Capítulo 23: El laberinto
Nunca me gustó demasiado la violencia, a pesar de tener que vivir de ella. Sobreviví a la muerte de mi hermano, y de mi padre. Sobreviví a la muerte (asesinatos) de los niños con los que fui a los Juegos del Hambre. Sobreviví a los distintos trabajos que Snow tenía para mí. Sobreviví al Vasallaje.
Pero esto era demasiado. Esto no era un Juego, nadie decía cuando parar. Esto era una guerra. Una guerra real, nada de simulacros.
Así que cuando vi el cuerpo de Bastiaan hecho pedazos, sangrando y mutilado, me perdí en mí mismo. Recordé atrocidades que tuve que cometer, todos a mi alrededor eran enemigos. Tenía que eliminarlos para ponerme a salvo.
A gatas, entre los escombros, el polvo y la confusión, busqué un lugar donde ponerme a salvo. Me sentía un niño pequeño, abrumado por tanta muerte, gritos, dolor y sangre.
-¡Davo! ¡Davo donde estás! –gritó alguien, tardé un rato en descubrir que era el intercomunicador.
Pero tenía tanto miedo, que no me atrevía a hablar. Me sentía un niño, atemorizado. Me había hecho un ovillo, en una polvorienta esquina, y temblaba. De miedo y frío, de desconocimiento y pérdida. Bastiaan había muerto. Muerto. Delante de mis ojos.
Una sombra desconocida surgió de entre el polvo. Una mano dura y fría me cogió de la muñeca y tiró de mí. No intenté resistirme, ¿de qué serviría? Ahora mismo no tenía nada por lo que luchar, estaba indefenso. Los recuerdos de Elena y Elizabeth me parecían tan lejanos como irreales, como si hubiese sido en otra época, en otra vida. Una mucho más tranquila y feliz que esta.
Esperé que me diesen un tiro. En la cabeza, y todo habría acabado. Pero no fue así. Cuando la tenue luz del edificio le iluminó el rostro, di gracias a los dioses por permitirme estar vivo.
Una dolorosa bofetada me devolvió a la realidad. Seguía siendo un ovillo, pero al menos era consciente de lo que sucedía a mi alrededor: cuatro vencedores, tres soldados y un rostro desconocido. Con las manos temblorosas, saqué el revólver de su funda y apunté a la chica desconocida.
-¡Davo! Davo, mírame –Johanna entró en mi campo de visión, sus manos alrededor de mi cara-. Estamos a salvo, ¿entiendes? Ella es una enfermera del 13; estamos a salvo. ¿De acuerdo?
Me sentía inútil, débil. Tenía miedo. No había dejado de temblar. Y me daba vergüenza; ¿el asesino profesional que tiene miedo de salir lastimado? Miré a Enobaria, quien me miraba fijamente. Su rostro era una burla continua. Había sido su jefe durante 3 años, alguien que no mostraba sentimientos y mataba sin parpadear. Y ahora… ¿qué era ahora? Un muchacho asustado que tenía que aferrarse a algo para diferenciar la realidad de la fantasía. Un juguete roto.
-Bien –la voz de Jon, rota y abrumada, llegó a mis oídos. Le miré -. Esta noche tenemos que entrar en la mansión, sí o sí. Sé que hemos tenido bajas, pero todavía quedamos seis. Y tenemos que conseguirlo.
No sonaba nada convincente. Jon y Bastiaan eran bastante amigos, lejos de ser militares; y la pérdida del ojiazul fue un golpe duro para él. A decir verdad, todos estábamos tocados por algo, a excepción de Enobaria. Ella no echaba de menos a nadie, no mostraba sentimientos. Era como si esta misión suicida no fuese más que una edición más de los Juegos del Hambre.
Dormité durante un rato, con la mochila como almohada. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía el cuerpo de Bastiaan haciéndose pedazos, y a mí cubierto de sangre. Asustado, disparaba a mi alrededor, aumentando la masacre.
Siempre me despertaba envuelto en sudor. Y aunque Johanna estuviese ahí para recordarme lo que era real y lo que era el mundo onírico, no era suficiente. No cuando has tenido dos identidades distintas, una tan alejada de la otra como lo eran Davo y Graziel. De todas maneras, le agradecía que cuidase de mí.
Cuando las bombas dejaron de caer, y el caos disminuyó, salimos de nuestro escondite. Me había obligado a mí mismo a ser fuerte, a dar un paso tras otro y atrapar a Snow con mis propias manos. La gente corría de un lado a otro. Agentes de la paz disparando a los rebeldes, y éstos respondiendo. Rebeldes y capitolinos transportando cuerpos inertes. Gente desconocida ayudándose entre sí.
Perdido en mí mismo. Perdido en mí mismo. Perdido en mí mismo. Graziel. Graziel. Graziel. Había dejado de temblar, ya no sentía tanto miedo. Graziel tenía algo que a mí me faltaba: valor. A Graziel no le importaban los efectos colaterales, simplemente iba hacia su objetivo: Snow. Yo, en cambio, era demasiado pasional, demasiadas emociones.
Conseguimos llegar hasta el enorme porche que rodeaba la mansión blanca de Snow. Cualquier cosa que allí hubiera podía haber sido modificada genéticamente para convertirse en un arma. A Snow no le importaba nada, excepto él mismo. Avanzábamos en silencio, con los rifles o con nuestras armas en ristre. Como siempre, tan común en mí, yo iba el último.
-¡Davo! –gritó Jon, y todos se volvieron hacia mí-. Tú has estado aquí muchas veces, creo que deberías ser tú el que nos guiases.
-¿Ahora te vuelves atrás, Jon? –mascullé, con el orgullo de Graziel corriendo por mis venas. Me costaba, pero estaba siendo consciente de lo que decía. Aunque doliese-. Eres el capitán, ¿no? Deberías seguir guiándonos.
Por el rabillo del ojo vi a Enobaria con una sonrisa de superioridad. ¿Me habría reconocido? Graziel siempre era así con sus víctimas, ¿llegaría a pensar que Jon iba a acabar muerto entre mis manos?
Seguimos adelante, en silencio, adentrándonos por una puerta lateral. Todo el interior estaba oscuro, demasiado. Y la oscuridad era uno de mis mayores miedos. Aunque estuviese rodeado de gente, el no poder ver más allá de un metro a mi alrededor me ponía nervioso. Además… todo esto estaba resultando demasiado fácil. ¿Dónde estaban las trampas, los guardias? Recuerdo, de forma vaga e inconexa, que Snow siempre tenía todas las puertas de la mansión con dos Agentes de la Paz vigilándolas. Aquí no había nada.
Claro que para el máximo responsable de los Juegos, proteger su casa de invasores no era más que eso: una edición más de los Juegos del Hambre.
En algún momento pisé una loseta de piedra, grande y rugosa, que sobresalía del resto. Oí un crujido, como de algo que se abría, y lo siguiente que sentí fue la ausencia de suelo, y mi cuerpo, junto al de alguien más, cayendo por un largo y empinado pasadizo, hasta aterrizar sobre una montaña de huesos rotos y llenos de polvo.
-¡Pero qué mierda es esto! –gritó alguien.
Desenvainé rápidamente la espada, que se incendió y vi a Johanna sobre el lecho de huesos. Lo que vi me causó gracia, aunque no tuviese ninguna. Sonreí y alargué el brazo, y le ayudé a levantarse.
-Menos mal que eres tú –susurré, en cuanto estuvimos los dos de pie.
-¿Por qué? –inquirió.
-Porque –empezamos a caminar, yo delante, con el fuego falso de la espada como antorcha- si llega a caer Kranack conmigo, o Jon, creo que les hubiera cortado la cabeza en cuanto les hubiese oído gritar.
-Oh, qué bonito –masculló ella, entre risas sarcásticas-. Yo también te quiero.
Permanecimos en silencio durante gran parte del trayecto. Todo se resumía a pasillos y pasillos de piedra, blanca y húmeda; huesos y ecos de nuestros pasos. Johanna me había cogido la mano izquierda, la que tenía libre, en cuanto vio brillar las paredes húmedas. "Tranquila, es sólo agua", le dije, le susurré, y ella se aferró aún más a mí, "no te va a pasar nada. Te lo juro. Te lo prometo. Y yo siempre cumplo mis promesas".
Sólo se oían nuestros pasos a nuestro alrededor. Pero, en ese momento, me empezó a doler el pecho, como si me clavasen cientos de agujas; me sentía todo el cuerpo en llamas, como si tuviese fuego en vez de sangre.
-¡Haz que se calle! ¡Por favor! ¡Haz que se calle! –gritaba.
La música me atravesaba el cráneo. El órgano, las notas bajas, la desesperación… me llevaban a lo más profundo de mi alma. Cerraba los ojos y lo único que podía ver era una tortura tras otra; a Peeta gritando, a Johanna apretando los dientes, resistiendo el dolor; el brillo de miedo de mi madre. Cada noche, Snow me ponía música en la celda. Pero de una forma tan tenue, que casi era imposible oírla. Pero quedaba grabada en la memoria, junto a las distintas torturas.
Pero quedó olvidado… en lo más profundo de la memoria. Junto con el dolor.
-Davo –Johanna me llamaba, una y otra vez, pero yo lo único que atendía era a la música que me llevaba a los recuerdos-, no dejes que él gane. Y le estás dejando. ¡Escúchame, idiota! ¿Dónde está el Davo que se enfrenta a sus miedos?
-¡Se ha ido! –grité, abrazándome a mí mismo-. ¡Ha crecido! Hay veces en que no merece la pena luchar. Cuando el enemigo es demasiado grande, hay que dejarse ganar. Y se acaba el dolor y el sufrimiento…
-¿Tú te estás oyendo? –me espetó, y me dio una sonora bofetada-. ¡Deja de ser un niñato malcriado, y échale huevos!
La bofetada me dolió, y me dejó un rato en el suelo. El suelo estaba empapado, también. Y aunque estaba temblando, mantenía la mandíbula apretada y los músculos en tensión, Johanna seguía adelante. Conmigo o sin mí, seguiría adelante.
Quizá no fuese más que un niño rico malcriado, que simplemente tuvo suerte. La miré, con miedo a las represalias, y me levanté. Recogí la espada, y seguimos adelante.
Que la suerte esté siempre de nuestra parte.
