Capítulo 19: Seis balas

Me volví aún más taciturno y melancólico que de costumbre. No hablaba a menos que nadie se dirigiera a mí, me aislaba del mundanal ruido y me refugiaba en el silencio del bosque. Si pudiera, me fundiría con el suelo y dejaría que me pisoteasen, a ver si así era capaz de volver a sentir algo.

El hecho de recordar a mi madre, su muerte a manos de un desconocido que deliberadamente lo vistieron a mi imagen y semejanza, creyendo que era su propio hijo quien le disparaba una bala en la cabeza, se convertía en unos insufribles dolores de cabeza. Dolor en las muñecas, en las piernas. Recordaba todo el dolor físico que sufrí en aquella cárcel.

Recordé varios momentos felices, como aquella vez, teniendo yo como unos seis añitos, a mi madre y a mi padre, enseñándome a escalar árboles. O el día de su cumpleaños, el 1 de marzo, cuando le tallé una rosa en un taco de madera de arce. Sin embargo, no todos los recuerdos son bonitos. La muerte de mi hermano, por ejemplo, causó un gran impacto en ella. A ella y a todos, siendo el desencadenante de toda la desgracia de la familia.

Sentí un leve pinchazo. Bajé el arma y la dejé en el regazo, sentándome en el suelo. Cada vez que algún recordaba algo relacionado con mis padres, la cabeza me dolía. Era como un leve pinchazo, pero cuanto más profundizaba, cuanto más quisiera saber, más dolía. Y la única manera de sanarlo, era intentar enterrar esos recuerdos.

Tenía a dos soldados delante de mí, un chico y una chica. La cara de él me era muy familiar, no era de extrañar, pues era el capitán de mi pelotón. Jon Cobb. Nunca hablé mucho con él, pero sabía que no era natural del 13. Provenía del Distrito 4. Jon era bastante ágil con cualquier tipo de arma; podría decirse que estaba siendo entrenado desde niño para los Juegos, pero lo cierto es que, a la edad en que su familia se marchó del Distrito, aún era demasiado pequeño como para ni siquiera pisar una Academia de profesionales.

Jon tenía una hermana, Daphne, cuatro años mayor que él. También era soldado, pero dada su capacidad para idear planes y dirigir, estaba en los puestos de mando. Ambos tenían el cabello castaño oscuro, en una mezcla entre rizado y liso. Ojos azules, y piel clara. Daphne era hermosa, a pesar de parecer siempre triste. La primera vez que la vi, un acúmulo de sentimientos llenó mi pecho. No por amor, sino algo más extraño. Quizá compasión, o quizá un alma gemela.

Había hablado más con ella que con Jon. Provenían del Distrito 4, pero ella no estaba totalmente segura. Tenía muy pocos recuerdos de su infancia, pero lo que sí recordaba, era la brisa con sabor a sal, la arena caliente en los pies y el arrullo de las olas.

"Pero todo parece un sueño… o el sueño de un sueño", decía siempre.

En algún momento, sus padres decidieron dejar el Distrito, y marchar al desaparecido 13. A pesar de lo borroso de su memoria, recuerda quedarse sola en medio del bosque, ella y su hermano. Sus padres se sacrificaron por ellos. De alguna manera, los encontraron, y los llevaron al Distrito perdido. Luego, dejaron casi de ser personas, para convertirse en números, en soldados. Y no han conocido mucho más.

Quería ayudarla, desde lo más profundo de mi alma, quise hacerlo. Pero entonces no era más que un casi traidor, amnésico vencedor y tributo, y casi un objetivo para matar.

"Haymitch podría ser cualquier cosa. Un borracho, un pasota absoluto y un malhablado, pero sabía cómo conseguir cosas… digamos… interesantes.

Había pasado una semana desde la boda de Finnick y Annie, y nada se podía comparar a la felicidad de esos dos. En algunos momentos me sentía que volvía atrás en el tiempo, a esos días en que descansaba en el Distrito 4 poco antes de ir al Capitolio y obedecer los encargos de Snow. La verdadera sonrisa característica de Finnick, no su mueca. Annie siendo consciente de la realidad, no viéndose obligada a evadirla tan a menudo.

Haymitch se las había ingeniado para introducir alcohol en el austerísimo 13. Y también tabaco. No sé cómo lo hizo, pero le estaré eternamente agradecido.

Y en una de mis escapadas no avisadas, prohibidas, pero tan deseadas, una pequeña cajetilla de veinte cigarrillos (bueno, 17 ya en realidad) vivía escondida en el bolsillo de mis pantalones, a la espera de esta pequeña huida a los límites de los bosques que tanto me recordaban a casa.

Un deshilachado cigarrillo entre los dientes, mientras rebuscaba en los bolsillos por una cerilla. Inexplicablemente, un viejo mechero, de un desvaído tono verdoso, ofrecía una pequeña llamita.

Asustado, abrí la boca para protestar y el cigarrillo se me cayó de entre los dientes. Esperaba ver algún soldado del 13, dispuesto a cogerme de las orejas y tirar de mí hasta alguna de sus espantosas celdas blancas. Pero no. Delante tenía a la chica de penetrante mirada azul, triste, sonriéndome de forma cómplice. Como si ella también lo hiciera.

-Tranquilo, Wright, yo no muerdo –dijo sonriéndome, sentándose a mi lado y doblando las rodillas.

-No sé si creerte –recogí el cigarrillo de entre la maleza, y me lo volví a poner entre los dientes. Ella me ofreció el fuego. Una pequeña calada que se volvió humo-. Ni siquiera sé quién eres.

-Oh, pero si me has visto miles de veces –apostilló ella. La miré, de soslayo, porque me daba vergüenza que me pillase mirándola tan descaradamente. Lo cierto era que un rostro como el suyo no se olvidaba fácilmente. Esa mirada celeste, fría al primer contacto, pero cálida si sabías bucear en ellos, era atrayente. Sus labios, gruesos, muy pocas veces parecían felices. La seriedad y la tristeza mermaban su belleza por completo-. Aunque puede que sea a mi hermano, a Jon, a quien conozcas mejor.

Me atraganté con el humo que estaba aspirando en ese momento. ¿Ella, hermana de Jon? ¡Ya está, Jon la ha mandado aquí para supervisarme! Quise huir, irme, volver a la madriguera, meterme en la cama y quedarme tranquilo, atormentándome por seguir cometiendo imprudencias.

Sin embargo, una cálida mano me detiene. La mano de la única persona que me acompaña.

-¿Cómo te llamas? –inquirí, todavía asustado.

-Daphne –respondió ella-. Como la ninfa del mito.

Y en ese momento, supe que había encontrado un alma gemela"

Fue precisamente ella, la que me sacó de los entrenamientos y me llevó por un intrincado laberinto de pasillos, hasta terminar en una sala enorme. Allí estaban Finnick, Johanna y Katniss, además de otros soldados como Gale y otros a los que no conocía.

-¿Qué es esto? –le pregunté a Daphne, poco antes de que me dejase solo con los demás.

-En Mando dicen que todos los Vencedores tienen que superar esta prueba, si quieren ser considerados soldados –respondió, aunque no muy convencida-. Al menos es lo que oí.

-¡Algunos ya han hecho cositas de guerra sin tener que pasar ninguna puñetera prueba! –grité en un susurro. Estaba cabreado.

-Ya, pero ellos no estaban en el Capitolio –me miraba fijamente, como una madre mira a su hijo adolescente. Sentí vergüenza, luego ira y por último, miedo-. Lo siento. Ojalá pudiera explicártelo, pero… no me dejan saber nada.

Cada vez había menos gente en la sala. Pronto me llamarían, supuse.

-No sientas nada. Al fin y al cabo son juegos de guerra. Los soldados, como tú y como yo, y todos esos chicos con ansias de protagonismo, no somos más que simples piezas en este puzzle que no lleva a ninguna parte.

Sentí el impulso de besarle en la frente. Daphne no se resistió. Un leve empujón, y me reuní con el pequeño grupo de vencedores, soldados y rebeldes que estaban en mi misma situación.

Delante de mí tenía a Katniss, quien mostraba una fría tranquilidad. La misma que sientes el día de la cosecha, y sabes que tu nombre está ahí, y que puedes salir escogido. Al lado de ésta, Johanna. Ella bullía energía por todas partes. Ira, más bien. Por fin tenía el billete para hacérselo pagar a Snow. Gale estaba ensimismado, jugueteando con sus dedos y sus uñas cortas, al igual que Finnick, aunque él no dejaba de darle vueltas al anillo que adornaba su dedo anular derecho.

Llamaron a Johanna, y poco después, a Katniss. Finnick y Gale fueron casi simultáneos. Yo fui el siguiente.

A la entrada, un soldado de edad media me dio un fusil. Tenía que traspasar toda la zona, la Manzana le decían, con el menor número de daños posibles.

Me pareció una prueba bastante fácil, casi infantil. ¿Cómo va a poder esa simple calle con un Vencedor, con un profesional como yo? ¡Había sido entrenado para esto! Eufórico, con la confianza por las nubes, comencé a caminar. El fusil siempre lo llevaba alerta, para disparar a cualquier objetivo que se me pusiera delante. Entonces, el pinganillo que me dieron comenzó a graznar.

"Los objetivos blancos son los que tienes que derribar. Los negros, son aliados"

"La Manzana te hará revivir tus mayores miedos"

El segundo mensaje me llegó poco después de haberme infiltrado en la mitad del recorrido. Hasta entonces, nada de lo que vi, de lo que oí, me hizo revivir mis pesadillas. Había acertado todo cual enemigo se dejase ver. No había activado vaina alguna.

Comencé a sentir miedo.

Estaba solo, y se había hecho de noche. Así, de pronto. Apenas lograba ver más allá de un metro en derredor. Oía pisadas. No tenía nada a lo que aferrarme. No tenía nadie a mi lado. Estaba solo.

La oscuridad y la soledad, lo que más temía desde pequeño. Desde que aquel extraño enmascarado quiso llevarme con él a la fuerza, y yo me resistí. Pero aquello no era real… ¿o sí lo era? Porque había vuelto a verlo, media hora después, cuando salí con mi madre para ir a casa de mi abuela. Él estaba allí, esa cosa negra con su sonrisa bobalicona estaba allí, en la esquina, burlándose y acercándose peligrosamente.

¿Por qué, mamá; por qué no le gritas y lo espantas? ¿Es que acaso no lo ves?

Ese… recuerdo… o sueño… o alucinación, me estuvo atormentando toda la vida. ¡Y sigue! El fusil casi se me cayó de las manos, me temblaban. Gotas de sudor me recorrían por completo: la frente, la parte baja de la espalda, las manos, las piernas. Oía esa risa, que a veces era cruel y otras era una sincera burla.

Y entonces lo vi.

Ese extraño, vestido de negro y su máscara con una sonrisa de oreja a oreja. Roja, sangrante, mostrando unos dientes blancos y enormes. Ojos deformes y nariz metida hacia dentro. Un rostro amarillo, bailando como en mi infancia.

Temblaba. Estaba muerto de miedo. Sentí el filo de una navaja cortándome la camiseta, el brazo. Sangre brotando de la herida, y los largos brazos de la criatura abrazándome, ahogándome.

Con el brazo derecho, con el codo, le di un fuerte golpe en las costillas. Logré liberarme de su abrazo, darme la vuelta y dispararle. En el corazón. Seis balas directas al órgano de la esencia humana.

El cuerpo me dolía, así como la cabeza. Me dejé caer, inerte, mientras mi cuerpo se sumía en una dolorosa punzada general. La oscuridad dio paso a la luz, y de ahí, de nuevo a la noche eterna.

Pero al menos, había vencido a mi miedo.