ceño fruncido, le correspondí.
-¿Sabes quién es, Graziel? –inquirió, muy bajito, en mi oído.
-No –respondí, y después de un rato, añadí-. ¿Debería saberlo?
-El enemigo –dijo con un tono triunfal en su voz.
Nos fuimos de allí.
A veces, durante la noche, tenía sueños. Creí que ya no lo hacía, que sólo eran cosas de niños. En mis sueños, había una chica. Era castaña, de cabello largo y ondulado. Sus ojos eran como el chocolate, y la misma dulzura que tenía en la mirada la recorría por completo. Siempre tenía una sonrisa en su rostro, aunque estuviese triste. Siempre estaba dibujando, y era muy celosa de la libreta que siempre tenía en el regazo. Un regazo donde yo muchas veces apoyaba la cabeza, y ella me acariciaba el cabello. Me decía cosas bonitas, y me besaba la frente. Sus cálidas manos recorrían mi espalda, sus labios bajaban por mi pecho. Sus labios se juntaban con los míos, y mi corazón latía, latía como nunca lo había sentido por nadie. Su cuerpo pegado al mío, moviéndose al compás en la oscuridad de la noche. Ella susurrando mi nombre, ella gritando mi nombre.
Davo.
Davo.
Davo.
Y entonces desperté.
Envuelto en sudor, un sudor muy alejado del placer. Un sudor que provenía del miedo, de lo desconocido. ¿Quién era Davo? ¿Quién era Graziel? No era ése el primer sueño que me carcomía, pero sí fue el más real. Me vi a mí, una versión mucho más joven de mí, sin barba, con el pelo corto y la piel limpia como si fuera un recién nacido. Vestido con ropas informales, pero feliz a pesar de ello. Estaba en una fiesta, y esperaba impaciente a alguien. Alguien a quien no había visto en mucho tiempo. Y entonces llegó ella. Y me llevó al bosque, donde probé sus labios por primera vez, sin la urgencia de las despedidas. Donde sellamos un para siempre bajo la luz de la luna.
Davo. El nombre me resultaba familiar, pero si intentaba buscar respuestas, la cabeza me dolía.
"Graziel, yo soy Graziel. Ése es mi nombre, el que yo escogí. Davo no es nada, no es nadie. Davo está muerto", me dije a mí mismo.
A veces, me dejaban salir de mi habitación. Me llevaban a un enorme plató donde un hombre estrafalario me hacía preguntas. Nunca dijo mi nombre. Me llamaba chico.
-Peeta nos ha dado sus impresiones sobre la actuación de los rebeldes en esta guerra. ¿Cuál es tu opinión, chico?
-Me parece insulsa –respondí, echándome atrás en el sofá. Crucé la pierna izquierda sobre la derecha, y puse dicha mano sobre el tobillo, como agarre-. Una pérdida de tiempo. El Capitolio es mucho más poderoso, tenemos armas que los rebeldes jamás tendrán. Y los tenemos, a ellos, a los Vencedores de los Juegos del Hambre. Son vuestros trofeos, ¿verdad, insensatos? Los colmáis de gloria, ¿para qué? No lucharán en esta guerra, son símbolos… sin valor. ¿De qué sirve… de qué sirve ver al Sinsajo muerto? Ella jamás haría cosas por vosotros, jamás lo ha hecho, y jamás lo hará. Cualquier cosa que haga, simplemente lo hace para salvar su culo, en un ataque de egocentrismo y petulancia. Nadie le importa, excepto ella misma. ¿Qué? ¿No lo veis? Si sacó esas bayas en la Arena, era porque quería salvarse.
Caesar me interrumpió, si no, hubiese continuado. Empezó un monólogo sobre lo muy injusta que era esta guerra, y luego agasajó el poder del Capitolio, las fuerzas de la paz y lo injusto que era esta situación. A mí me sacaron de allí.
-Has estado espléndido, Graziel –Snow se congratuló-. Les has dado donde más le duele: les has dicho la pura verdad.
-Gracias, señor –respondí.
Una vez por semana, un señor vestido con una bata me inyectaba un líquido blanco. Esa sustancia me permitía dormir tranquilo, sin pesadillas. Sin esa chica tan preciosa que me llamaba Davo y me besaba hasta que mis labios no podían más. Sin esa chica que hacía que mi corazón latiese, que lo hacía sentir vivo.
Pero una noche, mientras dormía, sentí que alguien irrumpía en mi habitación. Era un chico alto y musculoso, y llevaba un rifle en sus manos. Vestía una armadura blanda, y sus movimientos eran rápidos y sincronizados. Adormilado, me levanté, y le hice frente. Me habían entrenado para luchar en la oscuridad. Pero el desconocido estaba en sus plenas facultades, yo no. Esa misma tarde me habían inyectado el líquido blanco, a una dosis mucho mayor. Eso me hacía estar alejado de la realidad durante mucho más tiempo.
Al final, el desconocido me dejó caer y me disparó. Mi hombro no sangró, no sentí dolor. Sólo un leve pinchazo, y los músculos relajarse. Los párpados me pesaban, y la respiración se me volvió muy regular. La vista empezó a nublárseme, y luego, todo se volvió negro.
Estuve en duermevela durante todo el trayecto. De vez en cuando abría los ojos, apenas un par de segundos, antes de que el enfermizo cansancio me obligase a cerrarlos. Sentía mi cuerpo siendo llevado en brazos, cómo me sujetaban con cuerdas los brazos, las piernas y el pecho. Cómo me reinyectaban el suero que me adormecía. Cómo el aerodeslizador se despegaba del suelo, y nos llevaba a un lugar desconocido.
Cuando me desperté, totalmente alejado de la droga que me adormecía, lo único que llevaba era un pantalón de pijama de hospital. Estaba tumbado en una cama, con tubos de plástico entrando y saliendo de mi cuerpo. Tenía los tobillos y las muñecas atadas a la cama. Y una chica, esa chica, dormía plácidamente a mi lado. Su mano derecha acogía la mía izquierda, la que estaba libre de tubos y drenajes. Al mover involuntariamente el brazo, ella se removió en su sueño. Me permitió verla en su plenitud. Era tan hermosa. Mis recuerdos… o cualquier cosa que fuese aquello, no le hacían justicia. Su rostro era mucho más dulce; sus labios, rojos y carnosos, sólo me daban ganas de besarlos hasta desgastarlos; su piel era nívea como la nieve, y cálida como el fuego fatuo que resiste hasta el amanecer; su nariz, aguileña, no le restaba belleza, sino que la acentuaba. Y su calor… era el calor que había necesitado desde hacía tanto tiempo…
No pude evitarlo, y con la mano que tenía libre, acaricié su dulce rostro. Ella se removió, incómoda, y una dulce risa que me inundó el pecho de felicidad. ¿Quién era esta dulce chica? ¿Por qué me atormentaba en sueños? Mi corazón latía al tenerla cerca, al sentirla cerca de mí. Pero no nos conocíamos, ¿verdad?
La luz se intensificó, y ella, lentamente, fue abriendo los ojos. ¡Oh, qué dulzura de mirada! Esas orbes oscuras, tan comunes, pero tan únicas para mí. No pude reprimir una sonrisa, a pesar de ser una completa desconocida. Ella se levantó, sonrió –y mi corazón se desbocó- y me dio un beso en la frente. Apartó el flequillo y posó sus gruesos labios sobre la húmeda piel.
-Te he echado de menos, Davo, amor mío –me dijo, alzándose para mirarme. No respondí su tierna mirada, y ella se dio cuenta. Su mirada se enfrió.
-Perdona, pero… no sé quién eres –respondí, con la garganta seca.
La chica se marchó, y yo me quedé solo en la blanquecina habitación.
A/N: Bueno, otra vez me volví a ir. Pero la semana pasada tuve el examen de selectividad, y aunque estuve leyendo cositas y todo eso, no quería subir nada, sobretodo porque tenía el pendrive guardado para no caer en la tentación. Ya está todo hecho, posiblemente entre hoy y mañana termine el epílogo (el más largo que he escrito en mi vida), y prometo subir más regularmente. REAL.
