Capítulo 24: Ponzoña
-¿Estás bien? –le pregunté, en un susurro. Prácticamente los únicos sonidos que podían salir de mi garganta.
-Bueno, teniendo en cuenta que todo está completamente empapado, y que posiblemente muera dentro de las próximas horas, sí, todo está perfectamente –respondió, con la voz casi inexistente.
-Genial.
La música del órgano no era más que un mínimo eco entre las paredes; el agua que recorría el pasillo casi inexistente; y sin embargo, sentía miedo. Las estrategias de Snow para frenarnos fueron demasiado débiles, algo que con un poco de voluntad se podía superar. Incluso las vainas eran más peligrosas, y eso que Snow podía llegar a intuir que los rebeldes conocíamos el lugar donde estaban enterradas.
¿Por qué no mostraba más su poder?
Pensaba eso, pero tenía la sensación, todo el rato, de que alguien, o algo, nos seguía. Algo que siseaba y que estaba húmedo.
"Szzzz", oí a lo lejos. Me volví de inmediato, iluminando el pasillo con la espada.
Me estaba poniendo nervioso, miraba en derredor a cada segundo. Johanna también había empezado a desconfiar. Cada una de sus manos llevaba un hacha.
El suelo comenzó a temblar, y a brotar agua. Fría, helada. Como si fuese un río, un acuífero, o simplemente las cañerías. Cañerías que emitían sonidos parecidos a los que hacen las serpientes.
Me acerqué, y lo que vi me heló hasta el pensamiento: eran anguilas, enormes y húmedas, capaz de atrapar a un adulto entre sus escamas y ahogarlo. Y electrocutarlo.
Una de ellas saltó hacia mí, mostrando la lengua bífida y unos colmillos enormes. Alargué el brazo, pero no llegué a cortarla. No iba hacia mí, iba hacia Johanna, que se había hecho un ovillo en el suelo.
-¡Vamos no me abandones ahora! –le grité, pero ella no reaccionaba-. ¡Te necesito! ¡Por favor!
La enorme serpiente seguía avanzando, y no me atrevía a atacarle. Nervioso, di con el revólver, y disparé todo un cargador sobre su cabeza viscosa y húmeda.
Cogí a Johanna y me la cargué a la espalda. Ahora que había visto el agua, y los monstruos que emergían de ella, no era capaz de reaccionar. Corrí, con todas las fuerzas que tenía, por todos los pasillos que encontré, aunque estuviesen a oscuras. Ella era más importante que mis miedos. Pasillos a la izquierda, derecha, bifurcaciones y muros que impedían avanzar. Me sentía cansado, y Johanna no reaccionaba. El suelo seguía abriéndose, y me quedaba sin suelo donde poner los pies.
Pero, de alguna manera, encontré una salida. Una empinada escalera, roñosa y en serio peligro de derrumbe, nos llevaría a un piso superior. Seco, seguro, y tenuemente iluminado. Lo poco que necesitábamos.
Seguí caminando, con ella a cuestas, hasta encontrar una vieja puerta de madera. De una patada, la abrí, y la estancia se iluminó tenuemente. La dejé en el suelo, sobre un par de mantas que encontré por ahí.
Me senté a su lado, y su mano izquierda no abandonó la mía en un buen rato. Con la poca luz que había, pude ver lo pálida que estaba. Y fría. Como si hubiera estado vacía durante mucho tiempo. Quizá lo estuvo, ahí abajo, con el agua y las serpientes acuáticas. Su respiración se volvió más pesada, y lentamente fue abriendo los ojos. Sonreí, tímidamente, al volver a ver sus ojos castaños.
No pude reprimir un abrazo.
-Eh, contrólate –dijo, pretendiendo sonar sarcástica, y quedándose en un mínimo murmullo. Pude notar su sonrisa sobre mi piel-. Gracias.
-No hay por qué darlas –susurré, estaba agotado-. Siempre digo que si tú estás implicada, el peligro que corro nunca es lo suficientemente peligroso.
Los ojos se me cerraban. Intentaba resistirme, pero al final me dejé caer. Estaba seco, calentito, en un lugar iluminado y Johanna estaba conmigo. Aunque fuese en las alcantarillas de Snow, me sentía a salvo. Cerca de casa, a pesar de estar tan condenadamente lejos.
Soñé en negro. Quiero decir… soñaba, estaba seguro de eso. Oía, olía, tocaba y saboreaba, pero era incapaz de ver nada. Me sentía como en casa, en medio del prado, del claro del bosque. En el columpio, en lo alto de los árboles. En el río, en la nieve. Y luego, de repente, frío. Un frío, que lo congeló todo. Todos y cada uno de los recuerdos, del sueño. Y abrí los ojos, deslumbrado por una pálida luz cegadora. Snow, vestido de negro con la rosa blanca en la solapa, llevaba un revólver en su mano derecha. Sólo estábamos él y yo.
Nadie más, sólo nieve, un pálido amanecer y silencio. Me miraba, y me sonreía. Alzaba el brazo, y su dedo índice apretaba el gatillo. BUM. Destrozó una figura de hielo.
"¿Por qué no miras, Davo?"
Moví la cabeza, hacia la izquierda, para ver una figura pequeña, de cabello liso y suelto, y la sonrisa característica de… Elizabeth.
"¿Qué has hecho?"
"¿Que qué he hecho? ¿Y tú me lo preguntas? Davo, querido… La he matado"
"¡NO!"
Corrí hacia él, pero no podía alcanzarle. A cada paso que daba, él retrocedía. Y disparaba, a cada persona que me importaba: mi madre, Raoul, Beth, Martin, Elena, Johanna, Peeta, Mags, Wiress, Daphne, Katniss, Annie, Finnick, Nemesia, Kranack, Jon… Uno tras otro caía, destrozado, y cuando la bala atravesaba sus cráneos, se volvían humanos. Muertos, sangrando, manchando de sangre la inmaculada nieve.
Al final no quedó nadie. Sólo él y yo, y un valle regado con sangre.
"Adiós, Davo", y disparó.
Abrí los ojos de repente, temblando y respirando con pesar. Miré a un lado, luego al otro. Las manos, blancas y limpias de sangre. La cabeza, sin un agujero en la frente. Johanna me sujetó.
-¿Qué ha sido esta vez?
Y le conté la pesadilla. Hacía tanto tiempo que no las tenía, que casi me había olvidado de ellas. El corazón me latía desenfrenado en el pecho, chocaba contra las costillas y casi me impedía respirar. Necesitaba salir de allí. Aunque estuviese cansado, casi exhausto, teníamos que seguir hacia delante, acabar con esta pesadilla lo antes posible.
Nos armamos y salimos de la tenue habitación. El fuego de la espada era de nuevo lo único que iluminaba el camino. Largos pasillos de piedra, sin ninguna otra decoración que la piedra tallada.
Un etéreo olor a sangre, caliente y ajena, llegó a mi nariz. Y luego, el aullido. Dos enormes lobos, con el lomo rozando la altura de nuestros hombros, con las fauces cubiertas de sangre y mostrando los enrojecidos dientes. Uno era pardo, de ojos amarillos; el otro, grisáceo, de ojos azules como el hielo.
No tardaron en venir a por nosotros.
Nos dispusimos a correr, los pasillos eran anchos, pero demasiado estrechos para dos bestias de ese tamaño. Cada vez que llegábamos a una esquina, uno de los dos disparaba, pero o bien no acertábamos, o las bestias tenían un pelaje tan grueso que las balas apenas les rozaba la piel. Lo único que sabía, era que cada vez estaban más cerca, y nosotros más perdidos. Hasta que tuvimos que parar: nos habían arrinconado.
Era un pasillo un poco más ancho que los demás, además estaba pobremente iluminado. Las bestias se acercaban, a paso lento, casi saboreando su victoria. Nuestra carne en sus colmillos, siendo desgarrada y mutilada. Y Snow saliendo victorioso.
Desenvainé la espada, y Johanna se protegió con sus hachas. Quizá no era mucho; quizá no era más que una forma de alargar la agonía que nos esperaba. Pero era lo único que teníamos.
Yo ataqué primero. El lobo grisáceo iba por mí. La bestia saltó y lo esquivé en el último segundo, interponiendo la hoja en llamas entre ambos. Eso pareció asustarle, aunque no dejó de mostrar las fauces ni las garras. Si no atacaba, mostraba los colmillos; a veces se alzaba sobre las patas delanteras y atacaba con las traseras, y más de una vez me dejó caer, pero le temía al fuego.
Johanna no lo estaba pasando mejor, precisamente. El lobo pardo tenía un par de heridas, sangraba y cojeaba un poco, pero todavía tenía fuerza suficiente como para dar un salto y partir a Johanna en dos.
Me distraje un momento, y mi lobo saltó sobre mí. No pude esquivarlo, y sus colmillos atravesaron el cuero de la bota, del pantalón y llegaron al músculo. Apretaba, como si quisiera partir también el hueso. Yo aullaba, de dolor y sorpresa. Pero, a la vez, vi la que quizá fuese mi única posibilidad de salir vivo de allí.
Tanteé el suelo en busca de la espada, que había dejado caer cuando el lobo me mordió. Conseguí llegar al pomo, lo agarré con fuerza y una vez la tuve entre mis manos, la alcé y clavé la hoja en medio de la cabeza del lobo. Entre los ojos, saliendo por la parte superior envuelta en sangre, roja y viscosa.
El lobo cayó, muerto, hacia un lado. El agarre de la pierna cesó, y pude sacarla de entre las fauces. Sin embargo, un nuevo tipo de dolor comenzó. Una especie de hormigueo, un calor incómodo. Intenté levantarme, pero la pierna estaba demasiado débil.
Johanna seguía entretenida con el lobo pardo. Estaba más herido que antes, pero era igual de feroz. Y ella empezaba a cansarse. Quería ayudarla, pero cada vez que me acercaba, me echaba atrás, de un empujón, hacia el rincón. No quería que la ayudara.
Sin embargo, estaba en las últimas. Quizá para un par de estocadas más, pero esas serían las últimas. La muy cabezota no entendía que dos eran mejor que uno. Tenía el hacha grande agarrada con ambas manos, por encima de la cabeza, dispuesta a clavarla en alguna parte del lobo. Mas jamás llegó a hacerlo.
Un sonoro disparo, desde el final del pasillo, acertó al lobo en pleno ojo derecho. Uno, dos, tres disparos más. Resto de la cabeza, cuello. El lobo cayó al suelo, inerte y sin vida, en un charco cada vez mayor de sangre, oscura, espesa y caliente.
Me dio la mano y me ayudó a levantarme. Mantenía la mano derecha sobre la empuñadura de la espada, detrás de la columna que hacía la bifurcación. Apretaba los dientes, la pierna me dolía.
Una luz oscilante apareció, junto a un chico bastante alto, vestido de militar y un rifle en las manos. Se adentró más, y no pude resistir el grito de dolor.
Aullé por la quemazón de la pierna, y el chico nos vio. Me apuntó con el rifle, y a Johanna también. Su ceño fruncido, dejó de estarlo en cuanto nos reconoció. Llevaba una etiqueta distintiva del Distrito 13. Era amigo, era camarada.
