Capítulo 25: Cara a cara

Por unos instantes había visto mi vida ante mis ojos. Creía que el desconocido nos iba a obsequiar con una bala en la cabeza, como tantas veces había hecho y visto hacer. Pero no; gracias a los dioses no era más que un soldado enviado del 13.

Sin embargo, su uniforme era muy diferente. Apenas llevaba armadura, como si la hubiese robado de alguna parte; y el rifle estaba cubierto de sangre. Pero su rostro me sonaba de alguna parte…

Era castaño y llevaba el pelo corto. Ojos azules y una barba de un par de días, que escondía una sonrisa genuina. Siempre tenía palabras con las que responderte, aunque no supiese ni de qué le estabas hablando. Las hachas se le daban bien, lo había visto en los entrenamientos, pero nunca se reunía con ningún pelotón. Él y Johanna a veces se sentaban juntos en el comedor, así que supuse que lo reconocería.

Redfield. Caleb Redfield.

Una imagen de él, corriendo por los pasillos cuando me herí unos días atrás, cuando ataqué a mi padre en un momento de ira. Él, vestido con un pijama blanco, hablándome de forma tranquila, una vez que me desperté. A pesar de lo violento que podía llegar a ser, él no parecía tenerme miedo.

-¿Qué haces tú aquí? –inquirí, cuando bajó el rifle y se acercó.

Lo primero que reparó en mí, fue en la herida de la pierna. Me quitó la bota, examinó la herida y entonces me miró. Creo que me reconoció. Johanna estaba a mi lado, hacha en mano, por si acaso.

-Soy del equipo médico –respondió, mientras eliminaba sangre y buscaba algo con lo que curarme-. El 13 ha mandado médicos para socorrer a los heridos… aunque no sé para qué. Si lo han destrozado todo con las bombas.

De vez en cuando aullaba, la herida no dejaba de supurar sangre. Caleb llevaba una pequeña mochila, de donde sacó vendas, desinfectante y una sustancia líquida, transparente, con la que rellenó una pequeña jeringuilla. La acercó a una vena de mi brazo.

-¿Qué es eso? –inquirí temeroso; desde la tortura le había cogido un poco de pánico a las jeringuillas.

-Es un calmante –respondió, tranquilo-. Como la morflina, pero mucho más suave. Te ayudará con la pierna, te lo aseguro.

Me dejé hacer, y casi al instante, el hormigueo y la quemazón desaparecieron de la pierna. Me pude poner de pie, y caminar, aunque cojeaba un poco.

-No durará mucho, pero sí lo suficiente como para llevaros de vuelta al 13.

-Hasta que no encontremos a Snow, no nos vamos de aquí –intervino Johanna, colocándose entre Caleb y yo.

El castaño pareció resignarse, al fin y al cabo quería vigilarme. Además, estaba armado.

-Está bien –aceptó, no muy convencido, y comenzó a seguirnos.

Podía caminar, aunque sintiese la pierna dormida. Pasillos iluminados, ya no de forma tan austera; podría decirse que incluso me resultaba familiar. ¡No! Yo he estado aquí, hace mucho. Pero entonces no era yo, sino Graziel. Viví aquí, antes del Vasallaje, antes de la Rebelión. Cuando me estaba entrenando para convertirme en asesino profesional. Hacía tanto tiempo, que parecía otra vida.

Sentí en la pierna un pequeño pinchazo, y clavé la rodilla en el suelo. La quemazón volvía, de forma suave, pero con pinchacitos a cada segundo que pasaba. Caleb me miró, con gesto de sorpresa.

-Tenemos que darnos prisa, no tenemos mucho tiempo antes de que el dolor vuelva –dijo, pasando mi brazo por detrás de su espalda-. Agárrate a mí, y no apoyes todo el peso en la pierna, ¿de acuerdo? Johanna –dijo a la chica, entregándole un revólver-, tú ve abriendo camino.

Pasamos por delante de diversas puertas, cuadros de gente desconocida y otras ornamentaciones que sólo son posibles en el Capitolio. Sin embargo, llegué a reconocer una voz. La de alguien que vi por última vez en medio de un montón de gente, a lo lejos, sonriendo y mostrándose triste al mismo tiempo.

Una cabellera castaña y ojos del mismo color, una sonrisa triste y una piel pálida y suave. Labios rosados y finos, y una habilidad innata para sorprender, sonrojar y enmudecer.

-¡Donde vas! –gritó Johanna, cuando me zafé del brazo de Caleb y me dirigí hacia la habitación.

-Aquí hay alguien…que… este no es su…lugar –dije lastimosamente, la pierna me escocía cada vez más, sentía mi cuerpo arder y la visión empezó a volverse borrosa.

-¿Qué dices? –inquirió ella; le señalé la puerta, cerrada a cal y canto. Moví el brazo en el aire, como diciéndole qué tenía que hacer.

Sacó el hacha del cinto, la grande, y la dejó caer sobre la puerta. Uno, dos, tres, cuatro golpes, y se hizo una brecha. Le dio una fuerte patada, y dejó ver una pequeña habitación. Una cama, un escritorio con silla, una estantería con varios libros y un armario. Y en un rincón, con las rodillas en el pecho y la cabeza gacha, vestida con un simple camisón de dormir, había una chica. Era ella, aquella con la que tantas noches había coincidido, que tantas noches la habían enviado a mi habitación, pero tantas veces decliné el regalo de Snow.

Nuestras miradas se cruzaron, castaño contra castaño, y durante unos segundos pude ver cómo volvía a brillar, pero todavía sentía miedo.

-¿Davo, eres tú? –susurró, entre sollozos. No se atrevía a moverse.

-Sí, Hestia –respondí, echando el dolor a un lado, e intentando que mi voz sonase lo más natural posible-. Ven, son amigos. Ella es Johanna, y él, Caleb. Vamos a salir de aquí.

Quise levantarme, pero la pierna me dolía. Me desvanecí durante unos segundos, y los brazos de Caleb me sujetaron. Me alzó y me recostó sobre él.

-¿Quieres seguir? –asentí.

Seguimos adelante. Lo último que vimos, la última barrera antes de entrar en el enorme despacho, fue una gruesa puerta de madera tallada. Caras de horror, gritando y pidiendo clemencia, la adornaban. No encontramos resistencia alguna. Johanna empujó ambas puertas, y éstas se abrieron, mostrando el enorme despacho de Snow.

Su sillón y su escritorio. Réplicas de nuestros regalos, cuando fuimos Vencedores. Una foto de su nieta. Las paredes, adornadas con diversos regalos de los Distritos, de diversos papeles enmarcados, de fotos de enemigos a los que matar.

-Buenas noches, caballeros –susurró, tranquilo, sentado en su sillón.

Lastimosamente, alcé la mirada. Allí estaba, con su traje hecho a medida, una copa de bourbon con hielo y la rosa en la solapa de la chaqueta. A pesar de lo borroso de la situación, lo distinguía perfectamente. Con su arrogancia y petulancia, su porte y serenidad. Sonreía, sabía que yo estaba acabado. Sabía que Davo iba a morir.

No estábamos solos. Kranack llegó antes que todos nosotros. Él también estaba cubierto de sangre, propia y de otros. Un enorme corte le recorría la parte izquierda del rostro. Su brazo no metálico apenas podía verse entre tanta sangre. El último Vencedor del Distrito 9 estaba en un rincón, vigilante, a la espera de que llegásemos los demás. Él había iluminado los pasillos, dado instrucciones, librado los pasillos de bestias.

Hablaban, pero yo no era capaz de oír. A pesar de las voces, Snow sólo me miraba a mí: derrotado, hundido, al borde de la muerte. Respiraba con fuerza, me costaba horrores. El cuerpo me temblaba, y sentía frío… mucho frío. La garganta, todo el cuerpo me ardía. La pierna me escocía.

-¿Sientes el dolor, Davo? –la voz de Snow, en mi oído, esperando mi muerte, como si fuese carroña-. ¿Sientes el veneno pudriéndote la pierna? Sí, así es. Veneno. Nunca lo hubieras adivinado, ¿verdad? Cada minuto que pasa, se va adueñando de tu sangre, de tu cuerpo. Y no puedes hacer nada.

Oí que alguien le daba una bofetada, porque apenas podía verlo. Pero sí lo suficiente como para que su olor a sangre muerta se alejase de mí, y su voz. Tosió.

-¿Se ha vuelto fuerte, señorita Mason? –oí, no era más que un susurro. Todo estaba borroso, eran apenas manchas-. No lo era tanto cuando estaba en aquella celda…

-Ya es suficiente –oí vociferar, Kranack-. Tenemos que irnos de aquí, Davo no aguantará mucho más.

Alguien me cogió y me cargó a su espalda. Un lugar duro y con olor a sangre y sudor. El dolor de la ponzoña recorriendo mi sistema sanguíneo no me dejaba pensar.

A mi lado, de forma borrosa y lejana, estaba Kranack, corriendo para salvar mi vida, y la de todos. Pero principalmente la mía. Olía a sangre y a metal. Era él, el Gladiador. A pesar de casi traicionarle, de haberle pegado e insultado, Kranack estaba ahí. Quizá vio en mí una flaqueza demasiado grande, muriéndome poco a poco, preso de un veneno invisible inyectado a la fuerza.

Quizá yo no era más que un crío a sus ojos, un niño rico que tuvo suerte en sus Juegos, y en el Vasallaje. Él no. Él no tenía nada, ni nadie. Quizá por eso volvió a presentarse voluntario la pasada edición de los Juegos. Quizá creyese en la Rebelión, o a lo mejor no sabía (casi) nada, como yo.

Yo no sabía nada, y ahora no tendría tiempo de saber. Sentía su cuerpo correr, apresurarse a llegar a un lugar al que yo posiblemente no llegaría. Oía voces, murmullos, palabras lejanas que no entendía.

Me dejaron caer sobre una superficie dura y fría. Una luz blanquecina, y muchos desconocidos sin rostro yendo y viniendo.

"Lo perdemos"

"No le hagáis nada"

"No le inyectéis morflina"

Pero sentía las manos corriendo por mi cuerpo. Me quitaron la armadura, el traje. La sangre, quizá, y las vendas. Me inyectaron algo, porque lo sentí. Y a partir de ahí, todo se volvió todavía más inconexo.

Tan sólo reconocía una voz, la de Johanna.

"Davo, ¿me oyes?", oía en la lejanía. Y quería responder, de alguna manera, pero mi cuerpo estaba demasiado ocupado con los espasmos productos del veneno. Movía la mano derecha, eso era sí. Pero a veces era un acto inconsciente. La cabeza, los brazos, el pecho. Movimientos bruscos que me hacían daño.

Pero que demostraba que, aunque sólo fuese un suspiro, Davo seguía vivo. En algún lugar.