¡Fav si os gusta la historia, me da muchísimos ánimos para seguir adelante!

Adoro saber sus opiniones y sugerencias, así que si tenéis tiempo y ganitas, dejadme un Review :3 Adoro leerlos!

Ahora si... ¡Disfrutad del capítulo 4!

-Capítulo 4: Una madre jamás olvida-

Se encontraban ya en el pueblo que rodeaba el palacio de Dunbroch. Los pueblerinos reconocían a la hermosa y joven princesa de su reino, pero no al joven de extrañas apariencias que la acompañaba. Algunos dirigieron miradas furiosas hacia el joven sin siquiera saber por qué razón. Mérida, como siempre perdida en su mundo, poco notó aquel comportamiento de su gente mientras que seguía parloteando historias sobre todo aquello que recordaba. Incluso Angus comenzó a ponerse incómodo, mientras que ella seguía sin percatarse de nada.

-Meri…- La llamó Hipo en un susurro.

-Dime.- Dijo ella sin dejar de caminar.

-¿Por qué todo el mundo me mira como si te estuviera llevando de rehén?- Mérida se detuvo y observó a su alrededor. Todo el mundo los observaba y había un inquietante silencio aterrador. Mérida sonrió incómoda para su público enfadado y saludó brevemente antes de seguir caminando a toda prisa.

Ya casi llegando al castillo, depositaron a Angus en su establo, dándole por su ardo trabajo de traer a dos personas (Una con una pesada armadura) lo más rápido posible a casa, tres merecidas zanahorias. El caballo relinchó de alegría a lo que estiraba el cuello para que el jinete de dragones le acariciara el cabello.

-Le agradas.- Dijo Mérida mientras sonreía con ternura.

-Es solo porque tengo las zanahorias.- Se encogió de hombros Hipo, un poco apenado.

-No, al contrario.- Mérida desvió la mirada hacia Angus, quien cerraba los ojos por el placer que le provocaban las caricias de Hipo.- Mi padre lo rescató de unos cazadores que criaban esta especie de caballos con brutalidad. Según lo que me dijo, lo separaron de su madre al nacer para someterlo a duros entrenamientos. Solo lo dejaban verla para que se alimentara.- Suspiró a la vez que el caballo desvió su atención a las zanahorias.- Su madre se rompió una pata y la sacrificaron, no para que no sufriera, sino que ya no les servía una yegua que no podía andar. Era peso muerto y no tenían tiempo para cargar con ella.- Angus, como si se sintiese perturbado por la historia, le dio la espalda a ambos. Hipo miraba con atención a la joven, que parecía tan dolida por la historia como su corcel.- Angus llegó a mis brazos poco después de eso. Algunos lo acusaron de indomable y violento, pero mi padre siempre fue muy apegado a los caballos y negó la posibilidad de sacrificarlo. No confiaba en nadie. No permitía que nadie lo alimentase. Rechazaba todo tipo de muestras de afecto. Mi padre decía que el mismo caballo estaba intentando matarse.- Mérida suspiró.- Hasta que lo encontré. Yo era solo una niña y creo que fue mi inocencia la que evitó que él se sintiera amenazado.- Sonrió levemente.- Nadie podía creerlo. Una jovencita de nueve años había logrado domar a lo indomable.- El corcel se acercó al castaño, dejando que éste lo acariciase.- Desde entonces somos inseparables y ha aprendido a vivir con tranquilidad cerca de los humanos. Pero aún así, Hipo, jamás acepta premios que no sean de mis manos. No bebe ni come alimentos que son servidos por los demás. Ni hablar de que nadie además de mi puede acariciarlo.- Sonrió.- Le agradas, lo cual es envidiable.- Hipo le sonrió al caballo. No entendía por qué, pero nunca se había sentido tan halagado. Quizá habría sido la sinceridad de Mérida al confesar que le sentía cierta envidia por ya no ser la única a la cual Angus le tenía afecto, pero tampoco parecía enfadada, sino aliviada.

-¡Mérida!- Se escuchó brevemente la voz de su madre a lo lejos.- ¡¿Eres tú?!- Gritaba ésta.- ¡La cena ya está lista!- Mérida le dio una última caricia a Angus, la cual éste recibió con alegría, y tomó a Hipo del brazo para acarrearlo hasta adentro.


El palacio era muy cálido por dentro. A pesar de la tristeza que había pasado los últimos días allí, Mérida sentía una extraña sensación de alegría al ingresar a su hogar nuevamente. Una alegría que parecía tener algo que ver con su nuevo invitado.

-¿Quieres librarte de toda esa basura antes de cenar?- Le dijo con una sonrisa mientras le daba unos golpecitos a su armadura.

-Desde que nos hemos encontrado has estado en contra de mi nuevo atuendo.- Rió el castaño.

-Puede ser.- Sonrió.- Es que te deja demasiado atractivo y las chicas de por aquí son unas fieras.- Mérida lo había dicho en forma de broma, como un colegueo entre viejos amigos, aunque no pudo evitar sonrojarse levemente tras ese comentario. Hipo no se quedó atrás. La palabra "atractivo" mencionado por esos labios carmesí le provocaba que su estómago se contrajera. Ambos intentaron disimularlo, obviamente, pero la esencia del momento se había quedado en el aire.- B-bueno, te mostraré tu habitación.- Dijo la pelirroja y avanzó rápidamente, seguido por un Hipo con demasiadas emociones nuevas encontradas y una conciencia no del todo limpia.


Elinor dibujó en su rostro el espanto en persona. No podía estar pasando de nuevo, creía que en todos estos años había mantenido a Mérida a salvo, pero no, el mal la había hallado de nuevo.

-Gracias Erasmus.- Dijo casi sin aliento.- Me ocuparé de este asunto.

-Lamento tener que darle tan amargas noticias, su majestad, incluso sabiendo de su inestable salud; pero me pareció incorrecto ocultarle este tipo de información sabiendo lo importante que es para usted su hija.- La Reina alzó la vista hacia el joven herrero del pueblo, un amigo cercano a su hija. Noble, apuesto y un gran caballero. Elinor le tiene un gran aprecio, pero en ese momento lo detestaba por haberle traído tan malas noticias.

-Entiendo.- Contestó la Reina.- Te agradezco de todos modos.- El joven hizo una leve reverencia ante la Reina y se retiró de la habitación.

¿Cómo es que podía tener tan mala suerte? Primero fue su salud, luego la tristeza de su hija y ahora el peligro de ésta. Elinor se enderezó, apretó los puños y se dispuso a seguir con la idea de cenar en familia, incluso sabiendo que quizá no sea la cena más agradable de todas. Conociendo a Mérida, reaccionaría mal ante la noticia. Pero ella no lo entiende, Elinor solo quiero que esté a salvo. Ella no sabe las historias que se cuentan por Berk, mientras que su madre sí. Un domador de dragones, jinete de un Furia Nocturna. Mérida tendría que estar severamente mal de la cabeza si cree que su madre permitirá que corra semejante riesgo.


Por primera vez en su vida Mérida se arregló para cenar. Se dio un baño, se puso uno de sus vestidos elegantes, intentó arreglar su cabello e incluso se hecho algo de perfume. ¿Qué estaba pasando? Se decía a sí misma que únicamente quería estar bien vestida para complacer a su madre, ya que siempre había soñado con una Mérida respetuosa que comiera con la boca cerrada y dejara las armas en su cuarto. Sí, eso era. Únicamente para complacer a su madre. Nada tenía que ver con un castaño que dormía en el cuarto de invitados.

-Claro que no.- Se dijo a sí misma mientras se miraba en el espejo.- Es solo por mi madre, estoy segura.- Suspiró y se tapó la cara con las manos.- ¿A quién engaño?- Volvió a mirarse en el espejo.- No es por mamá y debería darme vergüenza ponerla como excusa.- Parecía una loca hablando sola, pero no tenía idea de con quién podía tratar ese asunto más que con ella misma.

Se vio interrumpida por unos leves golpes en la puerta.

-Sí, adelante.- Dijo ella mientras terminaba por ponerse los zapatos.

Hipo asomó la cabeza con timidez, sintiéndose incómodo por irrumpir en la habitación de la joven, pero no conocía nada más en el castillo y, para ser honestos, sentía algo de miedo de perderse. Mérida sonrió al verlo, indicándole que todo estaba en orden.

Al verla, su corazón dio un vuelco. Simplemente no pudo dejar de mirarla, estaba más hermosa que nunca… Si es que eso era posible. Se tomó la libertad de admirar su belleza sin temor a sentirse avergonzado, puesto que ella rebuscaba algo en su escritorio sin prestarle demasiada atención al atónito joven parado en su puerta. Hipo sintió que un escalofrío le recorrió toda la espalda, dejándolo boquiabierto y confundido. ¿Desde cuándo Mérida le provocaba esa reacción?

Fácil: Desde siempre.

Mientras la observaba ponerse unos pendientes, recordó aquella sensación de temor que sentía cuando era tan solo un niño. Esa sensación de miedo de decir algo tonto y quedar como tal, esa sensación de terror al pensar en Mérida con otro chico, esa sensación de profunda tristeza cuando ella abandonó la isla aquella fría noche.

La pelirroja terminó de alinear los últimos detalles para dirigirle una mirada algo avergonzada a Hipo. Él tenía sus ojos verdes calvados en ella y, por alguna extraña razón, le gustaba. Se sentía victoriosa, como si hubiese logrado su objetivo. No fue hasta que sus ojos se encontraron cuando Hipo desvió la mirada, terriblemente apenado por ser tan obvio ante su amiga. Porque eso era lo único que eran. Amigos.

La palabra le sabía a vinagre.

-¡Vaya!- Exclamó ella mientras se le acercaba, intentado ocultar su profunda satisfacción.- Ahora si eres un poco más el Hipo de antes.- El castaño sonrió y se acomodó el cabello hacia atrás.- Te dije que parte del problema era la armadura.

Hipo vestía una camisa verde pantanoso como la que solía usar hace años, pero sin ese horroroso chaleco de cuero marrón. Lo combinaba con unos pantalones negros bastante sueltos pero apretados en las pantorrillas. Se sentía cómodo, aunque un poco más vulnerable, como si su armadura representara la valentía y hombría que había tenido recientemente. Ahora, con esa vestimenta, se sentía un poco más… Hipo.

-Me siento extraño.- Confesó. La pelirroja sonrió.

-Me gusta.- Dijo con tanta sencillez que Hipo dudó si tomar aquello como un ligue. Se sonrojó de todas formas, pero gracias a la colorada luz que ofrecían las antorchas y velas del lugar, casi ni se le notó. Casi.- ¿Te pongo incómodo?- Se preocupó Mérida.

-¡No! ¡No!- Se sobresaltó Hipo.- P-para nada.- Sonrió incómodamente.- Somos amigos, ¿no es así?-

-Sí.- Afirmó Mérida con poco entusiasmo.- Amigos.- Mencionar aquella palabra le dejó un nudo gigante en la garganta.


Los dos jóvenes amigos no fueron los primeros en llegar a la mesa. Desde la escalera principal podían admirar a su padre en la cabecera de la mesa, a su madre a su derecha y a sus tres hermanos sentados a la izquierda de su madre. Todos charlaba alegremente, sin si quiera tocar la comida. Mérida sabía que la estaban esperado, pero se sorprendió al notar que había dos platos colocados a la izquierda de su padre. Uno para ella y otro para Hipo. ¿Cómo se habían enterado la llegada de su amigo?

De todas formas, decidió dejar el suspenso hasta el final para darle una sorpresa a su padre, quien seguramente estaría feliz de ver a Hipo luego de tantos años.

Le indicó a su amigo que se mantuviera oculto hasta que ella se lo indicara y bajó rápidamente por las escaleras. Se madre esbozó una sonrisa al verla.

-¡Ya era hora!- Dijo alegremente. Mérida sonrió y se acomodó en su lugar, no sin antes besar la mejilla de su madre y de su padre. Elinor notó la elegancia de su hija y sintió un temor enorme. Mérida jamás se arreglaba para cenar, su preocupación por su imagen solo podía ser por una razón. Una razón castaña, de ojos verdes y venida de Berk.- Mérida, que grata sorpresa.- Dijo con indiferencia.- Aseada, arreglada y sin armas en la mesa. ¿Qué está ocurriendo?- La joven princesa simplemente sonrió.

-Es cierto…- Dijo Fergus, su padre.- ¿A qué se debe tu repentino interés por ser educada?- Los tres trillizos soltaron una carcajada ahogada.

-Fergus.- Lo regañó Elinor.- Supongo que al fin todas mis lecciones sobre cómo ser una princesa dieron sus frutos.- Mérida tomó una manzana y le dio un mordisco.

-Todos ustedes están exagerando.- Dijo con la boca llena.- No estoy tan arreglada, simplemente me di un baño.

-¡Y qué baño!- Exclamó uno de sus hermano, la similitud entre los tres era tal que le costó reconocer de quién se trataba.- Resulta que eras humana.

-JA, JA.- Exageró la pelirroja.- ¿Desde cuándo eres comediante?- Su hermano la miró con suficiencia. Mérida se puso seria.- En fin, hoy tenemos un invitado.- Los hermanos de Mérida sonrieron de oreja a oreja.- Y no, pequeños mocosos, ni se les ocurra hacer comentarios de más. Es solo un amigo.- Tuvo una ligera dificultad al decir lo último.

-¿Es alguien que ya conocemos?- Quiso saber la ya enterada Elinor.

-Probablemente.- Canturreó Mérida con desinterés mientras observaba la manzana.- Pero dudo que lo recuerden.- Fergus arqueó una ceja.

-Hija mía, me estás matando con el suspenso. ¿Ya podemos saber quién es?-

-Está bien.- Sonrió Mérida al ver la ansiedad de su padre.- Oh, invitado misterioso. ¿Por qué no bajas y le enseñas a mi familia quién eres?- Hipo entendió aquello como su señal.

Elinor estaba demasiado tensa. Arrugaba su vestido entre sus puños por debajo de la mesa, mientras que su rostro mostraba total intriga por saber quién era el muchacho que su hija traía a cenar a casa. Lo único que quería era confirmar lo que Erasmus le había dicho, puesto que aquella realidad era demasiado mala como para ser cierta. ¿De verdad había regresado? Y de ser así, ¿por qué? ¿Acaso vino en busca de Mérida?

Hipo bajó las escaleras demasiado despacio como para mantener el suspenso en la sala por un minuto más. Al revelar su rostro ante la familia Vikinga, pudo ver diferentes reacciones. Confusión por parte de los tres pequeños de entre diez y doce años sentados frente a Mérida, quienes supuso que eran sus hermanos, aunque nunca había mencionado que éstos eran trillizos. Asombro en el rostro del envejecido Fergus, quien lo miraba con una expresión iluminada y la boca semi abierta, como si hubiese suspirado profundamente. Mérida lo observaba con orgullo, como si hubiese traído a casa un trofeo de cacería.

Pero detrás de su encantadora amiga, un par de ojos verdes oscuros lo miraban con intenso odio. A pesar de que el rostro de Elinor permanecía intacto de alguna señal de desagrado, sus ojos irradiaban furia, dejando a Hipo dudoso de seguir avanzando.

La Reina no logró contenerse y golpeó la mesa fuertemente, volcando la copa de vino de su marido. Se levantó de su asiento haciendo que la silla volara hacia atrás, dejando a todos atónitos y confundidos.

-Mérida, ¿qué hace él aquí?- La princesa estaba más que asombrada, estaba atónita y terriblemente confundida. Hipo se encontraba igual que ella, aunque en el fondo sentía además algo de temor, no de la Reina, sino de lo que ella era capaz de hacer.

-M-mamá, él es Hipo. Mi amigo. El de Berk.- Intentó explicarse apresuradamente Mérida, como si aquello fueran palabras que Elinor deseaba escuchar.

-¿Cómo te atreves a irrumpir en nuestro hogar luego de todo lo que nos has obligado a pasar?- Elinor se dirigía hacia Hipo, aunque éste no sabía qué diablos contestar.

-Y-yo…- Comenzó.

-¡Silencio!- Le ordenó Elinor.- No te he dado permiso para que hablaras.- Fergus tomó el brazo de su Reina con cariño, intentado que se calmara.- ¡No me toques, Fergus!- Gritó, completamente enloquecida.- ¡Exijo que alguien me explique qué hace él aquí!- Mérida, instintivamente, se apresuró a colocarse frente a Hipo, con una mano levantada hacia su madre, intentando tranquilizarla.

-Yo lo he invitado, mamá.- Dijo al borde de las lágrimas.- Pensé que su visita sería de tu agrado.

-¡¿Cómo se te puede ocurrir tal cosa?!- Elinor estaba dispuesta a caminar hacia su hija, pero su esposo la detuvo tomándola de los hombros. La Reina no dejaba de mirar con desprecio al joven invitado.- ¡Por su culpa casi mueres aquella noche! ¡Estás loca si crees que será bienvenido en mi castillo!- Mérida respiraba agitadamente, sin saber qué hacer.

-Elinor, relájate.- Le dijo Fergus en un susurro.- Recuerda tu salud.

-¡Me importa muy poco mi salud si es que mi familia está en peligro!- Respondió con agresividad.

-Es solo un muchacho indefenso, querida, no puede hacernos daño.- Retomó el Rey con paciencia.

-¿Indefenso?- Elinor comenzó a reír de forma desquiciada.- Un muchacho indefenso con un Furia Nocturna bajo sus órdenes.- Mérida se quedó atónita, ella se había enterado de aquello hace tan solo unas horas. ¿Cómo podía su madre saber aquello? Su padre tampoco parecía demasiado asombrado.- Fergus, ¿cómo puedes estar de acuerdo con esta locura?- Susurraba Elinor mientras comenzaba a sollozar.

-Cálmate, Elinor.- Ver llorar a su madre por su culpa le rompió el corazón. Mérida dejó que algunas lágrimas se resbalaran y ahora el que se sentía peor era el joven castaño a su espalda. Hipo no sabía cómo reaccionar ante aquella escena, se sentía terrible. Elinor lloraba, Mérida lloraba y Fergus mantenía el semblante entristecido. Parecía imposible que aquella familia estuviese haciendo chistes hace tan solo algunos minutos atrás.

-Mérida, por favor, aléjate de él.- Le suplicó Elinor a su hija.- Sabes que solo deseo tu seguridad.- La joven pelirroja estaba demasiado confundida. Odiaba ver a su madre de esa forma, pero por alguna razón sentía que alejarse de Hipo la lastimaría aún más. Dio unos pasos hacia atrás.- Mérida. Por favor.- Suplicaba su madre entre sollozos. Hipo no deseaba ver a la madre de Mérida de esa forma, pero sentía la necesidad de tomar a la joven princesa en sus brazos y sacarla de aquella situación tan horrible.

-Mamá, no me hagas esto.- Dijo la pelirroja mientras otras lágrimas exigían lugar en sus mejillas.- No vuelvas a separarnos.- Elinor simplemente extendió la mano hacia su hija, como intentando alcanzarla, mientras que ella seguía retrocediendo hasta dar con el cuerpo quieto y tenso del castaño.

Hipo no lo hizo a propósito. No lo hizo pensando. Simplemente lo hizo porque pensó que sería lo correcto. Extendió su mano hasta alcanzar la suave y delicada mano de su amiga; y la tomó. Mérida, sin si quiera prestar atención a este acto, reafirmó su agarre, sorprendiendo a Hipo en el acto.

El rostro de Elinor pasó de ser de tristeza absoluta a ira máxima.

-¡Mérida! ¡Vuelve aquí!- Le ordenó su madre, recordándole aquella noche en la que ella obedeció, obligándose a sí misma a dejar a Hipo ir. Esta vez, sería diferente.

-No.- Dijo, tomando con fuerza la mano de su amigo. No lo volvería a perderle otra vez.

-¡Mérida!- Chilló su madre, comenzando a caminar furiosa hacia la joven pareja de amigos.

Fue suficiente para que la pelirroja tomase la iniciativa y corriera fuera del castillo de la mano del joven domador de dragones.


Buenas a todos, lamento no poder responder sus comentarios hoy, pero lo haré si o si el próximo capítulo...

¡Estas semanas han sido terribles!

Y no quería retrasar más su lectura, por lo que estoy publicando esto a las apuradas...

¡Nos leeremos muy pronto!

Intentaré regresar a la rutina (Ahora que las aguas están más calmas) de 1 capítulo por fin de semana

¡Un besazo!

¡Gracias por continuar leyendo!