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-Capítulo 2: Tu inconfundible mirada-
Una mañana tranquila, más bien aburrida, en las islas del sur de Escocia. La bella princesa del reino de los cinco clanes miraba expectante por la ventana de su habitación, buscando una salvación repentina a aquel ahogo que estaba sintiendo en ese momento. Su madre estaba sentada sobre su cama, que aún seguía pareciendo la de una niña pequeña llena de esos peluches de felpa que conservaba de su adorable niñez.
-Mérida, ¿sigues conmigo?- Le preguntó su madre. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Sí, mamá.- Su madre se paró hasta llegar a tomarla de los hombros y luego proseguir a abrazarla. Mérida se volteó y abrazó a su madre con todas las fuerzas posibles.
-¡No puedes hacerme esto!- Le reclamó con su cabeza hundida en su pecho.- ¡No puedes! ¡Mamá!- Gritaba entre sollozos.- No puedes…- Terminó por susurrar.
-Uno no puede cambiar la voluntad de los Dioses, hija mía.- La más joven de las dos levantó la mirada, que aún seguía dominada por las lágrimas.- Serás una excelente Reina.- Mérida volvió a abrazar a su madre y lo hizo tan fuerte, que provocó que su madre tosiera. Al notarlo, se separó instantáneamente de ella, mirándola con pena, como si se disculpara. Su madre sonrió y volvió a tomar a su hija, para abrazarla más suavemente.
El viento revoleaba sus castaños cabellos, tratándolos con brutalidad y negándoles la virtud de quedarse quietos por un segundo. Hipo se mantenía serio, con los pensamientos perdidos en el horizonte. Solo ansiaba que esas islas que sabía que estaban allí aparecieran, estaba cansado de ver únicamente océano por tanto tiempo. Chimuelo se quejaba con gruñidos graves que intentaba disimular, aunque Hipo se había vuelto demasiado experto en su fiel amigo como para no notar que estaba muy agotado.
-Tranquilo amigo, ya casi llegamos.- Le dijo mientras le acariciaba la parte inferior del cuello. Chimuelo emitió un sonido desde la garganta, parecido al ronroneo de un gato. Hipo sonrió.
Luego de varios minutos de tortura, una enorme isla llena de montañas se alzó en el horizonte, provocando una imperfección sobre el océano. Hipo se quedó maravillado ante la belleza de aquel lugar, lleno de vegetación e irregularidades, toda una tierra salvaje. Una tierra nueva, únicamente para él y su amigo.
Soltó un grito de victoria, haciendo que Chimuelo aumentara la velocidad y girase en al aire con alegría. Ambos, llenos de éxtasis, se apresuraron para tener tierra firme bajo sus pies.
Corrió lo más rápido que pudo, casi quedándose sin aliento. Las lágrimas se resbalaban por sus mejillas, imaginándose sentada en un trono, esposándose y, lo que era aún peor, perdiendo a su amada madre. Así eran las jugadas de los Dioses, que con solo lanzar un par de dados, podían quitarte a un ser querido.
Al llagar a su lugar favorito de la isla, Mérida se arrojó con todas sus fuerzas sobre la hierba. Revolcándose y sollozando como quien está a punto de morir. Su madre, quien se había convertido en su mejor amiga, ahora estaba sufriendo de una enfermedad mortal que acabaría con su vida antes de lo que ella pudiese imaginarlo.
Angus, quien había seguido los pasos de su rota dueña, se acercó a Mérida para darle ánimos. La jovencita se aferró al cuello de su corcel, llorando desesperadamente sobre él.
-Angus… ¿Qué voy a hacer ahora?- Se detuvo para secar un poco sus lágrimas.- ¿Qué haré sin mi madre?- Miró el atardecer, pensando en la conversación que habían tenido algunos días atrás.- Ella solo quiere que yo sea feliz.- Se dijo a sí misma.- Siempre quiso verme comprometida.- Se abrazó las piernas y hundió su cabeza entre sus rodillas.- Y ahora nunca lo hará, Angus.
La vista era maravillosa, aunque llegar a las islas les había costado un poco más de lo que esperaban. Ya había anochecido y la luna imponía su lugar en el cielo. Chimuelo se sentía mucho más a gusto en ese clima cálido, aunque de todas formas calentó una roca no muy lejos de donde habían aterrizado para pasar la noche.
-¿En serio ya quieres dormir, amigo?- Preguntó Hipo mientras tomaba varios palos para formar una antorcha improvisada. Chimuelo bostezó en respuesta a esta pregunta.- Está bien, descansa.- Dijo su amo mientras encendía la antorcha.- Es cierto que tú has hecho la mayor parte del trabajo.- A continuación le dio una última caricia a su dragón y salió en busca de algo interesante para hacer.
Hipo se abría paso por el bosque, iluminando todo aquello que parecía estar hundido en una terrible oscuridad. La isla parecía segura, aunque claro, no estaba cien por ciento seguro. El joven vikingo miraba a su alrededor. Sentía que había algo mágico en aquel bosque, algo que nunca antes había sentido en Berk ni en ningún otro lugar que había visitado antes. Era una sensación extraña, pero reconfortante. Como si cada paso lo llevase a algo magnífico.
De repente, algo se iluminó no muy lejos de donde él se encontraba. Una luz azul e intensa, seguida por susurros agudos de voces inexistentes. Se precipitó, pero algo le decía que no había nada que temer. Caminó dudoso hacia la pequeña llama azul que flotaba en medio del bosque. Una vez estuvo a pocos centímetros de ella, estiró la mano para poder tocarla, haciendo que esta se desvaneciera y que otra apareciera un poco más alejada. Repitió este mismo procedimiento con la que había aparecido hace poco y, cuando estuvo a punto de tocarla, esta se desvaneció y apareció nuevamente más alejada.
Desesperado por tomar a una de esas llamas entre sus manos, comenzó a apresurar sus pasos, dejando la duda a un lado. Mientras más rápido se movía y más entusiasmo le ponía a la captura de una de esas luces, éstas parecían difuminarse con más rapidez y aparecer rápidamente en otra posición. Así fue siguiendo a todas y a cada una de las pequeñas luces que aparecían y desaparecían frente a él, hasta llegar a un claro, en donde no era necesaria la antorcha, ya que la luz de la luna brillaba con gran intensidad. Cerca se oía una cascada y, solo con alzar la mirada, presenciabas una vista extraordinaria.
Hipo se acercó lentamente a la cascada, observando aquel torrente de agua que imponía un gran poder. Asombrado por aquel maravilloso espectáculo, ni si quiera notó que unos ligeros pasos se movían detrás de él. No fue hasta que escuchó cómo un arco se tensaba a sus espaldas que giró sobre sus tobillos, tomando su espada y poniéndose en posición de defensa.
Mérida no podía creerlo. ¿Quién era aquel hombre que se atrevía a invadir su santuario en un momento tan triste de su vida? No estaba du humor para un confortamiento con nadie, pero no podía permitirle a aquel extraño con esa armadura de segunda pisar su único lugar donde podía ser ella misma, sin su permiso.
Él la apuntaba con una espada y Mérida no podía entender cómo es que podía detectarla si se mantenía oculta en los sombras. No podía identificarlo, ya que llevaba un casco puesto y esto hacía que la pusiese aún más furiosa.
-¿Quién eres?- Preguntó el muchacho a la hermosa, aunque aún oculta, princesa.
-Eso debo preguntarte yo.- Contestó ella, demostrando con suma tranquilidad que a pesar de que él seguramente la superaba en fuerza, no le temía en absoluto.- Ahora dime, ¿quién crees que eres para irrumpir la tranquilidad de mi santuario?- Quizá llamar a aquel lugar oculto en el bosque "Santuario" era demasiado, pero Mérida sentía que si perdía la tranquilidad que le aportaba aquel lugar, se volvería completamente loca.
-No sabía que este lugar era propiedad de alguien.- Contestó el joven, un poco confundido al haber escuchado que la voz de su atacante le pertenecía a una mujer.
-Pues te has equivocado.- Contestó ella.- Este sitio es mi propiedad y tú no tienes ningún derecho de estar aquí.- Estaba un poco más agresiva de lo habitual, pero esa mañana se había enterado de que su madre fallecería probablemente en pocos meses, años si tenía mucha suerte; y no estaba de humor para tratar con intrusos.
-Lo lamento.- Se disculpó el muchacho, ya mucho más tranquilo, guardando la espada en su respectivo lugar oculto entre la armadura. Ahora el joven se dedicaba a levantar las palmas de sus manos frente a ella, como si tratase de domar a un animal salvaje. Mérida no supo interpretar esta acción correctamente, dejándola desconcertada e, incluso, intrigada.- No voy a hacerte daño y lo apreciaría mucho si tú también bajases tu arma.- Mérida arqueó una ceja, aunque claro, él no podía verla. Lentamente relajó su arco, aunque aún seguía alerta.
-¿Quién eres?- Le preguntó, mirándolo con intriga.- ¿De dónde vienes?- Se interesó.
-Mi nombre es Hipo Horrendo Abadejo III, hijo del jefe de Berk, Estoico el Inmenso; y vengo de las islas norteñas de Berk.- Mérida no podía creer la información que sus oídos les brindaban. ¿Podía ser? Luego de tantos años…
-Hi-Hipo…- Susurró para ella misma.- No puede ser.- Siguió susurrando. Ella miró con intensidad a aquel muchacho que prometía ser su viejo amigo Hipo, aquel que alguna vez había sido imprescindible para ella y que ahora poco se acordaba de él.- Quítate el casco.- Le reclamó.
-¿Por qué?- Preguntó el joven, pero al no recibir respuesta, terminó por suspirar y quitarse su preciado casco, el cual mantenía oculto su inconfundible cabello castaño y sus hermosos ojos verdes.
-Por todos los Dioses…- Susurró Mérida, lo suficientemente alto como para que su acompañante lo oyera.
-¿Q-qué ocurre?- Preguntó Hipo, nervioso por la sorpresa de la misteriosa mujer. Mérida se apresuró por dar varios pasos al frente, saliendo de su escondite para dejar que la luz de la luna la iluminara por completo.
¿Era real aquello que sus ojos veían? ¿Podía ser… Mérida? De todas las personas que posiblemente esperase encontrar apuntándole con un arco y una flecha, ella ni si quiera entraba en la lista. Inconfundible con sus indomables rizos rojizos y sus profundos ojos celestes, le miraba con ese semblante emocionado y sus ojos intensamente fijos en los suyos. Ella dio otro paso al frente, siempre siendo la primera en arriesgarse. Tal cual y como la recordaba.
Habían pasado demasiados años, habían ocurrido miles de cosas desde que Mérida había dejado Berk , pero aún así seguía añorando su reencuentro. También era verdad que su mente no se mantenía ocupada pensando en ella todo el tiempo, pero de vez en cuando, cuando no había nada más en que pensar, le gustaba añorar viejos tiempo y, obviamente, ella formaba parte de muchos.
-Esto no puede estar pasando.- Dijo ella.- De verdad eres tú.- Susurró a la vez que ponía sus manos sobre el pecho de su viejo amigo.- ¿Qué es esta horrorosa armadura? ¿Tu nuevo estilo?- Rió ella, aunque se le escaparon algunas lágrimas. Hipo no pudo evitarlo, fue algo que simplemente lo llevó a hacerlo, pero a penas la tuvo a unos pocos centímetros la tomó de la cintura y la abrazó fuertemente.
-Creí que te había perdido para siempre.- Le susurró y Mérida correspondió feliz al abrazo. Ambos sucumbieron ante risas torpes que se incrementaron mientras Hipo hacía que Mérida girase en el aire. Una vez se dieron cuenta de que aquel momento había terminado, Hipo volvió a depositar a su amiga en el suelo volviendo a conectar sus miradas.
-Mírate.- Le dijo ella golpeado su hombro.- Eres todo un macho alfa.- Hipo soltó una carcajada.
-¿Y qué hay de ti? Creí que luego de aquella noche jamás volverías a usar vestidos.- La pelirroja rió con ganas.
-Mi madre cree que los pantalones y camisetas no son apropiados para una "princesa".- Esto desconcertó a Hipo.
-¿Princesa?- Preguntó. Mérida sonrió, había tanto que contarse el uno al otro.
-Larga historia.- Sonrió.- ¿Cuánto tiempo te quedarás?- Le preguntó, perturbada por perder nuevamente a aquel muchacho que, sin razón aparente, seguía siendo muy importante para ella. Hipo dudó.
-No lo sé, no pensaba quedarme mucho tiempo, pero ahora que nos hemos encontrado, supongo que tenemos muchas largas historias que contarnos.- Mérida sonrió y lo tomó, entusiasmada, del brazo.
-Mi padre estará encantado de verte. ¡Y les caerás tan bien a mis tres hermanitos! ¡Y mi madre…- Mérida se interrumpió a sí misma.
-¿Qué ocurre?- Le preguntó el castaño.
-Nada.- Negó Mérida. La situación de su madre le afectaba demasiado, aunque tener de regreso a su mejor amigo no era algo que pasaba todos los días. Ambos asuntos eran realmente importantes, aunque llorar por la futura muerte de su madre tampoco haría que ella se sintiese mejor. Por otro lado, ver a su hija feliz seguramente que sí lo haría.- Estoy ansiosa por que todos te conozcan. ¡Vamos al castillo, rápido!- Mérida arrastró a su viejo amigo hasta su caballo, subiéndose sobre Angus con facilidad y tendiéndole la mano al castaño para ayudarlo. El sonrió y, con superioridad, anuncio:
-No gracias, yo tengo mi propio transporte.- Luego de emitir un silbido, una figura negra desfiló delante de la luna, provocándole a Mérida una perturbarte sensación de haber vivido eso antes y un horrible escalofrío por la espalda.
