Capítulo 15: Disparo

Supongo que siempre fui un poco nocturno. O bueno, mi propia naturaleza salvaje me obligaba a permanecer en el bosque durante más tiempo del permitido. O simplemente, me había vuelto astuto y había encontrado una forma de librarme de los guardias y salir libre al bosque, a sentirme yo mismo, y a recordar.

Esta noche había luna llena, y era especialmente brillante. Era una noche fresca, así que me llevé la chaqueta de cuero, y unos guantes para protegerme del frío. El bosque de noche era un espectáculo digno de ver. No era, ni de lejos, tan frondoso y variado como los de casa; ni tenía tanta vida. Pero, comparado con el agujero que conejos que era el 13 en sí, uno podía estar agradecido.

También, era una vía de escape respecto al entrenamiento como francotirador. Soportar un calentamiento que te llevaba casi al límite (bueno, teniendo en cuenta que había perdido gran parte de mi forma física a causa del cautiverio, el mal comer y las drogas a traición) con una carrera de diez kilómetros, a la intemperie, bajo la lluvia o el incesante sol, la nieve o los rayos; y luego unos estiramientos que sentía que me partían por la mitad. Eso no era más que el principio.

Montar armas, jamás fue lo mío. A lo sumo, un viejo revólver. Nunca fui entrenado para matar con armas de fuego. Ni tan siquiera cuando fui Graziel. Él mataba con espadas, cuchillos y pequeños alambres; cuerdas y agua helada. Y si alguien tenía que disparar, lo hacía alguno de sus secuaces. Todo me sonaba tan lejano… no era de extrañar que cuando buceaba para esclarecer mi pasado, las partes de Graziel estuvieran tan profundas. ¡Qué clase de horrores cometía! Pero el pasado es el pasado, y lo único que podía hacer, era dejarlo atrás y ser alguien mejor.

Finalmente, al cabo de los días, me dieron un rifle. Era grande, y pesaba. Me costaba dar con los objetivos incluso desde una distancia corta. Los adolescentes con los que estuve durante tres días se mofaban de mí. ¡Davo, el gran francotirador de Snow, no tenía puntería! Había un niñito rubio, de ojos claros y mirada fría y penetrante, de nombre Joffrey, que siempre se burlaba de mí. Bueno, de mí, y del resto de la clase. Jamás lo vi disparar, simplemente se le llenaba la boca de orgullo y malas palabras, sabía cómo hacer sufrir a los demás. Cada vez que lo veía, lo único que quería hacerle era arrancarle el hígado, y obligarle a que se lo comiera, mientras agonizaba.

Me sentí libre cuando me trasladaron a la clase avanzada. El principal instructor, Eric, un muchacho bien adentrado en la veintena, de espalda ancha y musculoso, con la piel llena de tatuajes y piercings, siempre vestido de negro y con palabras malsonantes en la boca. Era frío y cruel, y resultaba odioso con su aparente tranquilidad.

Siempre estaba detrás de mi espalda, con sus ojos color miel atravesándome la nuca. Cruzado de brazos, gran parte del entrenamiento se la pasaba hablando con Bastiaan.

-¿Seguro que no te dejaste ganar, Bastiaan? –le susurraba al oído al ojiazul, lo bastante alto para que yo lo oyera-. Porque el chico es un desastre. No sé cómo pudo ganar sus Juegos.

Quería dispararle a la garganta, y que se callara. Que dejase de ser tan chulito, y que demostrase su valía. ¿Acaso era capaz de dar en el blanco, a casi cincuenta metros, con un hacha, con una honda, con un cuchillo? Las armas blancas eran mucho menos pesadas, y posiblemente más mortíferas.

-¿Has lanzado alguna vez un cuchillo en tu vida, Eric? –mascullé, hirviendo de ira. Sabía que mis ojos dejaban ver el odio que sentía en ese momento, que brillaban. Eric lo único que hizo, fue sonreír.

-¿Me estás amenazando, soldado? –dijo, acercándose a mí. Retándome. Éramos de igual estatura, aunque él me ganaba ampliamente en músculo-. Bien.

Dejó caer los brazos a lo largo de su cuerpo, y me ordenó que lo siguiera. El resto de los soldados se nos quedó mirando, atónito. Bastiaan intervino, con la voz en grito, los obligó a seguir disparando.

Mientras tanto, Eric y yo dejamos atrás la sala de entrenamientos. En su lugar, llegamos al comedor. Allí ya estaban gran parte de los habitantes del Distrito. Pude ver a un eufórico Finnick, quien desde que se había reencontrado con su gran amor, no había momento en que no estuviesen juntos, sentados en una mesa lado a lado; mi hermana estaba en la mesa contigua, charlando con un niño de más o menos su edad, castaño y con el rostro lleno de pecas; al lado, Katniss, jugueteando con la cuchara en su cuenco de sopa y enfrente, intercambiando palabras de vez en cuando por lo que veía, Johanna y Elena. Eric se acercó a esta mesa. Carraspeó, y todos le miraron.

-Elige, Wright –dijo escuetamente, cruzándose de brazos.

-¿Qué?

-Te he dicho que elijas –repitió, mirándome con recelo-. Tienes cuatro objetivos. Elige.

No podía creerme lo que estaba diciendo. ¿Tener que escoger, como objetivo de lo que se le pasara por la cabeza a este hijo de puta, entre cuatro personas que me importaban? ¡Era una locura! Me rehusé, por supuesto, pero Eric no daba su brazo a torcer.

-A ver… ¿quieres que te ayude a escoger, querido? –se acercó primero a mi hermana, y la escrutó con sus ojos claros. Elizabeth se sintió empequeñecer, y la ira corría por mis venas. El chico que estaba con ella se puso tenso, pero un gesto de Eric bastó para quitarle cualquier valor-. Tú pareces una buena opción, niña… pero quizá eres demasiado bajita para lo que nos proponemos, ¿verdad, Davo?

Sentía fuego corriendo por mis venas. Los puños los tenía cerrados de tal manera, que los nudillos los tenía blancos, y las manos me temblaban. El entrecejo estaba fruncido, y la mandíbula, tensa. Eric no tenía suficiente.

-O a lo mejor esta chica… ¿Johanna, cierto? –Eric mantuvo su sonrisa-. He oído que os lleváis muy bien, que hasta dormisteis juntos y todo –alzó una ceja-. ¿Qué me dices?

-Déjala en paz.

-Oh, cierto. Te importa demasiado –intentó imitar mi voz, sin mucho éxito-. La carne es débil, Wright. Supongo que no me dejarás que toque a esta… preciosidad. ¿Elena? –volvió a mirarme, con el brillo de la burla en sus ojos y en su boca-. Tienes buen gusto, tengo que admitirlo. Lástima que ella te quiera más que tú a ella. En fin. Y… ¿pero qué tenemos aquí? ¡Si es nuestro símbolo preferido, nuestro Sinsajo! Bueno, a ella la descartamos, ¿no? Porque como vuelvas a hacerle algo como que no lo cuentas, ¿verdad, niño? –al final soltó la carcajada. A nuestro lado, Finnick se levantó, enfurecido. Sus ojos de mar estaban oscuros, y nada quedaba de la felicidad que ahora tenía junto a Annie. Ésta, detrás de él, observaba con una mueca de miedo en sus ojos, mezclado con lástima y algo más.

-Yo me pondré en su lugar, Eric –se ofreció Finnick, retándole-. Deja a las chicas en paz.

Sentí vergüenza. Que tuviera que venir otra persona a socorrerme. Eric me miró, de soslayo, por encima del hombro, sabía que había ganado. Me sentía derrotado, hastiado, hundido. Humillado delante de la gente a la que más quería y admiraba.

-Lo siento, Odair, pero tú no entras precisamente en mis planes –lo echó a un lado-. Así que vuelve a sentarte con tu mujercita, y cállate esa preciosa boca que los dioses te dieron, ¿de acuerdo?

Pude ver cómo Finnick empezaba a respirar rápido, y a enrojecerse. Annie corrió a su lado, y cómo el hacía la mayoría del tiempo, le susurró palabras al oído. La brisa del mar, la tranquila marea, el atardecer en la playa… todo lo que le recordase a casa. Elena se había puesto a mi lado, y no sé cómo, se agarró de mi brazo izquierdo. Elizabeth se fue de allí, junto a Finnick, Annie y el chico de las pecas. Katniss estaba visiblemente enfadada, y Johanna… bueno, poco le faltó para darle una bofetada a Eric.

Eric sólo mantuvo su burlona sonrisa.

-Tú –refiriéndose a Elena-. Tú me has gustado.

Sin pedirle permiso, la cogió del otro brazo y tiró de ella sin ninguna delicadeza. Recorrimos los tenues pasillos hasta llegar a la sala de entrenamiento, donde Bastiaan vigilaba al resto de soldados mientras disparaban. Al vernos, se acercó.

-¡Dejad de disparar! –alertó, y el sonido de los disparos cesó-. Tú –le dijo toscamente a Elena-, ponte allí –señalando a los postes donde disparábamos.

No me lo podía creer. Iba a hacerlo. ¡Ese cabrón iba a hacerlo! Cabreado, fui hacia él, y le quité el fusil de las manos. El arma cayó al suelo, mis puños dieron en el cuello y pecho de Eric, dejándole caer. Todo el mundo miraba estupefacto.

-¡¿Crees que te voy a permitir hacerlo, capullo?! ¿Crees que voy a dejar que le dispares, delante de mis ojos?

-Oh, entonces… ¿puedo hacerlo si te das la vuelta, niño?

Lo cogí del cuello de la chaqueta, y lo levanté. Tenía tantas ganas de arrancarle la garganta… pero a la vez, me sentía impotente, sabía que no podía hacerlo, aunque me muriese de ganas. Eric conocía ese punto a favor, y mientras dudaba, me empujó y volvió a coger el fusil.

-Déjate de gilipolleces, niño –cargó el arma con cinco balas-. ¿Es que no te enseñaron a respetar a tus superiores? –me mantuve en silencio, mientras Bastiaan me ayudaba a levantarme-. Escúchame bien, porque sólo te lo diré una vez. Un fusil, cinco balas, un objetivo: no aceptarle a la chica. ¿Entendido?

Asentí, y él sonrió. Me alargó el fusil, pero yo rehusé. Eric se alegró.

-Niño de papá.

Apreté los puños, mientras los ojos claros de Eric viajaban de mí hasta Elena. Alcé la vista, lo único que quería hacer era llorar. De rabia e impotencia, de no poder hacer nada. El instructor cargó el arma, y se la colocó en el hombro. Acercó el dedo al gatillo…