Capítulo 20: La sangre llama a la sangre

Cuando abrí los ojos, todo estaba blanco. Blanco, aséptico e impersonal. Estaba de nuevo en el hospital. Tumbado en la cama, con un goteo suave e interminable corriendo por mi torrente sanguíneo. Tubos metidos en la nariz y una bata de hospital.

Todavía estaba en un estado de duermevela, así que el afectuoso abrazo de quienquiera que fuese, me sorprendió. ¿Quién iría a visitarme? Tenía a gente, pero nadie tan afectuoso como ella. Sonreí, y los tubos de la nariz se me clavaron en algún lugar de la garganta.

-Lo cierto es –dije con cierto esfuerzo-, que despertar en un lugar como éste, contigo al lado, puede considerarse maravilloso.

Con cierta torpeza, los labios de Elena se posaron sobre los míos. Sentí como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que los besé.

-Dos días –respondió Elena, sin que hubiera preguntado nada-. Te leo la mente, Davo –dijo ella, en broma. Y no pudo evitar reír al ver mi rostro que, supuse, era de incredulidad absoluta-. Eres muy obvio, cariño.

-Será porque tú me inspiras –contraataqué.

Elena me ayudó a incorporarme en la cama. Al parecer, Elizabeth también había pasado bastante tiempo a mi lado. Y Finnick, a veces solo y otras con Annie. Y parte del escuadrón de francotiradores. Daphne. Incluso Katniss.

Una de las enfermeras entró y avisó que tenía otra visita. Elena se despidió de mí con un casto beso en la frente, y me dijo que volvería más tarde. En cuanto estuvo por cruzar la puerta, un hombre fornido y alto, de rostro desconocido, entró en la habitación. Elena se quedó paralizada en el sitio. Volteó rápidamente, y dijo con una voz muy bajita:

-Es él. El hombre que te permitió salir del hospital.

Lo observé desde mi posición. Su cabello, corto, pero con un largo flequillo que le cubría gran parte de la parte derecha del rostro, era castaño oscuro, casi tan negro como el mío. Sus ojos, claros como el cielo al amanecer. Era alto, y robusto, pero con una pincelada de delicadeza. Vestía un pulcro uniforme negro, y llevaba las manos detrás de la espalda. Dio varios pasos hacia mí.

Jamás había visto a este hombre… y sin embargo, me era dolorosamente familiar. Esos ojos claros, esa sonrisa de superioridad, ese halo de autoconfianza y odio… De repente, sentí una punzada en la cabeza. En el lado derecho, justo al lado de la sien; el lugar que más dolía cuando lograba recordar algo.

Volví a mirarle. Él seguía igual. Impasible. Mirándole tan de cerca, se parecía a Plutarch, pero en una versión un poco más joven, quizá.

-Hola Davo –su voz, metálica y aterciopelada, me evocaba lo más profundo de mi infancia, y también de mi dolor. ¿Por qué? El desconocido sonrió, y yo sentí una mezcla de miedo e ira-. ¿Qué, es que ya no te acuerdas de mí?

Entrecerré los ojos. Por más que me esforzaba, no podía encajar las piezas del puzzle que tenía. Me dolía. Tenía que ser alguien de mi pasado, alguien a quien le guardaba rencor, o alguien que me hizo mucho daño.

-Davo –susurró, sentándose en el taburete que había al lado de la cama. Mostró sus manos, a parches quemadas, al igual que parte de su rostro. No hizo falta mucho más para advertir de quién se trataba. Casi no fue necesario que lo dijera-, yo soy tu padre.

¿Yo soy tu padre? ¿Mi padre? ¡Mi padre murió hace casi diez años, en un incendio de la fábrica! O al menos, es lo que quise creer. Porque yo sabía lo que había hecho, consumido por el odio y la venganza. Y jamás le perdoné que lo hiciera. Y ahora lo tenía aquí, regodeándose de su posición, delante de un simple soldado, que alguna vez compartieron sangre.

Me daba igual todo. Me daba igual si me dolía, me daban igual las consecuencias. Yo sólo quería hacérselo pagar; lo que le hizo a mi madre, a quien jamás volvería a ver, por su culpa.

Cabreado, me levanté de la cama. Me arranqué los tubitos con el oxígeno, agité el brazo y las vías de suero y morflina se rompieron. Primero gotas, y luego un pequeño chorro de sangre corría por mi brazo. Goteras rojas caían al suelo. La ira corría por mis venas, me ayudaba a resistir el dolor.

-¿Mi padre? –susurré, lleno de ira. Me acerqué a él, quien retrocedía a cada paso que daba hacia él. Pero la habitación no era infinita-. Mi padre murió cuando yo tenía diez años –aullé en los susurros. Lo cogí del cuello, fuerte, tal como Graziel hacía con algunas de sus víctimas. Él pataleaba, sus manos intentaban separar mis dedos de su cuello-. ¡Mi padre jamás habría abandonado a su familia! Tú no eres mi padre, aunque te llames como él.

Su rostro empezó a enrojecer, ya acusaba la falta de aire. Los ojos estaban por salirse de las órbitas, las venas de su rostro se notaban bajo su piel. Su cicatriz, esa larga quemadura que le cubría la parte derecha del rostro, parecía más grande de lo normal. Parecía que estaba a punto de explotar.

-Por… favor… -suplicó.

Pero yo estaba fuera de mí. Disfrutaba haciéndole sufrir, ahogándole. Qué buena muerte, matar al asesino de mi querida y cariñosa madre, matar al que destrozó la familia.

Claro que él era un pez gordo, quizá un segundo en el gobierno de Coin. ¿Qué podría hacer yo, un simple soldado, un vencedor medio amnésico y mentalmente inestable? ¡Nada! Aunque estuviese al borde de la muerte, él siempre tendría la sartén por el mango.

Por ello, en cuanto gritó un poco más alto, dos soldados entraron en la habitación. El primero de ellos me golpeó, en el costado, doblándome de dolor. Tuve que soltar a ese hombre. El segundo, me cogió por los brazos y me levantó, inyectándome algo con una jeringuilla. Supuse que era morflina, pues mi cuerpo se venía abajo, y los ojos se me cerraban.

Volví a caer inconsciente.

No tuve un sueño tranquilo. Recordé cada maldito segundo del día en que la fábrica de madera se incendió, y con mi padre y unas quince personas más dentro. Un cortocircuito, fue la versión oficial, pero yo sé que no fue así. El cableado del Distrito no tiene tanta potencia, ni tan siquiera la Aldea de los Vencedores. Fue provocado, y siempre sospeché que fue él.

Cyril Wright, mi padre; y otros tantos trabajadores murieron calcinados. La fábrica quedó hecha cenizas, y durante meses, gran parte del Distrito pasó hambre. Unas viejas botas y la gorra que acostumbraba a ponerse los domingos, fue lo que quedó de él.

Mi madre lloraba, se negaba a salir de casa, a comer, a dormir. Básicamente se quedaba en la cama, hecha un ovillo, acariciándose el vientre. Y yo me quedaba quieto, porque ya me había rendido: mi madre no quería ayuda, y yo no sabía proporcionársela.

Y yo me quedé como ella; gris, perdido, hundido en la melancolía.

Pero un día, todo cambió. Nunca sabré de qué manera, porque ya está muerta. Siempre quise preguntárselo, pero siempre era demasiado pequeño. Y ahora… ahora ella no está conmigo.

La alegría volvió a su rostro, la viveza y la agilidad que recordaba de ella. La sonrisa que sólo una madre puede darle a un hijo… a dos. Quizá Elizabeth tuviese la culpa. Quizá por eso la quiero tanto.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba de nuevo en la cama, solo. Intenté mover los brazos, pero no pude: dos gruesas correas me mantenían atado a ambos lados de la cama. Frustrado, me tumbé boca arriba, mirando el techo.

-No es divertido, ¿verdad? –la voz de Kira, al otro lado de la habitación, me sobresaltó-. Intenté que no te amarrasen a la cama, pero parece que la voz de tu padre tiene más poder que la mía.

-Ese hombre hace mucho que dejó de ser mi padre –dije con voz envenenada. Me dolía el brazo derecho; me habían cortado el suministro de morflina y suero, aunque tenía vendas y esparadrapo cubriendo las heridas-. Puede llamarse como él, hacer lo que él… pero no es mi padre.

Durante un rato nos quedamos en silencio. Kira me ayudó a incorporarme, las correas al menos no eran fijas a los barrotes de la cama. Recordé entonces la prueba que hice antes de volver al hospital.

-¿Por qué nos evaluaron? Quiero decir… fui el único al que llamaron de mi pelotón. Además, estaban por allí Finnick, Johanna y Katniss. Ah, y ese primo suyo…

-Bueno… -se rascó la nuca, y evitó mi mirada cuando respondió-… técnicamente no debería decirte nada, pero creo que te mereces saberlo.

-El qué.

-Coin quiere el máximo posible de Vencedores para ir al Capitolio –respondió, con cierto temor en su voz-. Algo así como hacer un paripé de que los rebeldes capturan a Snow; sobretodo es por Katniss.

Ahora todo cobraba sentido. Por qué, a pesar de lo peligroso de mi situación, me dejaron salir de la celda, por qué me obligaron a recuperar la memoria, por qué me dieron permiso para tener compartimente propio. Todo era una sarta de mentiras. Seguíamos siendo la imagen viva del amor y el lujo; seguíamos siendo figuras a las que adorar, a pesar de lo oscuro de nuestra existencia.

-Pero… hay una cosa que debes saber –intervino Kira, su rostro mostraba preocupación-. Johanna no irá con ellos. Está de vuelta al hospital.