Capítulo 12: Stand by
El incesante goteo de morflina me mantuvo dormido el resto de la noche. No tuve pesadillas esa noche, pero sí mantuve el recuerdo de esa chica mirándome, perdiéndose en mí y el dolor que le causé. Cuando desperté, estaba envuelto en sudor.
Gruesas correas me impedían moverme, me ataban el pecho, la cintura y las piernas y me obligaban a seguir tumbado. Creían que era peligroso, que en cuanto tuviera la oportunidad, los mataría a todos. Debería hacerlo, para eso nací. Para matar. Pero no era algo que naciera realmente de mí; sino más bien algo… algo impuesto, que me impedía recordar y juntar las miles de piezas que formaban el puzzle de mi memoria.
La puerta de la habitación se abrió, y una mujer con aspecto de médico entró. Llevaba una bata, y una carpeta donde estaba escrito Davo. ¿Por qué me llamaban así, si mi nombre era Graziel? Al intentar recordar, al intentar montar el puzzle, la cabeza me dolía, como si me atravesaran el cerebro con una estaca de madera.
-Buenos días, Davo –me saludó, quitándome las correas y permitiendo mi movilidad. La miré. Tenía el cabello castaño y largo, liso y lo llevaba suelto, en cascada sobre la espalda. Sus ojos, oscuros, revelaban severidad, pero también ternura. Tenía una mueca de sonrisa, y eso acentuaba el pequeño corte que tenía en la mejilla, pero que no restaba belleza a su rostro-. Me llamo Kira Morrow, y voy a ser tu doctora hasta que considere que estás en tus plenas facultades.
Le miraba atónito. ¿Que yo no estaba en mis plenas facultades? ¡Por favor! Solté una carcajada sarcástica, y ella me devolvió una mirada seria. No era fácil de intimidar.
-Para empezar, señorita –no debía de tener más de treinta años-, mi nombre es Graziel, no Davo. No sé qué le han dado a todos por llamarme así. Y segundo, me encuentro perfectamente.
-Físicamente sí –admitió, mirando mi torso desnudo, de donde colgaban cables y drenajes-, pero, ¿y tu mente? Sé que sufres migrañas con tan sólo escuchar tu nombre, Davo. ¿Sabes cuánto tiempo llevas aquí?
-¿Dos días?
-Una semana –respondió, triunfal. Había ganado al chaval petulante-. Pero gran parte de ella has estado sedado. No quieras saber qué hacías cuando recuperabas un poco la consciencia.
No pregunté, quizá me volví el asesino que era. Un chico peligroso, cuya única finalidad era llevar la victoria al glorioso Capitolio. El resto del tiempo nos mantuvimos en silencio, Kira me hizo varias pruebas y tomó apuntes de mis constantes vitales. Luego se marchó. Afortunadamente, no volvieron a amarrarme.
Durante días, me mantuvieron en aquella habitación blanca y aséptica. Tenía una ventana, grande y gruesa, que me dejaba ver el pasillo, oscuro y tenuemente iluminado, siempre flanqueado por más de dos guardias. No recibí otra visita más que la de Kira, quien, de forma diaria, me hacía las pruebas y comprobaba mis constantes. Me había acostumbrado a ella.
-Parece que ya no queda nada de droga en tu cuerpo, Davo –asintió, muy contenta.
-¿Qué droga? –inquirí.
Kira se sentó en una de las dos sillas que rodeaban el único mueble que había aparte de la cama, una mesa pequeña. Yo me senté en la otra, que quedaba justo enfrente. Se guardó un par de papeles en el bolsillo de la bata y me miró. Me encantaban sus ojos. Marrones, oscuros y profundos. Me recordaban tanto a los de aquella chica sin nombre…
-¿Alguna vez, durante tu cautiverio, notaste que te obligaban a ingerir algo, te inyectaban…? –preguntó, y nunca la había visto tan seria.
-Recuerdo… algo –cerré los ojos, y me adentré en lo profundo de mi mente. Uno de los efectos colaterales de hacerte asesino profesional, era la gran capacidad para recordar cosas. Así que sin tan siquiera esforzarme, las nítidas imágenes de mi tortura, las cadenas, el agua, los electrodos, los gritos, las torturas… regresaron a mi mente. Y yo me asusté-. Me tenían en una picota, día y noche. En una celda.
Le conté a Kira lo poco que recordaba. Básicamente, era mi forma de tortura. Sabía que me hacían ver cosas que yo no quería ver, pero no era capaz de poner cara a aquellos desconocidos. Lo que sí recordaba, era el profundo dolor que sentía. Como millones de agujas clavándose en mi corazón, que se contraía y sangraba.
-¿Quieres recuperar tus recuerdos, Davo? –dijo entonces.
Tardé en contestar, no estaba seguro. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si no recordaba nada? ¿Y si todo estaba emborronado, destrozado por la droga que me inyectaban? Una parte de mí quería, quería saber todo sobre mí mismo, mi pasado y la gente a la que quería. Comprendí que había estado en el lado equivocado, que Graziel era el que no existía y que Davo era el que almacenaba los recuerdos. Pero me habían empeñado tanto en convertirme en Graziel, que estaba envuelto en una gruesa capa de oscuridad. Y yo le temía a la oscuridad. Davo le temía a la oscuridad.
-Sí –tartamudeé, después de un par de minutos. Kira me miró, con una suave sonrisa-. ¿Me dejarán salir de aquí si acepto a recuperar mis recuerdos?
La doctora se puso seria. Pero no se alejó demasiado. Me cogió la mano, la tenía cálida y suave. Levantó la manga del pijama, y dejó a la vista las heridas y quemaduras de las muñecas, producto de las cadenas y las torturas del Capitolio. Habían pasado dos semanas desde que desperté, y me sentía mucho mejor.
-Hablaré con el jefe de los guardias –respondió ella, esperanzada-. A lo mejor te dan una habitación, pero siempre vas a tener un par de guardias custodiándote. ¿Comprendes por qué?
-Sí, porque soy peligroso –respondí, y Kira sonrió.
-Te veré mañana, Davo –dijo antes de darse la vuelta y marcharse por el oscuro pasillo.
Pasé horas solo en aquella habitación. No conocía a nadie, excepto a Kira y a la chica sin nombre. ¿Es que no tenía amigos, familia, conocidos? ¿O es que era tan potencialmente peligroso, que no se atrevían a acercarse a mí? Cualquiera de las opciones valdría, de todas maneras, no recordaba nada de mi pasado. El Capitolio podría haber hecho cualquier cosa con mis allegados, con tal de sacar la furia y la temeridad que llevaba dentro. Ellos, simples obstáculos para convertirme en lo que era ahora: un asesino sin pasado.
Estuve leyendo un viejo libro que Kira me llevó, hasta que noté unos golpes en la puerta. Cerré el libro y lo dejé sobre la cama; la puerta sólo podía abrirse desde fuera. Cuando alcé la vista, reconocí a la chica que Snow me obligó a observar en toda su inmundicia. Me resultaba vagamente familiar, y verla así, hecha una sombra de sí misma, tan enfermizamente delgada, llena de cicatrices y con el cabello cortado como si fuera un chico. Su mirada destilaba odio, o algo peor… decepción. Y yo era el culpable.
Se quedó de pie, en medio de la habitación. Llevaba una camisa remangada por los codos y pantalones de mezclilla, además de botas de cazador.
-¿Me recuerdas ahora, o tengo que estimularte? –inquirió, con su voz cargada de odio.
Durante unos segundos, la observé. Tenía algo… algo que me recordaba a mi niñez. Me recordaba a los bosques, a la tierra húmeda, madera recién cortada y leña. Pero nada más.
-No. Lo siento.
Ella bufó. Se pasó la mano izquierda por el corto cabello e hizo ademanes de irse. Pero luego volvió, no sabría decir si triste, desesperada o humillada.
-Johanna Mason, Distrito 7 –dijo, ofreciéndome una mano que le estreché.
-Davo… Wright –respondí. Y justo después, se marchó. Dejándome solo con mis pensamientos.
Esa noche no dormí bien. Ni tan siquiera con el goteo de morflina entrando despacio en mi torrente sanguíneo. Me desperté varias veces, y el sueño era ligero. A veces sentía calor, y me destapaba; y al poco tiempo, me moría de frío, y me arropaba hasta el cuello. Di varias vueltas, desesperado por que mi cerebro dejase de pensar y me dejase dormir.
Al cabo de las horas, me rendí. Me mantuve en la oscuridad de la habitación, únicamente iluminada por la luz del pasillo. Me senté en la cama, con las rodillas flexionadas, pegadas al pecho.
Johanna Mason. Distrito 7. Esas palabras no salían de mi mente. Estaba seguro de que lo había oído antes, mucho antes. Infinidades de veces. Millones de veces ese nombre había salido de mi boca. Estaba seguro de ello, pero no era capaz de recordarlo.
Punzadas de dolor, atravesándome el cerebro, aprisionándome la cabeza entre dos bloques de cemento. Quería gritar, quería liberar este inmenso dolor que sentía en la cabeza; pero no podía hacerlo. No con dos soldados, armados además, apostados en mi puerta. Serían capaces de cualquier cosa, y volvería a estar atado con cuerdas, inmóvil, en la cama de hospital.
Afortunadamente, el dolor fue pasando. Y cuando abrí los ojos, recordé algo. Yo, en un tren, en mitad de la noche, hablando con esta chica. De estrategias, aliados y habilidades. De unos… Juegos del Hambre. Y sobre volver a casa. Y que ella me ayudaría.
¿Juegos del Hambre? ¿Qué era eso? ¿Soltaban a adolescentes en un campo, y los mataban de hambre, hasta que quedase sólo uno? Me parecía ridículo, a la vez que cruel.
Finalmente, muerto del cansancio, logré dormirme.
Cuando abrí los ojos, estaba hecho un ovillo sobre la cama. Las luces estaban encendidas, y Kira estaba sentada en la silla más próxima a mí, leyendo el libro que ella misma me había traído.
-¡Buenos días, Davo! –saludó con muy buen humor. Se levantó de la silla y se colocó justo enfrente de mí, y me alzó sobre la cama-. ¡Adivina lo que he conseguido! –la miraba con los ojos entrecerrados, por el brillo de la luz y porque no entendía nada de lo que me decía-. ¡Te conseguí una habitación, ya no tendrás que dormir aquí en el hospital!
Eso me alegró de sobremanera. A lo mejor, si estaba rodeado de más personas, de gente a la que había conocido antes de ser capturado por el Capitolio, lograba recordar con mayor rapidez. Además, ya no me miraban como si fuera un simple enfermo.
-¿Y a cambio? ¿Cuál es mi terapia? –inquirí, con voz ronca por el sueño.
-Van a someterte a hipnosis –respondió Kira, sentándose a mi lado en el colchón-. Ayer tuve una reunión con el resto de médicos… y llegamos a la conclusión de que tus recuerdos siguen ahí, en tu cabeza; pero guardados tan profundos que eres incapaz de sacarlos afuera.
-¿Cómo si me los hubieran bloqueado? –apunté.
-Ni yo lo hubiera dicho mejor –me atusó el cabello, y se levantó-. ¿Has recordado algo?
En un principio estuve tentado de responder que no. Pero luego, recordé la visita clandestina de aquella chica enclenque y llena de cicatrices, que me miraba con una mezcla de odio y pena; indecisión y dolor.
-Johanna Mason –respondí. Kira me miraba fijamente-. Pequeños momentos de nosotros dos… pero todo era inconexo. Y algo… algo más. ¿Qué son… los… qué son los Juegos del Hambre?
-La razón por la que estás aquí, Davo –la doctora se dio la vuelta, y me dejó solo.
Al instante, varios soldados me escoltaron a pisos superiores, donde me asignaron una pequeña habitación para mi solo. Me dieron ropa y me pusieron una especie de reloj en la muñeca, al parecer, me recordaría lo que tendría que hacer durante todo el día.
Y explicado todo, me dejaron libre. Siempre llevaba un soldado a mi espalda, y la gente me miraba extraño. Como si tuvieran miedo de mí; pero también sentían asco… repulsión, odio.
Exploré gran parte de los túneles, conocí a mucha gente a la que jamás les había visto la cara. En el fondo de una de las plantas, había una habitación grande. La puerta estaba abierta. Oía la voz de una muchacha joven, y una multitud de niños hablando, preguntando y chillando. Escribiendo. Riendo. Aprendiendo.
Mi curiosidad fue mayor que el miedo, y me acerqué. Vi a casi una veintena de zagales, de seis o siete años, con un pequeño lápiz en sus manitas y copiando lo que la chica decía. Debía de ser la profesora. Estaba de espaldas a mí, dando vueltas por los pasillos de la clase. Y entonces, cuando llegó al lado del pizarrón, ella se dio la vuelta. Y yo la reconocí.
La chica que me había velado mientras estaba inconsciente.
La chica que me había llamado Davo la primera vez.
La chica que huyó de mí.
La chica de mis borrosos recuerdos.
-Davo –susurró, con una sonrisa triste en su rostro.
Yo sólo pude asentir, antes de que ella cruzase la clase y me abrazase. Me perdí en su olor.
A/N: ¿Dos capítulos seguidos? ¡Sí! Porque hoy ando feliz. Han dado las notas de selectividad y he sacado una notaza. ¡Y entro en la carrera! Así que, para celebrarlo, subo capítulo (y bueno, también porque este finde me voy a la playa y no estaré)
