Capítulo 29: Caos
Gritos, gente corriendo de un lado para otro, gestos de horro y asombro, y padres protegiendo de la imperiosa imagen a sus hijos. Y en el fondo, una risa. Busqué con la mirada la fuente del irrisorio gesto. Snow. ¿Quién si no? Todavía seguía atado, y se regocijaba por lo que Katniss había hecho. Él había ganado. El Capitolio siempre gana.
El tumulto de gente corría de un lado para otro, asustados; y los soldados no eran suficientes para aplacar el miedo y la desolación que inundaban el ambiente. Pude ver que Peeta, en una lucha contra sí mismo, murmuraba algo, que no llegué a oír. Simplemente lo vi correr hacia el palco, buscando a Katniss, quien se perdía en un revoltijo de soldados, y rebuscaba algo en un bolsillo del traje.
La gente seguía corriendo, los soldados evacuaban el ágora. El resto de Vencedores éramos sacados de allí, en medio del desorden, me escapé.
-¡Davo! ¡Davo, donde vas! –gritó Elena, luchando por acercarse a mí, mientras la multitud la empujaba hacia atrás.
-¡No te preocupes por mí! ¡Tengo que saldar una vieja deuda! –grité, aunque mi voz se perdía entre el gentío.
Me abría paso entre la multitud que me empujaba hacia atrás. Empujones y palabrotas, pisotones y movimientos ágiles para llegar hacia aquel hombre que me había arruinado la vida hacía ya tantos años. Él, y su imperio de pan y circo.
La pierna me dolía a horrores, cojeaba y sentía mi cuerpo arder. Pero empecé a oír su risa, esa melodía que bien podía compararse con el maldito infierno, y que me impulsaba a seguir hacia delante y llegar hasta él… y silenciarlo para siempre.
No sé cuánto tardé en recorrer los escasos cuarenta metros que separaban la tribuna hasta el palco. Estaba empapado en sudor, ardiendo no sabía si de odio y ganas que tenía de matarlo o del esfuerzo. Apretaba los dientes, cabreado, pero también con miedo. Y finalmente, con la gente corriendo a mi alrededor, llegué hasta él.
Seguía riéndose y tosía sangre de vez en cuando. Sangre coagulada y que apestaba a muerto. Estando tan cerca de él, la rosa no hacía el efecto deseado. Me arrodillé frente a él y Snow alzó la vista.
-Buenos días, señor Wright –susurró, entre toses y risas-. ¿Has venido a matarme, o eras el segundo elegido por Coin después de la señorita Everdeen?
-Sabes muy bien por qué estoy aquí, Snow.
Y en ese momento, un sangriento flashback, de mis días de asesino, pobló mi mente.
"Una nueva fiesta, un nuevo objetivo; siempre el mismo modus operandi.
Recogí el sobre blanco que contenía el trozo de papel con el nombre del objetivo que tenía que eliminar, ya estaba allí cuando llegué, encima de la mesa del salón, justo en el centro, casi de manera milimétrica. Me vestí con el traje que tenía preparado para la fiesta de esa noche; camisa blanca con mangas de 3/4, pantalones de mezclilla rojos y zapatos negros. También tenía una especie de corbatín, pero decliné su uso, hacía demasiado calor.
Me acerqué a la mesa, y cogí el sobre. Lo abrí, y el olor a sangre y rosas me abofeteó la nariz. Y allí, con tinta negra, letras escritas a mano, 'Dominik Sumpter', uno de sus hombres más poderosos, y también, con información suficiente como para tener un mínimo de esperanza para derrocarlo.
Sin más, salí del edificio, en la puerta me esperaba un coche de tonos oscuros, y dentro, la compañía de siempre: Hestia. Esta vez llevaba un vestido corto en tonos rojizos, el cabello castaño recogido en un moño alto y varios mechones colgaban alrededor de su rostro; apenas llevaba maquillaje, algo que agradecí luego de estar rodeado de gente cuyo todo exterior eran capas y capas de maquillaje y tatuaje.
Al llegar a la fiesta fui uno de los más buscados por los invitados del Capitolio. Divisé en una esquina, rodeado de casi una docena de mujeres, a Finnick, con su sonrisa estudiada y sus ágiles palabras de agradecimiento barato. Él también me divisó a mí, y durante el segundo que nuestras miradas se encontraron, ambos sabíamos cómo acabaríamos esa noche.
Después de la medianoche, y pasarme horas charlando con Sumpter y otros ministros de Snow, gran parte de los invitados volvieron a sus casas, a continuar con la fiesta, alguno de ellos acompañados. Una señora entrada en la cuarentena se me acercó, se sentó a mi lado en el banco y me ofreció una copa de champán. Era joven, era Vencedor… mi cuerpo podía estar en venta como el de Finnick, Johanna o Cashmere, que también asistieron a la fiesta. Sin embargo, Hestia, quien seguía a mi lado, logró apartarla aludiendo a que ella ya había pagado por mí, una copiosa cantidad para pasar toda la noche conmigo, incluso en la fiesta. Y la señora se marchó.
Cerca de las dos de la madrugada, Sumpter se marchó a casa. Lo imité, llevándome a Hestia conmigo, para seguir con la farsa, pero nada más traspasar la puerta, nuestros caminos se separaron. Volví al piso donde vivía en el Capitolio, y me vestí con la ropa negra y la máscara blanca que me convertían en profesional. La casa de Sumpter no distaba tanto de la Aldea de Vencedores del Capitolio, en apenas quince minutos ya logré alcanzarla.
Me agazapé por su casa, aún estaba a oscuras. Mejor. Sabía dónde iba a acabar, en una habitación que sólo utilizaba cuando llamaba a chicas de compañía. Y siempre, después de una fiesta, hacía lo mismo. Era uno de los pocos hombres fuertes de los que no tenía constancia que se… 'divirtiera' con alguno de los Vencedores de Juegos anteriores. Quizá nunca le entró curiosidad.
Esperé escondido en la oscuridad de un rincón. A las tres, la puerta de su casa se abrió, de un portazo y las luces se encendieron. Sumpter no estaba tan borracho como creía, lo que me simplificaba las cosas. No quería que me vomitase encima del traje, sería asqueroso.
Hacía tiempo que me había abandonado a la personalidad de Graziel. Así que cuando Sumpter entró en la habitación, en un rápido movimiento me pegué a su espalda, grasienta y pegajosa, que olía a perfume barato y a tabaco, y le pegué un pequeño cuchillo en el cuello.
-Shhh, shhh –le susurré al oído-. No tengas miedo, Dominik. Somos amigos.
Sumpter estaba asustado, y su cuerpo no dejaba de temblar, ni de sudar. Aunque la habitación disponía de aire acondicionado, este sudor era diferente. Sudaba de miedo.
-Vamos a hacer una cosa, Dominik –utilizaba una voz profunda y susurrada, en parte por mi propia garganta, y en parte por efecto de la máscara-. Vas a marcar este número, y vas a escuchar atentamente, ¿de acuerdo? –le di un número garabateado, lo había visto tantas veces que ya me lo sabía de memoria, pero así era el protocolo.-. Pero yo también necesito oírlo, es el protocolo. Porque lo sabes, ¿verdad? Sumpter lo marcó, puso el altavoz y a la tercera llamada, Snow descolgó.
-Dominik Sumpter, el ministro más laureado de Panem, que se creía con poder suficiente como para derrocarme –la voz de Snow sonaba áspera, metalizada, como si acabara de beber veneno y tomarse el antídoto-. Escúchame bien, porque va a ser lo último que oigas en tu vida Dominik: nadie puede derrocarme, ni tan siquiera tú –guardó silencio, y al cabo de unos segundos, continuó-. Graziel, ya sabes qué hacer.
Snow colgó, y yo me dejé ver a la luz de la lámpara de la mesilla de noche de la habitación de Sumpter. Sonreía, porque para eso había sido entrenado: que disfrutase con la muerte, con mis objetivos. También, era protocolo. Nadie podía estar triste en un trabajo con cara al público, ¿o no?
Separé el cuchillo de su cuello, y luego lo volví a acercar, justo encima de la vena yugular derecha. Sumpter sudaba a raudales, su pulso latía en su cuello, podía notarlo a través de la navaja. Empezó a respirar fuerte y de forma entrecortada, nervioso. Alcé la mirada unos segundos, disfrutando del espectáculo del miedo en los ojos castaños de Sumpter. Eso, la mirada llena de miedo de las víctimas, en los últimos segundos de sus vidas mientras te pedían misericordia, era lo más gratificante de ser un asesino. Porque tenías su vida en tus manos, podías hacer con ella lo que quisieras. Ellos estaban a tu merced. Sin embargo, como dicen, la felicidad siempre viene en frascos pequeños.
Clavé la punta de la navaja en el lateral de su cuello, y luego lo fui deslizando limpiamente del lado derecho al izquierdo. Al instante, empezó a brotar sangre, roja, húmeda y que apestaba a alcohol y a sudor. No me importó mancharme el traje, siempre sucedía. Me gustaba mancharme de sangre, era un pequeño lujo que no siempre se podían disfrutar. Pero, en este caso, la muerte dictada fue esta.
Limpié el cuchillo con el propio traje de Sumpter. Salí de su casa y volví a la Aldea de Vencedores, me quité la ropa, la quemé en el pequeño horno que tenía en la habitación más alejada, y me di una ducha de agua fría. Había vuelto a ser Davo, y no quedaba absolutamente nada del recuerdo de la muerte de Sumpter en mi memoria"
Abrí los ojos. Allí estaba él, cubierto de sangre y regodeándose de su pequeña victoria.
-¿Sabes? –él me miró, sus ojos azules brillantes por la risa-, debí haberlo hecho hace mucho tiempo, presidente –me acerqué más, rebusqué en la chaqueta y saqué el abrecartas con forma de pluma-. Curioso que vaya a matarte con un regalo que tú mismo me hiciste. ¿Recuerdas las técnicas de asesinato que tú mismo revisaste? Bueno, hoy vas a catarla.
Le cogí del pelo blanco de la cabeza, obligándole a mantenerme la mirada, frente a frente con la mía propia. Snow era distinto al resto de todos aquellos a los que había matado, él no tenía la mirada llena de miedo, simplemente lo aceptaba. No respiraba de forma incontrolada, no sudaba, no suplicaba por su vida. Y yo me sentía perdido, porque no podía disfrutar con su muerte.
Él quiso decir algo, posiblemente burlarse de mí, pero no se lo permití. Le clavé el abrecartas en la garganta, haciendo un profundo surco redondo justo en la tráquea. De su cuello nacía un río rojo de sangre caliente, coágulos sanguíneos y saliva. A veces tosía, y esa sangre iba directa a mi chaqueta, a mi camisa. Y cuando saqué el abrecartas de su garganta, limpié la hoja en su chaqueta.
Me levanté con mucho esfuerzo, la pierna me dolía como si el lobo me hubiera vuelto a morder. La gente, ya más dispersa y difusa, se alejaba de mí en cuanto me veía, cubierto de sangre y cojeando.
Conseguí llegar al compartimento; abrí la puerta con un poco de fuerza, y me desplomé en el suelo. Ya no soportaba más el dolor.
-¡Davo! Davo, dios mío, ¿qué has hecho? –la voz de Elena, que sonaba próxima a mí, pero no era ella la que me llevaba arrastrando hasta el colchón-. ¿Qué has hecho? Esa sangre… no…
Me recostaron en la cama, aunque la espalda la tenía sobre la pared. Elena no estaba sola. Con ella estaban Elizabeth, Johanna y Caleb, que rebuscaba en los cajones por una jeringuilla cargada de morflina, para calmarme el dolor.
-He matado a Snow –mascullé, entre el dolor y la sensación de calma que la morflina pronto me dejaría en el cuerpo.
-Eres un… -mi cabeza divagaba de un lado a otro, mis ojos también. Elena estaba asustada, no se podía creer lo que había hecho. Bueno, en realidad, nadie se lo creía. Johanna mantenía a Elizabeth sobre su regazo, de manera que no viese el estado en el que me encontraba. Porque ella había visto muertes, sí, pero nunca tan de cerca. Y a mi lado, estaba Caleb, buscando una solución para la pierna-… un… insensato. ¿Qué va a pasar ahora?
-Nada peor de lo que hubiera pasado si no lo hubiera hecho –oí decir a Johanna, aunque su voz tenía tintes de miedo. ¿Por qué? Fuera cual fuera el caso, no era de mi incumbencia. Ella era demasiado complicada para mi mente.
Me sumergí en un ambiente de calma, durante unas cuantas horas. Cuando volví en mí, aún era de noche. Elena dormía a mi lado, abrazada a mí, a mi ropa cubierta de sangre seca, sin importarle. En el suelo, sobre un revoltijo de mantas, dormía Elizabeth, y un poco más alejados, como dos cucharas encajan en un cajón, Caleb y Johanna. Él mantenía su mano izquierda sobre la cintura de ella, y ella parecía no tener pesadillas.
En cualquier momento vendrían a por mí. Pero mientras podía, quería disfrutar de este pequeño momento de felicidad que tenía, en medio de tanto caos.
