Capítulo 18: Amor y dolor

Era la primera vez que me sentía pletórico en el Distrito 13. Después de aquella noche en la que Elena y yo aclaramos nuestros sentimientos, ahora disfrutaríamos de una boda. ¡Una boda real!, no esos simples emparejamientos propios del Distrito 13, donde el término "boda" se resumía a la firma de un papel testimonial y la asignación de un compartimento común.

Plutarch Heavensbee había insistido mucho en ofrecer un pequeño espectáculo, en demostrar a Snow y al Capitolio la felicidad de los pocos Vencedores que restaban vivos, y sobretodo, la felicidad encarnada en Finnick Odair y Annie Cresta, los verdaderos amantes trágicos de Panem. Por supuesto, el resto de Vencedores íbamos incluidos, pero ellos eran los verdaderos protagonistas.

Todo el mundo estaba realmente feliz por los novios, un poquito de felicidad en medio de tanta tristeza. Los habitantes del 13, quienes juraría nunca habían tenido una fiesta, o disfrutado si quiera de unas pequeñas vacaciones, se afanaban mucho en que todo estuviese a punto. Los artesanos adornaban el gran salón donde se celebraría el enlace, se organizaría un pequeño banquete, ¡y la música! Había niños, prácticamente todos los del Distrito, que se presentaron para cantar en el enlace. ¡Qué ajena su felicidad, qué distinta a la de los gobernantes! Pero a todos no daba igual. Lo único que queríamos era demostrar que se podía ser feliz, incluso en mitad de una cruenta guerra.

En medio de toda esta algarabía, seguía con mi horario normal. Me levantaba, desayunaba, iba al entrenamiento, me duchaba, almorzaba, me reunía con Kira y me adentraba en mi pasado, cenaba y me acostaba. Poco o nada se veía alterado con todo este trajín de la boda.

Bueno, excepto por una ínfima (pero agradecida) mejora en mi compartimento. Elena había conseguido que Coin, o alguno de sus segundos nos diera permiso para compartir habitación. Aún no era nada fiable, pero alguien (no recordaba quién, nunca lo había visto) intervino por ella y se lo concedieron. Así que ahora, mi minúscula habitación había sido sustituida por una un poco más luminosa, cama doble y armario, todo un lujo en este lugar. Pero las pertenencias a mí no me importaban. Lo único que me importaba era despertar, cada día, en los brazos de la criatura más perfecta que alguna vez ha pisado la faz de la Tierra.

Los días fueron pasando, y el día de la boda llegó. Todo el mundo estaba nervioso, especialmente aquellos que nunca habían asistido a una festividad similar.

Me encontraba en mi habitación, abrochándome los botones de la camisa negra que llevaría, algunas de mis pertenencias que habían sido (también) rescatadas hacía tiempo. Me sentía feliz, en parte porque iba a ser partícipe de ello. Finnick, en una de las pocas veces que le había visto nervioso e incluso avergonzado, me había pedido ser su padrino de boda, su testigo. En un principio, me quedé serio, y eso le pareció una negativa al chico más codiciado del continente. Pero al instante, mi seriedad dio paso a una sonrisa sincera, y a un "por supuesto, amigo", con los ojos brillantes de felicidad.

Así que aquí me encontraba, llevando a una preciosa y espléndida Annie hasta el pequeño altar donde un nervioso Finnick la esperaba con sus manos inquietas y su precioso traje prestado.

Me eché a un lado, mientras la ceremonia proseguía. Recordaba haber estado en alguna que otra boda en el Distrito 4, pero ninguna como esta. Quizá porque es una que siento de verdad, o porque se trata de un canto a la esperanza. Nunca los había visto tan pletóricos, a ambos. En algún momento, Finnick moja los labios de Annie con agua salada, y luego ella moja los de él. Al pronunciar los votos, una fina red los envuelve, y cuando se produce el momento del beso, toda la sala estalla en vítores.

Poco después, en el pequeño banquete, lo único de lo que me di cuenta es que, en medio de tanta guerra y destrucción, puede llegar a existir la felicidad y la diversión. El pequeño coro de niños y el violinista que logró salir del 12 con su instrumento amenizan la fiesta.

La mayoría de los invitados (alrededor de 300) visten con ropas de diario, quizá aquellas que guardan para ocasiones especiales. Gale, el amigo de Katniss en el Distrito 12 y una de las caras visibles de la rebelión, llevaba pulcramente su uniforme militar. Pude ver a varios amigos y conocidos de mi Distrito, aunque apenas reconocía sus nombres y sus caras.

En algún momento, Elena me invitó a bailar. A veces la música era rápida, pegadiza e incitaba a soltarse; otras, se convertía en un ritmo lento, pausado, y los cuerpos se pegaban. En esos momentos podía advertir el suave olor a pino y arena mojada que desprendía su cuerpo, y no podía evitar besarla. La besaba, tierno y dulce, recorriendo con mi lengua sus labios, y mis manos subían hasta su rostro, donde lo único que me importaba era ella, ella y nadie más.

A lo lejos, alguien silbaba y hacía un comentario gracioso. No pudimos sino sonreír cuando vimos, ambos, que se trataba de un pletórico Finnick.

En mi vida, nunca me había gustado bailar. Excepto, quizá, en un par de ocasiones. Ésta, posiblemente, aumentaría la cuenta. Elena, Annie, Elizabeth, Johanna, varias chicas del 13 y la pequeña Prim, fueron algunas que danzaron conmigo. Exhausto, satisfecho y feliz por la boda, me dejé vencer por el sueño.

Esa noche tuve un sueño. Bueno, no fue exactamente un sueño. Me veía a mí… a una versión de mí, mucho más pequeño, ágil y aniñado de lo que era entonces. Los cabellos los llevaba cortos, muy bien peinados con la raya a un lado. Una camiseta blanca y unos pantalones cortos azules, junto a unos botines y calcetines blancos. Me sentía alegre, y a la par, triste.

Estaba por entrar en un edificio de ladrillo visto, amarillo y un gran letrero en su parte delantera. Era tan pequeño, que todavía no sabía leer. Alguien abrió la puerta, y entré, acompañado por dos mujeres mayores.

Una de ellas tenía el pelo canoso y corto, y llevaba un vestido color marrón claro y sandalias. Sus manos eran callosas, cálidas y tiernas. Me sonreía, y me apretaba la mano, porque no quería entrar. En algún momento se arrodilló junto a mí, y me susurró algo, algo que me tranquilizó.

Y la otra… la otra era más joven, y me era dolorosamente familiar. Sabía que estaba soñando, porque no era la primera vez que me pasaba, aunque sí desde que me rescataron del Capitolio. Sabía que me estaba removiendo, y que quería despertar, pero mi cuerpo no quería. El mundo empezó a temblar, como a desmoronarse. El edificio se resquebrajó, el suelo temblaba. Pero el resto de personas que estaban conmigo, no se inmutaban.

Así que me dije a mí mismo que debía tranquilizarme. Durante unos minutos, todo se quedó quieto, y el sueño se restituyó. La mujer más joven me miró. Sus orbes oscuras, sabias y llenas de un amor genuino me eran dolorosamente familiares, como si quisiera dejarlas olvidadas en algún lugar de mi memoria incompleta. Su piel clara, suave y cálida; su sonrisa reconfortante y su voz que me repetía una y otra vez que tenía que ser un niño grande, que no debía llorar, que a ella no le gustaba. Me llamaba por mi nombre, me abrazaba y me daba besos en la sien. Se sentía tan bien…

… hasta que el dolor volvía. Me dolía la cabeza; me dolía el cuerpo, las muñecas, los tobillos, la sangre corriendo por los brazos y piernas; me dolía la garganta, gritaba y lloraba, las lágrimas corriendo por mi rostro.

"¡NOOO! ¡A ella no, mi madre no! ¡Maldito cabrón! ¡A ella no…! A ella… A ella…"

Sentí cómo alguien me zarandeaba de forma brusca, casi violenta. Alguien me llamaba desesperadamente, al borde del llanto y la angustia.

Elena, cómo no. Me sentí culpable, por volver a vivir estas pesadillas. De forma brusca, abrí los ojos, cegándome al momento con la pálida luz artificial que nos alumbraba. Intentaba acostumbrarme, mientras luchaba con las ganas de llorar, de abrazarme a Elena y no soltarla nunca más y la sombra de un doloroso recuerdo rondándome la consciencia.

Elena me acunaba como a un niño pequeño, como siempre hizo desde que me convertí en Vencedor, en asesino profesional. Sabía que ella me había oído gritar, y lo que había gritado. La garganta me escocía.

En ese momento, fui consciente de lo que había gritado. Las imágenes, nítidas en mi cabeza. Yo, a la tierna edad de 3 años, inscribiéndome en el colegio. Mi abuela, y mi madre venían conmigo.

Mi abuela y mi madre. Mi madre.

Mi madre.

Megara Black.

La mujer que Snow había ordenado matar delante de mis ojos, mientras estaba encadenado y plenamente consciente.

Lloré, lloré hasta que mis ojos no pudieron más. Elena estaba ahí para reconfortarme.