Capítulo 26: Despertar

Abrí los ojos en un lugar que olía a desinfectante. No tuve que hilar pensamientos, estaba de nuevo en el hospital.

Estaba vivo. Malherido, pero vivo. Y me sentí el hombre más afortunado de este asqueroso mundo.

Aunque tenía tubos entrando y saliendo de mi cuerpo, a mí me daba igual. El corazón me latía, y podía ver con la claridad propia de haber recién despertado.

A mi lado había alguien. Una cama, también ocupada, pero que con la cortina corrida, no era capaz de ver nada. Y alguien, a quien más quería en este mundo, recostada sobre mi cama. Su rostro, perfecto e infantil, descansaba a escasos centímetros del mío. Su mano, caliente y suave, agarraba la mía, fría y húmeda. Su ceño, levemente fruncido, mostraba una preocupación que duró demasiado. A pesar de lo desastroso de su aspecto, se veía más hermosa que nunca.

Alargué la otra mano, la que estaba cubierta de vendas y vías, y le aparté el pelo de la cara. Acaricié su mejilla con mi mano, y Elena se removió en sueños, emitiendo un leve quejido. Me hacía gracia que hiciese eso. La hacía real, imperfecta.

-Buenos días, princesa -susurré, acariciando su mejilla, apartando mechones de su frente, y muriéndome de felicidad al verla sonreír.

Elena no pudo reprimir su sorpresa al verme despierto. Se abalanzó sobre mí, con cuidado, y me estrujó entre sus brazos. Me dio un reguero de besos por toda la cara: la frente, nariz, mejillas, mentón, labios. Abarcó mi rostro en sus manos y me apartó el flequillo de la frente. Estaba llorando.

-¿Por qué lloras, amor mío? –inquirí, también al borde del llanto, y al borde de la risa. Algo estalló en mi pecho.

-Porque jamás creí que te volvería a ver… -respondió, abrazándome a ella. Su pecho subía y bajaba, lloraba con una rabia contenida.

Sonreí, de sorpresa. Le besé la frente, la sien. La alcé sobre mi pecho.

-Nada excepto la muerte hará que me separe de ti.

Entonces me di cuenta de mi situación. Llevaba un pijama azul pálido, la pierna derecha estaba arremangada hasta la rodilla, el resto eran vendas y más vendas recubriendo todo el desastre que me dejó el lobo grisáceo. Tenía la camisa del pijama entreabierta, varios cables monitorizando mis constantes vitales. Tenía diversas postillas, arañazos y heridas en gran parte del cuerpo. Pero, por lo demás, estaba bien.

Elena me ayudó a incorporarme. Me sentía mucho mejor. A pesar de que no quería saber nada de la guerra, de qué había pasado, mis pensamientos no hilaban otra cosa.

-¿Qué ha pasado desde que volvimos del Capitolio?

Su rostro, que hasta entonces irradiaba una felicidad genuina, se ensombreció. Dejó de sonreír, y parecía nerviosa. Como cuando quieres contar algo a alguien, pero no te atreves a hacerlo.

-Te has llevado una semana aquí… -comenzó, como si estuviera ubicando los hechos también en su cabeza-… La mayoría de los que se fueron volvieron. Malheridos, pero lo hicieron.

Recordé entonces a Bastiaan. Cómo una bomba lanzada desde un aerodeslizador del 13 había activado una vaina y se lo había llevado por delante. Su cuerpo hecho pedazos, la sangre cubriendo el Capitolio y un nombre que se elevaba al vacío. Claramente, él no sería el único que jamás regresaría al Distrito. Muchos otros correrán la misma suerte. Si no en ese momento, pronto.

Elena me dio pinceladas de información; gente que huía del Capitolio, refugiándose en los Distritos; gente desconocida que no volvería, soldados y voluntarios, gente mandada a la fuerza a la guerra. Refugiados, niños, abuelos, desertores.

Pero nadie que me importase. Sabía que Johanna, Caleb y Hestia habían sobrevivido, yo estaba allí. Pero no sabía nada de mi pelotón, ni del 451, donde había gente que me importaba. A mí y a todo Panem.

-Finnick murió –masculló, entre lágrimas-. Y Prim, la hermana pequeña de Katniss. Jon, tu capitán, está en estado crítico. Varios agentes de la paz lo acribillaron a tiros…

No escuché más. Finnick. El chico dorado, el de los ojos color de mar, el de los azucarillos y una sonrisa siempre en su rostro no volvería jamás. No pude evitar pensar en Annie. ¿Qué sería de ella? Finnick era su ancla en este mundo. Sin Finnick, sin Mags.

Las lágrimas se agolparon en mis ojos, pero me aguanté las ganas de llorar. Apreté la mandíbula, los puños, y un grito murió ahogado en mi garganta. Me movía de forma violenta sobre la cama. "Si… si algo me pasa, prométeme que cuidarás de ellos", me había dicho, el día antes de partir hacia el Capitolio. Ahora Annie y el hijo de ambos estaban a mi cargo. ¿Y qué haría yo?

Durante un rato estuve en silencio, sumido en mis pensamientos. Elena también, aunque sus manos subían y bajaban por mis brazos, en un intento inconsciente de tranquilizarme. Entonces me di cuenta de la cantidad de información que sabía, acerca de lo que ocurrió en el Capitolio.

-Elena… -susurré, con temor. Ella me miró-: ¿fuiste al Capitolio?

Ella se quedó callada, durante unos segundos. Los suficientes como para temerme lo peor: que hubiera ido allí, se hubiera puesto en peligro, ya fuera por voluntad propia o por una orden de Coin.

-No –respondió, y de nuevo ese gesto de no saber cómo expresarse-. Esto no deberías saberlo, ni tú, ni todo tu escuadrón, pero…

-¿Pero qué?

-Llevabais cámaras en el traje –estaba sorprendido, ciertamente no sabía nada-. Heavensbee pensó que vendría bien que el Capitolio supiese que estabais infiltrados en la mansión de Snow. Incluso cómo llegabais hasta él y lo capturabais.

-¡Hijo de puta! –se me escapó entre dientes. Elena se acercó más a mí.

-Pero ya todo ha pasado –intentó reconfortarme, aunque sabía que era una tarea casi imposible.

Imágenes difusas y sin un orden concreto iban y venían de mi cabeza. Momentos de la niñez, de hacía apenas una semana. El Vasallaje, la lluvia de sangre. El colegio, las clases de dibujo. Un instante de verano, Raoul aprendiendo a caminar sobre el césped del bosque. La primera vez que fui al Distrito 4, que vi el mar. Finnick y Annie, la playa, y el atardecer. Elizabeth, perdiéndose entre la gente para correr a mis brazos, en la estación del Distrito 7, cuando gané los Juegos.

Imágenes del pasado y del presente, que ahora quedaban huérfanas.

De repente empecé a sentir un profundo sueño. Los ojos se me cerraban, y el cuerpo lo sentía pesado y adolorido. Intentaba resistirme, pero los párpados pesaban tanto…

Y cuando volví a abrir los ojos, estaba solo. Miré a mi alrededor, sólo para ver una presencia que me repugnaba: Cyril Wright. Allí estaba, con su impecable traje militar, sus manos detrás de su espalda y su mirada arrogante, orgulloso de una victoria en la que él no hizo nada, excepto mirar.

Se acercó a mí, y pude jurar, que sentí el olor de la rosa genéticamente modificada de Snow, impregnada en él.

-Me das asco –mascullé, trepando en la cama, intentando que él no me tocara.

-Oh, por favor –dijo él, sentándose en un banquito de madera que allí había-. ¿No podrías dejar, por unos minutos, de remover el pasado?

-¡Tú nos abandonaste!

-Me fui porque quería daros un Panem libre, un Distrito 7 libre.

-¡Mientes! ¡Lo único que hiciste fue huir, y refugiarte bajo la tiranía de Coin! –grité; estábamos solos, ¿quién me iba a mandar callar?-. Huiste, y nos destruiste. Sabes que fui a los Juegos del Hambre. Dos veces. Una vez vencí, y en el Vasallaje me capturaron. ¡Me bloquearon los recuerdos, me volvieron una máquina de matar! Y no fui el único. Y ahora… Finnick está muerto, de Johanna no sé absolutamente nada, y Elena y Elizabeth… ¿Estás feliz, padre?

-Si todo este sacrificio ha servido para acabar con Snow, sí –respondió orgulloso-. Todo vale en la guerra.

-¿Incluso si tu propio hijo está implicado? –susurré, furioso. Cyril me miró con sus ojos azules, frío y sin un ápice de compasión. Asintió, en silencio, y se fue.