Capítulo 13: En lo más profundo

Eran simples retazos, imágenes difuminadas, emborronadas y difusas, los que componían mis recuerdos. Ella los llenaba todos. El eco de su voz, el brillo de su risa, la luz de su mirada. Y ahora, no eran más que sombras en lo más profundo de mi memoria.

Permanecí con ella durante toda la tarde. En aquella clase, llena de pequeños pupitres donde los niños guardaban sus libros para la escuela. Me sentía un inepto al no recordar mi infancia. El olor de los lápices nuevos, de los libros, el griterío de los zagales, los largos recreos… todo era tan confuso.

Ella me contaba cómo era su día a día. Se la veía tan ilusionada… no era capaz de esconder la hermosa sonrisa que poblaba sus labios. Se le llenaba el pecho de orgullo al hablar de sus niños, de cómo aprendían, preguntaban y respondían. De cómo les molestaba que hubiese un examen sorpresa. De cómo se molestaban entre sí cuando tal niño sacaba mejor nota que otro. Era algo mágico.

¿Y yo qué tenía? Nada. Excepto la sombra del odio y la sangre de mis manos. Estaba sentado en una de las mesas que componían la clase, había como unas treinta más o menos. Ella permanecía de pie, y me percaté de la pulsera que llevaba en su muñeca derecha: un cordón simple con pequeñas piedrecillas negras, y en el centro, un lobo con las fauces abiertas, aullando.

-¿Me permites? –inquirí, señalando a la pulsera.

-Oh, sí. Claro –asintió ella sin oponerse.

Se quitó la pulsera, y por el tamaño de la cuerda, adiviné que también servía como collar. Acuñé la figurita del lobo entre mis manos, entre mis dedos. Un pequeño y fugaz recuerdo acudió a mi memoria. Me llevé la mano derecha al cuello, y me sentí vacío cuando no noté nada colgando de él. La chica puso una mano en mi hombro, consolándome.

-Lo hice yo, ¿verdad? –dije muy bajito, alternando la mirada entre ella y la figurita-. Uno para mí, y otro para ti.

Ella asintió, y pude notar cómo sus ojos se encharcaban. Sentí el impulso de abrazarla, y no lo reprimí. Abrió sus brazos, y los acomodó sobre mi espalda. Su cabeza descansaba en mi hombro, y el aroma a tierra mojada y a bosque inundó mis fosas nasales. Me recordaba tanto a mi niñez… a esa emborronada niñez.

Permanecimos en silencio, hasta que la alarma de mi horario me señaló que ya era hora de la cena. Como aún resultaba peligroso, me encerraron en mi habitación; allí tenía una bandeja de comida.

Me senté en la mesa, solo, acabando con la triste comida del Distrito 13. Al instante, se llevaron la bandeja y yo me quedé solo. Leí un rato, pero no lograba concentrarme. No llegué a terminar la página. Rendido, me di una corta ducha, y me acosté.

La alarma de la muñeca me despertó. Las seis de la mañana. Me vestí, y bajé al comedor. Estaba solo, como siempre. La única compañía de los dos soldados que me escoltaban. A las seis y media, me llevaron a otra habitación. Era impersonal y aséptica como todas, sólo que ésta tenía un diván, y una silla al lado. Una mesa, y una estantería llena de libros. Me dijeron que entrase, y me sentara en el diván.

Aún llevaba puestas las gruesas cadenas. Durante unos cinco minutos, esperé. Entonces, la puerta se abrió, y una seria Kira entró en la habitación. Me dirigió una leve sonrisa.

-Túmbate, Davo –me pidió, mientras rebuscaba en los cajones una libreta y una pluma-. Escucha, tienes que estar muy atento, y hacer todo lo que te diga –explicó con ímpetu. Asentí, y ella sonrió-. De acuerdo. Cierra los ojos. Relájate.

Sus palabras eran tranquilas y sosegadas, y su voz, atrayente como el oro para los ladrones. Me transportó a un mundo irreal, con el balanceo de las olas y el olor a mar y tierra mojada. El vaivén de los barcos. El atardecer en la playa. La tierra entre los dedos. Un lugar donde me sentía seguro.

"Cuando dé dos palmadas, te despertarás"

"Sí"

"Dime, Davo. ¿Qué ves cuando cierras los ojos?"

Cerré los ojos unos instantes, y cuando volví a abrirlos, no me encontraba en la playa. Ni me sentía yo mismo. Estaba… en una vieja aula, rodeado de niños. Niños que medían como yo. Sentía mi cuerpo más pequeño, más patoso. Todo era enorme.

Había una mujer… hablando con otra, y una niña entre sus piernas. Fugaces imágenes: la niña a mi lado, yo embelesado mirándola, ella sonriéndome, el dulce tono de su voz…

"Elena"

Sentí cómo algo se rompía en mi interior, como si un martillo rompiese un grueso cristal, y pudiera seguir avanzando, adentrándome en mi memoria… en mi palacio de la memoria.

"¿Qué más?"

De nuevo cerré los ojos, esta vez tenía a una niña de largos cabellos castaños y mirada fascinante, sentada sobre mi pecho. Llevaba un vestidito blanco y sin mangas, y unas pequeñas sandalias. El cabello al viento.

-¡No me coges, Davo! ¡Eres muy lento!

Sentí mi cuerpo mayor, más ágil y rápido. Y mi corazón latiendo orgulloso en el pecho. Mi pequeña gran mujer quería jugar. Me levanté del suelo, cubierto de las hojas del otoño, y corrí tras la risueña niña.

-Elizabeth, ¡no te rías de tus mayores!

¡Elizabeth! ¡Effy! ¿Cómo olvidarme de ella, de mi hermana? ¿De lo más querido en este mundo? Sangre de mi sangre, que no había vuelto a ver. ¿Cómo estaría? La última vez… la última vez…

"¿Quieres seguir?"

"Sí"

Y volví a adentrarme en la oscuridad. Esta vez, estaba en una recargada habitación. Era de noche, de madrugada, todos dormían… excepto yo. Yo y otra chica. Su cabello por los hombros y suelto, su mirada amenazante pero en el fondo, cariñosa. Su mueca de orgullo.

Johanna Mason.

Charlas nocturnas, estrategias y aliados, talentos y armas. "Los Juegos del Hambre", un arduo espectáculo donde 24 niños eran enviados a matarse.

Ahora lo recordaba todo. Yo fui tributo, fui enviado a morir. Y Johanna fue mi mentora.

Davo odiaba al Capitolio.

Yo soy Davo.

Yo odio al Capitolio.

Oí dos sonoras palmadas y abrí los ojos. Tenía los puños fuertemente cerrados, las uñas arañando la piel, rasgándola. La respiración contenida, el pulso acelerado. ¿Tanto era el odio? ¿Qué me hicieron?

-¿Te encuentras bien? –inquirió una preocupada Kira, arrodillada a mi lado en el diván, donde seguía recostado. Asentí con la cabeza, pero no demasiado seguro-. Bueno, descansa un poco más. Ha sido algo muy intenso, y además has recordado bastante.

-Sí, pero todavía queda mucho –dije, restándole méritos.

-Ha sido tu primera vez, Davo –dijo con voz cariñosa-. Muchos no logran recordar nada, o son recuerdos que no existen. Y tú has logrado recordar a personas muy importantes para ti. Quizá no haya sido mucho, pero ya no te sentirás tan solo.

Ahí tenía razón. Quizá no recordase a mucha gente, pero esas tres chicas parecían importantes para mí. Sangre de mi sangre, casi.

Me dejó salir, aunque ella me acompañó. Me resultaba simpática y curativa su presencia, no me comportaba como un animal. Me dejó en un aula llena de gente, haciendo cosas con barro, dibujando, leyendo, jugando al ajedrez o gastando su tiempo en hacer cualquier otra cosa.

-Aquí podrás distraerte un rato –me dijo al oído, y luego se fue.

Un hombre de mediana edad, con una espesa barba, vino a recibirme. Se llamaba Pier, y llevaba ese especie de… taller, para todos los públicos en el Distrito.

Me enseñó todas las mesas, y al final decidí quedarme en la de dibujo. Allí estaba Johanna, ahora que la reconocía. Estaba tan diferente. Me senté frente a ella.

-¿Has pasado por el loquero? –preguntó con desdén.

-Tú fuiste mi mentora en los Juegos del Hambre –respondí bajito, tan bajito que casi ni yo mismo me oí. Ella se sobresaltó, y con un rápido movimiento se sentó a mi lado. Me miraba de forma acusadora, pero también intrigada-. Me diste ideas, aliados, armas. Y gané, supongo. Gracias a ti.

-Vaya –reconoció sorprendida-. Me alegro. Al menos te acuerdas de mí.

Sonreí, avergonzado. Me rasqué la ceja derecha, y la miré.

-A veces, si me hablan o me… muestran algo, recuerdo –admití, entretenido con el pequeño lápiz. Estaba dibujando la cabeza de lobo que Elena tenía como colgante-pulsera-. Creo que tengo muchos recuerdos tuyos… tú y yo.

-¿Quieres que te ayude?

Alcé una ceja. Sí. Sí quería.

Johanna soltó una carcajada.