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-Capítulo 1: Algo en el horizonte-
Mérida se encontraba serena observando el atardecer. Nunca lo había tenido demasiado claro, pero sabía que el horizonte le aguardaba algo especial.
Habían pasado casi tres años desde que su madre le insistió por primera vez para que se comprometiera con alguno de los hijos de los clanes aliados y, hasta ese día, el tema jamás se había vuelto a tocar.
Angus, su fiel amigo, dejó de pastar en el bosque para acercarse a su ama a aquel peligroso risco del cual emanaba una misteriosa y mágica cascada. Su dueña acarició la melena del corcel, haciendo que éste relinchara de alegría. La pelirroja suspiró, quería dejar de penar aunque sea un momento. Ni si quiera una cabalgata por el bosque la había relajado. Aquel espinoso tema del compromiso era algo que detestaba escuchar. Ella sabía perfectamente que desde pequeña había odiado las ataduras y un "hasta que la muerte los separe" no le agradaba para nada.
-Solo quiero que me dejen ser yo, Angus.- Dijo en un susurro. El caballo meneó la cabeza y Mérida, aunque sabía que era absurdo, lo tomó como una señal de lástima. Se recostó sobre el musculoso cuello de su ahora tumbado caballo y volvió a observar al sol escondiéndose de la Tierra. Pronto escuchó unos fuertes galopes acercándose a ella.
Se reincorporó e inmediatamente se armó con su arco. Últimamente estaba verdaderamente precavida, como si esperase que a cada minuto sucediera algo que le signifique peligro para su vida, pero también era verdad que constantemente se desilusionaba. Quizá su vida se había vuelto, nuevamente, monótona.
-Mérida, hija mía.- Dijo su madre una vez más cerca de ella. La reina Elinor, antes considerada por su firmeza y elegancia, ahora era un poco más… como su hija. Esa tarde llevaba el cabello suelto, aunque se lo había cortado recientemente y no le llegaba poco más que a los hombros. Su reluciente corona seguía firmemente colocada en su cabeza, como si su madre la llevase desde nacimiento, aunque no la había recibido hace mucho. La pelirroja no pudo evitar desviar la mirada de los ojos suplicantes de su madre, quien respondió con un suspiro agotado mientras desmontaba su caballo.- Sé que no quieres tratar este tema, pero es algo de lo que debemos platicar.- Le dijo, intentando acercarse a ella para tomarla de los hombros. Mérida respondió con un sacudón violento.
-Tienes razón, madre, no quiero tratar este tema.- Dijo, cruzándose de brazos.
-¿Piensas que para mí es fácil tener que suplicarle a mi hija para que contraiga matrimonio?- Preguntó la reina arqueando una ceja.
-Al parecer si lo es, ya que sigues haciéndolo.- Elinor suspiró y se colocó frente a su hija, esta vez sin tocarla.
-Mérida, estás atacándome sin si quiera saber cuáles son mis intenciones.- Se justificó.- Tienes veintiuno, Mérida.- Le dijo con dulzura.- Pronto te cederé mi lugar como Reina y quiero estar segura de que tengas a alguien a tu lado para protegerte.- La pelirroja bufó ante esto.
-¡No se qué más quieres que haga para probarte que puedo defenderme sola, mamá!- Gritó aventando su arco contra el suelo. Elinor dejó que su hija se tranquilizara, tomó el arco y lo inspeccionó.
-Ya me has mostrado demasiado, Mérida.- La pelirroja quedó desconcertada. Por primera vez, quiso escuchar lo que diría su madre a continuación.- Pero yo no hablo del mal físico, hija mía. El dolor del cuerpo no es nada comparado con el dolor del alma.- Mérida seguía sin entender.- Siempre que el estrés de ser una Reina para tantas personas me sobrepasa y me comienza a destruir, el único que está ahí para tenderme una mano es tu padre. ¿Acaso nunca has pensado qué es lo que exactamente vi en él?- La joven negó levemente la cabeza, ya con más curiosidad.- Es un hombre demasiado robusto, peludo y casi todo el tiempo huele mal, pero tiene esa dulzura y humor que a mi vida siempre le faltaron. Él me relaja, hace que me sienta bien incluso cuando no lo estoy. Es mi mejor amigo y mi vida jamás estaría completa sin él.- Elinor dejo de ver el horizonte para tenderle el arco a Mérida.- Quiero que tú también sientas eso, Mérida.- La pelirroja tomó el arco.
-No puedes obligarme a amar, mamá.- Dijo la más joven tomando el arco, ahora más relajada por saber que las intenciones del apuro de su madre al verla comprometida no eran políticas.- Si aparece alguien especial y siento que de verdad quiero pasar el resto de mi vida con ese alguien, estaré dispuesta a comprometerme, pero por ahora…- Su madre volvió a suspirar.
-Quieres ser libre.- Dijo, completando esa frase que se sabía de memoria.- ¿Cuánto tiempo más quieres ser libre, Mérida?- La joven abrió la boca para contestar, pero simplemente se quedo callada. Su madre terminó por agotarse, por lo tanto se subió a su caballo dispuesta a regresar al castillo.- Solo déjame darte un consejo.- Dijo antes de indicarle a su corcel que avanzara.- Esa libertad que tanto buscas quizá no esté allí.- Señaló con la barbilla el horizonte.- Si no, aquí.- Se llevó la mano derecha al corazón, para luego dejar a Mérida nuevamente sola y con un montón de preguntas rondando en su cabeza.
Era una mañana muy fría, de esas que congelan las entrañas y quiebran los labios. Hipo miraba el horizonte congelado. Estaba tan lejos de casa que volver a Berk le tomaría varias semanas. Ya comenzaba a extrañar la calidez de su hogar, con la chimenea encendida y los pasos pesados de las botas de Astrid merodeando por la casa.
La extrañaba demasiado, pero necesitaba alejarse de todo por un tiempo.
Chimuelo había calentado una gran roca y ahora reposaba sobre ella. Su amigo no era demasiado apegado al frío, por lo cual aquel clima lo ponía nervioso. En Berk, tenían un refugio especial para que los dragones pasaran el invierno sin problema alguno, así como también abrigos con los cuales arropaban en caso de necesitar volar con ellos. Pero esa vez Hipo no había tenido planeado viajar tan lejos y, a pesar de que en Berk apenas llegaba el otoño, allí donde se encontraba el invierno se hacía inminente.
-Lo lamento, amigo.- Le dijo a su fiel dragón mientras acariciaba su cabeza.- Te juro que no tenía idea de que estas islas serían tan frías.- Chimuelo gimió grave, no demasiado de acuerdo con las decisiones de su amo, pero por fin terminó por cederle un lugar a su lado. Hipo se recostó sobre el vientre de su dragón, provocándole a éste ligeras cosquillas. No pudo evitar reír.
Ya en su cómodo lugar, tomó su mapa improvisado y comenzó a señalar a esas islas que había descubierto como "terriblemente heladas". Chimuelo observaba atento mientras Hipo trazaba su nueva ruta. Dos semanas fuera de casa no le eran suficientes para poder poner sus ideas en su lugar, necesitaba más tiempo para ser el mismo. Miró el horizonte, esperando que algo milagroso apareciera dibujado en él, pero nada ocurrió. Suspiró y siguió señalando lugares que podrían llegar a ser interesantes. Chimuelo empujó levemente el brazo de su amo, haciendo que trazara una línea justo en un par de islas que estaban al norte. Sabía que estaban allí, pero jamás las había observado de cerca.
-¿Quieres ir allí?- Le pregunto mientras señalaba con un círculo las islas ya mencionadas.- En cualquier forma será más cálido que este trozo de hielo flotante.- Al momento en que terminó de formar el círculo, cayó de uno de las tantos escondites de su armadura ese amuleto que le había dado Astrid. Era esa piedra caliza tan extraña que encontraron una vez en la playa. Ella se la había reservado para ella hasta que Hipo decidió expandir su conocimiento de los horizontes. Fue en su primer viaje hacia lo desconocido cuando se la entregó para que él jamás la olvidara y, desde entonces, nunca había podido lograrlo.
Ese viaje improvisado nació en cuanto su padre le advirtió al nuevo y renovado Hipo que ya era momento de hacerse cargo de la isla. Hipo se sintió acorralado y no podía imaginarse tomando el mando de todas las cosas que sucedían en tierras vikingas. Él solamente quería ser libre y aún no había encontrado esa libertad que tanto anhelaba, por lo tanto tampoco se sentía listo para asentarse en Berk para siempre. Quería descubrir, viajar y conocer nuevas tierras. Quería seguir siendo ese Hipo sin ataduras que últimamente le había tomado cariño.
Lo que más le asustaba, no era ser el líder de la isla, sino que una vez aceptado el puesto, sabía que se venían todas las formalidades. Las personas comenzarían a tenerle aún más respeto del que se había ganado como domador de dragones, además comenzarían a preguntarse cuándo se le propondría a Astrid y cuándo ambos tendrían hijos. Las formalidades le asustaban. No quería estar atado a nada y mucho menos sentirse acorralado por su amada Astrid. No quería sentirse así.
-Solo quiero que me dejen ser yo.- Susurró para si mismo, sacudiendo la cabeza para poder despejarse de esos pensamientos que nuevamente lo perturbaban.
Lo había decidido, aún no estaba listo para regresar. Se prometió que luego de investigar aquellas islas volvería a su hogar para hacerle frente a su padre. Su relación había mejorado y mucho, pero seguía sintiéndose intimidado por aquel enorme vikingo. Miró nuevamente el horizonte, que se pintaba de un color rojizo. Presentía que en ese viaje descubriría su libertad.
