Capítulo 16: El mayor temor
… y disparó.
La primera bala, le pasó rozando el brazo derecho, por la parte externa. Elena mantuvo los ojos cerrados, inspirando y espirando de forma metódica, asustada, y el ceño fruncido. Tenía unas ganas enormes de llorar, y yo, lo único que quería era abrazarla. Abrazarla, y susurrarle al oído que todo estaba bien, que no había pasado nada y que nada iba a pasar. Que no estábamos en el Distrito 13, sino en casa, en medio del bosque, bajo el gran árbol del Distrito donde jugábamos cuando éramos críos.
Di un primer paso, pero al instante alguien me cogió del brazo: Bastiaan. Su mirada azul no daba lugar a réplicas. Volví atrás y me quedé donde estaba.
Eric siguió disparando, quizá con demasiada facilidad. Con la última bala, el fin de mi martirio, se la jugó demasiado. Se alejó, aún más, y se tumbó. La pose que tenía no era para nada cómoda, y daba la impresión de estar jugando.
No quería mirar. Podría haber sido un asesino, para sobrevivir o por mero trabajo, pero esas personas que perecieron en mis manos no me importaban en absoluto. Pero Elena… Elena era lo que más me importaba en este mundo. Quizá no llegase a comprender ese amor genuino que sentía por ella, antes y ahora, pero sí sabía que no soportaba que nadie les hiciese daño a las personas a las que quería.
Cuando oí el último disparo, me zafé del agarre de Bastiaan; y corrí, todo lo que me permitían las piernas que ahora no dejaban de temblarme, hasta donde seguía Elena, demasiado temerosa como para ni tan siquiera respirar. Llegué hasta ella, y la cogí por los brazos, y caímos al suelo, de rodillas, llorando, abrazados. Lloraba de rabia, ella de miedo. Le susurraba pequeños recuerdos de nuestra infancia, y ella asentía, con su frente en mi hombro. Mis manos se paseaban por su espalda, reconfortándola, mis labios, por su frente, su nariz, sus mejillas, sus labios.
-¿Estás bien? ¿Estás bien? –preguntaba nervioso, con el corazón en la garganta, una y otra vez.
-Sí –respondía escuetamente ella, tan bajito, que me costaba oírla.
Me levanté, y aupé a Elena conmigo. En ese preciso instante, un afilado cuchillo, brillante y grande, pasó rozando mi oreja, rasgándola y clavándose en el muñeco que servía de objetivo.
Rápidamente me di la vuelta, aunque me dolía la oreja, lo único que quería era poner a Elena a salvo. De cualquiera. Rápidamente me di la vuelta, con la persona que más quería en este mundo detrás de mí, envuelta en un abrazo sobreprotector. Toda la sala estaba en silencio, mirándonos. Bastiaan tenía el ceño fruncido, y un gesto de sorpresa en su níveo rostro. Y Eric… él tenía sus manos en los bolsillos, y una sonrisa de autosuficiencia en su cara. Se burlaba de mí. De mis debilidades. De mi inferioridad. No dijo nada, simplemente sonrió, mostrando sus dientes blancos, y se dio la vuelta, marchándose por el tenue pasillo hasta desaparecer.
Todo el mundo se quedó mirando. Incluso los más jóvenes, y con ello me refiero a Joffrey, parecía temer al instructor. Los miré, aferrando el cuerpo de Elena entre mis brazos, y empezando a caminar.
En el comedor, nos sentamos con el resto de Vencedores. Finnick y Annie permanecían en su mundo, con las manos entrelazadas y sonriendo, como hacía mucho que nadie sonreía en este espantoso lugar; Katniss seguía con el cuenco de sopa, con la cabeza en otra parte, concretamente, en el chico rubio de ojos azules, cuyas muñecas estaban atrapadas por unas esposas metálicas. Una chica rubia lo acompañaba, oí decir que se llamaba Delly, y al parecer, también era del Distrito 12. Enfrente de mí estaban Beetee y Johanna, charlando sobre no se qué aparatos electrónicos, holos y más cosas que no llegaban a mi entendimiento.
Al sentarme, todos volvieron su atención a mí. Y a Elena.
Annie se levantó rápidamente, y ocupó el asiento contiguo al de la castaña. Le preguntaba y le decía cosas que parecían tranquilizarla, pero mi mente estaba demasiado lejana como para entender algo. El resto, se quedó conmigo.
-Eric me obligó a dispararle –dije casi de manera automática, mirando a la nada y con las manos sobre la mesa, temblando-. Eric le disparó cinco balas. Y luego un cuchillo.
Finnick parecía consternado. Al fin y al cabo, junto con Johanna, era el que mejor me entendía. Me dirigió una sonrisa supuestamente alegre, a la cual respondí, aunque por dentro estuviera hecho pedazos.
-Bueno, al menos está sana y salva –apuntó mi compañera de Distrito, alzando la ceja derecha-. Davo, míralo por el lado bueno. Ahora te dejará en paz.
-No, no lo hará –sentí una espiral de ira y miedo subiendo por mis venas, acampando a sus anchas-. No lo hará. Ahora sabe que Elena es mi gran debilidad, y no parará hasta hundirme.
Alcé la vista, Katniss miraba a Peeta de una manera que partía el corazón. Peeta parecía distraído, no era el chico que conocí en la Arena. A todos, sin excepción, el Capitolio nos ha hecho un daño inimaginable. Abría y cerraba las manos, sobre su regazo.
-Para eso estamos aquí, ¿no? –intervino el chico del pan, con una mirada general-. Le vamos a hacer pagar lo que nos ha hecho.
-¿Quién eres tú y qué has hecho con Peeta? –la voz de Johanna, tan propia con sus sarcasmos, me sacó una sonrisa, una verdadera-. Bueno, me has robado la frase.
Con el tiempo, despejamos la mesa. Al final, sólo quedamos Katniss y yo. Todavía me daba vergüenza estar cerca de ella, después de lo que dije en televisión sobre ella. Porque, principalmente, me había salido de dentro. Aunque todo ese odio fuese inducido porque los recuerdos me los bloquearon, de alguna manera, deseaba decirlo. Pero ella me lo había perdonado.
-¿Qué tal… qué tal Peeta y tú? –inquirí, con voz temblorosa y cabizbajo.
-No sé qué decirte –fue su respuesta, después de un simbólico tiempo en silencio-. Quiero estar con él, y a la vez le tengo miedo. Porque sé que él sigue ahí, en alguna parte… pero ese no es él. No es como tú, ¿entiendes? Como Elena y tú.
Parecía querer llorar. Nunca la había visto llorar, en todo este tiempo. Ahí, en ese momento, esa chica de la Veta nada tenía que ver con el símbolo que encarnaba, con la Vencedora de los Juegos, la que conocí durante la Gira y me reuní durante el Vasallaje. Nada quedaba del fuego que le corría por las venas, más allá de los vestidos de su estilista. Era un alma derrotada, que se esforzaba por seguir adelante.
Como Elena y tú, había dicho. Me sentí orgulloso, a la par que miserable. Porque yo había sido como Peeta; torturado hasta la saciedad, hasta borrar todo recuerdo feliz que nos uniese con la persona que más nos importaba en este mundo. Pero yo… yo había tenido suerte. Porque no era una ficha tan importante para la rebelión; era importante, por supuesto, pero sólo porque era Vencedor. Simbolizaba la victoria del Capitolio frente a los Distritos. Y ahora, significaba la victoria del Capitolio frente a los Distritos, rebelándose contra su dueño. Era como la torre, el caballo o el alfil en una partida de ajedrez: era importante, pero sin mí, la rebelión seguiría adelante. Katniss era el rey, o la reina, según se quisiera ver, y Peeta… su compañero.
Hubiese sido útil, si el plan de Snow hubiera salido bien. Pero me rescataron a tiempo, antes de borrar toda presencia de Davo y su pasado, y regalarme un pasado ficticio. A Peeta le alteraron los recuerdos, de tal manera que detesta y odia a Katniss con todo su ser. A mí me dejaron sin nada, sin nadie a quien recordar. Pero yo no era importante.
-Katniss –susurré, y ella alzó sus ojos grises-, no tienes por qué ser como nosotros. Peeta y tú tenéis una historia diferente, la vuestra. ¿Crees que, por mucho daño que le hayan hecho, te olvidó para siempre? –quería llorar, y yo también-. Hay… algo, siempre hay algo. Y yo sé que Peeta haría lo que sea, con tal de ponerte a salvo. Es lo que siempre ha hecho, y ahora… -mi voz titubeó débilmente-… ahora también.
Nunca se me había dado bien consolar a la gente, pero quizá ella sí que lo necesitaba. Me levanté de forma casi instintiva y me senté a su lado, el brazo izquierdo tras su espalda, su cabeza en mi hombro. Y lloró, en silencio, pero lloró. Vi cómo mis pantalones se volvían más oscuros. Me sentía triste, y raro. Porque, ni tan siquiera en la Arena, nos habíamos acercado siquiera. Y ahora, estábamos… así. Definitivamente, el amor es una cosa extraña.
