Capítulo 30: Secuelas
No me equivoqué. A la mañana siguiente, dos soldados vinieron a por mí. Me pusieron un par de esposas y me llevaron por el pasillo, hasta una habitación cuadrada y luces azuladas, de tonos tenues que me hacían recordar la celda del Capitolio.
Me sentaron en una silla de metal, y al otro lado de la mesa larga que había en la habitación, había casi una decena de personas. Algunas vestían como soldados, otros, de civiles. Reconocí a Haymitch, sentado en una de las sillas laterales; a Daphne, más al centro; y a Cyril, que no paraba de mirarme como si no fuese más que un animal enjaulado. Y el resto, nada. Simples habitantes del 13, con algún poder en el Distrito, aunque fuese mínimo.
Iban a juzgarme, decían. Había cometido asesinato en primer grado, decían. Había desobedecido órdenes, decían.
La mayoría de ellos querían encerrarme para siempre en un calabozo; al parecer era peligroso porque podían darme ataques de locura y matar a cualquiera, porque ya lo había hecho antes, por las órdenes de Snow. Que quizá mintiese ahora, y que en cualquier momento Graziel resurgiría y podía crear un vacío de poder de tal manera que todo el sistema colapsaría. Que no era de fiar, porque fui tributo y vencedor, y precisamente, los vencedores lo único que sabían hacer era mentir. Que yo aún era un protegido del Capitolio, y que anularía la causa rebelde.
Decían tantas cosas, que ya no me merecía la pena seguir escuchándolas.
Y en ese momento, me di cuenta de lo que había hecho. Había matado a Snow. Le había clavado un abrecartas en la garganta y lo había asfixiado, en su propia sangre, que corría por su cuello como una cascada, a borbotones y que olía a muerto. Y yo estaba empapado de su sangre, no solo de la suya, esa que me ensuciaba la ropa y las manos, sino de toda aquella sangre de la gente a la que maté, por sus órdenes o simplemente para seguir vivo, en mis Juegos. Incluso más allá, de toda esa sangre de todos los tributos de todos los Juegos, todos eran víctimas mías, porque yo, también era culpable de permitir que esa sangría anual siguiera celebrándose.
Había matado a Snow, con mis propias manos. Había cometido un enorme error, haciendo caso de mis impulsos humanos, del odio y resentimiento. De aguantar tres años sus órdenes y manchándome las manos.
Era un asesino, y esta vez fue por decisión propia. Ahora que había matado a un hombre por decisión propia, aunque fuera promovido por el odio y la profunda aversión que sentía hacia él, sentí miedo. Mucho miedo. Y mi corazón latía fuerte y rápido contra mi pecho, me faltaba el aire y mis manos temblaban.
Cerré los ojos y apreté las muñecas contra las esposas, como hacía Peeta cada vez que sus ojos se oscurecían y su mente se veía atacada por los falsos recuerdos del Capitolio. El dolor era capaz de arrastrar el miedo que sentía, lo disminuía o lo disimulaba, no estaba seguro. Pero al menos, el miedo no me carcomía.
Alcé la mirada, discutían entre sí sobre qué hacer conmigo. Algunos parecían unos rendidos, habían dejado de discutir hacía tiempo. Daba igual, sus palabras no llegaban a mis oídos.
Sin embargo, tras casi media hora de deliberación, en la que me dejaron solo en la habitación, Haymitch entró, me soltó de la silla y me quitó las esposas. Alargó el brazo, ayudándome a levantarme.
-Te van a exculpar de la muerte de Snow –me dijo, mientras recorríamos el pasillo hasta mi habitación-. Han alegado que sufriste alguna especie de episodio post-traumático, y que por eso lo hiciste.
-He matado a más de cincuenta personas porque Snow me lo ordenó –recordé, tres años siendo el profesional en la sombra del Capitolio.
-Por eso, nadie soportaría tanta presión –continuó-. Charles intervino por ti, Davo. Y Hestia también testificó. Ya sé… que te lo dije, pero… gracias por sacar a mi hermana de allí. Creí… por mucho tiempo creí que ella también había muerto, y ahora…
-Bueno, lo hecho, hecho está –mascullé, la pierna me dolía-. Lo importante es que ella está aquí, y tú también, y los pocos que quedamos, estamos todos bien. Y eso es suficiente.
Llegamos a la puerta del compartimento. Lo abrí, esta vez sólo quedaba Elena. Estaba allí, sentada en la cama, con el collar que hice para ella entre sus dedos. Había llorado, sus ojos estaban rojos y empapados, y su cuerpecillo sucumbía a los espasmos cada vez que el hipo recorría su cuerpo. Al oír la puerta, alzó la cabeza y abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. Simplemente se curvó en un gesto extraño, antes de volver a sollozar y correr hacia mí.
Haymitch me soltó y caí en los brazos de Elena. Me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar, su cuerpo temblaba y no paraba de llorar. Alcé las manos, sobre su espalda, reconfortándola levemente. Llevé mis labios a su oreja, y le susurré:
-Me han declarado inocente. Soy libre.
Levantó la barbilla, y sus labios capturaron los míos, de forma desesperada y apremiante. Ya nada me unía al Capitolio, ahora sólo era un chico que había tenido suerte. Y mi mayor premio, era ella.
Durante una semana, apenas salimos del compartimento. Había muchas cosas que arreglar, entre ellos el vacío de poder, que se resolvió con unas elecciones de emergencia y que fueron ganadas por la Comandante Paylor, del Distrito 8. Mucha gente se marchó del Distrito 13, de vuelta a sus hogares o en busca de un lugar donde vivir. La mayoría de los nativos del 13 se quedaron aquí, pero un pequeño grupo se aventuró hacia otros lugares.
Por un tiempo creí que no tendría que preocuparme más por los diversos trucos capitolinos, pero Snow seguiría en mi vida para siempre, como un fantasma del pasado que jamás me abandonará.
Fue una noche de diciembre, fría y cómoda entre las sábanas. Empecé a sentir calor, un calor similar al que se siente en las tardes de verano, que te corroen por dentro y del que no hay manera de librarse.
Todo comenzó en la pierna, como un gas que se disipa por la atmósfera. Ese calor, por mi sistema sanguíneo, sumiéndome en una fiebre insoportable y dolorosa. Empecé a moverme, y a quejarme, como en los sueños en los que no podía despertar. Daba patadas y puñetazos, en la garganta morían quejas sin fuerza suficiente como para salir.
De alguna manera, el veneno del mordisco del muto había sido asimilado por mi sistema sanguíneo, y se había quedado allí, agazapada para atacar en cualquier momento. Y ahora estaba dando la cara. Una fiebre que superaba los cuarenta grados, un dolor punzante en todo el cuerpo, escalofríos y casi delirios que hacían de la existencia una cosa insufrible.
Los médicos no me dejaron abandonar el Distrito hasta bien entrada la primavera. Había cumplido los veinte allí, en el hospital, sufriendo diversas recaídas por el veneno de los mutos. Pero, después de infinitas pruebas, lograron controlar los ataques. Seguiría con ellos toda la vida, pero habían desarrollado una especie de antídoto, que me ayudarían a soportar cada vez que me pusiera enfermo.
Y además estaban las pesadillas, otro regalo no deseado que duraría para siempre. Pero ahora, al menos, había vuelto a ser yo. Me sentía raro, en un Distrito medio destruido por los bombardeos y la guerra civil acontecida en Panem, en un hogar donde sólo quedábamos Elizabeth y yo, donde gran parte de la población había muerto.
Había mucho que reconstruir, en todos los aspectos. Así que cuando puse los pies en mi amado bosque, con Elizabeth a un lado y Elena en el otro, supe que gozaba de una oportunidad que muchos otros jamás gozarían. Y estaba agradecido por ello.
