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¡Un besazo!

Disfrutad...

-Capítulo 3: Diferencias que nos unen-

-¡Suéltame!- Gritaba ella mientras intentaba apartarse de él. Hipo se negaba a dejarla ir tan fácilmente y mucho menos luego de veinte minutos de haberse reencontrado. Él había sido testigo de muchas revelaciones ante los dragones. Muchos se quedaban anonadados, otros se aterraban y a otros simplemente les resultaba indiferente.

Pero Mérida no reaccionaba bien ante la presencia de Chimuelo.

En la primera aparición de su amigo alado, la joven pelirroja comenzó a temblar e intentaba advertirle a Hipo la proximidad del animal que ella creía salvaje. El vikingo y domador de aquel dragón que se les acercaba, le pidió a su amiga que se relaje, que no le pasaría nada; pero eso no fue exactamente lo que ocurrió. Cuando Chimuelo se encontraba a pocos metros de ambos, Mérida se armó con su arco y una flecha, comenzándole a disparar con furia al dragón. Aterrado ante esta escena, y bastante impactado debo agregar, Hipo intentó detener a Mérida poniéndose en el camino entre sus flechas y su querido Furia Nocturna. Enfadada, la pelirroja le ordenó que se moviese, sin dejar de apuntar en su dirección. Chimuelo, que ahora también había malinterpretado la situación, vio a Mérida apuntando a su amo con un arma letal y, como era de esperarse, corrió en defensa de su amo.

Chimuelo se abalanzó sobre la pelirroja, quien no dejaba de gritar de espanto. Con rapidez y sin demasiado esfuerzo, inmovilizó a la joven bajo sus patas, preparado para disparar una de sus poderosas bolas de fuego directo hacia su cabeza. Hipo le gritaba órdenes a Chimuelo, pero el dragón parecía no escucharlo sino hasta el último segundo, en cual tuvo que desviar su ataque hacia un montón de árboles para que no hiriese a la jovencita.

Aterrada, Mérida forcejeó en vano contra el dragón, haciendo que éste se molestara y le gruñera. Su amo le ordenó que la soltase y, como era de esperarse, Chimuelo obedeció. Hipo corrió para ayudar a Mérida que ahora además de estar aterrada estaba confundida y muy molesta.

-¿Por qué…- Se detuvo para tomar aire.- ¿Por qué demonios ese dragón te obedece?- Hipo le tendió la mano pero ella la rechazó.- ¿Acaso has domado un Furia Nocturna?- El tono en que Mérida le preguntaba aquello no era de asombro ni de enfado, sino de ofensa. El castaño asintió, haciendo que la pelirroja se levantara furiosa y caminara en dirección opuesta a él.

Volvemos al principio, en donde Mérida camina lo más rápido que puede lejos de Hipo mientras él intenta explicarle las cosas. Como no puede caminar tan apresuradamente y decir todo lo que quiere decir, toma a Mérida del brazo aunque ella se zafa con brutalidad.

-¡Suéltame!- Grita ella, aunque Hipo insiste.

-Déjame explicártelo, Chimuelo no quería lastimarte. Él simplemente me estaba defendiendo. É-él creía que tú me harías daño.- Mérida seguía caminando e Hipo intentaba seguirle el paso.

-¿Chimuelo?- Preguntó irónica.- ¿Acaso ahora las bestias que matan humanos poseen un nombre además de "demonios"?-

-¿Desde cuándo eres tan terca, Mérida?- Ahora era Hipo quien comenzaba a enfadarse.- Te estoy diciendo que él no quería hacerte daño. Es más, no lo hizo. Está bien entrenado, todos los dragones en Berk lo están. Son inofensivos y resultó una gran ayuda para todos los habitantes de la isla. Es un gran amigo y se entenderán muy bien si le das una oportunidad.-

-¿Cómo puedes llamar a uno de esos "amigo", Hipo?- Mérida giró sobre sus talones, revelando que estaba más roja de lo habitual y con la furia desbordando sus ojos en forma de lágrimas.- ¡Han matado a cientos de humanos!-

-¡Y nosotros a miles de ellos!- Hipo se había puesto frente a frente con Mérida, revelando que le pasaba por casi una cabeza y media. Ella lo miraba a los ojos sin dejar esa furia de lado. ¿Qué era lo que tanto le molestaba? Al final, el castaño suspiró. Pelear no serviría de nada.- Mérida, sé que esto te resultará difícil de entender pero…- La tomó de los hombros, haciendo que su cuerpo se relajara y que su mirada volviese a ser cálida.- Los dragones no son malos.- En ese preciso instante, Chimuelo saltó de los arbustos mientras perseguía, como si lo haría un pequeño felino, a una mariposa.- Y mucho menos Chimuelo.- Mérida miraba con sospecha al animal, aunque también con cierta tristeza.

-Hipo, una de esas cosas fue la que me obligó a irme de mi hogar.- Mérida miró nuevamente a Chimuelo, quien ahora mantenía la vista perdida en la pequeña mariposa que revoloteaba sobre su cabeza.- Yo adoraba Berk. Tenía a todos mis amigos y familia. Si yo no me hubiese ido, habría evitado cientos de problemas y momentos dolorosos. Probablemente mi madre no estaría muriendo por una enfermedad pulmonar…- Mérida se tragó la angustia para poder continuar.- Y todo fue culpa de una de esas cosas.- Hipo se quedó anonadado. ¿La madre de Mérida estaba gravemente enferma?

-Lamento mucho lo de tu madre.- Le dijo con dulzura, ya que no sabía que otra cosa agregar. Hace mucho tiempo que no veía a Mérida e incluso era casi absurdo que ella siguiese significando algo grande para él. Pero verla tan triste lo destrozaba. Se sentía terrible por no poder hacer nada para evitarle el dolor. Miró a su alado amigo y luego volvió la vista hacia la pelirroja.- Quizá lo mejor sea que me vaya.- Mérida se sobresaltó.

-¡No!- Gritó, provocándole un pequeño respringo al dragón y a su domador.-¿Por qué quieres irte?- Dijo más calmada y un poco avergonzada.

-No quiero que te pongas ansiosa por la presencia de Chimuelo. Ya tienes demasiadas cosas en que pensar y no quiero que sufras más.- Mérida sonrió, secándole algunas lágrimas que antes se le habían caído.

-Eres un tonto al creer que renunciaré a ti únicamente por un dragón.- Hipo se sonrojó al escuchar este comentario, pero lo ocultó mientras fingía acomodarse el cabello.- Ven, vamos a ver a la familia. Seguro mueren por volver a verte.- Mérida dio un vistazo rápido hacia Chimuelo, volviéndole la amargura a su timbre de voz.- Solo que él no podrá venir.- Hipo miró a su dragón a la vez que suspiraba.

-Tendrás que esconderte un par de días aquí en el bosque, amigo.- Le dijo mientras se acercaba para acariciar su cabeza.- Te traeré todo el pescado que quieras en cuento pueda.- Chimuelo ronroneó, no demasiado acuerdo con que su amo se fuese sin él con una pelirroja que casi lo había matado de un flechazo.- Estaré bien. Te lo prometo.- Chimuelo terminó por ceder e Hipo siguió a su joven amiga hasta su caballo.

-No será un dragón…- Dijo Mérida mientras subía al lomo de Angus.- Pero también es muy rápido.- Hipo subió detrás de Mérida bastante confiado, pensando que el caballo no podría igualar en nada a Chimuelo, pero cuando Mérida tiró de la riendas, el caballo salió tan bruscamente, que Hipo terminó en el suelo. Las risas alegres de la pelirroja fueron música para sus oídos.


-¿Cómo está?- Le preguntó Fergus al doctor de un clan vecino, uno que decían que era muy bueno, pero tampoco hacía milagros.

-No voy a mentirte, Fergus, tu esposa está muy grave. Al parecer su última gripe le ha provocado una infección en los pulmones y éstos comienzan a llenarse de sangre haciendo que se ahogue lentamente.- El Rey de Escocia suspiró con tristeza, iba a perder a su Reina y no sabía si estaba preparado para ello.- Le he hecho una pequeño corte en su lateral derecho con la intención de quitar un poco del líquido de sus pulmones y ha salido a borbotones. Sobrevivirá un par de meses si revisamos periódicamente que los pulmones no se llenen de líquido, pero la sangre que se pierde es mucha y el proceso es muy doloroso. Si la infección no la mata, en el próximo invierno el frío y las enfermedades si lo harán.

-Gracias, Teodoro.- Le dijo y el doctor procedió a retirarse. Fergus ingresó tímido a la habitación que había compartido con su esposa tanto tiempo, pero que ahora ya no la sentía tan cálida como antes, sino que lúgubre.- Hola mi amor.- Le dijo una vez estuvo a su lado. Intentaba no mirar el pequeño corte en su lateral, que goteaba sangre hasta un cubo. Las damas de compañía que habían venido con el doctor se habían quedado a vigilar a la Reina, pero éstas se retiraron al ver ingresar al Rey.

-Fergus…- Dijo ella forzando una sonrisa.- ¿Dónde…- Se interrumpió para tocer y quejarse por el dolor.- ¿Dónde está Mérida?

-No ha vuelto del bosque.- Le contestó mientras acariciaba su cabeza.

-Ve a buscarla. Estoy preocupada por ella.- Fergus sonrió.

-Es como si no la conocieras, Elinor.- La Reina sonrió.- Ella estará bien, vendrá a casa en cuanto se sienta lista.- Fergus desvió la mirada hacia el corte.- ¿Duele?- Le preguntó con cierta ignorancia.

-Como el infierno.- Intentó reír Elinor.- Solo espero estar lista para poder cenar con mi familia.

-El doctor me ha dicho que el proceso dura un par de horas, luego cocerán tu herida y te encontrarás mejor.- La Reina sonrió.

-No intentes engañarme, cariño.- Fergus se mantenía con el semblante entristecido.- Sé que esto no me curará.

-Pero te ayudará a sentirte mejor.- La interrumpió y justo cuando Elinor iba a contestarle algo, alguien llamó a la puerta. Tímidamente, una de las enfermeras del doctor, que estaban vestidas con sedas blancas, asomó la cabeza.

-Disculpen por la interrupción, pero debo cerrar el corte de la Reina.- Ambos asintieron y Fergus se acomodó del otro lado de la cama para seguir tomando la mano de su Reina.

-Mérida lo tomó muy mal.- Dijo Elinor de repente.- Y yo que en un pasado llegué a pensar que Mérida me prefería muerta.- Fergus se sobresaltó.

-¿Qué dices, Elinor?- Le reprochó.- Mérida te ama, al igual que yo, al igual que los niños.

-Y yo los amo con toda mi alma.- La enfermera insertó la ajuga en la piel de la Reina provocándole un quejido.

-Lo lamento.- Se disculpó con educación.

-Está bien, querida, continúa.- Fergus miró a su esposa con tristeza. Ella siempre había sido la fuerte, la que organizaba toda su vida. ¿Qué haría sin ella?- Solo quería ver a Mérida casada. Quería verla feliz y protegida. Quería asegurarme de que nunca le pasaría nada.- Comentó triste.

-Y la verás, Elinor.- La Reina rió con un poco de ironía.

-Esa niña está demasiado ocupada siendo "libre" como para contraer matrimonio ahora mismo. Además, quiero que sea con un hombre que ella de verdad ame. Sé que en el pasado quería obligarla a casarse por conveniencia, pero ahora entendí que estaba equivocada. Yo me casé contigo porque eras el amor de mi vida, me hacías ver la vida con otros ojos. No quiero que Mérida se sienta presionada, quiero que escoja correctamente, pero para ello necesitará mucho tiempo. Tiempo que yo no tengo.- Fergus suspiró. La enfermera terminó de coser la herida y prosiguió a ayudar a la Reina a ponerse de pie. Con ayuda de la otra enfermera la vistieron adecuadamente para la cena y pronto la radiante Reina estaba caminando sobre sus tacones con la postura excelente que la caracterizaba. Pero le dolía. Sentía que su cuerpo gritaba ayuda, aunque no lo desmostarse.


Los dos jóvenes dejaron descansar al caballo de su rápido andar casi un kilómetro antes del castillo. Tenían tanto de qué hablar que no sabían si tendrían el tiempo suficiente como para contarse todo el uno al otro. Mérida, con su habitual energía inagotable, era la que mantenía el ambiente infantil en todo aquello.

-Y luego, mi madre era un oso. ¿Puedes creerlo?- Hipo rió y negó con la cabeza.- Fue tan extraño… ¡Y mi padre quería matarla! Él pensó que el oso, mi madre, había matado a… ¿Mi madre? En fin, ella salió corriendo del castillo y corrió hacia el bosque. La seguí, ya que no tenía idea de lo que sería capaz de hacer…- Hipo la escuchaba con atención pero al mismo tiempo su mente no podía parar de sentirse culpable por algo.

Mérida no había cambiado nada. Era tal cual y como la recordaba, con ese entusiasmo, alegría y hábitos de una niña pequeña. Ella había mantenido su inocencia y alegría, e Hipo no podía parar de sentir que él había perdido la suya. Al ver a la pelirroja contar aquella historia con tanta pasión, le dio algo de vergüenza imaginarse contándole su historia de cómo domó a Chimuelo. Era un relato que había contado tantas veces que ya le parecía aburrido y en las últimas veces ni si quiera se había esmerado en captar la atención de aquel o aquellos que la escuchan. Se sentía… un adulto. Cada vez se estaba pareciendo más a su padre, mientras que Mérida cada vez se parecía más a ella misma. Cuando la miraba, solo pesaba en aquella hermosa niña que le había robado su corazón hace tantos años, pero ahora se sentía triste porque él no era el mismo de antes.

-¿Hipo?- Preguntó Mérida al ver que su captor no le estaba prestando demasiada atención.- ¿Todo va bien?- Arqueó una ceja. Hipo sonrió y se acomodó el cabello hacia atrás.

-Sí estoy bien.- Forzó una sonrisa.

-¿Te estoy aburriendo?- Preguntó la chica con inocencia, revelando en sus ojos algo de decepción.

-¡No!- Se sobresaltó Hipo, poniéndose nervioso al pensar que la había ofendido.- Disculpa Meri, es solo que…- Suspiró.- Es que sigues igual y yo… Solo mírame, soy diferente y eso por alguna razón me molesta.- ¿Desde cuándo era tan abierto y sincero con alguien? Ni si quiera podía expresar esa sinceridad con Astrid o con su padre.

-No estás diferente, Hipo… Solo estás más…- Mérida se interrumpió. Estuvo al borde de decir "apuesto". Las mejillas se le enrojecieron, pero gracias a su cabello pudo disimularlo un poco.

-¿Estoy más… qué?- Preguntó Hipo algo confundido.

-Más cubierto de metal que de piel.- Intentó zafarse la pelirroja.- Solo mira esa armadura tuya. No estamos en ninguna guerra, no hay necesidad de llevarla.- Hipo notó que la pelirroja bromeaba y no pudo evitar soltar una risita.- ¿Y tu cabello? ¿Acaso en Berk está de moda que los hombres usen cortes de mujer?- Hipo volvió a sonreír y eso hacía sentir muy bien a Mérida.- Oh y por su puesto está el hecho de que domas dragones. ¿A caso no te conformabas con domar caballos? ¿De verdad tenían que ser dragones?- El castaño soltó una gran carcajada, sintiéndose aliviado de haber compartido con su gran amiga su pesar y que ella lo haya resuelto en tan pocas palabras.

-Ya entendí.- Le dijo.- Pero tienes que admitir que me veo más guapo.- Mérida rió, tomándolo del brazo para hacer que avanzara.

-Vale, no exageres.- Hipo miró a la pelirroja que lo llevaba a rastras del brazo. Qué bien se sentía tenerla cerca. Su voz. Su tacto. Todo a su alrededor lo reconfortaba. Era más perfecta de lo que recordaba y eso lo asustaba mucho. Se mentía a sí mismo diciendo que lo único que sentía por ella era aprecio, ese aprecio que alguna vez sintió de pequeño, pero era obvio que había algo más además que simplemente cariño entre ellos. Había algo especial, pero averiguar qué era traería más consecuencias que virtudes e Hipo ni Mérida estaban bien emocionalmente como para pasar por todo ese dolor que tomar ese camino comprometía.

Pero estos dos jóvenes no están próximos a rendirse.


Notas de la autora: Lamento tardar tanto en poner ésto, pero bueno, soy muy colgada y casi nunca me doy cuenta de nada...

Especiales agradecimientos a:

-Utatane Armstrong

-Paolabaez

-LittleDragonAmazon

Por dejarme unos hermosos Reviews y Favoritos, en serio me alegra muchísimo que os agrade la historia y solo con saber que ustedes la apoyan hace que seguir adelante sea aún más fácil y divertido para mí. Sigo haciendo esto por ustedes... ¡Un besazo! ¡Y miles de gracias!

También agradecer a:

-trueloveofredheads

-Avatar Baru

Por dejarme vuestros Favoritos... ¡Millones de gracias! Siempre recalco que son los lectores quienes hacen una historia, puesto que yo sin ustedes no soy una escritora, sino simplemente una persona que escribe para sí misma. ¡Ustedes me dan ánimos de seguir adelante! ¡Simplemente gracias!

Muchos besos y abrazos 3