Capítulo 14: Soldado
Dos semanas después ya recordaba bastante de mi pasado. Aún había huecos, hipotéticos agujeros negros en los que no podía colocar ningún recuerdo. Tal era el caso de mi madre, mi padre… o Graziel.
Las sesiones con Kira se repetían, a diario; a veces nos veíamos dos veces al día. Quería recuperar la memoria lo antes posible, y dado que ya no me resultaba doloroso –no al menos como al principio, cuando la sola mención de mi nombre me producía una severa migraña-, sino que, además, resultaba placentero.
Recordé mis días de verano jugando con Alec, con espadas de madera que su padre nos regaló. Marie y Elena bajo la sombra de los árboles, en el claro que había en los bosques del Distrito 7. Recordé gran parte de mi vida de tributo y mentor. La alianza que hice con los chicos del 4, y lo doloroso que me resultaron sus pérdidas. Mi victoria al abrirle la cabeza al otro tributo, el profesional del 1, Jeremiah.
Recordé a Finnick Odair, cómo me intimidó la primera vez que lo vi. Era un miedo diferente. Y cómo nos volvimos amigos con el paso de los años. Annie Cresta, la chica loca por la que Finnick sería capaz de dar su vida. Cómo ella y Mags me enseñaron a nadar en el mar, y a pescar con redes.
Mi mente se llenaba de recuerdos, de presencias. Pero yo quería más, quería recordarlo todo, pero a la vez, sentía miedo de mí mismo. Porque me habían bloqueado los recuerdos, pero no había tenido el resultado que esperaban. Esa droga que me inyectaron, tenía una serie de dosis para enterrar, en lo más profundo de mi memoria, mi vida, y colocar en su lugar, una vida creada para Graziel. Recuerdos creados para darle una vida real, un pasado que recordar. Pero me rescataron antes de que eso ocurriera.
Kira me acompañó hasta el aula donde pasaba gran parte de mi tiempo. Allí estaba tranquilo y no resultaba peligroso, lo cual era un alivio para Coin (la presidenta del Distrito 13, había tenido el placer de conocerla, por fin) y para el resto de su ejecutivo. Desde que dije "¿De qué sirve… de qué sirve ver al Sinsajo muerto? Ella jamás haría cosas por vosotros, jamás lo ha hecho, y jamás lo hará. Cualquier cosa que haga, simplemente lo hace para salvar su culo, en un ataque de egocentrismo y petulancia. Nadie le importa, excepto ella misma. ¿Qué? ¿No lo veis? Si sacó esas bayas en la Arena, era porque quería salvarse.", no me había hecho con el afecto de los peces gordos del Distrito. Y era mejor mantenerme ocupado; tener a un vasallo de Snow tan cerca del Sinsajo no era una buena táctica.
Me entretenía haciendo una diana, y unos cuantos dardos. Me dieron permiso para utilizar objetos punzantes, y para hacer los dardos. Siempre bajo supervisión. Lo tenía bastante avanzado, al fin y al cabo… lo llevaba en la sangre, ¿no? ¡Provenía del Distrito 7, madera, por dios! Sin embargo, sentía que mi habilidad para crear objetos con la madera me venía de verdad en la sangre. De mi… madre. De esa mujer de la que no tenía recuerdo alguno.
-¡Davo! –gritó una vocecilla que ya recordaba demasiado bien.
Una niña pequeña, de cabellos castaños y ojillos oscuros, entrecerrados por la sonrisa que nacía en sus labios, con un pantaloncito color marrón tierra y una camisa un poco más clara, corría hacia mí, hasta que se sentó en mi regazo.
-Mmmm, lo que echaba de menos tus abrazos –le dije al oído, y ella me regaló la voz cantarina de su risa-. Aunque no recordaba que estuvieras tan fuerte –mascullé a modo de broma.
-Tonto –dijo Elizabeth, dándome un leve golpe en la nariz-. ¿Qué haces?
-Una diana. Es que me aburro mucho sin ti.
Elizabeth se quedó conmigo hasta que terminé de tallar. Mi hermana cogió la diana y me la dio cuando se la pedí, para colgarla en la pared. Me saqué del bolsillo delantero del pantalón cinco dardos, con las puntas de metal, y las lancé.
Todas ellas dieron en el círculo central. Tenía una puntería increíble; posiblemente mejorada por el entrenamiento de ser Graziel, antes y después de la captura por el Capitolio.
Un soldado, el que estaba vigilándome día y noche, se acercó. Hasta entonces, no me había fijado demasiado en él. Tenía el cabello castaño corto, y ojos azules. Su rostro era muy joven, si acaso, un par de años mayor que yo. Sus labios, carnosos, se levantaron en una sonrisa.
-Me llamo Bastiaan Scott –se presentó alargando el brazo. Le cogí la mano y la agité un par de veces arriba y abajo-. Soy sargento en el pelotón de francotiradores, y me gustaría contar con tu ayuda en mi equipo.
Alcé la vista para mirarle fijamente a los ojos. Parecía sincero, y afable. Pero no me atrevía a hacer nada sin la supervisión de Kira. No quería equivocarme. Tenía a mi hermana a mi lado, quien le sonreía al joven.
-Effy –la llamé y me arrodillé para ponerme a su altura-, ¿me harías un favor? Necesito que llames a la doctora Morrow, y que venga aquí. Dile que es urgente.
Elizabeth asintió y se marchó dando pequeños saltitos. Entonces dirigí toda mi atención a Bastiaan. Él estaba distraído, mirando al resto de la gente. A pesar de que el traje militar no favorecía a nadie, él parecía ser la excepción. El corto cabello lo llevaba levemente despeinado, y una mueca de sonrisa adornaba su joven rostro. La camisa la llevaba abotonada hasta arriba, y del cinturón le colgaba una pequeña pistola. Las botas las llevaba impecables, como si nunca hubiera hecho nada lejos de este agujero; sin embargo, la cicatriz que tenía en la mandíbula indicaba lo contrario.
-¿Una partida de dardos, sargento? –el joven me miró, y sonrió-. Para corroborar mi puntería. Y la suya, por supuesto.
-De acuerdo –aceptó y recogió los cinco dardos de la diana-. Yo empezaré.
Se alejó unos cuatro metros de la diana; la cual se dividía en cinco círculos concéntricos, variando el valor de cero a cien según se acercaba al centro. Bastiaan se puso en posición, adelantando la pierna derecha, curvando el brazo diestro y apuntando repetidas veces. Se concentró y lanzó el primer dardo. Dio en el centro.
En ese momento, la doctora Morrow apareció en la sala, Effy la llevaba de la mano. Vi que sonreía, y a mí me pareció la cosa más maravillosa que había en ese agujero. El sargento se fijó en ella; noté un profundo suspiro naciendo de su pecho. Pero pronto salió de su burbuja, y volvió a su labor de lanzar dardos. Esta vez, se alejó de su objetivo, como otras tantas veces, pero en general, su puntería era excepcional.
Fui a recoger los dardos, Bastiaan me había regalado un buen colchón de puntos. Mientras me preparaba, el joven soldado y la doctora se alejaron para hablar, seguramente sobre mí. Al poco tiempo, volvieron.
-Davo –me llamó. La miré-. ¿Quieres entrar con los francotiradores?
Dudaba. Quería hacerlo, ser útil en esta guerra, más allá del despojo de Vencedor que era ahora mismo. Quería ser útil para el Distrito, que dejaran de mirarme con el odio instalado en la mirada, por haber insultado al Sinsajo. Katniss no me lo reprochaba, al fin y al cabo, tenía parte de verdad, y la droga hizo el efecto deseado. Pero el pequeño asesino de Snow había insultado al símbolo de la rebelión… ésta era una forma de redimirme. Pero por otro lado, si entraba en el escuadrón, me convertía en un soldado. Podía ser llamado a misiones en cualquier momento, y aquí no tendría patrocinadores que vigilasen por mi vida, ni tampoco un equipo de asesinos que vigilasen por mi seguridad. Aquí estaba solo. Había conseguido volver a ver a gente a la que quería, las tenía tan cerca de mí que me parecía algo irreal. Y ahora, como cuando me ofrecí voluntario para acompañar a Johanna en el Vasallaje, volvía a exponerme tontamente al peligro.
-Sí –admití-. Quiero hacerlo.
A/N: ¡Me halagas, Kiko! Lo cierto es que Davo fue un personaje muy premeditado, quizá por eso te parezca bien hecho. Y tranquilo, que todavía queda muuuucha historia por delante. I swear by the stars.
