Hellow my friends... Bueno, primero que nada: ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Se que me retrasé demasiado! La verdad es que estaba falta de inspiración porque, aunque no lo crean, hasta hace poco yo contaba sin la experiencia de haber visto la película de Cómo Entrenar a tu Dragón 2... Sí, lo sé, vivo en un pinche termo. Así que no me veía demasiado conforme escribiendo y vaya que tenía razón, es decir, wow... en la segunda peli pasan tantas cosas irrelevantes que había ignorado por completo y que Wikipedia no me dijo... ¡Veanla si tiene la oportunidad!

Ahora sí, el capítulo... He llegado a una conclusión. Como este es un Fan Fiction y yo soy la autora puedo hacer lo que se me cante, pero siguiendo obviamente un orden lógico entre películas. He decidido lo siguiente: Ubicaré este FanFic después de CEATD1 y después de la película Brave o Valiente, como sea en tu país, pero estará específicamente meses antes de los acontecimientos de CEATD2, ya lo verán con éste capítulo...

En serio, disculpen nuevamente por el retraso, pero es que con la vacaciones y todo tenía tan pocas ganas de escribir como tú ahora mismo de leer todo el testamento que te he dejado. Así que disfruta el capítulo y nos vemos pronto...

ADVERTENCIA: El siguiente contenido puede llegar a contener Spoilers de Cómo Entrenar a tu Dragón 2, si no has visto la película...¿Qué estás esperando? ¡Está genial!

-Capítulo 5: Llévame lejos-

Las pisadas de ambos resonaban por todo el bosque. Mérida respiraba agitadamente, dirigiendo la marcha y recibiendo varios golpes de ramas y hojas que se atravesaban en su camino. Hipo mantenía su agarre firme, no la soltaría por nada en el mundo.

Minutos atrás se habían visto amenazados por la madre de Mérida, quien seguía teniendo resentimiento hacia el joven domador de dragones. Entendía que la seguridad de Mérida le preocupaba, pero Hipo sabía perfectamente que aquello era algo más personal. Nadie puede odiar tanto a una persona por un error que cometió cuando era tan solo un niño.

Mérida tropezó con algo y cayó con fuerza al suelo, seguida por Hipo, quien mantenía sus manos fuertemente unidas. El golpe lo desconcertó, dejándolo con un extraño pitido que le retumbaba por los oídos. Sacudió la cabeza para deshacerse del mareo y de aquel molesto sonido, para luego dirigir su atención hacia la pelirroja quien la miraba preocupada.

-Como lo siento.- Dijo con el llanto amenazando en su voz.- ¿Te encuentras bien?- Hipo podía notar la desesperación en la respiración de la joven. Más allá del susto por la caída, Mérida se encontraba realmente afligida ya sea por la pelea con su madre, por no tener lugar a donde ir o, simplemente, por ambas. Hipo tomó el rostro de Mérida entre sus manos para que lo mirara directamente hacia los ojos. La respiración de la joven seguía siendo agitada, pero se clamaba de a poco.

-Estoy bien.- Terminó por decirle.- Tranquilízate, todo va a estar bien.- Mérida miró a su acompañante directo a los ojos, siendo imposible evitar que una lágrima se resbalara. Hipo secó aquella lágrima escurridiza con su pulgar y le sonrió a la perturbada joven quien seguía siendo presa de sus manos.- No llores, Meri. Vamos a estar bien.- Dijo con dulzura.

-No la entiendo.- Soltó de repente, con la frustración volviendo a su mirada.- Pensé que ella quería verme feliz.- Arrugó la frente, desviando por primera vez la vista de esos atrapantes ojos verdes.

-Solo está preocupada por ti.- Hipo corrió un mechón de aquel indomable cabello detrás de la oreja de su dueña, haciendo que ésta volviese a alzar la vista hacia él. Le sonrió y, esta vez, algo cambió en la mirada de la princesa.

-Hipo…- Susurró, llevando una de sus manos hasta el rostro del joven. La proximidad entre ambos era tal que podía escuchar el latir de su corazón que era tan rápido y ansioso como el de ella. El domador de dragones, impulsado por una fuerza inexplicable, acortó aún más la distancia entre ambos amenazando con que sus labios se unieran en un inevitable beso.

Pero un sonido en el bosque hizo que ambos desviaran la atención hacia la profunda oscuridad.


-Esto no puede ser posible.- La Reina aventó otro plato contra la pared, gritando con furia luego de ver a éste rompiéndose en miles de pedazos. Sus dos damas de compañía la observaban sin saber qué hacer, rogando con todas sus fuerzas que el Rey apareciera de una vez por todas con la princesa Mérida en sus brazos.

Y eso fue lo que ocurrió, pero sin la presencia de la joven pelirroja.

-¡Fergus!- Corrió hacia él la Reina.- Dime que la has hallado. ¡Dime!- Se aferro expectante a la camisa de su marido.

-Lo lamento, Elinor. No los he logrado alcanzar.- El rostro de la Reina cambió completamente, volviendo a mostrar esa furia incomprensible. Se tomó del cabello y cayó de rodillas al suelo, sin saber si llorar o gritar, por lo que realizó ambas acciones a la vez. El Rey la observaba con tristeza, sin saber qué hacer. Nadie en el castillo sabía si había algo además de la llegada de Mérida que calmase a la Reina.

-¡Maldición!- Gritaba.- ¿¡Por qué!?- Suplicaba, golpeando los puños contra el suelo. Fergus no podía continuar parado sin hacer nada, por lo que sujetó a su amada esposa con fuerza, evitando así que esta continuara haciéndose daño.

-¡Elinor! ¡Ya basta!- Le exigía y, luego de un rato más de forcejeo, la Reina terminó por rendirse ante el cansancio y dejarse llevar por los fuertes brazos de su esposo.- Relájate, querida.- Le susurraba éste al oído.- Los encontraremos.- Seguía diciendo.- Traeremos a nuestra pequeña a casa.- Elinor simplemente asintió, mientras que en su cabeza pasaban miles de pensamientos y planes para traer de vuelta a Mérida. De tantos, solo uno terminó por convencerla.

Debía eliminar al muchacho.


Hipo se paró instintivamente para colocarse frente a Mérida, quien no tardó en ponerse de pie y pararse al lado de su amigo. La pelirroja maldijo en su mente la hora en que decidió vestirse de gala y dejar su arco y su carjac de flechas en su habitación.

De las sombras, una figura pequeña y encorvada comenzó a hacerse presente. Era una mujer, una anciana, que caminaba con dificultad recargada sobre un bastón de madera. Mérida casi dio un vuelco al reconocer de quién se trataba.

-Tú…- Dijo en un susurro lo suficientemente alto para que la mujer y su acompañante la oyeran.- Creí que te habías ido para siempre.- La anciana se quitó la capucha que cubría su rostro para que la luna iluminase su sonrisa. Hipo estaba algo confundido, claramente su amiga conocía a aquella anciana, aunque para él resultase una total extraña.

-¡Pero si es la niña que quería cambiar su destino!- Rió con entusiasmo.- ¿Cómo te fue con eso, eh?- Mérida apretó la mandíbula.

-No muy bien.- Confesó, recordando todos esos horribles momentos en los que su madre fue un oso.

-Oh, que pena oír esa noticia.- La mujer dirigió la mirada al aún confundido castaño y le ofreció una sonrisa torcida.- Pues a mí me parece que has encontrado algo más interesante.- Rió nuevamente. Hipo no supo interpretar aquello.

-Es solo un viejo amigo.- Le advirtió Mérida, aunque la bruja pudo notar fácilmente el desagrado en su timbre de voz. La anciana se rascó el mentón y arqueó una ceja, como si supiera exactamente que aquello no era demasiado cierto.

-¿Cómo te llamas, jovencito?- Preguntó dirigiéndose a Hipo y tomándolo por absoluta sorpresa. Había estado tan fuera de la conversación que se sintió algo perdido al escuchar que esa pregunta le fue dirigida.

-H-Hipo.- Contestó, algo dudoso.

-Hipo Horrendo Abadejo III, ¿verdad?- El castaño se quedó algo anonadado.

-Sí, así es.- Contestó, con cierto temor en su voz.

-¡Que honor tener al famoso domador de dragones frente a mí!- Gritó complacida la bruja.- He estado por Berk durante mis vacaciones y sus habitantes no dejaban de contar historias sobre ti. Por desgracia no tuve la oportunidad de conocerte en persona hasta el día de hoy.- Hipo simplemente sonrió, algo avergonzado.

-Un minuto, ¿estuviste en Berk?- Preguntó Mérida, un poco atónita, ya que ningún barco llevaba hasta Berk por prohibición de la Reina. Un poco más tarde, recordó que se trataba de una bruja.

-¡Estuve en todos lados, mi niña!- Rió la anciana.- Han sido las vacaciones más complacientes de mi vida, como para continuar esculpiendo estructuras de madera durante otros cien años más.- Sonrió.- A propósito, ¿qué hacéis ustedes dos aquí en la oscuridad del bosque, solos?- Alzó una ceja mientras sonreía picaronamente.

-¡Oh, no!- Levantó sus manos la algo avergonzada Mérida.- Solo estábamos…- Miró a Hipo en busca de ayuda.

-Tomando aire fresco.- Agregó él, con una sonrisa forzada. La anciana arqueó una ceja, no demasiado convencida.

-Pues es demasiado tarde como para que dos jovencitos paseen solos por el bosque.- Sonrió e hizo un ademán con la mano.- Seguidme, pueden quedarse en mi casa por esta noche.- Volteó sobre sus talones y comenzó a caminar en dirección opuesta. Ambos amigos compartieron una mirada traviesa, como si hubiesen sido pillados en medio de una travesura, para luego seguir en silencio a la anciana bruja.


Muy lejos de allí, casi al otro lado del mundo, descansaba una hermosa joven vikinga en el recinto de su nuevo hogar. Un hogar que compartía con su ausente prometido.

No se quejaba, pues entendía las claras razones de su amante para huir de todo por un tiempo, pero ese tiempo había resultado ser demasiado largo y ya comenzaba a extrañarlo más de lo que su corazón podía soportar.

Dio algunas vueltas en la cama vacía, buscando ese calor que alguna vez existió entre las sabanas, pero simplemente se encontró con la decepción de la soledad. Fijó la vista en el techo, con demasiadas emociones encontradas.

Hipo le había prohibido ir en su búsqueda si es que alguna vez se ausentaba por más tiempo del determinado, pues no quería que ella corriese algún peligro, pero era tan difícil continuar actuando como si todo estuviese normal cuando su amado tenía casi dos semanas de retraso.

Más vueltas y su mente seguía sin aclararse. Necesitaba hacer algo. Si Hipo había estado o estaba en peligro, necesitaba saberlo. No podía seguir ignorando aquel hecho.

Se incorporó abruptamente, sentándose en la cama, y le dirigió una mirada a su dragón, quien dormía plácidamente a sus pies. Éste, al notar la inquietud de su dueña, terminó por abrir los ojos y observarla intensamente.

-Está decidido, amigo.- Astrid se acomodó el cabello hacia un lado.- Mañana vamos en busca de Hipo.


El sol le daba directo en la cara, lo que hacía imposible seguir durmiendo, a pesar de que lo deseara con todas sus fuerzas.

La débil y pacífica respiración de su compañera hizo que desviara la atención hacia ella, quien descansaba placenteramente sobre su pecho. Mérida se encontraba con los ojos cerrados y con una débil sonrisa dibujada en sus labios. Sus manos estaban aferradas a la camisa del muchacho y su cabeza descansaba justo donde se ubicaría el corazón del joven.

Hipo no podía creer lo hermosa que era esa mujer. Tan perfecta. Era imposible dejar de observarla. No pudo resistir la tentación de acariciar su cabello, deslizando sus dedos a través de sus rizos sin ninguna dificultad. Rozó la yema de sus dedos en el suave rostro de la joven, provocándole una sensación imposible de contener. Le siguió un escalofrío y una calidez en el pecho. Sabía lo que era aquello. Lo sabía perfectamente, pues ya lo había experimentado antes, pero no con esa intensidad.

Estaba enamorado. Perdida y totalmente enamorado.

Sufrió un ahogo de culpa en ese momento, pues el nombre "Astrid" resonaba en toda su mente. Sabía que aquello estaba mal, pues ya le había jurado su amor a otra mujer a la cual le había prometido tener una vida juntos, pero era imposible contenerse, ya que su corazón siempre le había pertenecido a Mérida. Se lo había entregado mucho antes de que el amor tuviese un significado para él.

Sus pensamientos fueron dejados a un lado cuando aquellos obres celestes fueron siendo revelados poco a poco. Los ojos de Mérida se abrían despacio, para dirigirse directamente hacia los suyos. Una vez ella había despertado por completo, le sonrió, con cierto sonrojo en las mejillas. Hipo tuvo que contenerse para no besarla.

-Buenos días.- Dijo ella en un susurro.

-Hola.- Respondió él con otra sonrisa. Mérida recién pareció darse cuenta de su posición cuando esto ocurrió, lo que hizo que, completamente roja, intentase levantarse con dificultad. Los brazos de Hipo la detuvieron.- Espera.- Le dijo, sin saber cuál sería la razón exacta que daría para retenerla más tiempo.- No me molesta.- Confesó, torpemente, rogando a los Dioses que no permitieran que aquella mujer se alejara un centímetro de él. Para su deleite, Mérida simplemente sonrió y volvió a colocarse sobre el pecho del muchacho. Éste sonrió complacido, sintiendo la suficiente confianza en sí mismo como para atreverse a acariciarle el cabello estando despierta.

Mérida tampoco se quedaba atrás, comenzó a dibujar círculos sobre el hombro de Hipo, subiendo hasta su cuello y luego pasando a su cabello. Era mucho más suave de lo que imaginaba, de aquel intenso castaño que la volvía loca. Sufría con su tacto, pues se sentía culpable de estar allí acostada mientras su madre seguramente se retorcía de dolor. Pero era imposible detenerse. Tenerlo cerca la reconfortaba, hacía que todo en el mundo pareciese tan sencillo, como si de repente todo tuviese un sentido y un orden natural. No cabía duda que su reencuentro, había sido escrito en el destino. Debían estar juntos.

-Hipo.- Lo llamó en un susurro la joven princesa.

-¿Qué ocurre?- Preguntó éste, cesando las caricias, pensando con desilusión que aquello de alguna forma había ido demasiado lejos.

-No vuelvas a dejarme.- Le rogó, con tanta tristeza cargada en su voz, que le rompió el corazón al domador de dragones.

Hipo se reincorporó, obligando a Mérida a observarlo a los ojos. Ésta tenía la mirada llena de desesperanza, como si supiese que ese amor jamás tendría lugar a pesar de que jamás le había mencionado nada de su vida en Berk. Tomó un de sus rizos con manos temblorosas, pues contenerse ante el impulso de tomarla en sus brazos y huir de todo era casi imposible de contener, y lo depositó detrás de su oreja terminando por acariciar su mejilla. Volvió a estremecerse y su respiración estaba entrecortada, mientras que Mérida se mantenía tan calma que lo hacía parecerse un estúpido.

-No pienso irme a ningún lado sin ti.- Soltó, completamente cegado por esa sensación embriagadora que la piel de Mérida le hacía sentir.

-Entonces llévame lejos, Hipo.- Y fue demasiado. Demasiado para dos jóvenes sedientos de amor, de pasión y de algo que habían estado buscando desde el primer momento de su reencuentro.

Mérida rodeó el cuello de Hipo con sus brazos y éste la tomó fuertemente por la cintura. Nadie había comenzando el beso, pues fue tan involuntario y sincronizado, que ambos se fundieron en la calidez de sus labios momentáneamente. La princesa besaba con intensidad al domador de dragones, quien temblaba por el placer que le producían los labios de su mejor amiga. Ambos respiraban agitadamente, desesperados por disfrutar de sus bocas el mayor tiempo posible. Estaban tan concentrados el uno en el otro, que el tiempo pareció detenerse a su alrededor. De repente, no había madres enfermas, ni prometidas esperándolos en el altar; simplemente existían dos jóvenes con demasiadas ganas de amarse. Mérida dejó escapar un ligero gemido, inaudible para la mayoría, pero música para los oídos de Hipo. Se sentía tan bien. Su tacto, sus labios, su calidez; estaban perdiendo el control, era imposible parar.

-Hipo…- Susurró Mérida entre besos.

-Mérida.- Contestó él, firmemente, sin una gota de miedo en su voz mientras continuaba disfrutando de los labios de su compañera.

-Debemos parar.- Suplicó ella, a pesar de que su cuerpo demostrase lo contrario al aferrarse al joven con todas sus fuerzas.

-Sí.- Contestó él, sin dejar que se apartase, continuando ese beso que ambos ansiaban regalarse desde hace tiempo.- Debemos parar.- Dijo más para sí mismo que otra cosa.

Lentamente, la pasión fue reduciendo y el mundo volvió a ser oscuro, pero los dos amantes no dejaban de disfrutarse el uno al otro. Con caricias suaves y besos largos pero profundos, los labios de ambos se fueron despidiendo hasta que simplemente quedó una mirada intensa, como cenizas luego de un fuego. Mérida acariciaba el rostro de su viejo amigo mientras éste jugaba con sus rizos cuando unos leves golpes en la puerta desviaron la atención de ambos.

-¿Pequeños pilluelos ya están despiertos?- Preguntó la anciana.- ¿Quieren desayunar? ¡Preparé café!- Anunció con gran éxtasis en su voz. Mérida le sonrió a Hipo y, luego de un corto beso en la frente por parte de éste, ambos se levantaron de la cama, dejando atrás aquel momento glorioso, que quizá nunca más volvería a repetirse.


El castillo mantenía un aura oscuro. Nadie rondaba por los pasillos y lo único que permitía ver a la Reina Elinor su camino era la tenue luz que entraba por las diminutas ventanas.

Se mantenía silenciosa, caminando con cuidado de no hacer ruido ni llamar la atención. Bajó las escaleras y entró en el gran salón a esperar a su invitado. La espera no fue muy larga, puesto que solo le dio tiempo de tomar su lugar en el trono real cuando un hombre cubierto por una capa de piel de dragón ingresó en la sala con suma cautela.

-Drago Mano Dura.- Pronunció la Reina con cierto asco en la voz.- Por fin vas a serme útil, mi viejo amigo.-

-Mi queridísima Reina Elinor.- Se burló éste mientras se acercaba al trono.- Los años no te han ayudado mucho.-

-¡Silencio!- Le ordenó.- No estás aquí para humillarme.- Ambos conectaron sus miradas, miradas sombrías con el mismo odio y repugnancia presentes.- Te he llamado porque tengo un trabajo que no puedo realizar con mis manos y, a pesar de que desearía hacerlo, no es bien visto que una Reina realice el trabajo de campo.- Drago solo se mantenía en silencio, escuchando cada palabra.- Tenemos un enemigo en común: Estoico y su heredero, Hipo. Necesito que los elimines.-

-¿A ambos, majestad?- Preguntó con una oscura curiosidad el más temido domador de dragones.-

-¡A todo Berk si es necesario!- Contestó ella, perdiendo la paciencia. Drago sonrió.

-Voy a necesitar tropas.-

-Te daré todo lo que haga falta para cumplir tu cometido. Todo nuestro ejército quedará a tu merced, al igual que nuestro armamento y navíos. Además, si logras lo que te pido, tendrás a todas las Tierras Altas bajo tu poder.- Drago soltó una carcajada.

-Ni si quiera voy a preguntar por qué deseas tanto la muerte de aquellos dos como para darme todo tu reino como recompensa. Lo único que me interesa saber es si el Rey Fergus está enterado de esta transacción.- Sonrió con suficiencia.

-No lo está, por lo que debes ser cuidadoso con tus movimientos. Yo me encargaré de inventar una guerra falsa para que puedas llevarte todas las tropas.- Elinor suspiró, notando una fuerte punzada en su pulmón izquierdo.- Y una cosa más… Debes cumplir tu objetivo con rapidez. En semanas, si es posible. Quiero asegurarme de que hayas hecho tu labor antes de marcharme en paz. Si me muero antes de que tenga el cadáver de Estoico y de Hipo en mi salón de trofeos, no habrá recompensa.- Volvió a sentir una punzada, no podía ser nada bueno. Pero debía resistir por su pueblo, por su familia, por su hija.- Eso es todo.- Pronunció y, luego de abanicar su enorme y pesada capa, aquel hombre de cabello negro y armadura de hierro se retiró del lugar, más complacido que la misma Reina de las Tierras Altas.

Él ya contaba con un plan. Había estado esperando una oportunidad así durante años y ahora, al fin tenía una oportunidad para realizar su tan esperada venganza. Toda Berk pagaría.