DESPERTAR

Esta noche he vuelto a despertarme. Me resulta raro, porque no he tenido pesadillas, y estoy tan cansado que el hecho de despertarme, como he dicho, me resulta extraño.

Es una noche de verano, especialmente calurosa. Debe de ser el calor lo que me ha despertado, aún no me acostumbro. A pesar de ser uno de los distritos más fríos, los veranos del 7 son bastante tediosos para aquellos que no nacieron aquí.

Me alzo sobre la cama y la miro. Está allí, boca abajo, y repatingada sobre casi todo el colchón. Lleva una de mis camisetas viejas, grisácea, con bastantes agujeritos en la espalda y el pecho; las mangas, cortadas hace años, cuando me vine aquí. El cabello, castaño oscuro, lo lleva corto, apenas rozándole el cuello, desordenado y esparcido sobre la almohada. Y su cuerpo, menudo y musculoso, me parece el más perfecto que he visto en toda mi existencia, a pesar de las cicatrices. Quizá sea eso lo que la convierta en una criatura excepcional, la resistencia a la adversidad, el fuego que recorre sus venas al enfrentarse a sus miedos y flaquezas.

Alzo la mano y con los dedos retiros varios mechones rebeldes que caían sobre su rostro. Ella se remueve ante el contacto, frunce el ceño como hace siempre, y al instante vuelve a sumirse en los territorios de Morfeo. Aquí, así, no parece más que una niña pequeña, que no tiene ganas de enfrentarse más al mundo y que necesita protección. Pero es abrir sus ojos, unas orbes castañas tan oscuras que casi parecen negras, y se rodea de una capa de bravuconería y palabras afiladas y socarronas, fuerza bruta y un hacha que, un poco más, y es más grande que ella.

Y quizá sea en ese momento cuando más la admire.

Recuerdo sus Juegos, su estrategia de parecer una pobre chiquilla sin posibilidad alguna de ganar. Y luego consiguió su hacha y se volvió una máquina de matar. Incluso después de tantos años, aún intimida cuando esa cosa cae en sus manos.

Me echo atrás, sobre la cama, recostado en el cabecero, y suspiro. Queda poco para el amanecer, no merece la pena volver a dormir. En su lugar, muevo la cabeza hacia mi lado izquierdo, viéndola dormir.

Han pasado años, casi una década cuando nos conocimos. Yo llevaba meses viviendo en el distrito 13, desde que mi distrito se rebeló y el Capitolio nos envió bombas como agradecimiento; y ella acababa de ser rescatada de una celda en los sótanos del Capitolio.

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"La primera vez que la vi, me inundó una profunda sensación de protección; quería acogerla entre mis brazos y no soltarla jamás. Su voz lastimera era como un grito en el vacío, que nadie oía y que sólo yo escuchaba. Me pasé noches sin dormir, en una silla acolchada, a su lado. Cada vez que cerraba los ojos tenía pesadillas; ella caía en un abismo tan profundo y oscuro que era imposible salvarla. Y cuando abrió los ojos y fue consciente de donde estaba, sentí como si me quitasen unas cadenas de hierro, que durante días me habían tenido preso, casi muerto, con ella"

Aquella vez fue la primera vez que me sonrió, una sonrisa sincera, y lo sabía. Desde entonces, ese pequeño gesto, imperceptible para el resto del mundo, es mi motor para seguir.

"Me dolía verla tan rota, ver que, una simple gota de agua, la hiciera temblar como una hoja en medio de una tormenta. No quería que fuese al Capitolio, no quería que se convirtiera en soldado y arriesgase tontamente su vida. Porque ella quería ser fuerte, y lo intentaba, pero a veces ni el mayor esfuerzo regala una recompensa.

Es por ello que me ofrecí voluntario cuando el 13 mandó aerodeslizadores al Capitolio. Iban más soldados y médicos, y yo era ambas cosas. Abernathy me contó los planes de Coin, en secreto. Cómo el grupo de vencedores que no habían superado el corte de la Manzana, el grupo que no pertenecía al pelotón estrella, irían en una misión a la mansión de Snow.

Corrí, por instinto, movido por el instinto de protección y corazonadas; corrí todo lo que me permitían las piernas, y más. Oí sonidos de lucha, un rastro de enfrentamientos y quejas de una herida profunda. Allí estaba, cubierta de agua y sangre, luchando por mantener la cordura y a Davo vivo.

Cuando nos llevamos a Snow, volví a sentirme a salvo. La misma sensación de libertad, cuando la vi abrir los ojos en mi presencia".

Hace rato que mis dedos abandonaron su pelo, recorrieron su cuello y ahora subían y bajaban por su espalda, de manera traviesa y juguetona. La camiseta se le ha subido hasta casi la mitad de la espalda, dejando una gran cantidad de piel al aire. La luz del alba deja ver sus cicatrices, pero a mí no me importan; reflejan su resistencia al poder del Capitolio.

"Me costó que superase su miedo al agua, su adicción a la morflina. Pero esto no era nada, simplemente estar pendiente de ella y soportar los síntomas del mono; comparado con su hidrofobia.

Dolía ver cómo algo tan indefenso como el agua podía tener ese destructivo efecto en ella. Fueron muchos intentos, muchos gritos y lágrimas, muchos jadeos y apretones de manos; y aún así, me enfurecía y me hacía querer llorar. Porque la veía tan indefensa, tan hecha pedazos, me encantaría resucitar a Snow y volver a matarlo con mis propias manos.

Pero de vez en cuando ella era más fuerte que su miedo, el agua no era nada, y las risas y juegos que se oían en el baño me inundaban el corazón de tal manera que no me importaba ahogarme".

Se ha movido y ahora está cara a cara contra mí. Sé que está despierta, pero todavía mantiene los ojos cerrados. Siempre lo hace, excepto cuando soy yo el que está en los dominios del sueño. Dice que le gusta verme dormir, que hago gestos raros con la cara y que siempre babeo, y que todavía no sabe quién es más niño, si Arthur o yo.

"Siempre recordaré la primera vez que pisé el Distrito 7. Era tan distinto al mío; el olor a bosque, a hierba y tierra mojada, los animales tan cerca de los humanos, el río de aguas cristalinas… Era tan distinto a la polución continua del 8, las casas proletarias y cochambrosas, que me parecía vivir en otra época.

Además, ella estaba en casa, en su naturaleza, en su hábitat. Quizá los días tristes y de lluvia fueron los peores, porque se quedaba hecha un ovillo en la cama, temblando y al borde del llanto. Y mis brazos y luego mis labios, estaban ahí para reconfortarla y decirle que estaba a salvo, que nada malo iba a ocurrir, que yo estaba ahí para protegerla.

Sin embargo, los días soleados, calurosos y que olían a bosque vivo, ella era tan diferente. Brillaba cual estrella. Corría de un lado para otro, me explicaba cada pequeño detalle del bosque, cada fábula y cada leyenda del Distrito. Los siete dioses, y cómo el herrero era su dios favorito".

Tengo hambre, pero de algo muy diferente a las necesidades fisiológicas humanas. Tengo hambre de sus labios, de sus besos; tengo hambre de besar su cuerpo, curar sus cicatrices; tengo hambre de su voz, de sus palabras ininteligibles; tengo ganas de perderme en ella y enterrar la cara en el hueco entre su hombro y su cuello; tengo ganas de sentir el dolor de sus uñas cuando se anclan en mi espalda, el calor de su cuerpo contra el mío, y el sabor salado de su piel brillando bajo la luz tenue del amanecer. Tengo ganas de ella. Quiero perseguir el amanecer con ella. Para siempre.

"Hacía mucho que quería pedírselo, pero no me atrevía. Muchas noches de insomnio con la pregunta rondando por mi cabeza. Pero el hecho de que hubiera pasado casi toda su vida con el recuerdo de los Juegos, incluso ahora que ya no existían, me impedían articular palabra. Quizá por ello, aquella mañana en que se despertó especialmente temerosa por la lluvia, y se acurrucó en mis brazos, me atreví y se lo dije: 'Cásate conmigo', simplemente. No era una propuesta, era una afirmación. Al instante me di cuenta de lo que había dicho, y me aterré. Mi lengua reaccionó antes que mi pensamiento.

Hubiera esperado alguna reacción violenta, sarcástica. Nada más lejos de la realidad.

Se alzó sobre mi pecho, con los brazos a ambos lados de mi cabeza. Podía sentir su corazón latiendo fuerte, palpitando casi tan desbocado como el mío. Su ceño fruncido, pero al momento lo sustituyó una sonrisa y un casto beso en los labios. Llevó su boca a mi oído, y dijo muy bajito, con voz apenas audible 'Sí. Me casaré contigo'.

Bajo la luz del amanecer la plata parece aún más maravillosa que de costumbre. No hace tanto tiempo que la pequeña joya adorna nuestras manos, además, no es ése el regalo que me importa. Elegiría una y otra vez la ajada foto en la que está ella, todavía niña, junto a sus padres y hermano pequeño. Es tan distinta, y a la vez tan idéntica, que asusta.

Hace rato que está encima de mí, con la oreja derecha pegada a mi pecho. Sé lo que está mirando, puesto que es la misma maravilla que yo estoy viendo. Al lado de la ventana, entre ésta y la cama, hay una pequeña cuna de madera de roble. Pero no es eso lo que importa, sino más bien el pequeño niño castaño que yace en ella, preso de un profundo sueño. Está boca abajo, repatingado sobre toda su camita. La sábana que le cubría las rollizas piernecillas la noche anterior está hecha un gurruño bajo sus pies. La almohada en algún momento cayó al suelo, y el peluche que recibió nada más nacer, en forma de hacha, está agarrada firmemente por una de sus manitas. Y la otra, entremetida estratégicamente entre su mofletito y el colchón.

Nunca me canso de mirarlo. Es tan pequeño, tan frágil, que mi instinto paterno sale de mí a raudales. Me enamoré de él a primera vista, cuando lo tuve en mis brazos por primera vez y fijó sus profundos ojos castaños en mí.

Es perfecto.

"La sola idea de convertirme en padre me aterraba. Sí, quería y adoraba a Ethan y Victoria, incluso a Derek, y estando con ellos se me activaba una vena paternal que no sabía que tenía, y que me hacía desear tener un mini-yo o una mini-ella en mis brazos.

Siempre que tenía a Victoria en brazos, haciéndole virguerías; o yendo al río a pescar con Ethan, o a bañarnos, perdía la noción del tiempo. Pero siempre sentía temor de desear algo que ella no quisiera. Ella había vivido los Juegos, había visto cómo los niños eran arrancados de sus padres para llevarlos al matadero. Ya no existían los Juegos del Hambre, pero sí podía temer al recuerdo.

Y sin embargo, aunque fuese más distante que yo, jamás la veía tan feliz como cuando le enseñó a caminar a Ethan, o jugaba con los taquitos de madera que ella y Davo hicieron para la hija de éste.

Así que cuando me dijo que estaba embarazada, que íbamos a ser padres, sentí una euforia casi incapaz de canalizar. La cogí al vuelo, la pegué a mí y dimos varias vueltas en la habitación. Mis labios apenas conseguían separarse de los suyos, y la sonrisa no abandonaba su rostro.

No fueron unos buenos meses, ella estaba gran parte del tiempo enfadada o con malas palabras en la boca, y al instante podía ser la más mimosa del mundo, o la más llorona. Luego se aburría, y se quejaba del cansancio propio del embarazo.

Pero cuando la minúscula criatura con cabello castaño, mofletes regordetes y ojos de un marrón tan intenso como los suyos, supe que había valido la pena"

Le pusimos Arthur. Por su padre. Arthur Radfield-Mason.

Y ahora aquí estábamos los tres, en el amanecer de una calurosa mañana de verano.

-No me quiero levantar –susurro, con voz pastosa y seca. Cojo varios mechones que cuelgan sobre su frente y sienes y los acomodo tras sus orejas-. Me gustaría quedarme así para siempre.

Ella coloca su barbilla sobre mi pecho, y con un poco de impulso me da un suave beso en los labios, y luego vuelve a posarse sobre mí.

-¿Aunque te esté aplastando bajo mi peso? –inquiere con voz socarrona, entrecerrando los ojos.

Hago un mohín y a ella le entra la risa. Se alza otra vez, esta vez se sienta a horcajadas sobre mí, y me aparta el flequillo de la frente.

-¿Cómo te enamoraste de mí? –Insiste, aunque ya sabe la respuesta, la historia-. ¿Cómo llegamos a esto?

Echo la cabeza atrás, con una sonrisa en mi rostro. Me causa gracia, quizá demasiada, ver cómo la fría y sarcástica Johanna Mason disfruta como una niña oyendo nuestra historia, desde el principio y con todo detalle. Le gusta detenerme, chincharme y sacarme de quicio, pero si no hace esas jugarretas es que algo no va bien. Le brillan los ojos, como si lo que saliera de mis labios fuese una cosa maravillosa, única. Y lo hace únicamente porque sabe que no soporto verla llorar, ni triste, ni enfadada o melancólica. No quiero que vuelva a perderse en sí misma, porque si no, yo me perdería también.

Ella sabe que me quiere, quizá no tanto como yo a ella, porque lo mío va más allá del amor y la supervivencia. Es como si quisiera redimirme, y ella esa la única capaz de hacerlo. Ella es mi ancla a este mundo; ella y Arthur, mucho más que cualquier otra persona.

Ella sabe que me quiere, incluso después de creer que no le quedaba nadie, que no necesitaba a nadie. Le costó dejar quererse, salir de esa maldita armadura que había llevado consigo durante tantos años. Y poco a poco me dejó entrar, curar esas profundas heridas que tanto tiempo la habían acompañado, y entendió que mi vida sin ella no era nada. Que ella era para mí y que yo era para ella. Que la destrucción es una forma de creación, y que resurgir de las cenizas es mucho más fácil y menos doloroso si yo y Arthur estamos con ella.