Capítulo 22: Infiltrados
Camiseta de manga larga, color negro. Pantalones de tela negra gruesa, imitando el tacto del cuero. Botas militares. Una chaqueta militar, de cremallera en los costados, y bolsillos en todas partes. Un peto que cubría pecho, espalda y abdomen; también brazos y antebrazos.
Y armas. Muchas armas.
Nos trasladaron a Mando. Allí reunieron a todo el equipo: cuatro vencedores, y cuatro soldados del 13. Jon y Daphne Cobb, Bastiaan Scott y Ramsay Edwards, un simple soldado, pero con una velocidad de reacción y puntería impecables.
A cada uno de los Vencedores se nos dio un arma específica. A Kranack le dieron una bola con cadena (su juguete favorito) mucho más mortífera que la del Vasallaje; a Enobaria, una lanza que permitía electrocutar cuando daba en un objetivo; a Johanna, un par de hachas (una grande y otra pequeña) que cuando se lanzaban, volvían al dueño mediante un mecanismo; y a mí, una espada bastarda que estallaba en llamas cuando era necesario.
Además, las armas comunes: un rifle mucho más sofisticado que el de los entrenamientos, y 36 balas de munición; además de un pequeño revólver, con una cámara para diez balas. 50 balas de munición.
En mitad de la noche, subimos al aerodeslizador que nos llevaría al Capitolio. Bueno, no exactamente. Iríamos primero al Distrito 2, y desde allí, nos adentraríamos en los distintos pasillos ocultos, y entraríamos en el seno de Panem, y un poco después, en la mansión de Snow.
Cuando tuve a Kranack delante de mí, le di un par de golpecitos en el hombro, y el castaño se volvió. Me miró, extrañado. Rápidamente cerré el puño y le di un golpe seco en la mandíbula, aunque el grueso guante amortiguó bastante el puñetazo. Kranack retrocedió un par de pasos, a punto de caerse, acariciándose la zona donde le golpeé.
-¿Qué coño te pasa? –dijo, irritado.
-Por intentar matarla, capullo –respondí, con el vívido recuerdo de los Juegos, del Vasallaje; él, luchando contra Sasha; Kranack, noqueando a Johanna, a punto de partirle el cráneo.
-¿Matarla? ¿A quién?
-¡A Johanna! En los Juegos, ¿ya no te acuerdas?
-¡Lo único que sabía era que tenía que proteger a Sasha, y no acercarme a los del 12! ¡Si hubiera sabido que estabais en el maldito plan de Heavensbee no me hubiera acercado!
Recapacité. Kranack me estaba relatando lo que sucedió después: una alianza de un día, hasta que entraron en la lluvia de sangre y Sasha se marchó corriendo, en completo shock. Así quizá tenía un poco más de sentido. Pero bueno, de todas maneras, se lo merecía.
Cuando llegaron todos, nos sentamos en los respectivos sillones, y marchamos hacia lo desconocido.
El viaje no fue demasiado largo. Al amanecer, llegamos al Distrito 2. Atravesamos un par de pasillos llenos de fango y escombros. Olía a azufre, algo desagradable, y todo estaba lleno de humo, como si acabara de estallar algo. A lo mejor era un grupo pro-capitolio que seguía intentando recuperar el poder del Distrito, o quizá alguna mina puestas a traición. De cualquier manera, estaban demasiado lejos.
Con los primeros rayos de sol, llegamos al Capitolio. Hacía frío, frío propio del invierno. El viento cortaba la piel, que escocía y me veía obligado a cerrar los ojos. No me sentía las manos, a pesar de los guantes. En cada respiración, el vapor del vaho se volvía blanquecino, como si del humo del cigarrillo se tratase.
El Capitolio estaba bastante tranquilo, casi desierto. Varios habitantes, con sus insufribles modelitos de invierno, paseaban por las silenciosas calles. Había pancartas que desacreditaban a los rebeldes y al Distrito 13, incluso nos llamaban traidores. Exaltaban a Snow y a su poder, a los Agentes de la Paz.
Nunca había visto un Capitolio tan desolado. La ciudad, sin sus calles y avenidas galardonadas, sin el estrambótico color de sus habitantes, no era nada. No tenía nada que envidiar a los Distritos: era igual de pobre.
-Bien –intervino Jon, una vez nos escondimos en un portal abandonado, al borde del derrumbe. Sacó el holo azulado, y nos dio una especie de copia a cada uno-. La mansión de Snow está a seis manzanas de aquí, pero hay que tener cuidado con las vainas. En el camino más recto, hay dos bastante peligrosas, de gran alcance.
-¿Eso es lo que oímos cuando estábamos aún en el Distrito 2? –inquirió Ramsay, que no pasaba de los 17 años. Un niño soldado, simplemente. Inocente de la guerra.
-Sí –respondió Jon, y el chico pareció contentarse de ser útil-. Puede haber cualquier cosa ahí fuera: agentes de la paz, rebeldes infiltrados, gente inocente, guardaespaldas del mismísimo Snow –me miró, como si yo conociera de primera mano todo lo que decía-. Tened cuidado, ¿de acuerdo?
Todos asentimos a la vez, nos levantamos y nos pusimos en marcha.
Era bastante difícil que no nos descubrieran, tanto ropaje negro, tanta armadura y tantas armas sobresalían incluso en el colorido Capitolio. Las calles se llenaron de gente y de bulla, buscando, en el desconocido contrabando, cualquier cosa con la que sobrevivir con el mismo nivel de vida que siempre, antes del fin inesperado del Vasallaje, de la rebelión. Ellos, que nunca habían escatimado en nada, que nunca habían pasado hambre, restricciones.
La mayoría llevaba unas extrañas capas que los cubrían hasta casi los pies, además de llevar gorro. No nos atrevíamos a salir a cara descubierta, era demasiado peligroso. Cualquiera de ellos podría ser un agente de la paz, o un loco anárquico con ganas de destrozarlo todo. Las esquinas eran nuestros escondites, los espacios abiertos los evitábamos. Vivíamos en las sombras, en los callejones oscuros y lo más deshabitados posible.
Sin embargo, no siempre las cosas salen como uno quiere.
Ramsay recibió el impacto de una bala, en algún momento. Era un callejón deshabitado, sombrío y nadie había por allí. Le habían acertado en el costado, y sus ropas negras poco ayudaban a la hora de curarle. Daphne y Kranack lo llevaron hacia el interior de un edificio, y atrancamos la puerta por dentro.
La medicina nunca fue lo mío, así que los dejé. Junto con Bastiaan, subí a los pisos superiores, inspeccionando cualquier habitación, cualquier puerta que estuviese abierta o cerrada. En esos casos, un golpe seco con el hacha, y ya teníamos el camino despejado.
-Esto es inútil, ¿por qué sigues buscando?
-Porque quien haya disparado, puede estar aquí –respondí, espada y hacha en mano-. Estos callejones son minúsculos, y casi puedes huir yendo de un edificio a otro. ¿Nunca has saltado atreviéndote a caer al vacío? –inquirí, con un pequeño deje de superioridad.
Bastiaan no respondió. Seguimos investigando, pero el que disparó no había dejado ni rastro. Podría haber sido cualquiera.
-¿Nada? –preguntó Johanna.
Negué con la cabeza, y le devolví el hacha pequeña. Ramsay estaba tumbado en el suelo, rojo y envuelto en sudor. Le habían quitado el peto, y subido la camiseta. Una venda blanquecina le rodeaba el estómago, y le hacía presión.
Eso nos retrasó en la misión, pero al menos conseguimos esquivar las dos vainas que más peligro suponían. Además, quedaban sólo dos manzanas hasta llegar al objetivo. Esa noche, nos tocaba dormir en un sótano abandonado del Capitolio.
Montamos guardia por turnos. Kranack, Daphne y yo hicimos el primer turno, cuatro horas; Enobaria, Johanna, Jon y Bastiaan, el siguiente. Me situé en un lugar alejado, cerca de la puerta, con la mano en la empuñadura de la espada. Cualquier persona ajena a nosotros ocho, rápidamente sería apresada desde mi posición.
El Capitolio estaba oscuro. Y silencioso. De vez en cuando se oían disparos, gritos y llantos. Pasos peligrosos, pero ninguno llegó a abrir la puerta. Snow sabía que los rebeldes se habían infiltrado en su territorio, y por ello tantas molestias.
En algún momento, en mitad de la noche, se oyó un gran estruendo. El suelo tembló, y los cimientos amenazaron con abrirse, el edificio con derrumbarse. ¡Bombas! Bombas de fuego, artefactos que explotaban y destruían todo a su paso, caían sobre el Capitolio. Mataban y destruían todo a su paso.
El gran estruendo nos despertó a todos. Aún aturdidos, salimos del sótano donde nos escondíamos. No había tiempo de pensar, sólo había que moverse. Calle arriba, a la derecha, una curva a la izquierda, volvemos atrás. El polvo y la sangre, los gritos y los llantos, el sonido de las bombas al caer. Alcé la mirada, y vi los aerodeslizadores.
Distrito 13.
Hijos de puta, ¡querían destruirlo todo! ¡Querían matar a todos esos inocentes! ¡Querían matarnos a nosotros! ¡Nos habían encerrado en una gran jaula de oro! La gente corría despavorida, ya no importaba si íbamos a cara descubierta o no. Lo único que importaba era salvarse.
El Capitolio sabía que su territorio había sido invadido. Decenas de camiones con cientos y cientos de agentes de la paz se dispersaban por las calles. Disparos, más sangre y más muerte. El Capitolio contra los Distritos, literalmente. Una lucha cara a cara, sin Juegos del Hambre. El amo y el señor frente a frente.
-¡Aquí! ¡Aquí hay rebeldes! –gritaron a nuestro alrededor.
Las nubes de polvo y el desconcierto nos ayudan a escondernos, a ganar terreno. Más de una vez tuve que usar el revólver, y ensuciar de sangre la espada. Correr para salvar mi vida y la de otros.
Sin embargo, la suerte jamás estuvo de nuestra parte.
En algún momento, Bastiaan pisó una vaina.
Todo voló por los aires.
