Capítulo 21: La especie que debe ser erradicada
Más de una vez pensé que el dolor era el único sentimiento natural en el ser humano. El dolor nos hacía vivir en la realidad, el que confirmaba que estábamos vivos en este mundo cruel. Que te despertaba de las ensoñaciones y las fantasías. Y no era fingido, ni te educaban para ello: el dolor siempre dolería, en lo más profundo del alma, una mancha oscura sacaría su cuchillo y te apuñalaría hasta el cansancio. Y lo único que podías hacer, era gritar, aullar y llorar, y sentir cómo te rompían por dentro.
Quizá ahora entendáis mi dolor.
-¡Davo, para! ¡Ya basta!
Estaba rojo, porque no quería gritar. Y las muñecas me ardían, las venas resaltaban sobre mi piel. Las gruesas correas parecían que iban a quedar hecha trizas. Era incapaz de ver más allá de mi nariz, de oír nada más que los gritos de mi cabeza: los gritos de Peeta, los gritos de Johanna, mis propios gritos.
Alguien me cogió por los hombros, fuerte, y me susurraba palabras al oído. La espesura y el verdor de los bosques en verano; el vado del río, las aguas frías y cristalinas en las largas tardes veraniegas; el crepitar del fuego en la chimenea, mientras te quedas embobado mirándolas: cómo suben y bajan, cómo nacen y se destruyen, cómo la madera va empequeñeciendo… Me costó volver, quizá demasiado, porque me dolían las muñecas, la garganta, y la cabeza.
Me sentía exhausto, y a la vez, lleno de energía. Energía que procedía del inmenso odio hacia Cyril Wright, hacia Coin y todos sus malditos secuaces.
-¿Mejor? –Elena. El simple sonido de su voz bastaba para tranquilizarme, aunque a veces tardase horas.
Asentí con la cabeza.
Varias horas e inspecciones después, me dejaron salir del hospital. Me dieron un feo uniforme gris, botas oscuras y me reactivaron el horario. Volvía a existir.
Me fui directo a la habitación donde estaba Johanna. Entré casi sin llamar, me importaba poco más que una mierda lo que me dijeran, lo que me hicieran. Estaba allí, simplemente estaba allí. Boca arriba, con el goteo de morflina entrando en su torrente sanguíneo, aislada de la realidad. Y un pequeño paquete blanquecino, con un fuerte olor a agujas de pino.
Me acerqué, cogí una banqueta y me senté. Johanna estaba despierta. Me aventuré a cerrarle el flujo continuo de morflina, a riesgo de que me noquease de un simple golpe. No lo hizo.
-¿A ti también te han dejado atrás? –inquirió, en una mezcla de indignación y dolor.
-Yo no sabía nada –respondí mirándola. Me daba pena-, de todas maneras, sí, me han dejado atrás.
-¿Qué te hicieron? –arrugué el ceño, todavía no recordaba bien la prueba. No quería recordar, más bien.
-Lo dejaron todo oscuro, no veía nada- dije a trompicones-. Y en algún momento, ese… recuerdo, sueño o alucinación que me persigue desde niño apareció. Le disparé todo el cargador… y luego me desperté en el hospital. ¿Y a ti?
-Esos hijos de puta inundaron la Manzana –apretaba los dientes, y los puños, dejando ver los nudillos blanquecinos-. Con agua.
Ambos llevábamos dos días noqueados, a causa de nuestros fallos. En algún momento, un médico al que no conocía me obligó a salir de la habitación, y yo, como no quería más problemas que luego me acarreasen castigos, obedecí. Me pasé el resto del día dando vueltas por el Distrito; aquí y allá, piso arriba, piso abajo. Habitaciones deshabitadas y aulas en las que entretenerse. Visité a Annie, que transpiraba tristeza por cada uno de sus poros. Además, estaba embarazada. Y Finnick había sido enviado al Capitolio.
Esa noche apenas dormí. No tenía sueño. Elena se quedó dormida acurrucada en mi pecho al filo de la medianoche. Mi mano izquierda subía y bajaba juguetona por su espalda, en un acto de infligirle calor. Estaba helada. En algún momento, yo también sucumbí al sueño.
Pasaron los días. La rutina seguía siendo la de siempre: levantarse, desayunar, entrenar, cenar y dormir. Ya no sabía en qué día vivíamos, tampoco me importaba mucho. Podrían haber sido horas, dos días o un par de semanas. Entonces, me llamaron de Mando.
Todos los de nuestra especie, estaban allí. Bueno, excepto Annie. Era una sala redonda, todo el techo iluminado por tenues luces. Una mesa central, con un gran holo en el centro, que se activaba cuando era necesario. Había cinco sillas en la parte más alejada de nosotros.
¿Nosotros? Enobaria, Beetee, Johanna, Haymitch, yo y… ¿Kranack? ¿Pero no había muerto? No, no lo había hecho. Una reluciente mano derecha metálica, constataba lo que parecía un milagro. Sobrevivió a la Arena, de alguna forma. Perdió su brazo, o parte de él, y ahora disfruta de una bonita prótesis. Parecía mucho mayor de lo que almacenaba en mis recuerdos: se había dejado crecer un poco el pelo, y tenía el rostro más enjuto que entonces. Más serio, más frío. Más delgado, también. ¿Dónde había estado?
La puerta del fondo se abrió, dejando paso a una Alma Coin de mirada estricta; un Cyril Wright con gesto provocador, mirándome y sus manos tras su espalda; y un Plutarch Heavensbee que se parecía mucho al que recordaba de la última fiesta de Snow a la que asistí: muy seguro de sí mismo.
-¿Para qué nos ha llamado? –dijo sin tapujos Johanna.
-Qué bien que haya preguntado usted, señorita Mason –dijo Coin, sentándose en la silla del centro. A su lado, los otros dos-. ¿Aún quiere ir al Capitolio?
-Si eso significa rebanarle el cuello a Snow… sí, todavía.
Plutarch y ella se miraron. Coin hizo un casi imperceptible gesto con la cabeza, y Plutarch sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo. Apretó un botón, y un holo de tonos azulados iluminó la mesa.
-¿El Capitolio? –casi grité.
-El mismo –descubrió el que fuera Vigilante Jefe-. Es aún mejor que el que lleva el pelotón 451. Estad contentos.
-¿Por qué? –inquirí.
-Porque vais a ir al Capitolio… -la voz de ese hombre, mirándome, respondiéndome sólo a mí. Burlándose de mi falta de ingenio-… en una misión real.
Por eso nos rescataron.
Por eso aceptaron entrenarnos.
Por eso permitieron nuestras faltas.
Querían Vencedores para mandarlos a una muerte segura.
Querían Vencedores para retransmitir sus proezas y seguir con la rebelión, más allá de sus insulsas muertes.
Querían seguir con sus espectáculos.
Querían seguir con los Juegos del Hambre.
-Sois Vencedores, y estáis familiarizados con el peligro –decía Coin-. Sois rostros conocidos, y necesitamos de vosotros para adentraros en el último reducto del Capitolio que queda: el propio Capitolio.
-Todo el mundo estará ocupado con las tropas rebeldes, nadie echará de menos al presidente –Wright, señalando puntos clave en el holo-. Vuestra misión: adentraros, y traerlo… vivo. Con él, la resistencia capitolina caerá. No tendrán nada que proteger.
No tenía sentido quejarse. Al menos, por mi parte. Enobaria actuaba como si fuese un robot; Johanna estaba deseosa de echarle mano a Snow; y Kranack parecía apagado, sin su ironía de siempre. Haymitch y Beetee se quedarían aquí. Sólo querían a los Vencedores jóvenes y guapos, aunque poco quedase de ellos.
Partiríamos en dos días. Elena se había enterado casi al mismo tiempo que yo. En cuanto salí de la reunión, ella se echó a mis brazos. No me importaba que nos mirasen, podría ser la última vez que nos viésemos. La cogí de la mano, y me interné con ella en los impersonales y caducos pasillos del Distrito, hasta llegar a una zona casi inexistente, deshabitada y, sobretodo, cálida: la sala de calderas.
Allí, en el calor de una pasión desenfrenada, dos cuerpos se juntan para formar uno solo. Besos cálidos y llenos de una necesidad inconsumible, vestía el cuerpo del otro. Manos que exploraban y centímetros de piel que anhelaban ser explorados. Besos y mordidas, palabras inconexas y susurros ahogados, bramidos de placer y lágrimas de dolor y despedidas.
-Pase lo que pase mañana, no olvides que te quiero –susurré, todavía con el cuerpo de Elena entre mis muslos.
-Lo sé, siempre lo he sabido –respondió ella, moviéndose contra mí, llevándome a un estado en el que no sentí nada, y a la vez, lo sentí todo-. Fuiste, eres y serás siempre tú, Davo. Tú eres mío, y yo soy tuya; tu corazón es mío, mi corazón es tuyo, pero no me pertenece, me pertenece sólo lo que sientes por mí. Davo, te quiero.
-Lo sé.
Quizá no pasó el tiempo, quizá pasó una eternidad. Pero el tiempo es inexpugnable, y la noche se hizo día, y Elena y yo, teníamos que separarnos.
