Epílogo: ¿Dónde está el país de las hadas?

Siento cómo la cama sube y baja de manera rápida y nerviosa. Alguien, de manitas pequeñas y uñas cortas, me da golpecitos en la espalda; y su voz, clara y aguda, me va trayendo rápidamente hasta el mundo de los vivos.

Hago un par de gestos de fastidio, y vuelvo a aplastar la cara contra la almohada. "Que no…", susurro, como un niño que no quiere despertar. Pero, finalmente, la insistencia de esa personita es mayor que mi paciencia y abro los ojos.

-¡Papi, papi, despiedta! –me doy la vuelta, y Victoria, la luz de mis ojos, está sentada entre Elena y yo, con su pececillo de peluche fuertemente agarrado a su mano derecha-. ¡Es muy tadde, la tía Annie y los demás ya van a llegar! ¡Date pdisa!

Ah, sí claro. Los próximos días tenemos la reunión anual de ex-vencedores. Era una tradición que instauramos hace unos cinco o seis años, cuando la rebelión acabó y queríamos tener algo propio, los diez vencedores que quedábamos vivos. ¿Diez? Sí; Enobaria, Beetee, Annie, Johanna, Kranack, Haymitch, Peeta, Katniss, y aunque resulte extraño, también Kranack y Charles. Kranack fue torturado en secreto por Coin, pero logramos liberarlo; y Charles se quedó aquí, en el 7, liderando las fuerzas rebeldes cuando el Capitolio mandaba nuevos ataques al Distrito.

Muevo la cabeza, y veo que no son más de las siete de la mañana. Vuelvo a aplastarla sobre la almohada, pero esta vez llevo a Victoria sobre mi cuerpo.

-¿Por qué eres tan madrugadora en verano, mi reina mora? –le digo, al oído, y ella se ríe. Sus cabellos castaños, desordenados, me hacen cosquillas cuando se ríe. Le gusta que le llame reina mora, nunca supe por qué.

Es tan pequeña, pero tan grande a la vez. Su piel es pálida como la de Elena, y tiene su mismo cabello castaño. Sus ojos, grandes y despiertos, son de un castaño que resulta demasiado claro para ser oscuro; y demasiado oscuro para ser castaño claro. Es como una mezcla perfecta. Siempre está sonriendo, y nunca para quieta. Y, sin embargo, no es capaz de alejarse diez pasos de mí. Es muy vergonzosa, y siempre lleva consigo el peluche, un pececillo amarillo con líneas y aletas azules, que le llamó Sr. Tumnus, según entendí.

Finalmente me rindo y me levanto, con ella en mi regazo, porque todavía no considero apropiado salir de la cama. A nuestro lado, Elena se ha incorporado sobre un costado, y trae consigo a una criatura minúscula, con el pellejo típico de los recién nacidos todavía pegado a su piel. Perseo. Aún no consigo creerme que haya formado una familia en tan poco tiempo, después de tantos desastres. Pero parece que es lo que tenemos la mayoría de los ex-vencedores como recompensa.

"Al llegar al Distrito 7, al volver a casa, todo a nuestro alrededor estaba verde, cálido, vivo. El aerodeslizador nos dejó en el claro, donde nos esperaba alguien a quien creía muerto: Charles. Estaba allí, con la ajada gorra que le acompaña desde que tengo memoria y su bastón. Su mirada sabia, y su media sonrisa de felicidad. Nos abrazó, a los tres, y nos llevó a casa.

Gran parte del Distrito había sido derruido. Muchas casas de madera ardieron, y todavía había signos de batallas. El Capitolio no nos dejó en paz; quizá no nos bombardeara tanto como al 8 o al 12, pero sí mandó un incontable número de soldados, con tal de volver a recuperar el poder.

Omitió gran parte de las contiendas, mientras llegamos a la Aldea de los Vencedores. Curiosamente, esa parte la dejaron intacta. Una docena de casas, sólo una habitada.

Charles nos llevó a su casa, donde también estaban Johanna y, para mi sorpresa, Caleb. Bueno, se habían acercado bastante en los últimos tiempos, pero nunca creí que llegasen a tanto. Caleb podía considerarse afortunado.

Los días se convirtieron en semanas, y éstos, en meses. Cada día arribaba más gente al Distrito, tanto nacidos aquí como forasteros de otros Distritos. El Capitolio mandó un gran número de constructores del Distrito 2, para evitar que las casas que se estaban construyendo fuesen sólo de madera. Se construyeron además orfanatos, escuelas y hospitales. Un año después, el Distrito seguía diezmado, pero ya tenía un aspecto similar a antes de la guerra.

Al llegar el invierno, Elena, Elizabeth y yo volvimos a nuestra antigua casa, la de la Aldea. Casi todo seguía allí, justo cómo lo habíamos dejado antes de marchar al Vasallaje. Elena sentía reparo, esa casa no era suya. Pero yo la acogí entre mis brazos, y le dije, muy bajito "mi único hogar es contigo; por favor, no te vayas. Sin ti estoy perdido". Y ella se quedó.

Los días eran soportables; gastaba mi tiempo en ayudar a construir, tal como lo hacían Johanna y Caleb, aunque éste pasaba gran parte del día en el hospital. Era el único médico del Distrito, y tenía bastantes pacientes. Y por las noches, terminaba tan cansado, que no había ni rastro de pesadillas. Aunque siempre sospeché que los brazos de Elena tenían mucho que ver."

Me levanto y me llevo a Victoria en brazos. Pero primero rodeo la cama, y le doy un casto beso a mi mujer en los labios, y un roce en la frente de Perseo. Él solloza, pronto tendrá hambre y su único propósito será saciarla.

Bajo las escaleras, directo a la cocina y dejo a la niña en su sillita. Salgo afuera y veo que el lechero ya ha dejado el litro de leche en la puerta. Lo recojo, y pongo una parte a hervir. Mientras, corto varias rebanadas de pan y acerco mantequilla y varias mermeladas. Las tuesto un poco, y retiro la leche del fuego. Sirvo un poco en un vaso a Victoria, y le acerco una tostada con mermelada de fresa. El resto, echo café en un vaso y un sorbito de leche; y preparo varias tostadas para mí y para Elena.

Pronto empezarán a venir nuestros amigos. El primero, sin duda, sería Ethan, el hijo de Annie y Finnick. Hacía poco que había cumplido los nueve años, y era un clon de su padre: cabello rubio, piel dorada y atlética y una sonrisa que enamoraba a cualquiera. Sin embargo, los ojos eran exclusividad de Annie. Esos ojos verdes oscuros, difíciles de olvidar. Luego vendrían Peeta, Katniss y un Haymitch sobrio (por extraño que parezca, siempre aparece sobrio. La noche ya es otro mundo); Peeta siempre traía pan y pastelillos para la primera noche, y el primer amanecer. Kranack y su familia; su mujer Jeyne y su hijo Derek, casi tan peligroso como él. Y llegando el mediodía, Beetee y Enobaria, quien no compartía el mismo entusiasmo que el resto.

Victoria está inquieta. Y bueno, supongo que en la casa de enfrente, cierto chiquillo también estará deseando salir a jugar, con un hacha de peluche en la mano.

Aún me cuesta creer que vivamos en una paz absoluta. La siento voluble, como si un simple suspiro pudiera destrozarla. Pero Paylor parece una buena presidenta, los Distritos están contentos, y el Capitolio también. Ya no existen los Juegos del Hambre, ya no tenemos que temer el hecho de ver cómo nuestros hijos serían enviados a ese cruel espectáculo. Pero hay algo que me incomoda, de todas maneras. Hay muchas mañanas en que mi hija se me queda mirando las muñecas, preguntándome que son esas rayas blanquecinas que destacan sobre la piel morena. Siempre le digo que son marcas de nacimiento, antojos, y que parecen pulseras. Pero se lo cree sólo porque es una niña; dentro de unos años crecerá, y se preguntará por qué su padre es famoso; qué son los Juegos del Hambre y por qué le llaman tanto del Capitolio. Y lo mismo le sucederá a Annie; Ethan querrá saber quién era su padre, quién era esa leyenda viva llamada Finnick Odair; y a Johanna, Arthur sentirá curiosidad por las cicatrices que recubren gran parte de su cuerpo; y a Kranack, Derek verá la bola con cadena escondida en el baúl, y esas relatos que cuentan los libros de Historia. Y ya no podremos mentir más.

Pero ese día aún está lejano. Todavía podemos disfrutar de la niñez de nuestros hijos, su ingenio y las preocupaciones volátiles de una mente infantil.

En ese momento, Elena baja por las escaleras. Trae con ella a Perseo, que se ha vuelto a dormir. Lo tumba en la pequeña cesta de mimbre que hay en la mesa auxiliar que decora la parte central del salón, entre los sillones, la televisión y las estanterías adornadas con diversos regalos, fotos, dibujos y alguna que otra talla mía. Victoria se queda embobada mirando a su hermano; sentimientos contrariados. Por una parte, sé que lo adora, es muy protectora con él y no soporta un solo día sin verlo. Pero, a la vez, es distante. Se vuelve demasiado infantil y mimosa cuando estamos los cuatro en una misma habitación; por suerte, se queda ahí. Ella sabe que Perseo necesita de cuidados constantes porque no es capaz de cuidarse solo, y ella sí; aunque gran parte del tiempo en que comparten habitación se la pasa jugando con él, así que los celos apenas hacen su aparición.

Sobre las diez de la mañana, un toque característico a la puerta: Ethan. Tres toques rápidos, dos lentos y tres rápidos. Veo que Victoria corre como loca a abrir, y se lanza a los brazos de Ethan en cuanto lo ve. No puedo evitar sonreír, y cuando Annie me ve, nos regalamos una mirada de complicidad.

Dejo el hacha clavada en el tocón de madera, y llevo los últimos taquitos que había cortado al cobertizo. De la algarabía, Perseo se ha puesto a sollozar. Elena lo acoge entre sus brazos y lo mece, calmándolo.

-La próxima vez, un poco menos efusivo, Fishboy –digo una vez que me agacho, entre mi hija y Ethan. El pequeño rubio parece disgustado.

-Lo siento, tío Davo –se disculpa avergonzado. Sus mejillas se tiñen de un tímido rosa, y hace mohínes de disgusto. Sonrío, y le paso la mano sobre la cabeza.

-No te preocupes, no sabías que Perseo estaba dormido –le exculpo-. Bueno –cambio de tema-, la última vez que nos vimos me dijiste que me enseñarías a hacer redes. ¿Vamos?

La última promesa que le hice hacía apenas unos meses, cuando estuvimos en el Distrito 4, le hace volver a ser el niño seguro de sí mismo y juguetón tan idéntico a su padre. Los ojos le brillan, y dos profundos hoyuelos se forman en sus mejillas.

-¡Por supuesto!

En la cocina veo a Elena y a Annie hablando de diversas cosas, me acerco de forma sigilosa y rodeo a mi mujer por la espalda, dejándola caer sobre mi pecho, sosteniéndola.

-¿Cuándo vas a dejar de hacer eso? –pregunta, indignada.

Le saco la lengua y acerco mis labios a su oído. "Nunca, querida", susurro y le doy un beso en la mejilla izquierda.

-Me llevo a Ethan al río, para que me enseñe a pescar con redes –miro a Annie, y pongo cara de cachorrito, como si fuera un niño pequeño-. ¿Puedo?

La mujer no tiene con qué negarse, así que acepta y se acerca a su hijo, a repetirle por enésima vez cómo tiene que comportarse y todas las cosas de madre que se le ocurren. Mientras, voy arriba a la habitación a cambiarme. Me pongo una camiseta de tirantes, unos pantalones que me llegan a la rodilla y unas deportivas finas. En algún lugar del cobertizo hay una vieja red de pesca, así que la cojo y me llevo a Ethan al vado del río.

A la vez que salimos de casa, Caleb volvía del bosque con su maletín de piel. Supongo que se ha pasado la mañana rebuscando plantas y otros menesteres para hacer los brebajes y ungüentos para aquellos escépticos que no creían en la medicina. Trae bastantes cortes superficiales, posiblemente por haberse metido por parajes que todavía no conoce muy bien.

Ethan y yo nos acercamos a él.

-¿Qué, otra vez por caminos oscuros, Caleb? –inquiero con sorna. El ojiazul hace una mueca que hace reír al niño.

-No, una de tus trampas para tus alumnos-futuros-agentes-de-la-paz –responde quitándose una hoja seca del pelo-. Avisa o algo, yo que sé.

-Bueno, tomaré nota –alzo una ceja, y me acerco a él, en plan confidencial-. Pero no fui yo quien puso las trampas por ahí. Johanna lo hizo. Ella conoce el bosque mucho mejor que yo.

Le doy unas palmaditas en la espalda y lo dejamos atrás; Ethan y yo nos internamos en el bosque, pasamos el claro, y llegamos al vado. Allí es casi imposible pescar, pero el ambiente es mucho más fresco que los alrededores. Ethan está sentado frente a mí, abriendo la red para ver qué zonas hay que reparar. Parece concentrado, y mucho mayor que hace un momento. Me explica los puntos que hay que arreglar, cómo tejerlos y cómo evitar que se enreden.

Una parte de mí lo está escuchando, la otra se ha quedado en el claro, como un espíritu del bosque, reviviendo lo que ocurrió allí hace seis años.

"Era primavera, aunque todavía hacía bastante frío. Había convencido a Elena para que viniese al bosque, un picnic improvisado en nuestro claro. Ella no estaba muy conforme, era entresemana y tenía muchas cosas que hacer. Pero yo no podía esperar más, tenía que decírselo. Mi garganta no asimilaba más palabras muertas allí.

Cuando llegó a casa, le obligué a que cerrase los ojos. Le puse una venda sobre los ojos, y la fui guiando desde nuestra casa hasta nuestro claro. Mis manos agarraban las suyas, de forma que yo iba caminando hacia atrás; no me gustaba especialmente, pero me permitía verla con aquella camisa en tonos verdosos que llevaba abotonada hasta el cuello, y pantalones de mezclilla color caqui, además de unos botines color tierra.

-¿Falta mucho? –dijo con impaciencia.

-No, ya casi estamos.

Y no mentía. Habíamos cruzado gran parte del bosque, y casi llegábamos al claro, sólo unos cuantos metros más. Había dejado allí una cesta con comida sencilla, un mantel de cuadros rojos y blancos, y una cajita que cada vez me pesaba más en el bolsillo.

-Ya hemos llegado –me acerqué a ella y le quité la venda-. Bueno, ¿qué te parece?

-Es el claro –respondió, como si fuera la cosa más obvia del mundo. Ladeó la cabeza y me miró, alzando una ceja.

-No lo subestimes –me senté y le cogí de la mano, invitándola a que se uniese a mí-. Ten, prueba esto –abrí la cesta y le di un pequeño sándwich que había hecho durante la mañana. La cocina no era lo mío, nunca lo había sido.

Pasamos toda la tarde en el bosque. En algún momento ella se había puesto a dibujar, en mi regazo, mientras yo tarareaba viejas canciones que se me venían a la cabeza. Al atardecer, decidí que era un buen momento para decírselo.

-Elena –dije, con voz seria y solemne. Ella dejó de dibujar y alzó la mirada, encontrándose con la mía.

-¿Qué pasa? –inquirió. Mi silencio quizá la asustó, porque se alzó y se me quedó mirando, como buscando alguna señal de que estaba poniéndome enfermo.

Sentía la garganta seca. Había ensayado esto muchas veces, frente al espejo, en la soledad del cobertizo. Allí parecía una cosa fácil, nada a lo que no pudiera enfrentarme. Pero ahora, aquí y así, ganar los Juegos me parecía una cosa más sencilla. Me aclaré la garganta. Llevé la mano al bolsillo del pantalón, una bolsita color arena, y la puse sobre su palma.

-Amor mío, tú sabes lo mucho que significas para mí –comencé, luchando por no parecer un paleto, y que la voz no me temblase… tanto-. Y cuando pensé que todo había acabado, pensé en rendirme. Y lo hice, ¿sabes? Pero entonces te veía, cada día, en el Distrito, y lo único que quería era acogerte entre mis brazos y no dejarte escapar –alcé la mirada, y vi que ella tenía los ojos empapados en lágrimas, pero luchaba por no dejarlas escapar-. Desde entonces, desde que volví a ser yo, sólo quería estar contigo. Una vez me dijiste que el amor eterno era "ese sentimiento de paz y fuego". Bueno, espero que… con el fuego, no lo quemes.

Entonces le di el pequeño sobre. Me miró cómo si requiriera una aprobación para abrirlo. Asentí y sonreí.

Dentro había un trocito de madera, con algo tallado en él. Elena entonces no pudo resistir más las lágrimas, y con una pequeña carcajada, las dejó escapar. Me abrazó, todavía con el trocito de madera en sus manos.

-Bueno, ¿qué me dices? –le susurré al oído.

-Sí, ¿qué otra cosa podría decirte?

Me pegué a ella y la abracé por la espalda. Nos acomodamos en una rama baja del roble, viendo el atardecer. De vez en cuando Elena bajaba la cabeza, y jugueteaba con el trocito de madera. Lo cierto es que hacía mucho que no lo veía, y ahora que volvía a tenerlo a la vista, me encantó. A pesar de lo sencillo del regalo, tenía un punto que lo hacía único y complicado.

"¿QUIERES CASARTE CONMIGO?" (cortar aquí)

Ethan era un completo clon de Finnick. Ese rubio dorado, su cuerpo infantil atlético y su sonrisa de dientecillos blancos perfectos. La habilidad innata para tejer redes y pescar con un trozo de hilo y hacer anzuelos de cualquier cosa, como lo hacía Mags. Y cuando se lanzaba al agua, era como si estuviese en su elemento.

En las dos horas que estuvimos pescando, Ethan había logrado un botín de cuatro salmones, mientras que yo tuve que conformarme con sólo uno, aunque la mayoría de ellos eran demasiado pequeños como para llevárnoslos. Nos conformamos con dos de ellos. Los atamos en la red, y nos lo llevamos a casa.

-No has estado atento, Davo –me riñe el pequeño rubio-. ¡Tenías la cabeza en otra parte!

Ethan es muy estricto en lo que respecta a la pesca. Cada vez que se adentra allí, o cualquier cosa relacionada con el mar, es como si creciera de golpe.

-Bueno, sí, tienes razón –me exculpo, sacando la lengua, aunque a Ethan no le hace gracia-. Pero es que me gusta que pesques tú. A mí nunca se me ha dado bien.

-Ay –dice, como si no tuviese remedio.

Al pasar por la plaza central del Distrito, una parte de mi mente me vuelve a regalar un viaje a un pasado reciente. Cierro los ojos durante un par de segundos, los suficientes como para recordar todo lo que pasó allí unos años atrás.

"Me miré en el espejo, por enésima vez. Aún no era capaz de creerme que me casaba hoy. La noticia había llegado al Capitolio, y Plutarch Heavensbee, ávido de un nuevo espectáculo, se había comunicado conmigo para acudir con cámaras y filmar el acontecimiento. Me negué. Esto era algo que quería resguardar en mi memoria, y en la de mi gente. El Capitolio no era mi hogar. El Distrito 7 era mi hogar.

Caleb me había ayudado a elegir el traje: camisa de mangas ¾ en tono azul claro, chaqueta sin mangas y pantalón fino en gris pálido. Me había dejado crecer el pelo, aunque no lo llevaba demasiado largo. Con un poco de gomina me hice la raya al lado, y con los dedos me despeiné un poco.

-¿Nervioso? –inquirió Caleb, sentado en un taburete, en un rincón.

-Ganar los Juegos fue más fácil –respondí, la misma respuesta que le di a Elena en el claro.

-Bueno, lo superarás –me animó, levantándose y pasando un brazo sobre mis hombros-. Venga, no te vayas a desmayar antes de tu… vuestro gran momento.

Salimos de mi casa, donde Johanna ya me estaba esperando. Cuando la vi me quedé asombrado. Llevaba un vestido corto azul pálido, a juego con mi camisa; el cabello suelto, por los hombros; y varios complementos sencillos hechos de madera y metal, además de unas sandalias con un tacón que me daba vértigo sólo con verlas. Acostumbrado a verla con la ropa de trabajo, el único pensamiento que tenía era lo guapa que era.

-¿Listo? –me susurró, cuando llegamos a la plaza.

Asentí en silencio. No tenía fuerzas para hablar, no me salían las palabras.

La plaza estaba adornada con flores y enredaderas típicas del Distrito. El altar donde se celebraban las cosechas hacía cuatro años era el lugar escogido para celebrar el evento. Todo el Distrito estaba invitado, además de nuestros amigos Vencedores, y un par de cámaras del Capitolio, aunque tendrían muy poco margen para grabar, simplemente los momentos más conmemorativos.

Annie estaba allí, con Ethan corriendo de un lado para otro, junto con Derek. A su lado, Elizabeth, con un vestido rosado con un hombro al aire. Se había dejado crecer el pelo, y ya le llegaba a la mitad de la espalda. Su mirada se cruzó con la mía y me sonrió. Katniss acababa de llegar, con un vestido gris claro que le llegaba un poco más allá de la rodilla, y sandalias. Llevaba su conocida trenza sobre un hombro, pero de un modo más elegante que cuando iba de caza. Además estaban Kranack, Charles y Haymitch, acompañado por Hestia, el marido de ésta y el hijo de ambos. Beetee estaba en algún lugar charlando con los encargados de las cámaras.

Diez minutos después la gente comenzó a sentarse. El alcalde se subió a la tarima, y esperó conmigo a que Elena llegase. Instantes después, una suave música de violín nos avisó que la novia estaba a punto de llegar.

Me di la vuelta, y tuve que hacer un gran esfuerzo para evitar llorar. Elena estaba preciosa. Llevaba un vestido blanco, no demasiado largo, de gasa y con un hombro al aire. Era suelto, pero un fino cordel dorado lo ceñía a la cintura. El cabello lo llevaba en media melena, ondulado; y unos simples toques de maquillaje que acentuaba aún más sus orbes castañas.

Iba del brazo de Peeta, quien vestía un esmoquin azul marino y camisa blanca, y aunque en unos segundos estaría a mi lado, sentí envidia de él. Ambos subieron los cuatro escalones que aupaban la tarima del suelo de la plaza, y luego se echó a un lado, junto a Johanna, en un par de sillas reservadas para ellos dos.

-Bienvenidos, amigos, compañeros y familiares –comenzó el alcalde-, a esta celebración, donde se unirán en matrimonio nuestros amigos Davo Wright y Elena Callaghan.

La ceremonia fue sencilla. A las palabras del alcalde le siguieron un discurso de Peeta, dado su buen hacer con las palabras, y luego el punto álgido de las bodas del Distrito 7.

Éramos el único Distrito que mantenía una devoción a más de un Dios. Para nosotros no existía uno solo, sino que eran siete, y cada uno representaba un oficio o a un sector de la población. Llegado el momento, Elena y yo nos pusimos frente a frente, y recitamos a la vez el juramento:

-Padre, madre, herrero, guerrero, viejo, dama, desconocido. Yo soy suyo y ella es mía, desde hoy hasta el fin de mis días.

-Padre, madre, herrero, guerrero, viejo, dama, desconocido. Yo soy suya y él es mío, desde hoy hasta el fin de mis días.

A ello le seguía el intercambio de lo más querido por cada uno. Ella me entregó el collar que le hice hace tantas lunas, el lobo aullando tallado en madera; y yo le entregué un anillo hecho de un material negro, nunca supe cuál, que ella me dio un día, siendo niños, jugando en el claro.

El beso que nos acreditaba como marido y mujer, y justo antes de bajar de la tarima, Ethan y Derek, cada uno con una corona floral, una más robusta que la otra, que nos pusieron a los recién casados.

Y luego comenzó la fiesta. Comida y música típica del Distrito, destacando el venado asado y los solos de violín, lo que más destacaba del 7. Bailamos y comimos toda la noche, hasta el amanecer. Y nunca en mi vida había sido tan feliz como aquella noche".

Cuando Ethan y yo volvemos a la Aldea, casi todos están allí. Tan sólo falta Enobaria, pero la tardanza es algo habitual en ella. No está muy unida a los demás, en comparación con el resto.

Habían montado una especie de verbena en la parcela delantera de mi casa. Había fruta, verduras fritas y carne. Una pequeña fogata, y pan. Katniss está jugando con Victoria y Derek, y lo cierto es que es una chica completamente diferente a lo que vi en los Juegos, o durante la revolución. Era como si todo ese dolor no hubiera existido. Peeta está cortando pan, aunque más bien aparenta hacerlo.

Un poco más lejos, Annie y Johanna están jugando con Arthur, que ya está dando sus primeros pasos solo, aunque de vez en cuando se cae de bruces. Y Caleb lanza miradas preocupadas la mayoría del tiempo, pero Kranack y Jeyne le devolvían a la tarea que estaba haciendo. Beetee vigilaba el fuego, parecía bastante entretenido.

-¡Ya estamos aquí! –grita Ethan, agitando el par de salmones que traemos como recompensa. Ahora volvía a ser el niño que era.

Me siento al lado de Elena, y cuando Victoria da el visto bueno, empezamos a comer. Era una tradición únicamente para nosotros, los únicos que conocíamos el dolor y la pérdida que traían consigo los Juegos. Habían muchas otras reuniones, pero todas estaban organizadas por el Capitolio, recordando la rebelión y la victoria, aunque a veces se volvían más al pasado y rememoraban los Juegos y los Vasallajes. En esas reuniones, obligadas, ninguno de nuestros hijos asistían. Todavía eran demasiado pequeños como para saber de esa terrible experiencia.

Pero ésta era nuestra, únicamente nuestra, y era secreta. Cada verano, se elegía un Distrito y todos los demás íbamos al elegido. Este año le tocaba al 7, así que entre Johanna, Charles y yo acogíamos al resto.

A la noche saco la armónica que Annie me regaló por mi boda, (es típico del 7 cantar en las reuniones familiares al aire libre, o no tiene por qué ser una reunión, simplemente juntarse unos cuantos amigos y cantar. Raro es aquel que no tenga algún talento para la música) y junto con Katniss amenizo la velada. Lo que decía Peeta es cierto: cuando ella canta, hasta los pájaros se detienen a escuchar. A veces me cuesta seguir el ritmo de la canción, hacer la música, pues me quedo absorto con la voz de la que en un tiempo pasado fue el Sinsajo.

A veces tengo envidia de Elena y Peeta. Sus manos hacen fácil que la realidad parezca fácil de dibujar, de plasmar en una hoja de papel o un cuadro. ¿Por qué lo digo? Porque me encantaría congelar este momento, y vivir en él para siempre. Pero sé que es algo imposible, además de egoísta. Beetee tendrá que volver al Distrito 13, y seguir abasteciendo a Panem de energía. Annie tendrá que volver al 4, y seguir enseñando a esos niños pequeños de piel dorada y que hacían que pescar no fuese más que un juego. Kranack volvería al 9, a seguir escribiendo libros de historia, dando conferencias y ayudando, en secreto, a Jon Stark, es decir, a mí, a escribir historias para canalizar sus miedos y pesadillas. Y Peeta, Katniss y Haymitch volverían al 12, a seguir horneando pan, cazando y alimentar gansos, aunque gracias a los siete, éstos sabían cuidarse solos.

¿Y los demás? Charles, Johanna y yo trabajamos en el Ministerio de Defensa, donde también están nuestros compañeros de pelotón cuando asaltamos el Capitolio. Charles trabaja la parte logística, junto con Daphne; y Johanna y yo formamos un equipo tanto en el momento de formar a nuevos agentes de la paz, como a la hora de hacer misiones de más o menos riesgo. Nos hemos criado juntos, desde los dieciséis años. Nos protegemos las espaldas mutuamente, y lo cierto es que pocas veces hemos fracasado en alguna misión.

Pronto nos despediremos, hasta el año que viene. Pero para eso todavía queda bastante, varios días y varias noches de charlas, secretos y juegos de niños, ejercer de padres y tíos, y olvidarnos del mundo que nos rodea.

No ser más tributos, vencedores o supervivientes de la revolución. Simplemente ser personas, amigos y padres. Simplemente ser nosotros mismos, sin máscaras.